Skip to content

91 – El juego del calamar*

Publicado el 14 de octubre de 2021

Pasa, de una manera cíclica con los productos ofrecidos de manera compulsiva por el algoritmo de Netflix, que una serie —y en muchísima menor medida una película, a menos que sea producción real de ellos— se convierte en un tema de conversación.

Cuando la cosa estalla, pasa de tema de conversación a fenómeno popular, donde literalmente todo el mundo habla de ella y hay memes y hasta disfraces.

Pasó con La casa de papel hace unos años y medio que sigue pasando al día de hoy, y pasó con El juego del calamar en el último mes, mes y medio.

Si analizamos solo estas dos, podríamos hacer un paper sobre si una serie de Netflix (o de la cadena que sea, podríamos incluir a Peaky Blinders si metemos a futbolistas y periodistas deportivos en la ecuación: esto se va a entender en tres segundos) funciona mejor si uno se puede disfrazar de ella, pero ¿qué somos? ¿sociólogxs?

El punto es que la serie de los que van en jogging verde contra los que tienen esas máscaras con símbolos y enterito rosa es el tema de conversación en los últimos meses y debo decir algo: con justa razón.

No sé si la viste o no, no sé si te interesará hacerlo, pero quizás que te la recomienden los mismos que te recomendaban La casa de papel sea lesivo para el producto. La serie es coreana y Corea, la verdad, está en el futuro.

En el futuro narrativo, visual, estético y miles de cosas más. Nada que no hayamos visto de manera absolutamente clara en Parásitos (Gisaengchung, 2019) de Bong Joon Ho que vio todo el mundo o en esfuerzos anteriores los que veníamos viendo que en ese país algo estaba pasando.

“Ah, viniste a defender una serie.”

No precisamente. Vine a hablar de algo que me disparó una serie, pero afortunadamente sin la necesidad de hacerle caca encima al producto que me la dispara, porque tiene méritos propios y eso, la verdad, habría que festejarlo siempre.

Lo cierto es que, cuando me contaron de qué iba El juego del calamar automáticamente dije el nombre de una película japonesa de hace unos veinte años.

(Dije eso y también recordé el concurso “Mauro Viale paga sus deudas” de cuando Mauro estaba en ATC unos años antes incluso que la película, pero no estoy acá para peinar canas ni hablar de televisión, pero si querés que lo haga dejame acá abajo en lo comments y dale a la campanita que me re ayudMUERTE.)

Esa película japonesa, que vi de voleo en un festival increíble al que me habían invitado —medio también de voleo— por un corto que había hecho en mis épocas de estudiante de cine —no, no está en ningún lado, no, no es porque me de vergüenza, es simplemente porque soy un cuelgue— en enero del 2001 en la ciudad holandesa de Rotterdam.

En ese festival, además de esa, que yo recuerde, vi Con ánimo de amar (Fa yeung nin wah, 2000) de Wong Kar-Wai, Requiem por un sueño (Requiem for a Dream, 2000) de Darren Aronofsky, Chuck & Buck (2000) de Miguel Arteta, Audition (Ôdishon, 1999) de Miike Takashi, 25 Watts (2001) de Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll y una pila de cosas más que ahora me escapan a la mente.

Recuerdo que había un run run con la japonesa, que había que ir a verla, y llegué a ella sin siquiera haber leído la sinopsis ni saber mucho más que “su director tiene 70 años.” Ante esta aseveración, lo primero que uno pensaba era “Uh, las últimas de Kurosawa” de manera despectiva, como ahora se dice “Las últimas de Eastwood” o de cualquier director que esté con más olor a cajón que a fruta.

Prejuicios aparte, me hice de una entrada y me senté, en una noche con un poco de  nieve en una sala enorme y hermosa cuyo nombre no recuerdo pero que, espero, siga ahí con toda su gloria, a ver “la película del japonés de 70 años.”

La película, ya te avivaste pero capaz que algunx no, era Battle Royale (Batoru Rowaiaru, 2000) de Kinji Fukasaku.

Sentarte a ver Battle Royale —o cualquier película, si es el caso, pero esta especialmente— sin saber absolutamente nada de ella puede ser una experiencia que te cambia la vida para siempre.

Salí de la sala con ganas de hablarla con gente, de contarle a todo el mundo que eso existía y varias cosas más.

Obviamente, veinte años atrás, las posibilidades de que la película “se filtrara” o “saliera en DVD” en un tiempo más o menos cercano —máxime teniendo en cuenta que recién estaba girando por festivales— eran nulas y conseguirla se convertía en una tarea de paciencia y amor por el cine.

Y así fue como me volví a Buenos Aires, con toda esa data en la cabeza, a geder a mis amigxs cinéfilxs sobre lo que había visto, haciendo un esfuerzo por no spoilear, algo que no era penado con cárcel ni largos hilos de tuiter sobre los límites del periodismo (!) como hoy en día.

