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224 – Porque esto es África, parte 2 (finalmente)

Publicado el 2 de mayo de 2024

Bueno, caramba que pasaron cosas en el medio. Porque viste que yo de mil amores seguía hablando de Huston, Bogart y Hepburn, pero bueno, las obligaciones y, sobre todo la semana pasada, las obligaciones.

Asumo que este newsletter vuelve en esta edición a su habitualidad más cinéfila, pero viste cómo está la cosa, en cualquier momento hay que salir de nuevo a explicar cuántos pares son tres botas.

Y creeme que es extenuante. Pero bueno, dejame recapitular. Lo podés leer entero acá, pero de todas maneras:

Llegan a África para filmar La reina africana (The African Queen, 1951) y sí, Huston quería cazar un elefante.

Y puede sonar baitero, como dice la pibada (?) ahora, pero a mí me suena más a old Hollywood y, como ya dijimos un millón de veces a esta altura, no vamos a juzgar con la vara de hoy actos ¿aceptables? del pasado.

“Pero yo le pongo guita a Greenpeace”

Bueno, vayan todos a la tumba de Huston y hagan una marcha, kedesirte. Volvamos—

Cuenta la leyenda que cuando Huston se reunió con Hepburn, lo primero que hizo fue mostrarle su equipo de caza, al que la actriz,. que era una suerte de espíritu libre de la época, reaccionó con furia.

El equipo de caza de Huston fue confiscado por las autoridades ni bien aterrizaron en Nairobi, donde le explicaron que había muy pocas licencias por año para cazar elefantes, lo que motivó el viaje solitario de Huston por otros países “buscando locaciones” que lo hizo decidirse por el, en ese momento, Congo Belga.

La locación que Huston había decidido estaba, siendo muy buenos, abandonada a la buena de dios. Estaba a dos días en camioneta de cualquier mínimo signo de civilización. Y ahí se fueron todos.

¿Mencioné que la locación ideal de Huston estaba justo al lado de una colonia de leprosos? Bueno, ese era el caso. Tampoco había donde quedarse, así que tuvieron que construirse sus propias cabañas.

Cabañas que, por cierto, no los protegían mucho de “los elementos”, te imaginarás.

La idea era filmar en una balsa que sostenía la barcaza de los protagonistas. Imaginate un portaviones, pero con un barco de mentira arriba y cámaras muy pero muy grandes.

Porque había una más de Huston: la quería filmar en Technicolor.

Y el Technicolor, algunas vez lo hablamos, por ese entonces requería que tres rollos de fílmico estuvieron corriendo en la cámara al mismo tiempo, para entre los tres, formar los colores de la película. Esto devenía en cámara enormes.

No, no enormes como “mi papá tenía una VHS en los noventa”: enormes como “la heladera de mi abuela duró más que ella”

Y había una más: el Technicolor de esa época necesitaba una enorme cantidad de luz para poder imprimir algún tipo de material. Así que tuvieron que agregar luces que por supuesto se tenían que enchufar en generadores, porque no había zapatillas en la selva.

Iban a necesitar un bote más grande. O dos, en realidad: porque finalmente agregaron uno más, que iba detrás remolcado por el principal, con el equipo técnico que hiciera falta, utilería, maquillaje, etcétera.

Pero esperá que hubo un tercer bote, más chiquito, que llevaba el baño de Katharine Hepburn. Y acá nos vamos a desviar un segundo:

Porque el contrato de Hepburn decía que tenía que tener un baño privado. Entonces, detrás del barco con el barco y los trípodes con las cámaras y las luces, detrás del barco más chico con el equipo, iba un barco aún más chico con el baño de Hepburn, que estaba tapado por una carpa de esas triangulares de “jugar a los indios” pero de mayor tamaño.

El tema con esto (y con todo el Frankenstein, en realidad) es que el río que había elegido Huston no era precisamente recto, entonces en cada curva el riesgo de perder el baño, el equipo técnico o lo que sea era alto.

Y esto fue lo que precisamente pasó en la primera curva que agarraron. Y así fue como el baño de la actriz quedó en el camino, en manos de unos nativos que prometieron cuidarlo hasta que volvieran a pasar.

Claro que cuenta la leyenda que Hepburn era “muy puntual” a la hora de ir al baño y tras una comida empezó a demandar (no preguntar por, ni siquiera pedir, son actores y del Hollywood clásico, a demandar) su baño. Hepburn tuvo, como el resto del equipo, que elegir su propio baño detrás del arbusto que la tapara más. No le copó, claro.

Pero Bogart y Hepburn no eran los únicos actores que viajaron a África: son los únicos que aparecieron en cámara. También estaba Lauren Bacall.

Bacall por aquel entonces era la esposa de Bogart y lo acompañó en la aventura. Tanto, que terminó trabajando en la película en los roles más diversos:

El principal fue el de enfermera y, podríamos decir, acompañante terapéutica. Porque, te imaginarás que. además del caso de apendicitis que tuvieron que solucionar derivando a alguien de urgencia a algo medianamente poblado, los casos de disentería eran más que comunes y casi todos los miembros del equipo se fueron por el inodoro (bueno, si hubiera habido uno, claro) en alguna ocasión y otra.

Esos fueron los que la pasaron mejor, porque un porcentaje menor se agarró malaria.

