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200 (sí, 200) – El cine es la mejor diversión

Publicado el 16 de noviembre de 2023

Llevo casi cuatro años escribiendo estos envíos, que cada tanto llegan a número redondos que no termino de meterme en la cabeza: que 50, que 100, que 150, tanto acá como en el de los martes, que casi está por llegar a los centenas igual.

Si tuviera que ponerme simplemente en contador, diría: un acumulado entre martes y jueves de 380 entregas, donde ninguna baja de las dos mil palabras, llegando muchas a superar las tres mil o más, publicadas ininterrumpidamente.

Como digo cada vez que lo intelectualizo, si me decías que llegaba a la quinta entrega, me abría un champán.

Pero no tomo, así que sigo escribiendo sin más.

Muchas veces me pregunté si esto tenía sentido, si efectivamente era algo que la gente apreciara, y muchas otras me di cuenta que sí por mensajes, gente que me cruzo por la calle y varias cosas más.

Muchas otras, en esas semanas donde todo es desazón y poco empuje, me pregunté si debía seguir con esto, o en qué número cortar.

Por ahora, temas hay, ganas hay y varias cosas más hay, dinero quizás no tanto —pero de esto seguramente le llegue un mail a los suscriptores de los martes en estos días— así que por ahora la zanahoria es: “Míralos Morir va a terminar cuando la sumatoria de los de las jueves y martes den 666″

Sí, me pareció que era un número sensato y que me daba tiempo para adelante de sobra para, incluso reconsiderarlo.

Así que no: Míralos Morir no se va a… bueno, morir.

Y en este número redondo y celebratorio quería hablar de una película que, por alguna serie de pases mágicos y casualidades, me pega un poco en lo personal.

Pero para eso vamos a tener—

“Que hacer un poco de historia”

Bueno, justo hoy no: vamos a tener que traer a la mesa un montón de recuerdos.

En 2015 estrené este documental. No, no es un chivo, no necesitás verlo —o sí, si querés, nidea— que tuvo un lindo —y pequeño— estreno comercial en el centro Cultural San Martín y que logró un pequeño público de culto en su sobrevida online, responsabilidad mía, porque si es por Cinear y Contar y cosobueh, no me hagas ni empezar a hablar.

El punto es que la película fue invitada por una serie de pases mágicos —un amigo de los programadores estaba en Buenos Aires y vio la película en sala, me escribió ¡por Facebook! (algo medio normal en aquel entonces) y ayudó a que la película quedara programada en un festival en Recife, Brasil.

El festival se llamaba —y sigue llamando— Janela Internacional de Cinema do Recife, que traducido sería “Ventana internacional de cine de Recife”

Por ese entonces era un festival muy a pulmón y no tenían dinero para llevarme a presentar la película, a menos que aceptara ser jurado del mismo.

Acepté, por supuesto, y terminé conformando un jurado de la competencia de cortos —muy experimentales muchos— con una directora de documentales brasileña que vivía en Europa y con un miembro de la Cinemateca Francesa.

Topísimo, sí.

Cuando emprendí el largo viaje hasta allá (Recife está al norte, en la zona de Pernambuco, hay que ir a Brasilia y combinar aviones) me di cuenta de algo maravilloso que ese —por entonces— pequeño festival tenía: tenía dos competencias y el resto eran revisiones.

Sumándole alegría a la ya prometedora programación de clásicos —y no tanto—, las funciones se hacían en “salas do rúa”, es decir, en cines a la calle, de esos que ya casi están extintos en todas partes del mundo.

La principal sala do rúa de Recife era el Cinema Sao Luis, que sigue entre nosotros después de más de setenta años y detenta uno de los slogans más bellos que se hayan podido inventar: Cinema é a maior diversão.

El Cinema Sao Luiz es la definición más acabada de lo que Edgardo Cozariunski alguna vez bautizó como “palacio plebeyo”: construido en su momento sobre una iglesia anglicana, el Sao Luiz se trasformó en un templo del cine.

Durante la semana que estuve cada noche vi las dos funciones de la noche, reviendo en copias restauradas y en un 4K casi flúo películas como La tiendita del horror (Little Shop of Horrors, 1986) de Frank Oz, Los guerreros (1979) de Walter Hill, Posesión satánica (The Innocents, 1961) de Jack Clayton, Triple traición (Jackie Brown, 1997) de Quentin Tarantino, Hombre lobo americano en Londres (1981) de John Landis y varias que se me blurearon en la mente.

