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186 – Películas de muñecos

Publicado el 10 de agosto de 2023

No sé si andarás escuchando este podcast, mucho menos si sos parte de esta secta, pero hace un par de semanas, en ocasión del evento del año —esto es, Barbenheimer— expuse un miedo que, creo, todos deberíamos tener.

El éxito de Barbie (2023) de Greta Gerwig nos plantea un nuevo paradigma en “películas evento”, esto es: las basadas en una propiedad intelectual que ni siquiera tiene un guión mínimo adosado en más de cincuenta años de historia.

Si ya “estamos como estamos” con las adaptaciones de historietas donde, mal que mal, pasaba algo, imaginate a dónde podríamos llegar con las de un muñeco inyectado en plástico que descansa tieso en un blíster.

Sí, podríamos ir “por la positiva” y decir “Mejor, más creatividad puesta al servicio de…” pero todos sabemos que es más probable que después de miles de aprobaciones de “los de marketing” y “los de legales” nada de eso se materialice.

El punto: estamos ante un nuevo paradigma que se abre ante nuestros ojos. Bah, si lo queremos ver yendo al cine.

¿Es la primera vez que hay una película que adapta a una serie de muñecos? No, claro que no. Pero sí es la primera vez en mucho tiempo que una de esas es así de lucrativa.

Y con el éxito, sabemos, llegan los excesos.

Solo el tiempo dirá, el punto es que—

“El punto, por el amor de jehová”

— me dieron ganas de hablar de una película basada en un objeto inanimado que derivó en una de muñecos que no anduvo tan bien.

“Estoy”

No sé si estás. La verdad que no.

“Te digo que sí”

Bueno, con este permiso, empiezo.

Para contar esta historia hay que hacer un poco de historia del juguete. Y de “productos para chicos en general”

Por un lado, tenemos una compañía llamada Topps, quizás te suene si estás en la boludez de seguir siendo chico incluso de grande, si no vamos con un resumen.

Habían empezado como una importadora de tabaco en los años treinta, pero con las guerras y los subsecuentes problemas de importación, empezaron a vender chicles.

Se dieron cuenta que una forma de promocionar esos chicles era que tuvieran “algo más”, así nace el que todos conocemos como Bazooka, que tenía una historieta breve.

Viendo el impacto que tuvo su producto, Topps decide subir la apuesta y empieza a incluir tarjetas con jugadores de baseball con sus chicles.

Sí, no hace falta decir que el chicle pasó a ser una anécdota. Topps se dedicó tiempo completo a la fabricación de tarjetas de todo tipo.

Para los años setenta, una serie se había probado muy popular: la de Wacky Packages.

La serie se burlaba de marcas populares, dándole un giro cómico a sus logos, packagings, etcétera.

Si peinas canas como yo, recordarás esos stickers muy populares —sobre todo en ciudades de veraneo— donde Coca Cola era “Cocaína” y así.

Bueno, eran los ochenta, qué querés que te diga. Pero volvamos a los ochenta, pero más a principios y en Estados Unidos.

Había otra compañía, esta de juguetes que se llamaba Coleco. Puede que te suene si eras gamer antes de que el término existiera.

Lo cierto es que Coleco era más amplia que sus máquinas de videojuegos: de hecho se había hecho grande fabricando muñecas.

Y había una serie muy, pero muy popular, que se llamaba Cabbage Patch Kids. Eran estas:

Sí, claro que te las acordás.

¿Qué tiene que ver el culo con la témpera? Bueno, ahí viene.

Coleco se reunió con Topps para sacar una serie de tarjetas —o figuritas, si hablamos en nuestros términos— de las Cabbage Patch. Fueron y vinieron y el trato nunca se materializó.

Pero Topps veía que en eso había alguna posibilidad seria de hacer billete, y valiéndose de su “poder de burla” con la serie Wacky Packages, diseñaron una carta que iba a ser el comienzo de un incendio forestal: la de los Garbage Pail Kids.

Iluminados, pusieron a uno de sus dibujantes de planta, Art Spiegelmen.

Sí, ese Art Spiegelman.

A diseñar una serie de cuarenta y pico de diseños de unas muñecas que tenían granos, mocos, mutaciones de todo tipo y nombres graciosos que eran juegos de palabras.

Habían nacido los Garbage Pail Kids o, como los conocimos acá, las Basuritas, pero eso es en un rato.

Las figuritas fueron un éxito no inmediato pero sí total a la larga. Los niños podían comprarlas con la plata que tenían a mano, los padres y maestros y los diarios hablaban del daño que hacían. Todo perfecto y esperable.

Lo que Topps no esperaba era que Coleco en una de esas no iba a estar tan copada del chiste que había decidido hacer, y accionó legalmente.

No queda claro, porque todas las versiones dicen que fue acuerdo extrajudicial, pero las figuritas siguieron algunas series más a lo largo de los años, cambiando el diseño de los personajes por unos que se parecían menos a los Cabbage Patch.

Pero volvamos al éxito: era tal que la cadena de televisión CBS, ayudada por DC Comics se pusieron a trabajar en una serie animada, de la que se hicieron 13 capítulos que nunca salieron al aire por los entuertos legales con Coleco, pero que podés ver entera en YouTube si sos de esxs.

Con la serie apalancada, el acuerdo extrajudicial con Coleco y alguna que otra cosa más, Topps estaba buscando hacer caja como fuera.

Hace su entrada Rod Amateau, a quien quizás todavía no conozcas, pero para el final de esto, sobre todo algún que otro textual, quizás lleves en tu más alta estima.

