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221 – Porque esto es África, parte 1

Publicado el 11 de abril de 2024

Bueno, este va a ser un envío complicado, porque tiene tantos desvíos que andá a saber dónde terminamos.

Quedás debidamente avisadx.

Quizás deberíamos sacarnos el misterio de encima, y empezar por decir que vamos a hablar de—



La reina africana (The African Queen, 1951), de John Huston.

“Por suerte no me clavé el sublingual”

Lo bien que hiciste. Y vos dirás—

“Bueno, un clásico, qué más se puede contar de…”

Y tendrías un poco de razón, pero como la de Huston es una película de aventuras, quizás sea interesante hablar de las aventuras (¿o debería decir peripecias?) por las que que se pasó a la hora de filmarla.

Porque, como te imaginarás, recién iniciada la década de los años cincuenta, Hollywood no sentía que fuera necesario “salir a filmar” si se podía filmar “todo acá en el patio de atrás”

De una manera similar a como cuando eras chico y le pedías equis cosa a tu mamá en la calle y te decía “Tenemos en casa”, el sistema de estudios decía “Tenemos Africa en casa”

Y acá viene la primera: La reina africana es una película independiente.

“¡No!”

¿Niega o se sorpende?

“Lo segundo”

Bien, era la idea. Ahora definamos independiente.

“Era lo que iba a decir”

Independiente del sistema de estudios. Como dije hace un instante, estamos a principios de los cincuenta, y el férreo control que los estudios tenían estaba empezando a mermar un poco en favor de algunos aventureros que les vendían la cosa hecha.

Entra a cuadro nuestro primer desvío: Sam Spiegel.

Spiegel merece un envío él solo y seguramente lo tendrá, pero hagamos un resumen: había nacido en el Imperio Astro Húngaro (escribo esto y me siento Fantino demostrando su “pesca de Wikipedia del día” orgulloso al aire), se había escapado de los nazis y había llegado a Estados Unidos.

Ni bien llegó fue preso por querer hacerse pasar por un militar egipcio de alto rango y después de salir de gayola empezó a “buscarse la vida”

Y caramba que Spiegel era bueno en eso. Su camino lo llevó a Hollywood donde primero trabajó para la Universal y después terminó “consiguiendo la guita” de varios clásicos como Nido de ratas (On the Waterfront, 1954) de Elia Kazan, El puente sobre el río Kwai (The Bridge on the River Kwai, 1957) de David Lean, De repente en el verano (Suddenly, Last Summer, 1959) de Joseph L Mankiewicz o Lawrence de Arabia (Lawrence of Arabia, 1962) también de Lean.

Pero si andás atentx, te habrás dado cuenta de que todos esos títulos son posteriores a La reina africana.

“Sí”

Muy bien. Así me gusta. Spiegel, que para este momento todavía se hacía llamar S.P. Eagle era un nombre que sonaba y daba vueltas en Hollywood como un tipo difícil, sin modales, pero que conseguía cosas.

Se cruzó con Huston en una reunión y le preguntó qué novela le gustaría adaptar al cine (creería que la totalidad o la enorme mayoría de las películas de Huston eran adaptaciones de novelas como El halcón maltés (The Maltese Falcon, 1941), El tesoro de Sierra Madre (The Treasure of the Sierra Madre, 1948), Mientras la ciudad duerme (The Asphalt Jungle, 1950), La burla del diablo (Beat the Devil, 1953) o Adiós a las armas (Farewell to Arms, 1957) por solo nombrar algunas) y Huston le respondió sin dudar que La reina africana de nuestro segundo desvío: C. S. Forester.

Forester no había nacido Forester, como Spiegel no había nacido Eagle. Se llamaba en realidad Cecil Louis Troughton Smith y era inglés. Se haría definitivamente famoso después del estreno de La reina africana no por la adaptación sino por haber empezado una serie de novelas de aventuras marítimas de un capitán llamado Horatio Hornblower que iban a terminar teniendo como doce volúmenes.

Forester antes de mudarse a Estados Unidos había seguido la carrera militar y había escrito propaganda a favor de los aliados durante la Segunda Guerra mundial al tiempo que publicaba novelas de los más variados géneros, incluyendo el policial y la ciencia ficción.

Pero volvamos con La reina africana.

La novela de Forester había salido ya hacía quince años (en 1935 para ser más exactos) y si bien tenía los derechos comprados por Warner Brothers, nadie había avanzado mucho con su desarrollo en mucho tiempo. Se habló de David Niven y Bette Davis para protagonizarla, pero nada había quedado muy firme.
Spiegel salió con un Tramontina entre los dientes y se compró los derechos por poca plata. Lo llamó a Huston y lo convenció. Una vez convencido Huston fue a ver a Humphrey Bogart que le debía un favor o dos al director.