Y me embarqué durante el resto del día —y de las trasnoches— en charlas cinéfilas interminables con brasileños que parecían haber pasado más tiempo encerrados a la sombra que al sol. Recuerdo los días pasados en ese festival, del mismo modo que De Caro habla de “el verano de los ninjas” como “las vacaciones de la cinefilia”.

Kleber, el director del festival había sido crítico de cine y dirigido su primera película, de la que me dio un Bluray para que viera cuando vuelva a casa y hablaba obsesivamente de la película que estaba por filmar con Sonia Braga.

Era —bueno, o es, está entre nosotros— uno de los cinéfilos más abiertos y milimétricos con los que me crucé en mi vida y un obsesivo de la historia de las salas de cine del centro local.

Sí, quizás se caía de maduro por qué habían programado el documental en el festival. Todo cerraba de una manera mágica.

Una de las actividades diurnas del festival fue una caminata por el centro de Recife visitando las ruinas —una galería a media construir, una casa de lecetordométicosd, un terreno baldío, entre oitras— de lo que habían sido los palacios plebeyos de la ciudad pernambucana. Kleber iba para todos lados con una cámara de Super 8 y una de fotos, retratando la experiencia, al tiempo que el director del Cinema Sao Luiz contaba los distintos devenires de esos edificios gigantescos.

“Kleber”, quizás no haga falta que lo diga, resultó ser Kleber Mendonça Filho, que para ese entonces había dirigido O Som ao Redor (2012), estaba terminando Aquarius (2016) —la película con Sonia Braga de la que hablaba— después codirigió Bacurau (2019) y que este año en Mar del Plata presentó Retratos fantasmas (2023), una de las películas más hermosas que vas a ver en tu vida, si tenés sangre en las venas.

Porque Retratos fantasmas es, casi, esa pieza en el rompecabezas que faltaba: nos permite entender sus películas anteriores y el por qué de determinadas cosas: la locación obsesiva en la primera película, el personaje de Sonia Braga en la segunda y varias cosas más.

Sí, quizás sea interesante que veas la filmografía de Mendonça en orden y termines con esta si es que no lo hiciste.

Y también porque es un retrato descarnado sobre la obsesión que tienen —tenemos— los cinéfilos sobre las sensaciones que daban los cines antes y que ya no dan más,

Miles de veces hablamos acá de la despersonalización que sufrieron las salas de cine cuando “se encerraron”, cuando dejaron de ser “a la calle” para pasar a ser parte de complejos más grandes, como ese “alien” del que habla Kleber en, quizás, la modificación más monstruosa que se muestra en el film.

La película está dividida en tres partes. La primera habla obsesivamente del lugar que lo hizo cinéfilo, un departamento de su madre que terminó siendo suyo en el que filmó gran parte de sus cortos y su primera película. La segunda habla del centro de la ciudad, pero especialmente en sus cines, en aquellos que ya no sobrevivieron. La tercera habla del Sao Luiz, la sala que terminó siendo templo, pero del cine.

Es imposible no amar el viaje personal de Kleber porque es el viaje de cualquiera de nosotros, que sentimos algo cada vez que abrimos un diario viejo en la sección espectáculos y vemos que se daba, que desdoblamos un afiche a ver qué sorpresa esconde, o que nos fascina la historia de los verdaderos “trabajadores del cine”: proyectoristas, boleteros, acomodadores y demás fauna ya extinta.

Por medio de grabaciones que fue haciendo a lo largo de su vida en una multiplicidad de formatos, la película hace que el “diario personal con found footage” tenga sentido porque no nos están contando un viaje a Disney sino un sentimiento compartido por todo aquel que ama las películas.

Porque quizás por eso sea que estamos acá hace 200 semanas y seguiremos estando.

Porque, sin dudas, Cinema é a maior diversão.

Quizás sea pertinente aclarar que la película no tiene estreno confirmado en nuestro suelo, pero que sí se puede conseguir —por el momento con subs en inglés— por ahí con relativa facilidad.

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