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83 – ¿Cuándo fue la última vez que fuiste al cine?

Publicado el 4 de enero de 2022

El título debería incluir un “con ganas” al final, pero tampoco me quise hacer el canchero.

Lo que sí me acuerdo perfectamente es el año. 2006. Yo estaba haciendo radio en la genial y extinta Spika de Grinbank y, revisando los estrenos de cada semana como parte de mi laburo, empecé a ver una tendencia.

Lo que no era una remake, era una —aún algo tímida— adaptación de historieta y la que no era una modernización de un concepto por el que no hay que pagar derechos.

Era la época de “los cuentos de los Hermanos Grimm con una vuelta” que duró unos años y fue una suerte de coletazo de la saga Crepúsculo.

Dieciséis años después no solo estamos igual. Estamos en una situación desesperante. Sumado a la pérdida de varias salas que se podrían considerar más “de cruce” o “permeables a cosas que no sean tanques” (el caso del General Paz, rebautizado en su última iteración como parte de la cadena Cinema City), un circuito alternativo que da más pena que ganas de ir y, en la mayoría de los casos, pocas ganas de defender y un sólido sistema de multipantallas blindado como una puerta Pentágono y sin muchas ganas de apostar a nada.

“Pero la gente quiere…”

No te me adelantes, que de eso vamos a hablar después.

El hecho de que la nueva ¿película? de Spiderman se haya quedado con el 95 (noventa y cinco) por ciento de las pantallas disponibles en el país habla a las claras que algo debería hacerse.

¿Y sabés qué es lo más gracioso? Que probablemente nadie haga nada.

Por más que alguien debería hacer algo. La ley de cine contempla una cuota de pantalla que debería impedir que una aberración de este tipo suceda.

Porque el 95% de las salas significa tener parado el sistema de distribución y exhibición por lo menos un mes.

Que pocas cosas puedan pasar por ese colador tapado de lípidos y llegar a verse en una pantalla grande. Ya no digo “en una sala con todas las de la ley”: sólo en una pantalla grande.

Porque, si, la espuma baja y las salas son menos conforme pasan las semanas, pero eso no se sabe sino hasta principios de la semana siguiente, donde se vuelve a barajar y dar de nuevo.

Un exhibidor (sobre todo “los blindados”) ve en estos productos coloridos y ruidosos una mejor oportunidad de negocio que en otros más callados y contemplativos: dificilmente puedan brandear el balde de pochoclo con el afiche de Benedetta (2021) —ojo, me encantaría que pase, eh— y, siendo empresas que se dedican a la venta de maíz pisingallo con sobreprecio que, además sucede que pasan películas, no creo que hagan la apuesta, sobre todo por el terror corporativo al cambio y al “mirá si justo se enteran que fui yo el que dio la orden y me quedo sin el bono de fin de año.”

En manos de esa gente está el cine. En manos de gente que, probablemente, vengan de otro tipo de empresas antes y vayan hacia otras en el futuro. Pueden vender puré instantáneo, películas o shampoos, da lo mismo.

“Los de marketing”

Ojo, debe haber gente de marketing buena. Como debe haber policías y militares buenos, pero la verdad que no conocí nunca a ninguno de los tres rubros.

Los de marketing que, para colmo de males en este rubro específico, están pescando en una Pelopincho. Porque si vendieran shampoo tendrían la dura competencia de la góndola. Acá el chino les da el súper vacío para que lo llenen con el —único— producto que les queda en stock.

Y ahí justamente ahí es cuando la gente “elige lo que quiere”.

Un producto que tiene una fecha de vencimiento muy próxima y que, con el uso repetido, probablemente te traiga caspa.

Pero hasta acá, distribuidores y exhibidores que van a lo seguro es “noticias viejas.” En el fondo, están haciendo lo único que saben hacer y han hecho por años: hacerse los boludos y no innovar.

Esta situación no es solo responsabilidad de ellos y la “complicidad civil” también está a la orden del día.

Porque el hype, el fomo y la acción de muchas “almas caritativas” también contribuye a que haya gente —pobrecita, ojalá ese deseo no se cruce nunca con algo que realmente les importe a ellxs— que piense que esto pasa porque es el deseo de la platea.

Y de esas almas caritativas hay que hablar un día, y probablemente sea este: Simones los agradables. Gente que dice a todo que sí, que todas son posibilidades de engagement, que opinan de todos los temas con la misma profundidad con la que hablan de películas. La profundidad de una pelopincho para bebés, eso es.

