Míralos MorVIP 13

Si tomaste la comunión,
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Por Santiago Calori

Ya hablé mucho (no tanto como hubiera querido, a quién le quiero mentir) del cine de subgénero italiano de los años setenta. Conté un poco su evolución, desde el neorrealismo hasta los caníbales, pero me salteé uno (casi, casi) a propósito.

Y de ese, justamente, voy a hablar hoy.

Porque si bien el cine de explotación europeo era medio «una misma cosa» sin mucha lógica de fronteras y había una ensalada constante de gallegos, tanos, franceses y alemanes actuando y filmando «todos contra todos» el origen de este subgénero es inherentemente tano.

Y hay razones para eso, pero lo vamos a ver en un ratito.

Lo importante es entender cómo funcionan las películas exploitation y, a pesar de que lo expliqué mil veces, lo voy a hacer una vez más porque «el público se renueva»:

El exploitation vive del «aquí y ahora». Es sucio y veloz. Si se está hablando de algo que causa escozor, se hace una película. Si hay un escándalo que se pueda filmar sin pagar derechos, se hace una película. Y, un dato no menor: si funciona una temática, se hacen dos docenas de películas parecidas.

¿Y cuál fue esa película que desató un subgénero de la noche a la mañana? Los demonios (The Devils, 1971) de Ken Russel.

Ken Russel, un director del que hablábamos el otro día en el grupo de Telegram y del cual confesé: «No tengo claro si me parece un genio o un ladrón de caminos» no tuvo mejor idea que adaptar una extraña obra de teatro basada a su vez en una novela de Aldous Huxley y contar una historia que armó más escándalo del que debería.

Los demonios contaba la historia de un cura que va contra el poder de un obispo maligno y termina acusado de brujería por una monja muy, pero muy perversa. Guardate lo de «una monja muy, pero muy perversa» para dentro de unos minutos que te va a venir bien.

La película terminó con una clasificación X, que le impidió muchas cosas y estuvo prohibida (o estrenada en tantas versiones y cortes distintos que para el caso es lo mismo) hasta casi su edición en DVD hace algunos años.

(Este es un dato no menor, que algún día vamos a explorar. Películas que damos por sentadas estuvieron —o incluso están— prohibidas en Inglaterra sin tener ninguna dictadura en el poder. Pero eso, otro día. Vuelvo.)

Los demonios fue un reguero de pólvora y los exploitators de turno sonrieron hasta que se les vio el diente de oro: se dieron cuenta que «la gente quería ver historias como esas» y que ellos se las podían dar sin mucho problema.

¿Por qué pasó primero en Italia? Bueno, hay una multiplicidad de factores (el religioso lo voy a analizar en un momento), pero hay una de peso, y es una historia real que ocurrió siglos atrás en ese mismo país.

No se puede fechar muy bien exactitud, pero se supone que en el siglo XVII a un convento en el pueblo de Monza, llegó contra su voluntad una adolescente hija de unos de mucha plata que se hizo «monja a la fuerza». Al mismo tiempo, tenía un tórrido romance con un hombre que vivía ahí cerca y tuvo dos hijos. Queriendo tapar el sol con la mano a esa altura, sesinó a una monja que amenazó con delatarla. Terminó presa una punta de años y esa es más o menos la historia.

Pero no se crean que por eso las películas iban a gritar «Justicia» y revisar lo malo de la historia o de la Inquisición que seguía dando vueltas por esas fechas. Más bien lo iban a usar para contar historias que, casualmente, resultaron muy parecidas a las de otro subgénero en boga en aquel momento.

Y ahí, justamente ahí, nació el nunsploitation o cine de explotación con monjas

¿Qué cosa dice? Películas exploitation… ¿de monjas? Sí, de monjas muy, pero muy especiales.

El otro género del que el nunsploitation robó su línea argumental era el de women in prison o cine de cárceles de mujeres.

(Si, de esta aberración seguramente también me ocupe en algún momento, no será ahora más que para ilustrar.)

El cine de cárceles de mujeres tenía una línea argumental bastante simple: una chica inocente (o casi, pero definitivamente más buena que mala) era llevada a una cárcel donde debía ganarse su lugar ante la aspereza del resto de las detenidas y, para cuando lo lograba, se daba cuenta que la guardiacárcel era incluso más sádica y cruel que sus compañeras de pabellón.