Mirá lo que es el cine.

Bacall ayudó a escribir cartas a las casas, a cocinar las comidas del equipo, a colgar a secar la ropa y miles de cosas más.

No, no parecía actriz. Pero volvamos—

Porque hubo dos miembros del equipo que jamás se agarraron nada: y fueron Huston y Bogart.

Y vos dirás: bueno, eran gente más fuerte, como la heladera de mi abuela, o mi abuela misma, pero no: había una razón más lógica para que esto pasara.

Como ya dijimos en la entrega anterior, Huston se llevaba bien con Bogart “quizás por la pasión por la bebida que el dúo detentaba con orgullo”

Cuenta la leyenda que ni Bogart ni Huston se hidrataron de otra forma que no fuera con bebidas alcohólicas durante todo el rodaje.

Creer o reventar. Puede sonar a gran solución, pero digamos que Bogart murió seis años después del estreno de La reina africana, a los 57 años. “Bien vividos” dirá alguno, es medianamente discutible. Volvamos—

Porque Huston, que fue uno de los pocos que no se cagó encima (?) quería cazar un elefante. Y no fue tan bait, como te dije al principio.

Cada mañana, Huston se levantaba, agarraba su rifle y se iba a cazar. Una de las tantas en las que estaba arma en mano, se cruzó con Hepburn, que le hizo un planteo relativamente “ecológico” para la época, plantéandole que él no era un animal, que por qué hacía eso.

Huston reflexionó e hizo lo que cualquier director de Hollywood de la época hubiera hecho: se la llevó a cazar con él.

Sí: ya sé que “cazar está mal”, pero también sé que tragedia más tiempo es comedia. Sigamos—

Huston y Hepburn se van al medio de la selva, hay versiones que dicen que ella lo acompañó para hacerlo desistir, lo único que es seguro es que estando en el medio de la nada, escucharon un sonido extraño: había una manada de elefantes de más de una docena delante de ellos. Uno de los elefantes los vió, barritó, y el resto de la manada se les vino encima. Corrieron y se salvaron de milagro.

Huston nunca cazó su elefante, pero no se quedó sin coprotagonista.

Lo cierto es que haber llevado a los actores al África de verdad tiene su efecto en el producto final: el calor de la filmación, las enfermedades, los mosquitos y cada cosa que les pasó terminaron teniendo peso en el producto final y, de algún modo, “se puede ver”. No es algo que se hubiera logrado con facilidad filmando en una pileta con un fondo de plantas que fácilmente podrían haber conseguido a pocas cuadras de sus domicilios reales.

Y podríamos pasarnos el día entero contando de los cocodrilos, los hipopótamos y demás animales que atacaban sistemáticamente el bote, pero quizás sea interesante hablar de las razones históricas del por qué de semejante aventura.

Porque había una razón más para irse a África a filmar: tanto Huston, como Bogart, como Hepburn eran considerados izquierdistas en el Hollywood de finales de los cuarenta.

Una época de Hollywood de la que ya hablamos, que el House of Unamerican Activities, que el senador McCarthy, y todo eso.

Sí, puede que hayas escuchado de McCarthy en las noticias locales porque una diputada dijo al aire en una radio que en realidad “fue un incomprendido”, pero estamos viviendo en Idiocracy (2006) de Mike Judge así que nada debería sorprendernos, volvamos.

Bogart, por su lado, junto a otra pila de actores célebres era miembro del Committee for the First Amendment, un grupo de celebridades que se presentaron en el Congreso para pedir por los famosos Hollywood Ten.

Los estudios, en el caso de Bogart y de todos los involucrados en el Comité tenían miedo de que esto “ensuciara” las carreras de sus estrellas, más que nada porque podían perder plata, no por un tema político. El punto es que–

Por eso también se van a África, para estar lejos de los rumores, los titulares y para distraer a una prensa que se la pasaba midiendo el comunismo o patriotismo en sangre. Y se van, esto no es menor, a filmar una película con unos personajes bastante patrióticos que, no misteriosamente si leíste atentamente, no era una película de estudio sino una independiente vía el chantapufi que había armado todo y los hermanos ingleses que pusieron la guita.

Quizás nunca viste La reina africana, y esto te motiva a verla. Quizás no, pero si incluso no lo hacés, tratá de ver imágenes y darte cuenta de una cosa, que es lo más importante de todo este cuento: las películas que nos hicieron amar el cine eran más reales. Se iban a África y se cagaban encima por hacerlo, chocaban y explotaban los autos de verdad, ponían en riesgo la vida de alguien para prender fuego algo.

Esa realidad dentro de algo tan falso como es el cine tiene un valor que no tendrá jamás “lo bien sacado” que pueda estar nada generado por una computadora.

¿Un viejo gritándole a una nube? Puede ser, o puede ser también que cuando veas las película de Huston, o cualquiera de esa época o de un par de década después, te des cuenta de cómo sobreviven al paso del tiempo cuarenta, cincuenta, sesenta años y una de esas por las que los influencers se cambiaban la toallita en Instagram la semana pasada “ya fue”

¿Volveremos sobre esta década o la anterior dentro de treuinmta años a decir “qué bien que estábamos”? No tengo idea, o mejor: si va a ser así, quizás no quiero ni estar consciente.

Si, te lo dejé re positivo.

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