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97 – Érase una vez

Publicado el 25 de noviembre de 2021

Esta no va a ser ni por asomo “la entrega de Sergio Leone.” Principalmente, porque hay tantos ángulos para explorar y este, el final, es solo uno de ellos.

¿Será una serie como la de Hitchcock? Díganme acá abajo en los comentarios y denle a la campanitMENTIRA.

Sí, pero probablemente no seguida, sino a lo largo del tiempo: después de todo, estos jóvenes envíos sólo tienen menos de cien entregas. Imaginate si te voy a “quemar” todo Leone en una sola.

Pero, para hablar de la última, vamos a tener que hablar de las anteriores, de cómo llegó hasta ahí y varias cosas más.

“Vas a hacer un poco de historia.”

Cuándo no.

Sergio Leone nació en Roma en enero de 1929. Hijo de una familia de cine, su padre era Roberto Roberti, uno de los pioneros del cine italiano, que había nacido Vincenzo Leone, pero por alguna razón había decidido cambiarse el nombre por uno de cantante (?). Esto hizo que desde pequeño Sergio anduviera dando vueltas por sets y en un momento haya tenido el llamado a la acción.

Pero, a diferencia de los “hijos de” locales, hizo su camino de pinche para arriba. Fue asistente de dirección de Ladrones de bicicletas (Ladri di biciclette, 1948) de Vittorio De Sica, además de trabajar en el mismo puesto en varias de Carmine Gallone, de Mario Camerini y de varios más, incluido su propio padre.

Quizás su trabajo más notable, junto al de De Sica haya sido ser asistente —sin crédito— de Mervyn LeRoy, pero especialmente de Anthony Mann (que también estaba sin crédito en esta) en la épica Quo Vadis (1951). Guardate el dato de Mann, que te va a venir bien más tarde.

Trabajó durante por lo menos dos décadas de asistente y director de segunda unidad, al punto de que su filmografía en este sector es cuatro veces más grande que su filmografía como director.

Y eso no es todo: aún habiéndose consagrado como director años después, siguió codirigiendo en las sombras algunas de las películas que produjo, pero quizás eso sea para otra vez.

Lo principal es que para principios de los años sesenta, tuvo su oportunidad de dirigir una película, quizás la única que se sale de canon en su filmografía.

Se trataba de El coloso de Rodas (Il Colosso di Rodi, 1960), un peplum hecho y derecho.

“¿Un qué?”

De esto seguramente hable con profundidad otro día, pero los tanos tendían a apasionarse por un género, explotarlo, aburrirse, inventar uno nuevo, aburrirse y así.

El peplum (conocido vulgarmente como “películas de romanos” o “películas de espada y sandalia”) era justamente eso: películas todo lo épicas que los presupuestos de la época permitían sobre héroes de la época del imperio, con poderes muchas veces casi sobrenaturales. Las películas, en general, son inclasificables pero muy divertidas.

Pero no estoy acá para hablar de peplum, solo de que fue el género que puso a Leone en el rol de director.

Pero Sergio tenía otras cosas en la cabeza. Amaba los westerns, un género que en Italia —y en casi cualquier país que no fuera Estados Unidos— quedaba raro.

Lejos de claudicar ante la idea de no hacerlo, avanzó. Y para 1964 consiguió una serie de actores yanquis y algunos tanos que parecieran nacidos en Estados Unidos y dirigió un western del otro lado del Atlántico.

Esto iba a fundar una “nueva gran cosa” en el cine italiano, que ya se estaba aburriendo de las espadas y de las sandalias.

Con Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, 1964) se fundó formalmente el llamado spaghetti western, un género que se suponía pasatista, pero que iba a tener una influencia en el cine mundial pocas veces visto.

Leone, que dirigió la película con el seudónimo de Bob Robertson, hizo todo lo posible para que el producto pasara por yanqui, pero eran tantas las cosas revolucionarias que pasaban a nivel visual y narrativo que pronto tuvo que abrazar la idea de que había inventado algo nuevo, dándole vida a un género que parecía en las últimas.

Colaboró, en lo que se podría considerar un “acuerdo tácito de conveniencia mutua” con el por entonces compositor de música de librería Ennio Morricone, dándole quizás la oportunidad de brillar con nombre propio.

Leone conocía a Morricone porque habían sido compañeros de la escuela, pero no trabajaron juntos hasta 1964, cuando le pidió que hiciera la banda sonora de Por un puñado de dólares, donde aparecía como “Dan Savio” para guardar las apariencias de que no eran todos tanos.

