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4 – Coletazos del Oscar, algunas nuevas y viejas y un señor al que le gustaba silbar

Publicado el 13 de febrero de 2020

Unas reflexiones sobre el Oscar

* Okey, te lo reconozco. Es el peor gag de la historia, pero era muy tentador.

Tenemos que hablar del Oscar, porque esta vez “lo que pasó” fue realmente interesante. No se equivocaron de sobre, nadie lloró demasiado, no fue el pelotudo de Benigni… Esta vez la charla fue por el premio mayor.

Pero esperá un minuto que, tenemos que hablar de otras cosas antes.

Analicemos un poco la diversidad que tuvieron estos Oscar desde los premios y no desde los que subieron a hacer monerías:

Los únicos afroamericanos que subieron a recibir un premio fueron los de mejor corto animado. 

Las mujeres fueron ignoradas olímpicamente en el rubro guion, que ya se viene convirtiendo en una deuda histórica

Las mueres sí fueron premiadas por vestuario y dirección de arte (categorías “de mujeres” históricas) y banda sonora, quizás la sorpresa del evento, pero no para los que venían siguiendo la temporada de premios.

Ví varios ensayando que había sido un Oscar diverso porque “Taika Waititi es descendiente de aborígenes neocelandeses” Taika Waititi dirige películas de Marvel, difícilmente sea alguien que fuera discriminado por su condición, algo parecido a cuando premiaron a los latinos más yanquis del mundo en ediciones anteriores.

Y ahí sí llegamos a mejor película… ¿Qué nos querrá decir la Academia con esto?

Poco y nada, supongo. Me suena a que fue más una necesidad de sorpresa que otra cosa.

Si cualquiera que los vea con un poco de ojo clínico todos los años puede adivinar en un PRODE entre 18 y 20 de las categorías que se entregan solamente desde el prejuicio, dos o tres sorpresas no terminan haciendo al número: son solo un 10% de sorpresa en un mar de obviedades.

Ejemplo: Renée Zellweger. Ni vi Judy (2019): no hacía falta. Con solo saber que hacía de Judy Garland se sabía que no había chances de que no ganara mejor actriz, le pusieran a quien le pusieran enfrente.Ahora volvamos a Parasite (2019) y sus cuatro Oscars. Vi la ceremonia con amigos y el mejor director y ¡película! se gritó como un gol. Bah, o como lo que supongo que se grita un gol: jamás grité uno en mi vida.

Y fue ahí cuando Bong Joon Ho ganó mejor director que llegó el momento clave de estos Oscar.

El amor con el que habló en primera medida de Scorsese y luego de Tarantino fue épico. Y fue más importante lo que dijo que lo que estaba ganando.

Porque lo que Bong Joon Ho hizo desde el escenario de la relevancia de esa noche, fue poner en valor a uno de los personajes menos relevantes de la misma: a Scorsese, que fue tratando de “viejo” y de “resentido” por una gilada cinéfila cada vez más grande.

Que le haya agradecido “a los otros dos” medio por arriba también fue interesante. Ayudó a que los que estaban en esa burbuja vieran que algunos nombres no son tan relevantes como creen.

Y eso, creo yo, deberíamos llevarnos de estos Oscar, que tuvieron un par de sorpresas, pero tampoco para tirar cohetes y pensar que los tiempos están cambiando.

Una nueva y una semi-nueva

La nueva de la semana es una de esas que estaría buenísimo verlas en sala, pero tiene las misma posibilidades de estreno que Javier Milei de ser presidente.

Se llama Queen & Slim (2019) y es la ópera prima de Melina Matsoukas, directora que venía haciendo videoclips de Beyoncé, Rihanna, y Lady Gaga a destajo. Está escrita por Lena Waithe, actriz / guionista que vimos en Master of None (2015), Dear White People (2018) y hasta Ready Player One (2018).

Es una historia que vimos mil veces: una pareja ocasional tiene que permanecer unida tras mandarse una cagada grande empujada por las circunstancias o, si lo quieren ver de esta manera: “la peor cita de Tinder de la historia de humanidad”.

Lo interesante no es la línea argumental —dos corriendo por su vida en un plazo de tiempo determinado— sino la forma en la que se la cuenta: tanto narrativa como estéticamente. 

Narrativamente, es una película tensa: de esas que estás incómodx todo lo que dura el metraje, hija de Los 39 escalones (1935), Maratón de la muerte (1976) o Búsqueda frenética (1988). Y estéticamente es una belleza: algo un poco más esperable de alguien que venía del videoclip.

