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206 – Con motivo de una noticia horrible, parte 1

Publicado el 14 de mayo de 2024

Desde el jueves pasado, el mundo es un poco peor. Porque es un mundo sin Roger Corman, que dejó esta dimensión a los 98 años.

Sí, por supuesto que era esperable si sólo consideramos lo meramente numérico, pero hay un dato que nunca se factorea: no estábamos preparados para vivir en un mundo sin Roger Corman.

Claro que puede sonar dramático, pero es muy difícil pensar en el mundo (o el cine que vendría siendo “nuestro mundo”) sin su omnipresencia.

Porque Corman, a quien adoraría llamar Roger como amigos míos que sí lo trataron, es la figura más importante de la historia del cine de los últimos setenta años. Y de eso no hay discusión.

Porque cualquier pergamino que se pueda presentar, desde la costa este de la taquilla hasta la costa oeste del prestigio, hay una enorme posibilidad de que haya huellas digitales del maestro en mayor o menor medida.

Y si bien estos envíos fueron, más veces que no, un homenaje en vida a Corman, porque cada vez que nos remontábamos a contar una historia (oscura o muy luminosa) sobre alguna película o movimiento del cine, invariablemente asomaba la cabeza sonriendo.

Nadie hizo más por el cine que Corman, por más que les duela a los que escriben obituarios sin haber visto nada y lo llaman “cine B”.

Corman estuvo y estará en nuestras vidas siempre. Su legado, en forma de películas, de subgéneros o incluso de directores, guionistas y productores muy prestigiosos siempre estará ahí.

No se me ocurre mejor forma de homenajearlo que como lo venía haciendo: nombrandolo cada vez se asomaba detrás de la ligustrina por algo que hizo posible, y eso seguirá siendo así. Pero me pareció que a modo de “homenaje extra” quizás este envío y el del jueves deban ser sobre su obra como director, que muchas veces es pasada por alto ante la cantidad de cosas que produjo.

Quisiera de este lado de la verja ser un poco más “juguetón”, con una película hermosa que nos lleva (a lxs que peinamos canas) a un recuerdo de ciclo televisivo muy formativo, y a lxs que no quizás los lleve en una dirección muy psicodélica y del otro lado a una serie de películas que nadie se animó aún a decir que eran “menores” o malas.

Diversión y prestigio, quizás los dos vértices de este newsletter y de la carrera de nuestro homenajeado.

Si no estábamos listxs para que muera Corman es quizás porque Corman jamás morirá.

Dicho esto, hablemos de la película que nos ocupa hoy, que empieza con un desvío divertido.

“Ay no”

Esto es Míralos Morir, por más tristes que estemos.

Para empezar a hablar de la película, quizás lo más interesante (o por lo menos para mí) sea hablar de un personaje muy divertido que apareció en las costas inglesas a mediados de los años treinta.

Había nacido con el nombre de Khuda Bukhsh en la India en 1905, hijo de una familia acaudalada y llegó al Reino Unido con una valija llena de trucos de magia y el seudónimo de Kuda Bux.

Bux, en épocas donde los magos indios eran una sensación, no tardó mucho en conquistar a más y más público. Empezando en ferias, y terminando en teatros y con notas de revistas.

Quizás la más famosa haya sido la que el mismísimo Roald Dahl le hizo para la revista Argosy.

El siguiente paso era los Estados Unidos, donde hasta tuvo su propio programa de televisión llamado Kuda Bux, Hindu Mystic y donde tuvo de asistente (esas mujeres que viajan con los magos para ser serruchadas a la mitad cada noche) a una joven ¡Joan Rivers!

Los trucos de Bux eran muchos: además del arriba citado, los anillos que se unen y separan, cartomancia de todo tipo, caminar sobre brasas ardiendo y “ver” a través de unas vendas cada vez más gruesas.

Cuenta la leyenda que su carrera inspiró a Dahl a escribir un cuento en los años setenta: La maravillosa historia de Henry Sugar, que después fue adaptada por Wes Anderson en esos cortos que hizo para Netflix.

Pero quizás la razón por la que estoy contando esta historia aparentemente desconectada es porque Bux era famoso por un apodo que nos lleva directo al tema del día: “El hombre con la visión de rayos X”.