Leone, a diferencia de otros directores que van al compositor con la película semi montada para que le compongan la banda sonora, lo hacía completamente al revés: le pidió a Morricone que la componga y la llevaba al set para ayudar a los actores a entrar en el clima de lo que quería filmar.

“Como el rodaje de un videoclip.”

Se podría decir, pero con más balas.

Lo cierto es que la “Invención” del spaghetti western fue un camino lleno de pozos y, por qué no decirlo a esta altura, la historia de un plagio con acciones legales y todo.

Porque, seguramente sepas esto y si no lo sabes, bueno, te enterás hoy y no se muere nadie, Por un puñado de dólares está demasiado “inspirada” y es un “homenaje” demasiado explícito a Yojimbo (Yôjinbô, 1961) de Akira Kurosawa.

“Como La guerra de las galaxias es un homenaje a…”

Correcto. Pero en este caso hubo un juicio, que terminó con un veredicto en contra de Leone, que tuvo que pagar cien mil dólares y darle a Kurosawa y a la productora japonesa un 15% de las ganancias de la película.

Pero lejos de amedrentarse, Leone siguió adelante con su idea de hacer westerns en Italia, inaugurando lo que sería luego la forma de su filmografía: filmar trilogías.

La llamada “trilogía de los dólares” siguió con Por unos dólares más (Per qualche dollaro in più, 1965) y cerró con Lo bueno, lo malo y lo feo (Il buono, il brutto, il cattivo, 1966).

Terminada la de los dólares, Leone empezó con una nueva trilogía, que se conocería mundialmente como la de “Érase una vez…” que se compone por Érase una vez en el Oeste (C’era una volta il West, 1968), Los héroes de Mesa Verde (Giù la testa, 1971) y la película de la que vamos a hablar hoy.

“Todos westerns.”

No todos.

“Bueno, casi todos.”

Verdad, pero distintos.

“¿Cómo es eso?”

Bueno, para el momento que Leone filma Érase una vez en el Oeste, hay un cambio de tono y velocidad en su cine: deja de ser ese spaghetti western extremo, sangriento y descontrolado y sus películas, si bien llenas de acción y coso, se vuelven más lentas y tensas, algo contemplativas, en el estilo del cine japonés: no en vano le había tenido que pagar un fangote de guita a Kurosawa por “homenajearlo” en Por un puñado de dólares.

Pero la verdad es que Leone no quería hacer más westerns e hizo las dos primeras de esta trilogía casi “por necesidad”: tenía yanquis que le querían pagar las películas, pero le pidieron un western más y él, bueno, de puro cebado hizo dos.

Lo que quería hacer era una película de mafiosos, al punto que la leyenda cuenta que le ofrecieron, para cuando había terminado Los héroes de Mesa Verde dirigir El padrino (The Godfather, 1972) y se negó porque tenía otra película de mafia en mente, además de la misión de terminar con la nueva trilogía que había empezado.

Y ahí fue cuando, podríamos decir que al igual que lo pasaba en sus películas, su filmografía pasó a tener un largo período de silencio después de un momento de mucha acción.

Y esto quizás también se deba a que Leone, a pesar de haber filmado lo que había filmado y de ser quien era, era una persona muy insegura sobre su obra: pensaba que cada película que filmaba iba a ser la última.

En el caso de la que nos convoca hoy lo fue. Un poco por lo que terminó pasando y un poco porque, bueno, Sergio era italiano y le gustaba un poco de morfi. Pero no nos adelantemos.

“Seguís en esta, gordo sembrar suspenso.”

Qué otra forma hay. Pasó los próximos diez años dándole forma al guión de su épica de mafiosos, basada en The Hoods de Harry Grey, un libro que contaba un poco autobiográficamente la historia de ascenso de un capomafia neoyorquino de familia judía.

La película fue, por si hace falta aclararlo, Érase una vez en América (Once Upon a Time in America, 1984) que, si me apretás un poco —y tampoco me tenés que apretar tanto— me parece bastante mejor que El padrino.

“Usted se tiene que arrepentir de lo que dijo.”

A revisar primero, y a defender después (?) O que te guste más la que te guste más, en realidad nadie puede regir sobre el gusto ajeno.

Decía: Leone se obsesionó con la novela de Grey —que en realidad se llamaba Herschell Goldberg— y como éste era fan de sus westerns, logró que se reunieran a hablar del proyecto.

Grey, que tenía menos ganas de hablar que el Conde del programa de Portal le dio algunas pistas, pero bien pocas. Así fue como se pusieron a adaptar la novela, y eso demoró un poquito.

El primero en armar una adaptación que el propio Leone calificó como “Muy de Mickey Mouse” fue el escritor Norman Mailer, versión que Leone descartó ni bien leyó.