Amateau, que bien podría haberse cambiado el nombre a Amateur, tenía sesenta y pico, y había dirigido películas por encargo toda su vida. Ninguna que recordemos claro, pero era la verdadera definición de “director de oficio”, no la que ponen esos críticos cuando no saben cómo definir a un genio que los franceses no le dijeron que tenían que adorar. Volviendo—

Amateau arregló con Topps que le dieran los derechos de los personajes y en dos meses ya estaba filmando la película co un guión escrito en tiempo récord. Y ya sabemos para donde va la cosa.

Porque el presupuesto total que Amateau había conseguido era un millón de dólares, que obvio es un montón de guita, pero no tanto para una película.

Lo más lógico hubiera sido una película de animación, pero no daba la guita. Fueron por el clásico traje de goma con máscara de animatrón.

El encargado de hacerlo no fue otro que el querido John Carl Buechler que ya establecimos por una serie de conspiranoias con el querido Kuschevatzky que inventó a Monguito.

Y acá me voy a correr un poco del camino: Buechler estuvo a punto de dirigir la película, pero Amateau se interpuso. La idea de Buechler, a tono con la época, era que fuera una película de terror con muñecos de vuelven a la vida y demás delicias de la era Gremlins, Critters, Chuckys.

Sí, no fue lo que quería Amateau, que no sabía nada de la historia de los personajes ni su mística ni nada: solo veía a estar película, de ser exitosa, como una jubilación.

En sus propias palabras: “El cheque tenía fondos. No era una película en la que había que pensar, era una película que había que ir a hacer”

El rodaje estuvo plagado de problemas, filmando en un galpón y no en un estudio, donde el techo de chapa interfería con los controles remotos de los animatrones y varias delicias más.

Pero quizás la mejor fue quiénes estaban adentro de los trajes de los Garbage Pail Kids. Dejemos que el propio Amateau lo cuente con su gracia singular:

“Contratamos enanos. Un montón. Y les pusimos las máscaras de los personajes y tomamos el tiempo de cuánto podían sobrevivir con ellas puestas. Resultó ser de cinco a siete minutos. Ensayábamos todo sin las máscaras y cuando se las ponían para filmar, tenía un enfermero con un cronómetro.”

Sí, quizás esto es demasiado, incluso para Míralos Morir. Te dejo que lo pienses.

Y te agrego que había una sola máscara por personaje: si alguna se rompía o pasaba algo, la película estaba terminada. Enanos no, enanos había un montón como nos explicó el director dos párrafos atrás. Pero volvamos con él:

Amateau pensaba que la película iba a ser un producto para la televisión, pero la gente de Atlantic Releasing —tendríamos que hablar de ellos algún día, responsables de estrenar cosas como Muchacho lobo (Teen Wolf, 1985)— lo convencieron de que un película infantil tiene ciertas lógicas que la hacen más redituable en la taquilla.

Esas lógicas, no hay que ser físico nuclear para saberlas son: que los niños van acompañados de un adulto al cine, lo cual duloica la cantidad de entradas y que el público infantil se renueva cada equis cantidad de años, haciendo posible el reestreno de películas más frecuentemente.

Sí, nada que no haya hecho Disney toda su vida, llevando generaciones de los ochenta a ver películas de los cincuenta o sesenta. En fin—

Amateau, que solo quería ver guita (sí, fue intencional) se subió al tren y 21 de agosto de 1987 Los fantásticos Garbage Kids atacan (The Garbage Pail Kids Movie, 1987) fue a muchas salas donde tuvo, te imaginarás, muy pocos espectadores.

La película recaudó poco más de un millón y medio de dólares. Sí, difícilmente se haya acercado a los planes de jubilación que Amateau tenía.

Se llegó a hablar de una secuela que el propio Amateau se postuló para supervisar pero no dirigir porque “Estoy muy viejo para esta mierda”.

La secuela nunca se hizo. Amateau dejó esta dimensión en 2003.

Volvamos a una cosa que capaz se te pasó por alto: que nombré a la película con el título local. Eso fue un poco mentiroso pero no tanto. No se estrenó en cines, pero sí fue directo a video.

¿Por qué no se estrenó como la película Basuritas? Bueno, nunca lo sabremos, pero si podremos hacer un poco de memoria emotiva y decir que—

Si peinás las suficientes canas como para acordártelas, recordarás a los padres preocupados —y los que no lo estaban tanto— hablando entre ellos. Las Basuritas eran, a los nueve o diez años, lo más punk que un chico podía hacer.

Desconozco si las de acá habían pagado algún derecho a Topps o si fueron importadas por izquierda por alguien con muchas ganas de progresar. Pero eso no era lo único que desconocía.

Lo interesante es que pasé gran parte de mi niñez y adolescencia sin saber que la película existía. Recién cuando empecé a recorrer los canjes de VHS en “el barrio” (esa zona mágica llena de películas y distribuidores delimitada por las calles Callao, Junín, Corrientes y Viamonte) es que me enteré de que una editora de poca monta (cuando no) la había sacado al mercado doblada (y quizás un poco fuera de Target, bajo un subsello “Locos bajitos”) hacía algunos años.

El querido Cristian de RaroVHS la rescató del olvido, los taglines y la sinopsis son imperdibles:

Recuerdo que descubrirla fue darme cuenta que, si la hubiera visto a la edad donde estaba yendo al kiosco como un paquero a comprarme paquetes, seguramente me hubiera parecido El ciudadano (Citizen Kane, 1943). Pero viste cómo es: la experiencia en un peine que dan cuando ya estás pelado.

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