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2 – Héroes para el Oscar, raperos depresivos, meteoritos coloridos y doctores hot

Publicado el 31 de enero de 2020

Las nuevas

Empiezo con una aclaración. Semana floja de estrenos: tenemos dos “del Oscar” y poco y nada más.

Las “del Oscar” —y me voy a ocupar de eso largo y tendido la semana que viene, más sobre la fecha— son un arma de doble filo. 

Por un lado tenés las películas que son imposibles de filmar hoy en día que, con el salvoconducto de los Oscar, aparecen en la temporada de premios. Esas películas que había por miles en otras épocas y que hoy parecen un cisne negro: las que siempre llamamos “de presupuesto medio”. 

Por el otro, tenés las películas que solo existen para los Oscar, películas hechas con “lo que vota la Academia” en mente. Falsamente prestigiosas, de una acotada lista de hechos históricos, con actores que fingen una discapacidad, etcétera. Lo que los yanquis llaman Oscar bait o, puesto en castellano, carnada para los Oscar.

Los casos de esta semana: 1917 (2019) y Mujercitas (2019) no me generan el mayor interés. La primera porque cae en la segunda categoría y la segunda porque no es mi tipo de película.

Y acá hay algo que podemos empezar a ejercitar a futuro: a menos que tengamos una oposición moral real a un tipo de película que, creemos, hace daño al resto del cine, podemos tranquilamente decir “no es para mí” y seguir camino sin que se nos caiga ningún anillo. A veces querer dar misa y estar en el campanario es medio tristón.

¿Querés una reseña breve de 1917? Bueh, dale.

Por un lado tenemos la definición de la película de Oscar bait: un hecho histórico contado de una forma “poco convencional” para los estándares de lo que vota la Academia, dirigida por alguien de quien nos ocuparemos dentro de unas pocas líneas.

Durante la Primera Guerra Mundial, dos soldados tienen que llevar un mensaje de punto a a punto b lo más rápido posible. “Dos cadetes en la guerra”: ni a Lisandro Alonso se le ocurre una línea argumental tan corta.

Y lo que pasa es justamente eso: van del punto a al punto b. Y se encuentran con problemas. ¿Con los problemas que Bruce Lee se encontraba en Operación Dragón (1973), que no ganó ningún Oscar? Ni siquiera.

Ah, y ¡está filmada en un plano secuencia! Dicen por ahí y no les alcanzan los signos de exclamación. Como decenas de otras películas, como La soga (1948) de Hitchcock, que lo incorporaban a la línea argumental y no como un artificio para sumar prestigio.

Por el otro lado, tenemos a Sam Mendes, un extraño commodity del sistema de estudios que parece estar durmiendo en un depósito de utilería hasta que llega la temporada de premios. ¿Ganó Oscars? Sí claro. ¿Sus películas resistieron el paso del tiempo? Hagan este ejercicio: vean Belleza americana (1999) de nuevo.

Bueno, y basta porque dije que iba a ser breve.

La que apareció por ahí es una anomalía en el mundo del cine y se llama Color Out of Space (2019), y es la vuelta al cine de Richard Stanley.

¿Y quién es Richard Stanley? preguntarán los millenials y centennials. Ahí va: Richard Stanley es un director de cine nacido en Sudáfrica que había logrado establecerse entre los que hacían género a principios de los años noventa con una mezcla de talento y rareza.

Para mediados de los años noventa tenía dos películas independientes que habían calado hondo en los fans: Hardware (1990) y Dust Devil (1992).

Como suele suceder con “la nueva gran cosa que no entendemos bien pero queremos estar en la joda”, Hollywood decidió abrirle las puertas. Lo que no sabían era que Stanley era un cabrón que había conseguido filmar esas películas haciendo las cosas como él quería.

Y Stanley quería hacer una nueva adaptación de La isla del Dr Moreau (1996): era su sueño como director, y quería tener el control total. El proyecto, que terminó teniendo la vuelta ¿triunfal? al cine de Marlon Brando entre sus protagonistas, se perfiló rápidamente como uno de los “tanques” de ese año.

Y fue un desastre de proporciones épicas: la idea de “control total” de Stanley no era la misma que tenían los del estudio y tras múltiples idas y vueltas, la cosa terminó con una renuncia silenciosa del director y los del estudio poniendo a John Frankenheimer en su reemplazo.

La película no le terminó importando a nadie, y hoy la gente la recuerda más porque estaba Nelson de la Rosa, el enanito que iba a lo de Susana, que por sus méritos artísticos.

Y es con esta bio de genio olvidado que Stanley vuelve a la dirección después de ¡28! años.

Díganme si todo esto no les despertó interés, y si no fue interés por lo menos morbo. Les sumo dos más: es de los mismos productores de esa belleza deforme de hace un par de años que se llamó Mandy (2108) y tiene a Nicolas Cage de protagonista.

¿Ya están adentro? Perfecto.

Color Out of Space es una nueva adaptación de El color que cayó del cielo, un cuento de HP Lovecraft que fue adaptado varias veces al cine y a la televisión con más (¡Muere! Monstruo! ¡Muere! (1965)) y menos (The Curse (1987)) suerte, y cuenta la historia de un meteorito que cae a la Tierra y empiezan los quilombos… Y esa sí que fue una sinopsis como la gente.