Pasó el tiempo y mi obsesión creció. A sabiendas de que el mercado del DVD —y del VCD, que por alguna razón había pegado el oriente— me puse a buscar en sitios de venta de películas asiáticas —a veces en chino y traduciendo como podía— una copia de la película.

Y una noche esa búsqueda dio sus frutos: una editora de Hong Kong la había sacado en dos VCDs.

(Para los más jóvenes, el VCD era un formato que se podía reproducir en un DVD, pero que tenía la película grabada en un CD convencional, con una calidad de imagen que podríamos definir como “un buen lejos”, donde entraba a duras penas una hora de película por disco.)

Puse los datos de la tarjeta y, y un mes o más después, me llegó un paquete todo escrito en chino, en el cual solo se distinguía ni nombre y dirección. Ya tenía Battle Royale para mostrarle a mis amigxs.

Así fue como iniciamos incontables funciones en mi casa de la película en una tele de tubo de 29 y con la distancia de la pantalla necesaria como para que la compresión del VCD nos dejara disfrutar —dentro de lo posible— de esa maravilla.

¿Por qué cuento todo eso? Para que lxs más jóvenes entiendan que la cinefilia, como el romance, a veces lleva meses en concretarse. Volvamos.

No conocí a nadie que no pasara por la película desinteresadamente. Había algo en la brutalidad —y eso que había visto Audition en el mismo viaje— y los niños y el sistema perverso que la hacía irresistible.

Pero basta de anécdotas personales, qué es Battle Royale, por qué la relaciono con El juego del calamar y —sobre todo— por qué es que se convirtió en un fenómeno de culto.

Vamos por partes, porque son varias cosas.

Battle Royale está basada en una novela de 1999 de Koushun Takami e iba a ser la —casi casi— última película de un director prolífico y multifacético.

Porque si hay algo que hizo Kinji Fukasaku a lo largo de carrera fue hacer gala del término “amplio espectro”. Algo que, a priori, puede sonar como despectivo, porque se suele tener a los Jack of all trades como directores menores —muchas veces con razón si pensamos en esos que te dirigen una comedia, una de acción o una de terror igual de mal—, pero en el caso de Fukasaku cualquier agujero era trinchera y peleaba en ella con la pasión de la primera guerra.

Creo haber mencionado a Fukasaku algunas veces por acá, sobre todo cuando hablé de la saga Female Prisoner Scorpion, pero me parece que es importante explicar el scope de su obra para que todos estemos en la misma página.

Nació en 1930 y a los quince años fue enviado a la Segunda Guerra Mundial trabajando en el sector de municiones. Sector que fue bombardeado y muchos no sobrevivieron Fukasaku, junto con otros de su misma edad, se tuvieron que hacer cargo de deshacerse de los cuerpos de los que habían tenido menos suerte.

Esto, si viste la película de la que estamos hablando, y sobre todo su planteo principal “Ustedes ahora la tienen muy fácil” dirigido a estudiantes secundarios, te puede empezar a resonar de otra manera.

Terminada la guerra, Fukasaku se puso a ver películas extrajeras fascinado y a repetición, lo cual lo llevó a estudiar cine y terminar trabajando para Toei, una suerte de American International Pictures japonesa, responsable después, entre otras, de la saga de Female Prisoner Scorpion.

Trabajar para “los Nicholson y Arkoff de allá” lo convirtió con los años en un director “sobreadaptado”, capaz de encarar cualquier proyecto con la misma pasión profesionalismo y, sobre todo, ojo.

Empezó como director a principios de los sesenta con dos películas “de relleno” com detectives y artes marciales: Drifting Detective: Tragedy in the Red Valley (Fûraibô tantei: Akai tani no sangeki, 1961) y Drifting Detective: Black Wind in the Harbor (Fûraibô tantei: Misaki o wataru kuroi kaze, 1961), ambas con el recientemente malogrado Sonny Chiba.

(Por si hace falta: entiéndase por película “de relleno” una suerte de lógica similar a la verdadera “clase b”, películas de una hora o poco más de duración que se usaban para engordar dobles y triples programas, que solo existían en ese ecosistema y no como productos independientes. Al igual que las “clase b”, muchas sobrevivieron a sus compañeras mayores por mérito propio con el paso del tiempo.)

De ahí saltó entre varios géneros, incluyendo el crimen organizado, coproducciones con Estados Unidos, haciéndose cargo de la dirección de productos tan disímiles como The Green Slime (1968) o las porciones japonesas de Tora! Tora! Tora! (1970) cuando Akira Kurosawa declinó el proyecto.