Gente que, muchas veces, no ha visto una película anterior al 2000 ni haciendo el esfuerzo que se maravillan por story de que el cine se inventó en tal fecha hace menos de una semana.

Cómplices, con sangre en las manos de esta decadencia del cine. Cómplices que, seguramente y cuando el negocio sea otro, van a negociar sus followers para vender otra cosa.

¿Existe distancia moral entre un influencer que todas las semanas dice que equis producto audiovisual es “la vida” y “lo esperé todo este tiempo” con la chica que decía “Todos me preguntan por el calefón”? No, claro que no. Es más: la chica del calefón por lo menos era sincera y directa.

Acá hay bandos, complots, ejercicio ilegal del periodismo y varias cosas más que deberían ser juzgadas en algún momento.

Trivias, ¿sabías qué?, cosas que no viste robadas de otras trivias, ¿sabías que? y cosas que no viste de afuera y otras delicias.

Y lo más triste de todo: hay una utilización del cine como un elemento de popularidad. Un arma para juntar followers y no para que más gente se interese.

Ellos también quieren vender pochoclos, pero sus pochoclos.

Quizás yo sea demasiado viejo y el cine me importe demasiado, o sea de una época donde había que ver, leer y saber de un tema antes de opinar públicamente sobre él, pero me escozor cada vez que veo a uno que antes hablaba de otra cosa tirando postas —en su mayoría erradas— sobre lo que la gente debería —y muchas veces no debería, sumando insulto a la injuria— ver.

Existe también un sector de la prensa especializada que solo funciona como house organ de los multipantallas. Con solo revisar sus notas, se notan gacetilleadas, hablando de logros corporativos que poco importan a los que solo entran en ellas para ver los horarios de los cines.

Y a eso hay que sumarle a “la patria clickbaitera”, esos medios que te ponen el ranking de las más leídas y se la pasan armando hype de “tantas entradas vendidas antes del estreno” “récord de esto” y “récord de aquello” de tal o cual estreno, siempre grande, siempre de una major.

Récord, nuevamente: pescando en una pelopincho.

“Lo decís porque estás resentido porque…”

Te juro que no. No sabés la tranquilidad que me da que, con años de hacer esto con consciencia, haber amasado un nicho de público que busca lo mismo que yo, que entiende la diferencia entre el Tren Fantasma del Italpark y una película donde los planos pegan.

Contra toda esa “complicidad civil” hay que ir. Y la mejor forma que tenemos es no consumirlos. Ni irónicamente. El contador de views no distingue entre uno que sabe quién es Pauline Kael y uno que no.

(No es realmente importante que sepas quién es Pauline Kael en este momento. Sí es importante que su mención te de ganas de saber más y la descubras, si eso es lo que querés hacer. Es un poco mi motivación para escribir esto todos los martes y jueves.)

Pero no estoy acá para señalar gente —ni mucho menos para dar nombres—, estoy acá para explicar por qué esto que está pasando es trágico, por más que la pandemia nos haya acostumbrado al espectáculo en casa y —y los que pudieron, o los que ya lo habíamos hecho antes— hicieron lo posible por equiparse con proyector o la pantalla más grande que pudieran comprar.

El cine en el cine es irreemplazable. Sí, puede sonar como una verdad de perogrullo, pero lo es. Y lo es porque no es más que un extraño ritual pagano al que vamos con cierta asiduidad.

“Como ir a misa.”

Se podría comparar, si sos creyente. Para mí es un poco más.

El punto es que este ritual pagano —en el que nos juntamos con desconocidos a vivir juntos una misma experiencia— es en gran parte el encanto del cine en el cine.

Unx va al cine a encerrarse en un lugar oscuro lleno de extraños a vivir una situación insegura en un marco de presunta seguridad.

Del mismo modo que “invertimos” nuestros esfuerzos y pasiones en que el “bueno” —o cualquiera sea con quién nos hayamos identificado en esa ocasión— llegue a cumplir su objetivo, vivimos su aventura como propia sin la necesidad de mojarnos, mancharnos las zapatillas, salir herido ni nada por el estilo.

Y es en esa comunión con extraños —pensá en una comedia donde todos se ríen al mismo tiempo o una de terror donde todos saltan o gritan ídem— que está el verdadero encanto de “el cine en el cine.”

Si, ya sé lo que vas a decir:

“Pero ahora todos comen y hablan y…”

Y es cierto. La liturgia de estos templos ha cambiado mucho conforme las necesidades de venta de maíz pisingallo y queso de bolsa hiper procesado fueron creciendo, pero en determinados horarios, y en determinadas salas, la magia casi casi casi que sigue intacta.