Bueno, ahora armemos la línea argumental típica de un nunspolitation:

Una chica que hizo algo para poner en jaque alguna figura de autoridad (generalmente paterna) es enviada contra su voluntad a un convento y metida a monja. Una vez adentro, la chica se encuentra con unas hermanas muy sexuales y una madre superiora que la única forma que tiene de disciplinarlas es mediante castigos físicos más parecidos a un protocolo BDSM que otra cosa. Hay, además, un cura que es la fantasía sexual de todas las internadas.

Si, no hicieron un esfuerzo muy grande tampoco, a quién le quiero mentir.

Obvio que en un país con un nivel de culpa cristiana como Italia, la cosa iba a prender como un incendio forestal (okey, capaz no es la mejor semana) y que los directores después pudieran hacer una defensa en plan «ir contra el orden establecido» o similar. Lo cierto es que con los nombres que fueron apareciendo (Joe D’Amato, Bruno Mattei), dudo que hubiera mucho más que un deseo firme de seguir con la rueda del exploitation tano puro y duro.

Hablame de un ejemplo más claro que el de D’Amato, que no contento con haber hecho una de la serie Emanuelle Negra con caníbales, también hizo una con monjas: Sister Emanuelle (Suor Emanuelle, 1979)

Claro que no fue solo un fenómeno italiano: se podría decir que funcionó en casi cualquier país con una penetración grande de catolicismo: a Italia le siguieron España ¡y México!

En España no hubo ni que explicarle nada al querido Jesús Franco que se despacho con la extrañísima (y francesa de casualidad) Les démons (1973) y la (¡alemana!) Cartas de la amor de una monja portuguesa (Die Liebesbriefe einer portugiesischen Nonne, 1977).

Los mexicanos, por su lado tuvieron a Gilberto Martinez Solares con su Satánico Pandemonium (1975. Sí, Robert Rodríguez no inventó un carajo.) y a Juan López Moctezuma con Alucarda (1977)

Habría que hacer un esfuerzo sobrehumano para catalogar al nunsploitation como «accidentalmente feminista», pero voy a hacer mi mejor esfuerzo: las películas hablan bien de la sexualidad, y los personajes que la castigan son generalmente los villanos. Hablan también de una venganza en manos de una mujer que está haciendo justicia por lo que le hicieron y varías cosas más.

Esto, si no ponemos en la balanza que los encargados de contar estas historias eran hombres que se dedicaban a hacer películas de los escándalos que vendieran entradas, por supuesto.

No te digo que salgas corriendo a ver algo (o todo lo que haya: el género completo no son más que veinte películas), pero si lo tenés que hacer porque te están apuntando con un revolver a la cabeza, te dejo un top five relativamente rendidor:

1. Los demonios (The Devils 1971) de Ken Russel

¿Por qué no empezar por el comienzo?

Buena suerte consiguiendo una copia completa, pero casi cualquier corte más o menos largo debería hacerle justicia.

Tiene de interesante la noción de que es una película mega hypeada en la época, con cameos de famosos y todo eso y es, además, la medida patrón en la que se basaron los demás para hacer cosas que no se le parecen en absolutamente nada.

2. Les démons (1973) de Jesús Franco

Un grupo de monjas «poseídas» en plena Inquisición son torturadas (en distintos niveles de desnudez, por supuesto) para «sacarles al diablo de adentro».

Lo lindo que tiene Les démons es pensar que Franco la hizo pensando en copiar Los demonios de Russell y le salió esto.

3. Alucarda (1977) de Juan López Moctezuma

Una mexicana como para entender que eran un poco distintas. Y un poco mejores, no nos engañemos, que sus contrapartes europeas.

4. Flavia, la hereje (Flavia, la monaca musulmana, 1974) de Gianfranco Mingozzi

Una chica llevada contra su voluntad a un convento en el que… Bueno, lo de siempre, solo que… ¡inicia una revolución musulmana para destruir a los cristianos del pueblo!

5. La monja asesina (Suor Omicidi, 1977) de Giulio Berruti

Quizás la más extraña del lote (y vaya que eso es mérito) por ser la única que sucede en «tiempo presente»

Una monja a cargo de un hospital ¡es adicta a la morfina! y es protagonizada ¡por Anita Ekberg!


Ya más no puedo hacer por vos.

Nuevamente, no te estoy diciendo que las vayas a ver, Míralos MorVIP no tiene ART ni ningún tipo de seguro contra granizo mental.