Así fue como él, más los italianos Leonardo Benvenuti, Piero De Bernardi, Enrico Medioli, Franco Arcalli y Franco Ferrini pusieron manos a la obra y terminaron con un guión que tenía ¡317 páginas!

Si, ya estás viendo para dónde viene la cosa.

Con el guión listo en 1981, salieron a filmar en junio de 1982 y empezaron a montar en abril de 1983.

“Se tomaron su tiempo.”

Verdad que sí.

Para cuando terminaron de filmar “la épica”, el primer corte tenía ocho horas.

“Esta película ya la vimos.”

Y caramba que la vimos. Leone intentó convencer a los del estudio de hacer un corte de seis horas y estrenarla en dos partes.

Los del estudio, que todavía tenían La puerta del cielo (Heaven’s Gate, 1980) de Michael Cimino fresca en el shock post traumático, le dijeron que no, aduciendo que otra película de un italiano: 1900 (Novecento, 1978) de Bernardo Bertolucci también se había estrenado en dos partes y había sido un fracaso total.

Así fue como esas ocho, después seis se terminaron transformando en las tres horas con cuarenta y nueve minutos —diez más que la Cimino, si vale la trivia boba— que terminamos viendo (y amando)

Pero esto, con el diario del lunes. Porque ese montaje se estrenó en el Festival de Cannes y en el mercado europeo. Los yanquis la tuvieron más difícil.

Porque la distribución, que seguramente tenía potestad contractual para hacerlo contrató a un asistente de dirección —hoy llamarían a un YouTuber, seguramente— para que “acortara” la película.

El resultado es un corte de dos horas y diecinueve minutos que, por supuesto, fracasó en suelo norteamericano.

No es para menos: el final estaba cambiado, había personajes que aparecían de la nada y sin explicación, lo mismo que los que desaparecían y así.

Leone murió en 1989 a la, hoy por hoy, corta edad de sesenta años de un infarto que, no habría que ser forense para afirmar, se debió a sus hábitos alimenticios tanos in extremis.

James Woods solía decir que más que de un infarto, murió por la rotura de corazón que significó ese montaje horroroso.

Muchos fueron los esfuerzos —algunos relativamente recientes— para volver a la película a un montaje de cuatro horas y veintinueve minutos que ni siquiera habían visto los europeos.

Un laboratorio italiano, junto con gente que había trabajado en la película fueron los encargados de cumplir ese sueño en 2011. Pero una serie de extrañas trabas judiciales impidieron el uso de algunas escenas nunca antes vistas. Así fue como la versión más definitiva es la de cuatro horas y once minutos que el propio Martin Scorsese se ocupó de estrenar en Cannes en 2012 y que, obvio, podés buscar por ahí sin mucho conflicto.

Leone preparaba al momento de su muerte un nuevo western, llamado A Place Only Mary Knows donde, al estilo de Winchester 73 (1950) de Anthony Mann —acá tenés que decir “Aaaah: Mann”—, un Colt robado pasaba de mano en mano y de aventura en aventura.

Guionada por Luca Morsella (asistente de dirección de su última película) y el guionista Fabio Toncelli, el proyecto siguió vivo incluso con Leone muerto, aunque nunca se terminó concretando.

Solo nos queda especular si esa sería la primera de una nueva trilogía o no.

Quizás a modo de epílogo y para que no sea todo color de rosa, sería pertinente aclarar que Leone era una cabrón en el rodaje, bordeando el maltrato. Podríamos decir “era la época” y salir indemnes, pero algunas cosas se pasaban un poco de la raya.

Y digo “un poco” para ser amable. Al Mulock, un actor secundario, que había hecho del cazador de recompensas en Lo bueno, lo malo y lo feo, se suicidó tirándose de la ventana de un hotel durante el rodaje de Érase una vez en el oeste.

Fuera de que seguramente tenía algo previo y no fue solo que Leone le había dicho algo feo, la actitud del tano fue la de alguien que quiere terminar una película.

Cuenta la leyenda que mientras se lo llevaba la ambulancia, Leone exclamó “¡Sáquenle el vestuario! ¡Lo vamos a necesitar!”

Peeero, como buen tano, se suele decir que Leone “le ponía un poco de picante” a las anécdotas que contaba, asi que habría que tomar con pinzas esto de acá arriba, por más ¿hermoso? ¿vistoso? —pensando a la muerte como entretenimiento: después de todo esto se llama Míralos Morir, y esto ya lo hablamos mil veces— que nos pueda parecer.

Qué lindo que es el cine, ¿no?

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