Edición 74

"Papá Noel no se va a morir"

Por Santiago Calori

Así tuvo que aclarar muy serio Rodolfo Barilli después de esta nota en la época del conflicto por las papeleras finlandesas poniendo su sede en Uruguay.

Y la verdad que hizo muy bien: cualquiera que haya pisado un medio sabe perfectamente que pocos temas son más tabú que ese.

En los medios de comunicación masivos (radio y tele, sobre todo) Papá Noel existe. Es una regla no escrita que todos cumplen. Del mismo modo que “feriado se trabaja igual porque te puede escuchar gente que no te escucha otro día” (me gustaría quedar a solas en un cuarto con el inventor de este precepto, pero eso es para otro día), Papá Noel está entre nosotros, viene el veinticuatro a la noche y deja regalos.

“¿Qué es este extraño roleplay que hacen?” te estarás preguntando si no sos de los medios. Bueno, la verdad que es relativamente lógico: como, sobre todo en determinados horarios, hay chicos frente los televisores, radios y nadie tiene muy claro si saben o no si Papá Noel (o los Reyes, el Ratón Perez: cualquiera sea el caso) existen o no, se decide evitarle el engorro a los padres de tener que explicar a las apuradas (y antes de tiempo) algo que capaz tenían guardado para más adelante.

Es un poco el “lo hago por mis hijos” de los provida, pero con un poco menos de peligro y ceguera religiosa: Papá Noel existe y no se va a morir, porque la verdad que no le cambia la vida a nadie.

Generalmente, esta noción se aprende por las malas: cuando uno hace algún chiste de Papá Noel al aire y todos te miran dándose cuenta que no sabías el precepto. Esto, además, viene acompañado de llamados de padres que se acuerdan de todo tu árbol genealógico porque “estaban llevando al más chico al colegio y ahora hace preguntas.”

En cualquier caso, lección aprendida. Pero, te imaginarás, no estoy acá para comprender a Barilli ni a dar lecciones como si esto fuera una clase de Éter, Estoy acá para hablar de películas, como siempre.

Si peinás canas (o estás en edad de peinarlas y tuviste suerte o si te das la biava, no te voy a juzgar) habrás ido a un videoclub.

Recordarás, si fuiste, todas esas cajitas exhibidas una al lado de la otra que prometían el oro y el moro y muchas veces daban poco más que medio susto.

Las cajas de las películas de terror eran piezas de arte conceptual que, en una gran mayoría de los casos podrían encuadrarse dentro de las defraudaciones y estafas. A veces era un arte muy fantasioso (quizás “lo que hubieran querido que fuera la película”) y otras un título muy espectacular, a veces los dos juntos.

Entre los títulos espectaculares que encontrábamos los que pateábamos videoclubes en los años ochenta y noventa había uno que resaltaba por lo creativo / ridículo / “¿Qué es esto?” / “Tengo que ver esto ya” / todas las reacciones que se te ocurran: Sangriento Papá Noel.

Sagriento Papá Noel era el título local que recibió una película de título Silent Night, Deadly Night (que traducido más literal sería algo así como Noche de paz, noche de muerte). Era de 1984 y estaba dirigida por Charles E. Sellier Jr. que venía de producir cantidad de exploitation y de dirigir algunas películas películas de corte familiar. Su obra anterior y posterior no será juzgada en este espacio, que ya sentenció varias veces que no hay película buenas ni malas.

Fue filmada con el título tentativo de Slayride en Salt Lake City, Utah y sus alrededores con un presupuesto relativamente bajo para la época, unos 750000 dólares. Lo curioso del caso es que la película estaba producida por un estudio grande, que quería quizás hacer caja con lo que pensaban eran los últimos coletazos del slasherTriStar, una subsidiaria de Columbia. Y es curioso porque los estudios, en general, con este tipo de productos tendían a no “ensuciarse las manos” sino a “comprar hecho” y solo distribuir.