Con lo que ganó de eso compró los derechos de adaptación y dirigió Under the Flag of the Rising Sun (Gunki hatameku moto ni, 1972), una de guerra del lado japonés que fue enviada al Oscar como candidata a mejor película extranjera pero no fue aceptada.

Quizás su período más famoso vendría un poco después cuando se puso a dirigir películas de yakuza como pocos han podido hacer, incluso al día de hoy. Battles Without Honor and Humanity (Jingi Naki Tatakai, 1973) cambió el género para siempre, con la influencia temprana de una cámara inquieta (quizás producto de haber visto tanto cine europeo) y una violencia descarnada que no se había visto (ni creo que se haya visto incluso al día de hoy.)

La película resultó en una pentalogía que se completa con: Battles Without Honor and Humanity: Deadly Fight in Hiroshima (ingi Naki Tatakai: Hiroshima Shitō-hen, 1973), Battles Without Honor and Humanity: Proxy War (Jingi Naki Tatakai: Dairi Senso, 1973), Battles Without Honor and Humanity: Police Tactics (ingi Naki Tatakai: Chojo Sakusen, 1974) y Battles Without Honor and Humanity: Final Episode (Jingi Naki Tatakai: Kanketsu-hen, 1974), todas dirigidas por Fukasaku y ¡tres! secuelas más dirigidas por él: New Battles Without Honor and Humanity (Shin Jingi Naki Tatakai, 1974), New Battles Without Honor and Humanity: The Boss’s Head (Shin Jingi Naki Tatakai: Kumicho no Kubi, 1975), New Battles Without Honor and Humanity: Last Days of the Boss (Shin Jingi Naki Tatakai: Kumicho Saigo no Hi, 1976), además de otras tres dirigidas por otros.

Sí, Fukasaku en tres años dirigió ocho películas. Sí, son todas increíbles. No, Battle Royale no es una casualidad ni un milagro que simplemente pasó.

Llegó a Battle Royale con setenta años, y unas sesenta películas encima pero, a diferencia de los directores que hoy muchos que no han sacado una foto derecha ni en Instagram se animan a sentenciar que “están viejos”, lo hizo con la energía de sus primeras películas.

(Gran parte del problema del “están viejos” me parece que tiene más que ver con el carácter reflexivo (el caso de Eastwood siendo el más obvio, Scorsese con El irlandés (The Irishman, 2019) lo tiene pero se ve que tiene algo más contar) que con lo visual o con la película en sí, pero capaz que eso es para hablarlo más largo en otro momento.)

Battle Royale, obviamente, es una fiesta delirante, sangrienta, aterradora y absolutamente divertida. Divertida de esas que “te reís con nervios” más que otra cosa que, como dije al principio, entra dentro de esa lista escueta de películas que no podés “desver.”

(Está claro, a esta altura, que no te voy a contar la sinopsis por si no la viste, cosa que si no hiciste te recomiendo que hagas ahora mismo, y porque la verdad que para contar sinopsis están los que las leen en IMdB y las repiten.)

La película fue un gran éxito en Japón y tuvo una distribución mundial bastante corta. Su verdadero fenómeno se dio cuando llegó al sistema de video hogareño, sobre todo en la época de explosión del DVD (o del VCD en mi caso, pero yo siempre fui muy ansioso.)

El descubrimiento, a través de ese formato que cada vez era más ubicuo, la catapultó como el film de culto que es hoy y seguirá siendo por el resto de la historia, mientras haya historia.

Battle Royale tuvo una secuela, Battle Royale II: Requiem (Batoru rowaiaru tsū: Rekuiemu, 2003) que Fukasaku empezó a dirigir —solo dirigió una escena con Kitano— antes de morir de cáncer el 12 de enero de 2003. Su hijo, Kenta Fukasaku, guionista de la anterior y de esta, se hizo cargo de la dirección y de terminarla.

No está a la altura del shock de la primera, pero no es tampoco para andar avergonzándose. Si entraste en el tren de Fukasaku, podés ver su última película, incluso cuando dirigió una sola escena.

También podés, sin dudarlo un segundo, entrarle a la pentalogía de la yakuza que nombro más arriba y hacerte preguntas sobre cuál es tu película de mafiosos favorita después.

Antes de terminar, una breve N. de R:

Sí, te puede gustar cualquiera de las cosas que nombré, incluso La casa de papel. No, no sos idiota si viste El juego del calamar y no sabías que existía Battle Royale. No, no le resta mérito a El juego del Calamar que exista la película de Fukasaku.

Pero, si nunca viste la película, capaz que es una linda oportunidad de ampliar horizontes, de descubrir una filmografía increíble de un director ídem al que no se nombra tanto como a otros japoneses que, seamos sinceros, son bastante más aburridos.

Para eso estamos acá: para ampliar la paleta, no para imponer una.

Compartir