Míralos MorVIP 52

Una sin Liam Neeson

Por Santiago Calori

La gente más joven quizás no lo recuerde, pero Liam Neeson en un momento era sinónimo de películas de calidad.

Y te tiro una itálica porque las filmografías suelen ser montañas rusas, pero mayormente Neeson en el cast le daba a las películas un aura de la cosa del prestigio.

Porque, también digamos todo, principalmente hacía dramas, esas películas sin mucho género real donde «se tocan temas», «se la pasa mal» y «se actúa mucho.»

(Un día debería meterme en la idea de que, en realidad, todo es «drama» si pasa en una pantalla y que el género con ese nombre no es más que un sachet de leche (muchas veces descremada) sin la posibilidad de echarle una cucharada de Nesquik. Pero no será hoy, claro.)

Y un día Liam actuó en una película que, extrañamente, no parecía hecha para él. Que todos cuando vimos el afiche nos preguntamos «¿Liam Neeson?» y que, evidentemente, iba a ser un cambio radical en su carrera.

Sí, seguro: no es la primera vez que pasa. Sin ir más lejos, muchos de los papeles de Charles Bronson (como la genial El peleador callejero (Hard Times, 1975) de Walter Hill, que si no viste dejá todo lo que estabas haciendo a menos que seas intensivista y andá a verla) eran dramáticos y muy buenos (bueno, dentro del «rango actoral» de Bronson, por supuesto), pero encontró ese je ne sais quoi cuando se puso a vengar cosas casi al mismo tiempo.

Bueno, se ve a Liam, que parece habernos hecho «la Francella inversa» dejó de ser el señor Schindler en blanco y negro para ser un padre (o marido, o ya directamente ni pariente) preocupado que venga cosas que le pasaron o le pueden pasar de mafias (generalmente) eslavas o de países de Europa del este.

Sí, seguro: durante el Reaganismo ya había países enemigos y siempre se elegía una etnia que solo varió después por la árabe post 9/11, pero la otredad sigue presente. La misma otredad que eran los afroamericanos en el cine de los setenta sin rascar mucho: ver una obra maestra como Contacto en Francia (The French Connection, 1971) de William Friedkin puede ser «problemático» para las nuevas generaciones, pero eso es harina de otro costal.

El tema acá es que Neeson probó y le gustó. Y caray que le gustó. Lleva como quince años de acción ininterrumpida vengando, cazando, yendo de acá para allá con problemas enormes y solo, siempre solo.

Sí seguro: el vengador solitario y el cine de vigilante es algo de lo que ya hablé en estos envíos cuando nos metimos con El vengador anómino 3 (Death Wish 3, 1985), pero por las dudas va esta refrescadita:

El subgénero de vigilante es una derivación directa del rape and revenge donde, los productores se dieron cuenta que una mujer heroína capaz era mucho para las audiencias y que iban a reaccionar mejor si ponían al señor con más bigote que pudieran. El resultado fue la carrera de Charles Bronson y, por derivación, buena parte del cine anabólico de los años ochenta. En fin.

¿A dónde quiero ir con esto? Bueno: ahora viene la diversión. A plantear una tontería y ver si hay una salida por otro lado.

Porque, no hay que tener un carnet de CONICET para darse cuenta, todas las películas de Liam Neeson son iguales.

Iguales, eh. Iguales.

«Pero hay una que…» Bueno, casi todas. La mayoría.

En términos generales el arquetipo (la forma correcta de llamar al «tropo» que todos repiten como loros) de la películas de Liam Neeson funciona siempre de la misma manera: un señor muy familiero (pero con un pasado oscuro o de súper acción) vive una vida normal hasta que algo (generalmente le pasa algo a un familiar) lo hace volver a los viejos vicios.

En la ¡trilogía! de Búsqueda implacable (Taken, 2008) es un agente de la CIA retirado, en El pasajero (The Commuter, 2018) un ex policía y así. Y se muere de ganas de ser familiero y quedarse viendo Netflix, pero no va que estos le quieren hacer la vida imposible. Pasan las mil y una y pum, gana siempre.

También podemos ser buenos y decir que si no hubiera funcionado la trilogía de Búsqueda implacable, nunca hubiéramos tenido un rebrote de John Wicks y Nobodys y todas esas películas que nos dan ese calorcito en el alma.

