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201 – Los rusos del dios neón

Publicado el 23 de noviembre de 2023

No sé si sabrás, pero además de grabar podcasts y escribir estos envíos obsesivamente, también hago estas remeras. Que, como todo proyecto que me pongo por delante, siempre tiene “un pasito más”, “una trampita” o dicho en criollo, una rotura de pelotas extra.

Porque estas remeras se podrían hacer con los afiches de estreno afuera, pero su gracia es que están basados en los anuncios que se publicaron en los diarios argentinos en el momento de su estreno.

“Eso ya lo sabíamos todos”

Bueno, pero quizás no sepas que para encontrar esos afiches hay que tener una fecha de estreno que nunca está en internet y con ese dato ir a la Hemeroteca.

Hemerotecas hay varias, yo soy parcial a la de la Biblioteca Nacional, por efectividad, cantidad de cosas y, por qué no decirlo, arquitectura brutalista. No voy a negar que la del Congreso me ha salvado incluso un domingo de lluvia, pero mi corazón está en Recoleta (?)

“Nunca lo dudé”

El punto—

“Por dios, el punto”

Muchas veces uno va a buscar A y se encuentra con B, C, D y hasta Z. Las películas, como dije miles de veces, no existen solas dentro de un tupper, sino en un contexto. Ir a la Hemeroteca ayuda a ese contexto, muchas veces. Porque ves que tal se estrenó cuando tal otra tenía “12 semanas de éxito” o que la de tal bicho fue la misma semana que la de otro bicho porque se ve que la gente quería bichos y así.

Esa es la parte más cinéfila, la que ayuda a conectar, a poner las cosas en su lugar etcétera. Después está el trigger de la memoria que viste que después de cierta edad te mezcla un poco las cosas. O te las hace acordar distintas o te las hace olvidar. O por lo menos por un tiempo.

Un tiempo delimitado en que tengas que ir a la Hemeroteca para algo y buscando otra cosa te encuentres con—

Una película que viste, tenías alojada en algún lugar de la cabeza pero que no recordás tanto, o por lo menos una serie de recuerdos. Te comparto los míos: “Esta película la vi en video, porque no tenía edad para verla en el cine. La había editado AVH. Rusos, neones, Nueva York. Era rara.”

Y caramba que Cielo líquido (Liquid Sky, 1982) de Slava Tsukerman era una película rara. Y estrenada a destiempo en nuestro país, en plena etapa del “post destape”, pasados ya el 85, 86, una época donde el erótico dejó de inetersar porque ya existía la llamada “exhibición condicionada”

No vine acá a hablar de eso, pero podríamos meter un breve desvío.

“Jesús llevame pronto”

Ya viendo la aficheta del diario nos da una idea de la época, la podríamos fechar y hacer un análisis. Quizás esto te divierta: “Una obra maestra de la sexoficción”, una frase que no dice nada, pero activaba la neurona del que quería solo ir a ver películas donde “se ve algo”, los festivales, el call to action medio bullinero de “Atrévase a ver” y quizás la más hermosa de todas: “El film que durante tres años consecutivos delira a EEUU y Europa”

¿Estás entendiendo lo que están haciendo, no?

“Estoy perdido”

Convertir en virtud un defecto.

La distribución local, sobre todo con la vuelta de la Democracia, empezó a valerse de la idea de “ahora se puede” para estrenar cosas que a lo mejor efectivamente habían estado prohibidas y otras que a lo mejor no.

Había en esos “tres años consecutivos” algo. La idea de que la película, okey, llegaba tarde —muy tarde, si se me permite—, okey, la habían comprado por dos mangos pero ¿cómo te la ibas a perder?

Quizás estos párrafos anteriores sirvan para entender que no todo está en internet y que mucho, pero mucho, está ahí afuera listo para ser descubierto, muchas veces de pedo. pero volvamos—

Que Cielo líquido era, además, una película muy extraña con una historia muy interesante. Empecemos por el bueno de Tsukerman.

Vladislav “Slava” Mendelevich Tsukerman por si hiciera falta aclararlo, nació en Rusia en 1940, hijo de una familia de origen judío. Estudió ingeniería, pero le gustaba el cine.

Tanto que empezó a hacer cortos de manera independiente —algo muy extraño en el período soviet, donde todo era “parte del estado”— y a ganar premios en festivales. Se supone que I Believe Spring (1960) es el primer corto de factura realmente independiente del país.

Para principios de los años setenta emigró con su esposa a Israel donde empezó a trabajar en televisión y a ganar horas hombre de rodaje porque, en sus propias palabras, cuando llegó y conoció gente que había estudiado “del otro lado de la Cortina de Hierro” se dio cuenta que estaba a años luz.

Bueno, esto lo dice él, hay que ver viniendo del país que prácticamente inventó el montaje y varias cosas más —sutiles referencias más adelante— pero respetemosseló.

Esas horas hombre lo llevaron a emigrar nuevamente en 1976, esta vez a Nueva York, donde entró en el circuito de cineastas independientes, buscando financiación para la que iba a ser su primera película.

Tenía un guión con el que estaba muy ilusionado, llamado Sweet Sixteen, pero por lo que supo luego de él era “poco posible”, la manera elegante que tiene la industria para hablar de algo imposible de financiar.

La historia, según se cuenta tenía a un científico loco —nunca vi una película de un científico cuerdo, que tenga memoria— cuya hija tenía un accidente y debía reconstruirle un cuerpo mecánico.