Acá podemos plantear un “el huevo o la gallina”, pero buena parte de la carrera de Bogart era gracias a Huston, que lo había dirigido en El halcón maltés. Ambos tenían fama de cabrones, y misteriosamente se llevaban bien, quizás por la pasión por la bebida que el dúo detentaba con orgullo. El punto—

Es que Bogart dijo que sí. Spiegel ya tenía a Huston y Bogart. Le preguntó al actor quién le parecía que podía ser su coprotagonista y Bogart le dijo que nunca había trabajado con Katharine Hepburn. Para allá salió disparado Spiegel, que le dijo: “Dirige Huston y protagonizás con Bogart” y Hepburn dijo que sí.

Spiegel tenía a Huston, a Bogart y a Hepburn, pero había un detalle: no tenía la plata para filmar la película.

Sí, te clavé un lindo cliffhanger.

Mientras la conseguía, lo entretuvo a Huston la adaptación de la novela, para la cual el director quería a un (casi) ignoto por aquel entonces. Nuestro tercer desvío: James Agee.

Al igual que Spiegel, Agee merece un envío él solo y seguramente lo tendrá pero en el mientras tanto digamos que—

Era un periodista devenido escritor y guionista al que, al igual que Huston y Bogart, le gustaba más el escabio que vivir. Tanto fue esto así que dejó esta dimensión a los cuarenta y cinco años, de un infarto mientras iba al médico.

Sí, la muerte a veces es un poco ansiosa.

Agee, decía, escribía críticas y notas de cine para la revista Time había escrito una nota sobre Huston, elogiado su espíritu indomable. Huston empezó a frecuentarlo y se hicieron amigos. Como con Bogart, ambos tenían fama de cabrones, y misteriosamente se llevaban bien, quizás por la pasión por la bebida que este otro dúo detentaba con orgullo.

Agee en su corta carrera, que iba a terminar con su muerte pocos años después, ficho dos de las grandes películas de los años cincuenta en su CV: esta y La noche del cazador (The Night of the Hunter, 1955) de Charles Laughton, que tuvo muchas idas y vueltas y dimes y diretes en su escritura pero que se probó como suya años después. Esto sin decir que ganó un Pulitzer póstumo por su novela Una muerte en la familia en 1957.

Pero, como dije antes, Agee quizás sea para otra ocasión. Volvamos—

Huston y Agee se pusieron a trabajar en la versión cinematográfica de la novela de Forester, al tiempo que Spiegel seguía sin conseguir la guita.

Porque, como ya teaseamos al principio, hay un lugar donde La reina africana se adelanta al espíritu europeo que tuvieron las generaciones posteriores, especialmente la del New Hollywood, con el “salgamos a filmar a las calles, en lugares reales, no en estudios” y es que Huston quería que la película se filmara en África.

Y eso, en oídos de los que podían poner plata en una película y calcular su “riesgo”, ya no de “éxito de taquilla” sino de “capacidad de compleción con todos vivos” empezaba a pesar en la balanza.

Hacen su entrada los verdaderos héroes en este lío. Ingleses, hermanos, y con algún que otro favor debido a Spiegel en su épocas europeas: John and James Woolf. Los hermanos Woolf tenían un largo hacer en la industria cinematográfica inglesa trabajando para la Rank Organisation y se habían independizado con el nombre de Romulus Films para la producción y de Independent Film Distributors para la distribución.

Querían meterse en La reina africana y que fuera su primera apuesta fuerte.

Spiegel tenía a Houston, a Bogart, a Hepburn y ahora también tenía la guita para irse a África a filmar.

¿A dónde en África, dirás? Bueno, acá empiezan los problemas.

No tenían muy claro a dónde ir, y la primera apuesta fuerte fue Nigeria, que por ese entonces era un protectorado inglés. Llegaron con una avanzada de producción y a Huston le pareció que era “muy limpito”, que no era lo que estaba buscando.

Huston desapareció en la espesura africana y se supo de él algún tiempo después.

Cuando volvió contó que estuvo viviendo con una tribu que le dijo que no siempre tenían para comer y que él contrató a un cazador para que les llevara carne todos los días. Si sos impresionable, capaz volvé a leer desde el tercer párrafo acá abajo.

Lo cierto es que el cazador volvía todos los días y la comida no se terminaba nunca. Hasta que la policía fue a buscar al cazador, acusándolo de matar a miembros de otras tribus.

¿Es verdad o no? Cómo saber. ¿Sería hermoso creerlo? Por supuesto que sí.

Acá volviste, no te la bancaste. Huston se decidió finalmente por lo que en ese momento era el Congo Belga, conocido hoy como República Democrática del Congo.

¿Fue por sus paisajes? Bueno, dicen que el agua por la que va el barquito de la película es muy—

No, en realidad Huston tenía un solo objetivo en mente y necesitaba una nación con leyes un poco más laxas que las de Nigeria.

Huston quería cazar a un elefante.

Sí, ahora sí que te clavé un lindo cliffhanger.

¿Vos entendés que ni siquiera llegamos al rodaje, no?

“Eso veo”

¿Y sabés toodo lo que pasó en el rodaje?

“La verdad que no”

Me parece que lo vamos a tener que hablar la semana que viene o la otra, porque la semana que viene tenemos una obligación clásica de estos envíos.

“Más ansiedad”

Vas a tener que hacerte fuerte, chiquitx.

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