Es notable igual la parte narrativa: es casi una regla que los vienen el videoclip quedan rengos en ese departamento, pero Queen & Slim afortunadamente no tickea ese casillero.

Quizás lo más interesante igual sea cómo se ocupa de construir la relación de la pareja protagónica (Jodie Turner-Smith y Daniel Kaluuya) a pesar de las peripecias, emulando casi una estructura de comedia romántica clásica de “no se bancan” / “al final se terminan queriendo”.

Por si hubiera que sumarte encanto, Queen & Slim es además prima de Tangerine (2015) o Proyecto Florida (2017), con ese mismo virtuosismo para hacer bello y estético algo que a todas luces sería horrible de ver.

(Acá hay un spoiler mayor. No creo en los spoilers, pero respeto a los que sí. Si no la viste, saltá a lo siguiente. Andá a verla y leé el final después.)

Y una más: termina mal. ¿Cuánto hace que no vemos una película que termine mal que no sea de terror? En los setenta había diez por semana.

Era una de esas que debería haber figurado más en la temporada de premios, pero por alguna razón no pasó. Quizás porque hubo un sinceramiento y los negros y las mujeres se dedicaron a entregar los premios, cantar, bailar y hacer los chistes y no a recibirlos.

La semi-nueva tiene unos años. No tantos como para considerarla vieja y, me parece, no se ha visto lo suficiente. Llevo una larga militancia para que esta película se vea, y si me seguís un poco las recomendaciones, seguro que me escuchaste nombrarla por lo menos una vez.

Demon (2015) es un film polaco que dio la vuelta al circuito de festivales quizás demasiado tarde. ¿Por qué digo esto? No seas tan ansiosx, hermanx.

Es una de esas películas de terror climáticas, que se van construyendo en su naturaleza a medida que va avanzando el metraje.

Un casamiento judío en el medio del campo, todos escabian como si no hubiera mañana, incluido el novio, que se empieza a comportar de una manera muy particular. Los asistentes no tardan en creer que se trata de una posesión de un espíritu milenario y… empieza el exorcismo.

Andá a buscarla al ángulo, Relatos salvajes (2014)

Demon es una película difícil de pasar, con una energía muy complicada o, como nos gusta decir a los que nos copan las de terror, una maravilla que nadie debería dejar pasar.

Demon, además, tiene una historia terrible. Su director Marcin Wrona, creyendo que el film había sido un fracaso porque no le confirmaban asistencia a ningún festival, se suicidó antes del estreno. Un umbral de tolerancia bajo, estamos de acuerdo. Y un interrogante que quedará para siempre: cómo hubiera sido su segunda película.

Sumándole burla del destino a la anécdota, con posterioridad a la muerte de Wrona, Demon fue a decenas de festivales, de género y de los otros.

No me digas que no te alegré la mañana.

Una vieja

La vieja de la semana es un clásico del cine de los años ochenta que quizás no tenga toda la prensa que merece. Difícilmente la encuentres en las listas esas que llenan la internet de ruido y siempre las mismas veinte películas.

Imagino que viste Nueve Reinas (2000). Me pregunto si viste Casa de juegos (1987).

Casa de juegos es el debut como director de David Mamet, quizás el mejor guionista y dramaturgo vivo. Y cuenta una historia que, si viste Nueve reinas, quizás te resulte familiar.

Una psicóloga trata a un apostador / estafador compulsivo y no tarda en entrar a su mundo, un poco por cuestiones profesionales y otro poco por morbo.

Y sí, empiezan a aparecer tantos paralelos con la de Darín que asusta un poco. Casi tanto como cuando vimos Joker (2019) y recordábamos a El rey de la comedia (1982).

Lo cual me lleva a una pregunta obligatoria: ¿Está mal que una película se base tanto en otra para existir?

A priori tendría que decirte que no, siempre y cuando ambas aporten algo nuevo a la discusión. Pasa con Joker, pasa con Nueve reinas. La comparación que hago es cero acusatoria, es más desde el lado de la curiosidad.

Es importante aclarar una cosa, sobre todo si te vas a meter de lleno en la filmografia de Mamet. A mí me resulta muy disfrutable, pero hay una salvedad: es un guionista que dirige películas. 

¿Qué quiero decir con esto? Del mismo modo que Woody Allen soluciona sus películas desde lo estético de una manera muy simple y se limita a “contar el cuento”, el vuelvo visual y la capacidad para dirigir ciertas actuaciones de Mamet es cercano a nulo.

¿Te vas a encontrar con una de esas películas que dan mil vueltas narrativas y te hacen pensar A para que pasen B, C y D? Claro que sí. Si es tu tipo de entretenimiento, procedé a ciegas.