Y acá es cuando te digo que, para hablar de la película de Corman director de 1963 vamos (o voy, si vos no tenés la edad) a tener que hacer un poco de memoria emotiva.

Porque, claro, Sábados de súper acción. Sí, hablamos mil veces de uno de los (dos o tres) ciclos más formativos para cinéfilos de la historia de la televisión argentina, pero por las dudas:

“Los sábados se almorzaba y, por Canal 11, se sintonizaba Sábados de Super Acción de principio a fin.

Porque si había algo que tenía SdSA era variedad. Esa variedad por la que abogamos semanalmente desde aquí o esa variedad que se pretende una buena cinefilia. Sin mucho orden ni razón, a un western le podía seguir una películas de terror o una de marcianos, o un policial o lo que sea.

A la par que los cines del suburbio antes de desaparecer o convertirse en templos de una fe distinta a la cinéfila se convertían en dobles o triples programas, el ciclo ensanguchaba una cantidad de películas que variaba según su temporada. Podían ir de tres o cuatro a seis o siete. Sin parar, una atrás de la otra.

Y eso fue lo que mejor aprendimos de pasarnos los sábados viéndolo: que en la variedad estaba el gusto. Más tarde descubriríamos que en esa variedad estaba escondida la cinefilia.

Casi cualquier cinéfilo más o menos bien habido de cuarenta y algo te va a citar a SdSA y Función privada como dos influencias tempranas a la hora de ponerse a ver películas a mansalva y repetición.

La tanda no importaba, el doblaje no importaba, no importaba siquiera la hora y temperatura clavadas abajo en un videograph amarillo imposible de eludir. SdSA habilitaba experiencias geniales e irrepetibles.

¿Dónde más se podía ver Reptilicus (1961) con regularidad? ¿O Los doberman al ataque (Trapped, 1973)? ¿O películas realmente buenas, mezcladas con otras que no tanto o que sí tanto?

Nunca se vivió más libertad que con esta programación anárquica. Nunca se vieron tantas cosas tan variadas. Y nunca descubrimos más cosas que en este ciclo.

Cosas con las que nos reencontraríamos después y aprenderíamos a valorar como es debido.”

Si copipegué algo de hace doscientas ediciones, no me juzgues.

Dentro de la variopinta programación del ciclo, había películas que se destacaban por su calidad. Uno, incluso siendo un niño podía entender la diferencia entre un esfuerzo de ciencia ficción de los cincuenta o sesenta y una película con efectos de Harryhausen sin mucho esfuerzo. Lo mismo pasaba con la película de hoy que, por si no te diste cuenta aún, es El hombre con visión de rayos X (X, 1963)



Quizás sea imposible resumir la carrera de Corman hasta este punto, pero haré lo posible. Confío en que si no hablamos de muchas de estas cosas, ya terminaremos hablando directa o indirectamente, porque viste cómo es la carrera de este genio.

Un genio al que siempre se recordará más por sus increíbles rebusques de productor (una carrera con más de cuatrocientos títulos a su nombre) que la de director (dónde solo araña los sesenta), que fue por cierto más que genial.

La cosa era más o menos así y en grandísimos rasgos: estudió Ingeniería industrial, fue a la guerra, volvió y se recibió. Al poco tiempo consideró que sus estudios fueron un error y entró a trabajar de cadete para la 20th Century Fox. De cadete ascendió a lector de guiones, y a pesar de tener buen ojo jamás obtuvo crédito por su trabajo. Se fue a estudiar literatura inglesa a Inglaterra y de ahí a vivir a París. Volvió con ganas de meterse por motu proprio en la industria cinematográfica, hasta que a mediados de los cincuenta vendió su primer guión. Con esa ganancia y otro dinero más que pudo juntar, se auto produjo su debut como director: Monster from the Ocean Floor (1954), demostrando ya en esa primera película un olfato absoluto para lo que estaba de moda en el momento.

Y de ahí medio que el resto fue historia: porque empezó a distribuir sus películas a través de la por entonces llamada American Releasing Company de James H. Nicholson y Samuel Z. Arkoff (me pongo de pie) que después se iba a llamar American International Pictures, con quienes tuvo media década muy fructífera, hasta que se movió a trabajar con su hermano Gene (de él también hablamos) fundando The Filmgroup, una compañía productora y distribuidora que alimentaba al circuito de dobles programas y autocines.