“Pero un sábado a la noche…”

Bueno, ahí está el error. Más vale que un sábado a la noche te vas a encontrar con más “cancheros con novia que no se asustan” en una de terror o con los “comentaristas paralelos” o los “iluminados y eternos” con la luz de los celulares, además de pagar la entrada carísima.

Y a medida que escribo las razones por las que sí, me voy dando cuenta que mucho de eso ya se ha ido.

“Dijiste que no querías que fuera todo un bajón.”

Bueno, a veces se puede y a veces no.

Lo que sí podemos hacer es valorizar esa experiencia cada vez que podamos tenerla. Quizás en el acotado “circuito alternativo” que tenemos en CABA —otras ciudades tendrán el suyo— en el que la proyección, la programación y el amor por el cine está a un nivel de decencia para arriba, como puede ser el caso de Malba, la Lugones o el Cultural San Martín, salas que han sido renovadas en el último tiempo. Y, obviamente, dejar de lado las salas que se hacen llamar “alternativas” y que no le cambian la lámpara al proyector desde que estaban programando El sabor de la cereza (Ta’m e guilass, 1997) y que son los primeros en gritar “¡Independencia!” cada vez que se les presenta la oportunidad, pero que hacen todo lo posible —ayudados por distribuidores que “luchan por el cine chiquito”— por sacarle hasta la billetera al que ose estrenar en ellas, con contratos que las majors se pondrían coloradas de ofrecer a alguien.

Porque, obvio, no son todxs buenxs ni aman el cine ni buscan el bien común, Para muchos, estrenar “esa que estuvo en Cannes” es un negocio igual que el que estrena “la nueva de M*rvel” pero poniendo menos —y en el caso de las nacionales nada— de guita y viendo qué pueden rascar del INCAA por ser los héroes de la jornada.

¿Qué podemos hacer más que señalarlo? No mucho, sinceramente. No es que el “circuito alternativo” esté tan sano ni con tantas menos ganas de hacer guita que el de los genios del marketing. Todos son esos genios, de alguna manera.

Si consideramos que la nueva de Wes Anderson fue al Lorca como si fuera el colmo del arthouse —algo que una o dos películas atrás iba a los multipantalla con un estreno mediano— es una señal bastante inequívoca de que las cosas cambiaron para mal.

Porque esa película de Wes Anderson —que costó millones de dólares— le quita el lugar en ese circuito a un patito feo —probablemente más interesante— que no se verá en pantalla grande nunca en nuestro territorio.

Lo que sí se podría hacer sería cumplir la cuota de pantalla (esto es, si el INCAA estuviera abierto y operativo, pero se ve que son todos de riesgo con la pandemics, a juzgar por gente que conozco que tiene carpetas hace dos años adentro esperando una respuesta) y decirle a Juan Carlos Spiderman “Mirá, si querés estrenar en todas las salas del país, se te va a cobrar una multa”. Una multa onerosa, que lo tenga que pensar, que tenga que evaluar si quiere hacer la plata el primer fin de semana o en un mes, porque la plata la va a hacer igual.

Lo más triste de toda esta novela es que el cine está muriendo por un problema financiero, no económico.

Por otro lado, se debería fortalecer el “circuito alternativo” desde el lado del INCAA, que parece más preocupado por hacer que por mostrar y ni hablar por conservar.

Me la la paso leyendo discursos de barricada de productores defendiendo que se hacen chiquicientas películas y ni uno diciendo “Y que se puedan ver y conservar” algo que convertiría, en definitiva a su metié en un proceso virtuoso y no en uno más parecido a tirar guita a un pozo.

“Pero dan trabajo.”

Más trabajo van a dar si sus películas funcionan y las va a ver gente, sea esto porque: a) el producto es atractivo —nótese que no usé “popular”— y b) porque la distribución y la exhibición les resulte un poco más fácil que “dos funciones por semana en el Gomón.”

Un productor al que no le importa que su película muera en el Gomón es igual a uno que, después de unas vacaciones deja un perrito atado al guardarrail de la autopista.

Empecé el año con todo, ¿eh?

La verdad que esta semana iba a escribir obsesivamente sobre —aún— otra película de Lumet —esto seguramente pase en breve—, pero me pareció que era una discusión que teníamos que tener, o que por lo menos debíamos señalar y no seguir como si nada, viendo como esa experiencia comunal de la que hablo más arriba desaparece como arena entre los dedos y nadie parece preocuparse porque, como dijo un genio en Twitter “es lo que quiere la gente”.

Feliz 2022.

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