Y digo «últimos coletazos» porque la película estaba en una zona rara de la historia del cine de terror: con el slasher entrando en una suerte de decadencia después de media década de hacer más o menos siempre lo mismo y otro tipo de películas (más “sobrenaturales” si se quiere) empezando a liderar las taquillas. No es casual que la película de Sellier sea del mismo año que Pesadilla en lo profundo de la noche (A Nightmare on Elm Street, 1984) de Wes Craven, pero más de eso en un momento.

El punto era que: en repetidas visitas al videoclub éramos seducidxs por el arte de tapa y título local de Sangriento Papá Noel, difícil sacarle el culo a esa jeringa. Y un día, llenxs de esperanza, nos la llevábamos a casa.

Lo que nos encontrábamos era un slasher relativamente convencional donde un chico muy perturbado por la muerte de sus padres en manos de alguien vestido de Papá Noel, llegaba a adulto, conseguía trabajo en una juguetería, llegaba ese momento mágico del año y…

Ni hace falta explicar cómo seguía la línea argumental después de eso, ¿verdad?

La película se estrenó en noviembre de 1984, justo el mismo fin de semana que Pesadilla en lo profundo de la noche. Las taquillas del momento revelan que prácticamente la duplicó en recaudación, pero los problemas no iban a tardar en llegar.

En rigor, ya había llegado cuando la Catholic Conference (la “conferencia católica” en español, un grupo chupasirio y ultraconservador de la época) hizo su reporte de películas para la temporada de navidad unas semanas antes. Desde ya que Pesadilla en lo profundo de la noche y Crímenes de pasión (Crimes of passion, 1984) de Ken Russel fueron calificadas como “O” por “moralmente reprobables”, pero con Sangriento Papá Noel fueron más allá, llamándola “una abominación.”

(Esta es la lista que John Waters revisaba continuamente para buscar qué ver con las intenciones diametralmente opuestas)

La película, de todas maneras, fue calificada como R y no X (recordemos como ya conté otra vez el NC-17 todavía no se había inventado) por la MPAA en gran parte gracias a los que slashers anteriores (especialmente la muy exitosa hasta ese momento saga de Martes 13 (Friday the 13th, 1980), que por aquel momento iba recién por la número cuatro) habían hecho por el bien de que los calificadores se calmaran un poco.

Los que no se calmaron, por supuesto, fueron los papis preocupados que no faltan nunca. Unos especialmente organizados en Milwakee bajo el nombre Citizens Against Movie Madness (algo así como Ciudadanos contra la locura de las películas) empezó a organizar piquetes en las puertas de los cines.

No tardaron en plegarse otras organizaciones de varias zonas de Estados Unidos y, muy pronto, los papis preocupados no fueron los únicos: los medios querían capitalizar el quilombo.

Así fue como los diarios, y especialmente canales de televisión, se hicieron eco de las protestas sumando al “qué barbaridad” general. Los mismos canales que tenían pautados trailers de la película en sus tandas y los programaban en horarios donde hubiera chicos mirando, como durante La familia Ingalls.

Y empezaron a aparecer las firmas. Actores encumbrados como Mickey Rooney (para los más jóvenes: una estrella infantil que derivó en estrella adulta, se casó ocho veces y al final de su vida iba a los Óscars para que lo aplaudan sin mucho más mérito para ese entonces que ser viejo, corte Max Berliner) salieron a protestar contra esta película que estaba lacerando las mentes de los niños. Rooney fue lo suficientemente enfático en sus pareceres:

«¡Cómo se atreven! Soy un defensor de la libertad de expresión pero… no me hagan una película de un Papa Noel armado tratando de matar a alguien. Las basuras que hicieron semejante cosa deberían ser echadas de esta ciudad.»

Y esto despertó una ola de críticos a hacer lo mismo, quizás siendo la reacción más famosa la de Gene Siskel, el compañero de Roger Ebert que dijo que “TriStar debería estar avergonzado” y que “tenían la taquilla manchada de sangre”.