Pero, aunque no lo creas, no estoy acá para hablar de Liam Neeson. Estoy acá para hablar de la venganza:

La venganza no es un tema ajeno al cine. Muchas películas se mueven por ella, y en algún momento fui muy militante con una película israelí bastante áspera (que creo que hasta recomendé por acá, pero no tomes todo lo que digo como palabra santa) que se llama Big Bad Wolves (Mi mefakhed mehaze’ev hara, 2013).

Big Bad Wolves hacía algo extraño: si uno la veía con ojos de comedia, incluso podía funcionar, algo que no pasaba con la menos salvaje pero bastante mala onda La cacería (Jagten, 2012), una que llegó incluso a verse en nuestro país en salas de cine porque, bueno, Thomas Vinterberg.

«No estoy entendiendo qué tiene que ver Liam Neeson con los israelíes y los daneses.»

Bueno, se paciente, porque ahora la parte de la avivada.

Del cine danés sabemos poco y nada. Bah, sabemos que existieron históricamente Dreyer, Christensen y algunos más, que hubo un renacer en los noventa con la pavada del Dogma 95 de la mano de Lars Von Trier y Thomas Vintenberg y que en un circuito más underground estaban dando vueltas las primeras (y muy geniales, antes de que parezcan publicidades de perfumes caros) películas de Nicholas Winding Refn, además de películas prestigiosas y aburridísimas por las que la crítica del momento se meaba encima como La fiesta de Babette (Babettes gæstebud, 1987) de Gabriel Axel o Pelle el conquistador (Pelle erobreren, 1987) de Bille August, y que hace un par de años tuvimos un rayito de sol con la genial La culpa (Den skyldige, 2018), que hasta pudimos ver en cine los que corrimos a hacerlo porque duró lo que duran las que no tienen superhéroes en cartel. Y todo eso si no contamos la andanada de películas eróticas de los setenta que los argentinos vimos recién con posterioridad a la vuelta de la democracia como Alegres pecados en Dinamarca (I Jomfruens tegn, 1973) o, bueno, yéndonos al país de Bergman que queda al lado, Confesiones de una azafata sueca (Christa, 1971) de Jack O’Connell.

Por qué siempre me voy para ese lado te juro que lo voy a hablar en terapia.

El tema es que, como con cualquier «cine de latitudes», lo que nos llega probablemente sea lo que hizo más ruido en festivales o lo más «popular.»

Si lo querés pensar de esta forma: quizás los daneses piensen que todo nuestro cine es como el de Campanella, porque probablemente sea lo único que les llegó, a menos que estén un poco más conectados con el circuito.

Y toda esta intro para decir: hay una que no es con Liam Neeson, pero que parece una de Liam Neeson, que se anima a hacer cosas que no haría nunca una de Liam Neeson.

Y es danesa.

Y es con Mads fucking Mikelsen. Emoji de manitos bendiciendo.

Y eso, justamente, es lo que te vengo a recomendar.

Riders of Justice (Retfærdighedens ryttere, 2020) es la nueva película de Anders Thomas Jensen, que tiene media docena de películas de esas que capaz no tenemos tanta chance de ver en salas.

Y no nombré Big Bad Wolves y La cacería antes caprichosamente: harían un triple programa estupendo. La primera por el sentido del humor atravesado, la segunda porque bueno: Mads fucking Mikelsen.

Riders of Justice es una película de vigilante pero con sentido del humor, y ahí radica justamente su mayor valor.

Para los fans de las sinopsis: un militar de carrera tiene que volver de su puesto en en andá a saber qué país de Medio Oriente tras la muerte de su esposa en lo que parece es un accidente de trenes para hacerse cargo de su hija adolescente. En paralelo, un grupo de nerds con muy pocas habilidades sociales y fanáticos de las probabilidades, se da cuenta que quizás el accidente fue un atentado. Ambas partes se terminan conociendo y ¿adiviná qué? siendo una La armada Brancaleone (L’armata Brancaleone, 1966) versión 2020.

No voy a ser yo el que te la spoilee, pero: la cantidad de cosas que «no se deberían hacer en una película en 2020» que hace Riders of Justice es bastante meritoria, sumado a una escritura sólida y una destreza visual que te hace pensar en cine y no en streaming.

¿Te cebaste un poquito? Bueno, era la idea. Este newsletter trata de hablar de cosas actuales siempre y cuando las cosas actuales se lo permiten, pero viste cómo está el patio.