Una deformidad hermosa

Una cosa que quizás no muestro tanto es lo mucho que me gustan las bandas de sonido.

No esos discos de canciones para chorear que salen cuando sale una película que tienen dos tracks que están en la banda de sonido y diez “inspirados” en la película, sino los discos de música incidental o no compuesta especialmente para una película.

La música incidental se puede aplicar a múltiples facetas de la vida: ir al supermercado con Lost Tracks de John Carpenter, caminar por el centro con Los jóvenes viejos de Sergio Mihanovich y el Gato Barbieri, hacer un viaje en auto con Sorcerer de Tangerine Dream, etcétera.

Dentro del amplísimo mundo de las bandas de sonido hay una nacionalidad que se destaca por sobre las demás: la italiana.

Porque los tanos hicieron de la banda de sonido una industria. Y una muy redituable. Tanto que duró desde los 60 a los 80 casi sin interrupciones.

La llamada “musica de librería” italiana era un bicho extraño: había empresas que, con compositores a sueldo, hacían música para distintos géneros y después le buscaban el novio.

Supongamos que alguien había hecho una comedia, iba a una de estas compañías y les pedía el catálogo de “música disparatada” y encontraba ya hecha la música que necesitaba. Una suerte de rotisería de las bandas de sonido.

Lo interesante de este proceso que puede resultar prácticamente industrial eran los nombres que había pegados en la movida. 

Casi calcado de lo que había pasado con Corman, que contrató a Coppola, Scorsese, Demme y varios más para que hicieran sus primeras películas “bien baratito”, estas compañías tenían a sueldo a varios de los grandes nombres de la banda sonora italiana y mundial: Piero Umiliani, Stelvio Cipriani, Riz Ortolani, Bruno Nicolai y uno que capaz te suena un poco más: Ennio Morricone.

Morricone trabajó durante años para Cinevox, una de las compañías que proveían de música incidental a films italianos y europeos hasta que se lanzó al freelancismo.

Pero no estoy acá para hablar de Morricone, porque te prometí oscuridad y te la voy a dar. Oscuridad y multimedia ¿preparadx?

Morricone es, probablemente, más famoso por sus bandas sonoras de spaghetti western, más específicamente la de Lo bueno, lo malo y lo feo (1966) y Por un puñado de dólares (1964)*, ambas de Sergio Leone.

Si escuchás atentamente ambos tracks, primero vas a reconocerlos seguramente, y segundo vas a notar que tienen un hilo conductor: el silbido.

Y de eso vengo a hablar. De un personaje relativamente sombrío que dejó su impacto en la cultura popular sin que lo tengamos tan claro.

El que silba en los tracks de Morricone es otro músico, un amigo de la infancia del bueno de Ennio que se llamaba Alessandro Alessandroni.

Fue tan famosa su colaboración, que terminó recibiendo el mote de “el silbador” y lanzando su propia carrera de compositor de música de librería, con esfuerzos como la música de FBI operazione Pakistan (1971) o Sangue di sbirro (1976)*, películas que son mejores en el afiche que en la sala.

Claro que la fruta nunca cae muy lejos del árbol y “el silbador” había quedado con la idea fija, tanto es así que siguió silbando en variascancionesmás*. Algunas, incluso, por las que Morricone le tendría que haber mandado una carta documento, pero la amistad fue más fuerte.

Pero esperá que hay una más: Alessandroni no solo es famoso por el silbido: también es famoso por la voz. Y por una historia bastante bizarra de música de librería que llega hasta nuestros días.

Cuenta la leyenda que había un falso documental sobre las extrañas costumbres sexuales del norte europeo llamada Suecia: infierno y paraíso (1968). Su banda sonora era de Piero Umiliani y había contratado a Alessandroni para que haga unas voces muy extrañas en una de las canciones*.

Por esas vueltas que suelen tener estas cosas, lo que empezó como una canción para ilustrar costumbres sexuales biarras en los países nórdicos terminó en Los Muppets, un programa infantil con marionetas de los años setenta. 

Quizás sin saber el primer paso de la cadena, una famosa marca de fideos local usó una reversión de la canción para su exitosa campaña publicitaria orientada al público infanto-juvenil.

Y es así que llegamos a la moraleja del día: cada vez que le hagas la sopa de municiones a tu hijo, acordate que esa música se usó para una película de gente haciendo la chanchada en el país de ABBA y Roxette.

* si clickeás en los títulos, vas a ir al Spoti de las canciones, es importante para lo que sigue.

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