Skip to content

79 – Tenemos que hablar de esa ducha

Publicado el 22 de julio de 2021

Va a ser difícil hablar de Psicosis (Psycho, 1960), sin explicar varias cosas de contexto histórico que andaban dando vueltas por ahí.

Lo siento, la cinefilia es así. Ya lo expliqué mil veces. Si no conectás “acumulás millas” pero nunca las usás.

Estamos a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta. Una época donde los estudios todavía estaban fuertes y obedientes.

Obedientes al Código Hays, eso es.

Ya hablé de Hays y sus ganas de que todo fuera un espectáculo familiar y de pensar en los hijos de todos. Lo cierto es que para el momento donde Psicosis estaba por estrenarse, el Código estaba en pleno apogeo. Faltarían algunos años para que empezara a perder valor en manos de una manga de drogadictos que querían filmar películas violentas (aka el New Hollywood) y los que estaban trabajando para este momento, medio que se tenían que atener a él.

Para cuando Psicosis fue calificada, tenía altas chances de pasarla mal. No tenía un solo problema, sino muchos a los ojos de los censores.

¿Burló Hitchcock a la censura? Bueno, eso viene en un rato, pero retené el concepto por ahora.

Para el momento donde empieza a pensar en Psicosis, Hitchcock estaba en las mieles del enamoramiento con los ejecutivos de Paramount, que estaban muy contentos con lo bien que les había ido con Intriga internacional (North By Northwest, 1959), un thriller romántico con grandes nombres y colores y VistaVision.

Claro que los planes del inglés estaban un poco alejados de lo que hubieran deseado los del estudio. Había mandado a comprar los derechos de una novela de título homónimo, escrita por Robert Bloch, que se basaba —bastante libremente— en la historia del asesino ¿serial? Ed Gein.

Ed Gein, uno de los asesinos más retorcidos pero menos prolíficos de la historia norteamericana, carga con el extraño honor de, a pesar de todo esto, tener algunas de las mejores películas de género “a su nombre”: la independiente y maravillosa Daranged (1974) de Jeff Gillen y Alan Ormsby, El loco de la motosierra (The Texas Chainsaw Massacre, 1974) de Tobe Hooper y hasta El silencio de los inocentes (The Silence of the Lambs, 1991) de Jonthan Demme con su personaje de Buffalo Bill. Pero eso es para otra vez, o para otro podcast.

Los de Paramount ya habían analizado la novela de Bloch para adquisición y les había parecido “infilmable”: recordemos que ningún estudio jamás pagó ninguna multa durante los años de Hays. ¿Por rebeldes? No, por obedientes.

Hitchcock, convencido, compró los derechos de su bolsillo y se comprometió a hacer la película con un presupuesto mínimo, pero esto viene después.

Y no solo compró los derechos: mandó a comprar toda la tirada de libros, para que nadie lo consiguiera con anterioridad al estreno, cosa de “mantener la sorpresa”

¿Que sorpresa? Qué manía de adelantarte que tenés.

Porque, si venís leyendo estos envíos religiosamente, sabrás muy bien que lo que viene ahora es “el juego de la silla” de guionistas del querido Alfred.

Fue más breve que otras veces, aunque la primera adaptación de la novela estuvo a cargo de James P. Cavanagh, guionista de Alfred Hitchcock presenta, que por aquel momento era un producto muy popular.

¿Y adiviná lo que pasó? Claro, no le gustó y le pareció “muy televisivo.”

Le recomendaron a un “casi debutante” Joe Stefano (que venía de la tele, y que después medio que volvió a ella), que parecía más permeable a lo que el inglés le quisiera decir que haga. Juntos reconstruyeron al Norman Bates de la novela, quitándole vicios y dejándolo solo lleno de maldad.

Los de Paramount consideraban que la película era imposible, Hitchcock bajó su sueldo, decidió rodarla en blanco y negro con el equipo técnico de Alfred Hitchcock presenta para bajar costos, y ni aún así estaban convencidos.

Los que veían todo esto con ojos hermosos eran los de Universal, que estaban más que dispuestos a dar una mano. Mediante un extraño teje con su compañía productora, Hitchcock logró convencer a los de Paramount (a quienes por contrato todavía les debía una película) que lo dejaran que la produzca con Universal, a cambio de que ellos se quedaran con los derechos de distribución.

Esto, obviamente, empezaba sin que nadie lo supiera (o bueno, los de Paramount seguro que no) el período Universal en la carrera del inglés. Un comienzo accidentado, pero no por eso menos auspicioso.

Con todos aparentemente contentos, la película fue a rodaje.

Dije un poco más arriba que Hitchcock iba a filmarla con el equipo de su serie de televisión para bajar costos. Lo hizo, pero con tres excepciones. Las de George Tomasini como montajista, Bernard Herrmann como compositor y Saul Bass como diseñador y consultor.

Y, si nos ponemos a pensar por qué es tan famosa la película, nos damos cuenta que Hitchcock tomando esta decisión ya lo sabía de entrada: montaje música y, bueno, una polémica que viene después.

Los actores, embelesados por trabajar con el inglés, también aceptaron hacerlo por menos dinero.

Cuatro meses después, para cuando la película estuvo terminada, todos sabían que iban a tener problemas con el Código y la censura.

La gente de la MPAA tenía dos objeciones: la primera era que Marion estaba en ropa interior en una de las primeras escenas con alguien que no era su marido. La segunda, bastante más compleja, era con la escena de la ducha: estaban convencidos que habían visto partes del cuerpo, más específicamente un pezón.