Para cuando empezó a mover el guión en la escena indie neoyorquina, sus amigos productores le dijeron que era un proyecto que no podía filmarse con medio millón de dólares.

Ese número empezó a rondar su cabeza, porque era el que unos inversores estaban dispuestos a darle para que hiciera su primera película.

Y ahí, rebuscando entre las cosas que se podían filmar y con la escena punk y post punk muy a mano se le ocurrió contar una historia que “fuera una fábula que incluyera todos los mitos de la época: sexo, drogas, rock and roll y extraterrestres”

Se puso a trabajar en el guión con su esposa Nina Kerova y una actriz que habían conocido llamada Anne Carlisle, que iba a terminar protagonizando la película por partida doble. Más de esto en un momento también.

Y lo que se les ocurrió, bueno, es Cielo líquido, la historia de unos extraterrestres invisibles que llegan a la Tierra buscando heroína y se cruza en su camino con una modelo y dealer que viven en un departamento con terraza. No tardan en darse cuenta que las feronomas que produce el sexo son mucho más poderosas que la droga que aterrizaron para buscar.

¿Rebuscada? Puede ser. ¿Un objeto de su época? Claro que sí. ¿Un paseo por una obra queer casi casi accidental? No tengas dudas.

Sobre esto último: Carlisle hace un doble papel, haciendo de una modelo algo andrógina y de un muchacho que vive enfrente. Nada que no haya hecho Divine en Multiple Maniacs (1970), pero lo suficientemente refrescante para la época.

La película forma parte de un canon de cine que con mis amigos llamamos “Nueva York sucia”, en la que entran como en una bolsa de gatos películas como Halcones de la noche (NIghthawks, 1981) de Bruce Malmuth, Serpico (1973) de Sidney Lumet, Cruising (1980) de Willian Friedkin, Maníaco (Maniac, 1980) de William Lustig o Basket Case (1982) de Frank Henenlotter.

Y quizás lo que más tenga en común con las más baratitas de la lista es que fue filmada a los ponchazos, sin ningún permiso, en un departamento donde ni los vecinos sabían lo que estaba ocurriendo, con asistentes de producción parados en los pasillos por si caía una inspección y muchos pero muchos —y cuando digo muchos es muchos— neones.

Porque si bien el neon noir ya estaba inventado por Michael Mann en Mi profesión: ladrón (Thief, 1981) un poquito antes, la relación de la primera película de Tsukerman con este tipo de iluminación es, como mínimo, digna de estudio.

Pero había algo más además de los neones: la luz natural. Tsukerman estaba obsesionado con “la hora mágica”, ese momento del día que se da dos veces por día (al comienzo y al final, amanecer y atardecer, por ponerlo de una forma simple) y quería que toda la película tuviera esa luz. No contó con que la “la hora mágica” de Moscú era muy larga y la de Nueva York duraba solo cinco minutos. El director de fotografía Yuri Neyman hizo lo que pudo con lo que tuvo y caramba que fotografió bien.

Y si bien Tsukerman insiste con que la película le debe todo al expresionismo alemán —sí, punto para Slava en esto, es cierto— hay mucho de soviético en el montaje que no puede dejarse de lado. La idea de paralelismo —algo prácticamente fundado por la escuela soviética— está omnipresente a lo largo de todo el metraje. Negar que la película le deba tanto a los alemanes como a Aelita: Reina de Marte (Аэлита, 1924) de Yákov Protazánov sería un poco necio.

¿Te estás llevando una lista larga de películas de este, eh?

Quizás debamos hablar de la banda sonora también, compuesta por el propio Tsukerman, Brenda Hutchinson —una pionera de la música experimental— y Clive Smith además de adaptando al sistema electrónica experimental piezas de música clásica, usando un Fairlight CMI que en el momento era una novedad. Te recomiendo que busques la historia del Fairlight CMI y que te explote la cabeza, pero viste como es esto: este es un newsletter de cine.

Tsukerman insiste con que Andy Warhol “casi actúa” en la película. Es relativamente comprobable, teniendo en cuenta la época y por donde se movía el bueno de Slava, pero lo más cerca de eso que tiene la película es uno de sus novios en un papel secundario.

Y acá viene la parte donde, después de contar la historia de una película extrañísima te digo “El público y la crítica no acompañaron y recién veinte años después…”, pero no. ¿Sabés que no? Porque Cielo líquido fue un éxito de taquilla en el año de su estreno, que fue uno no menor, por cierto: 1982.

Ya hablamos mil veces del “verano del 82”, con estrenos que recordamos hasta ese momento, con la cristalización definitiva del concepto de blockbuster y varias cosas más. La película de Tsukerman estuvo en el ranking de películas más recaudadoras de Variety por lo menos seis meses, nadando en las aguas de la independencia entre tanto producto de estudio. No hay forma de medirlo con precisión, porque se podrían hacer doscientos cortes destinos y tener o no razón, pero bien podríamos decir que Cielo líquido es una de las películas independientes más exitosas de todos los tiempos.

La carrera de Tsukerman después de Cielo líquido no fue precisamente prolífica, con solo cuatro películas más, en su mayoría rondando la temática soviet.

Hace algunos años, Tsukerman aseguró en un entrevista que planeaba una secuela para la película con Anne Carlisle volviendo a hacer el rol de Margaret. No lo hizo hasta ahora, más sí un documental sobre la proeza de filmar la indie a la que le fue bien llamado Liquid Sky Revisited (2017). Tsukerman tiene hoy 82 años.

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