(Sí, es hora que digamos que Siskel tampoco era Pauline Kael ni Andrew Sarris, era un Luis Pedro Toni con -solo un poco- más de marco teórico. Un poco. Ebert era otra cosa, pero es para una discusión más larga.)

Con Sangriento Papá Noel estaba pasando, sobre suelo norteamericano, algo similar a los que había sucedido sobre suelo inglés con el pánico moral años antes, pero ese es un tema del que ya hablé, no me acuerdo si acá o en el de los martes.

Los de TriStar quisieron salvar la plata (en rigor ya la habían salvado tres o cuatro veces), salieron a decir que la película era “para un público adulto” y sacaron la pauta de los canales de televisión, pero la cosa no se calmó nada.

Lo cierto es que las presiones funcionaron y, a pesar de la buena recepción del público, la película duró dos semanas en cartel y fue levantada por los de TriStar, que quisieron hacer creer que no era por las presiones, sino por la mala performance de taquilla.

Esto hizo que Pesadilla en lo profundo de la noche, que hasta ese momento había ido relativamente bien pero sin descollar se convirtiera en el éxito de taquilla que terminó siendo. Eso y que era una película bastante mejor que Sangriento Papá Noel.

Los productores intentaron comprarle los derechos de distribución a TriStar, que los tuvo bajo siete llaves casi un año: se especula que recién cuando su propia división de videohome y la gente de HBO habían dicho que no, los largaron.

La película fue reestrenada por Aquarius Releasing (responsables, entre otros, del estreno de la muy pintoresca Cannibal Ferox (1981) de Umberto Lenzi en Estados Unidos) un año después en un circuito bastante más grindhouse del esperable en un principio.

Una vez agotada la pasada en salas, fue editada en una versión “sin cortes” para el circuito de video y ahí fue cuando la cosa explotó realmente.

Fue tal la demanda que, directamente para este circuito, la película tuvo cuatro secuelas (Silent Night, Deadly Night Part 2 (1987), Silent Night, Deadly Night 3: Better Watch Out! (1989), Silent Night, Deadly Night 4: Initiation (1990) y Silent Night, Deadly Night 5: The Toy Maker (1991))

Y con la quinta pasó algo muy gracioso.

¿Te acordás que hace un rato hablé de Mickey Rooney? Bueno, hay un lindo momento de justicia poética.

Ni diez años después, y con su carrera ya en franca decadencia, empezó a actuar en algunas películas directo a video, entre ellas una que se llamaba The Toy Maker, donde encarnaba a un sádico personaje vestido de Papá Noel que hacía juguetes peligrosos para niños.

Quiso el destino, el karma o vaya uno a saber qué, que los distribuidores decidieron cambiarle el título para el momento del estreno y la hicieron formar parte, con forceps, de la saga de Sangriento Papá Noel. Resultó ser la quinta y última película de la saga.

Y así fue como, engañado o no, Mickey Rooney terminó formando parte del franchising contra el que tan vocalmente se había opuesto. O como me gusta decir a mí: actores.

Está claro que Sangriento Papá Noel no fue la primera ni iba a ser la última película de Papás Noel asesinos o fuera del camino del señor (?), un tema que debería ser tratado con la profundidad que requiere. Quizás para las fiestas.

Pero esperá que hay una más para el camino: mucho se especuló sobre por qué TriStar levantó un éxito de los cines y, para peor, lo tuvo bajo siete llaves casi un año.

Y una que se ha explorado mucho pero al día de hoy no se pudo confirmar es que, en ese momento, el estudio estaba en estado crítico y a la búsqueda de vender sus propias acciones para alivianar un poco la situación financiera.

Los más conservadores sostienen que sacaron la película de cartel con miedo a la publicidad negativa que le podía traer frente a potenciales inversores.

Los más conspiranoicos están convencidos de que esa venta de acciones que TriStar quería hacer era a un holding de empresas entre las que estaba The Coca Cola Company. Y todos sabemos que la relación de la bebida cola con Papá Noel es, como mínimo, estrecha.

Dejame creer.

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