No se fue fue de AIP, porque siguió volviendo cada vez que lo necesitaron, sin ir más lejos para la famosísima saga de Poe, cuya historia es más accidental y de la que (spoiler alert) me voy a ocupar el jueves.

“Me siento mucho más tranquilx ahora que lo sé”

Me alegro mucho. Es justamente en el medio de hacer la larga saga de Poe para AIP que Corman justo entre la cuarta Cuentos de terror (Tales of Terror, 1962), y la quinta y más cómica El cuervo (The Raven, 1963). Pero no nos distraigamos con eso.

De hecho, porque El hombre con visión de rayos X es una de las ¡cinco! películas que Corman dirigió en 1963. Y esto fue porque AIP, que hacía más películas por año que la India, le pidió si no tenía algo para filmar. Ahí fue cuando volvió sobre otra de las ideas que venía teniendo: la de un científico que experimenta de más.

Y quizás, si no la viste aún o si no corriste a verla cuando la nombré, sea necesario hacer una breve sinopsis: un científico inventa unas gotas para los ojos que te dan el poder de ver como si tuviera rayos equis. Ve gente desnuda, claro, pero solo de los hombros para arriba o de las rodillas para abajo.

Sí, es hermosa. Y además de hermosa es muy genial.

La historia no era de un científico, sino de un músico de jazz que se drogaba mucho, pero quizás el público no estaba preparado (como sí estuvo cinco años después) para semejante cosa, así que el salvoconducto de la ciencia (más a tono con el comienzo de los años sesenta) fue el elegido.

Todo eso que conté antes de Poe y coso es vital para entender El hombre con visión de rayos X porque en esta película Corman hace algo (que explica después Stephen King, pero no nos adelantemos) que es construir un horror casi Lovecraftiano en el relato sin serlo realmente.

“Estoy muy confundix”

Es la idea. Sigamos: Corman tenía mucho en su plato cuando filmó la película. Como dijimos hace un instante, estaba el “período Poe”, que venía de seguir al pie de la letra las convenciones del horror gótico hecho y derecho y las empezaría a doblar un poco con las películas de la saga que vendrían después, pero eso el jueves.

Lo importante es que El hombre con visión de rayos X es ese punto de inflexión. Ese punto donde Corman se da cuenta que en el relato de horror se podía ser clásico (como Poe, digamos) o bastante más delirante (como Lovecraft, si se quiere) y lo hace casi casi a lo largo del metraje.

¿Cómo es esto? Bueno, la empieza como una película visualmente “común y corriente”, la fuerza para lugares algo cómicos y extraños desde el descubrimiento y termina haciendo una puesta visual casi experimental para cuando las cosas se complican.

Sí, una película de Sábados de súper acción puede ser más compleja que esas que aplauden todos los años en Un certain regard.

El tipo de horror que tiene esta película es sensiblemente más visceral que el de Poe, que podría explicarse casi en términos psicoanalíticos. Es tan Lovecraftiana, que su película siguiente, El palacio maldito (The Haunted Palace, 1963) que muchos brutos meten en la bolsa de Poe, no es más que una adaptación de la novela El caso de Charles Dexter Ward de Lovecraft.

Podríamos decir que mientras filmaba El hombre con visión de rayos X Corman no estaba más que adelantando el futuro de su propia carrera.

La película tenía, en su primer aversión, un comienzo que funcionaba como un film educativo sobre la visión, que fue descartado en el momento de su estreno por el bien de la brevedad (eran películas que muchas veces se combinaban con otras y ese doble programa debía durar un tiempo determinado a los fines de hacer la mayor cantidad de “vueltas” en las salas que se exhibían) y que fue recuperado en el momento de las ediciones en DVD y Bluray de la película.

No solo el comienzo, también el final. O eso es lo que cuenta la leyenda, al menos.

Y acá viene la parte donde especulamos. Porque Stephen King contó en su libro-ensayo Danza macabra, donde se ocupa de analizar el horror en la literatura y más allá, que la película tenía un final alternativo, donde el personaje de Ray Milland se arranca los ojos mientras dice que “sigue sin ver”. Corman, consultado por esto, declaró con una sonrisa: “Es interesante: King vio la película y escribió otro final. El suyo es mejor que el mío.”

Cómo no amarlo.

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