Hitchcock dijo que iba a revisar los cortes. No hizo absolutamente nada. Reenvió la escena de la ducha y los censores, confundidos ante tanta cosa, pensaron que había hecho los cortes.

¿Fue suerte? La verdad que no. Fue la tantas veces invocada en vano “magia del cine”, donde las incontables posiciones de cámara, el montaje y la música hicieron creer a los censores que estaban viendo algo que, en realidad, nunca había estado ahí.

Bueno, me parece que es momento de hablar de esa escena.

La escena de la ducha de Psicosis quedaría para siempre en las retinas de los espectadores y nunca hubiera sido posible sin que Hitchcock hubiese tenido todo en la cabeza antes de empezar, aceptando hacerlo por poco dinero, pero con Tomasso montando, Herrmann componiendo, y Saul Bass, bueno, eso viene en un instante.

Hablemos de Herrmann. Estaba corto de presupuesto, como todos, así que decidió confiar en un ensemble de cuerdas para llevar adelante la banda sonora. El resultado, imitado en miles de ocasiones, es junto con un par de composiciones más en la historia del cine, inolvidable.

Es pertinente decir que Hitchcock quería que la escena de la ducha no tuviera música y que fue Herrmann, mostrándole lo que había compuesto sobre el montaje que ya se estaba haciendo, quien le hizo torcer el brazo.

¿Y Saul Bass? Bueno, ahí viene.

Bass y Hitchcock colaboraron en proyectos anteriores y el inglés tenía una debilidad por el diseñador. Responsable de sus secuencias de títulos y afiches, era una de las pocas personas en las que confiaba.

Tanto, como para que lo ayude a plantear los storyboards de las escenas.

Y caray que Bass dibujó para la escena de la ducha. Bajo orden del inglés, se puso a imaginar cuanta posición de cámara fuera posible para contar lo que querían contar.

Si tuviéramos que hacer un desglose de greatest hits de la escena, podríamos decir que: se filmó en seis días, tiene entre 70 y 78 posiciones de cámara (depende de quién esté contando), tiene 52 cortes y la sangre que se usó es jarabe de chocolate.

Durante años un rumor circuló (algunos se lo atribuyen al propio Bass) de que Hitchcock no sabía cómo filmar la escena y que el diseñador fue el responsable de llevarla a cabo.

Lamento decirte que es muy probable que no sea cierto.

O sí.

Bueno, hay dos testimonios que la contradicen y la apoyan. El primero, de la propia Janet Leigh (que, podríamos decir, estuvo presente) que dijo:

“Bass era el instrumento y Hitchcock el que le decía ‘Dame esto de todas las formas posibles. Dibujá así lo puedo ver, entender cómo se podría ver, cómo la cámara me lo mostraría’ y Bass lo hacía. Cómo Hitchcock llegaba a las decisiones que tomaba, no tengo la menor idea”

Y el segundo del propio Bass, como para que ¿no? queden dudas:

“Dirigir es un infierno. Tan complejo, cansador, acumulador de tiempo. Si alguien te puede dar una mano, la aceptás. Si alguien te puede sacar algo de todo ese peso, estás agradecido. Ese era el espíritu cuando Hitchcock me pedía que lo ayudara a ‘levantar ciertas cosas’ para así poder concentrarse en las cosas que se quería concentrar.”

Ah, no sabés qué pensar.

Los genios de Eyes On Cinema desenterraron esta entrevista de Bass hablando del proceso de storyboard con Hitchcock, por si justo te dan ganas.

Habiendo burlado todo lo burlable, la película se estrenó el 16 de junio de 1960 con una campaña publicitaria que decía que nadie iba a ser admitido en la sala una vez empezada la película.

Una práctica que, por aquellos años —y por estos, a quién mentirle— era bastante popular. La gente entraba al cine cuando quería. Con Psicosis no pasó.

Hitchcock tomó el toro por las astas y decidió hacer toda la promoción de la película él, ordenándole a los actores que no hicieran entrevistas por miedo a que hablaran de más.

La película, muy a pesar de que la crítica no sabía muy bien qué hacer con esta rara avis, fue un éxito de público. Fue la segunda en recaudación en los Estados Unidos ese año y el mayor éxito en la carrera de Hitchcock, valiéndole su última nominación a mejor director en los premios Óscar.

Óscar que, por cierto nunca ganó realmente, sino un “a la trayectoria” en 1968, demostrando que si los críticos no sabían muy bien qué hacer (ni en ese entonces ni ahora), los Óscars nunca se han quedado atrás.

(No, con esta anomalía (y tantas otras) no va a quedar escrito en piedra “el público tiene razón siempre”, porque si no no iríamos por la novena de Rápido y furioso.)

La película tuvo ¡tres! secuelas y una remake. De la remake —a cargo de un Gus Van Sant enloquecido de poder— ya hablé acá. Las secuelas (una de ellas dirigida por el propio Anthony Perkins) fueron ordenadas por Universal después de la muerte de Hitchcock. Se ve que no se animaron a sugerirlo antes.

En palabras de Bret Easton Ellis, “Psicosis nos mostró el asesinato como forma de entretenimiento” y difícilmente se haya podido volver de eso, más si nos ponemos a revisar la historia del cine de terror posterior, llegando incluso hasta nuestros días.

Y todo gracias a un poco de jarabe de chocolate y un montón de planos que separados no dicen mucho, pero juntos… bueno ya sabés.

Compartir