Y tiene colores, a Nicolas Cage haciendo caras y todo lo que podemos esperar de una película de “terror especial”. 

Y acá quiero hacer un salvedad: va siendo hora de que entendamos a Cage como un actor no naturalista, como entendíamos a Klaus Kinski en las películas de Herzog. No te jode Kinski vestido de caballero en Aguirre: la ira de dios (1972), pero Cage te parece “sobreactuado”: capaz que no estaba queriendo ser Brandoni, sino más bien todo lo contrario.

¡Quedan avisados!

La tercera (o segunda, si no contamos el bodrio de Mendes) es una anomalía por temática más que por género. Una anomalía en ¿este? ¿esta? newsletter, eso es.

Un documental sobre la corta carrera del recientemente fallecido emo rapper Lil Peep.

Everybody’s Everything (2019) cuenta el derrotero de estos ¿tres? años de carrera valiéndose del visto bueno de la familia, con total acceso al archivo familiar y profesional.

Y pasa algo parecido a lo que pasaba con Amy (2015) de Asif Kapadia. La noción de que toda la vida está documentada por la penetración de las cámaras de video a los hogares vuelve al relato algo más real y shockeante de lo que podría ser algo con menos archivo involucrado.

No estoy ni cerca de la música de Lil Peep, creo que nunca escuché tantas canciones como cuando ví el documental, e incluso con tan poco bagaje el documental logra conmover. 

Sí, obvio que se vale de recursos un poco bajos y trillados como ponerte videos de cuando era bebé, pero lo hace de una forma que no te termina de joder del todo. Tiene decenas de testimonios que van construyendo la (corta) línea histórica y se detiene especialmente en el incidente de su muerte y en el después y ahí es justamente donde, me parece, radica lo distinto de la película.

En la mayoría de los casos como este, las películas terminan con la muerte del sujeto documental, en Everybody’s Everything se usa como disparador de un tercer acto que resulta muy humano y, sinceramente, muy superior a los dos anteriores. 

Una más: los que le presten atención a los títulos de las películas van a notar una anomalía en los de Everybody’s Everything: aparece Terrence Mallick como productor ejecutivo.

Sí, Terrence Mallick: el director recluso del cual solo hay una o dos fotos, que siempre que hace una película está nominado a un Oscar o el premio que sea y que, si quieren mi opinión, hace dos o tres películas que filma salvapantallas de Windows.

Pero eso no es lo importante. Lo importante es descular por qué Mallick termina en siendo el productor ejecutivo de un documental de un emo rapper. ¿Usa pantalones anchos en la privacidad de su hogar? ¿No se saca fotos porque no quiere mostrar los face tattoos?

La conexión es más simple, y está explicada con bastante amor en este artículo (en inglés) de la New Yorker, que les resumo en un segundo: el abuelo de Lil Peep, un conocido historiador yanqui llamado John Womack Jr. es amigo de Mallick de la época de la universidad. 

Buuuh, al final tenía que ver con libros y estudio. Aburridísimo.

La vieja

Vamos con una que no es tan vieja si la tiramos contra la historia del cine, pero sí puede ser vieja para varios que consideran que, no sé, Pulp Fiction es vieja. Vieja.

La elegida de la semana es Una mujer poseída (1981) de Andrej Zulawski. 

Zulawski era (nos dejó hace pocos años) un director de cine polaco que trabajó en el cine checo, polaco y francés gran parte de su vida. Tras filmar dos películas en Polonia, se fue a Francia y esta es la segunda que dirigió ahí.

Cuando entramos nos encontramos con una historia que transcurre en la parte oriental de Alemania, y un matrimonio que parece haber visto días mejores. Un marido que viaja mucho por trabajo (Sam Neill) y una esposa que se ocupa de la casa (Isabelle Adjani). La cosa, amigos, se complica.

Y acá viene la parte donde te digo: si no la viste, pasá a la sección siguiente. Andá a verla y volvé a leer.

Bueno, ahora que ya la viste: cuando decía “se complica” lo estaba vendiendo muy barato: se convierte en una extraña película de body horror que ni David Cronenberg se animaría a filmar. 

Nota de color: los efectos del monstruo son de Carlo Rambaldi, el mismo que hizo los Alien: el octavo pasajero (1979), pero eso no es lo más importante: lo realmente notable son las interpretaciones. La secuencia del subte, que seguramente quede grabada a fuego en tu mente por mucho tiempo, no tiene ningún efecto más que la actuación de Adjani.

Ahí tenés. Tenelo en cuenta para cuando veas que votan mejor actriz en los Oscar a alguien que la maquillaron de vieja o llora mucho en cámara.

El iniciador de conversación

No es un misterio que soy bastante fan de las historias de distribución de películas imposibles. Y de los trucos de los distribuidores que, con más ganas de ganar guita que de dar un buen espectáculo, hacen cualquier cosa con tal de meter espectadores en un cine.

A fines de los años sesenta, con la legalización del cine porno en Dinamarca y algunos países nórdicos más, los mercados negros de los países que aún no permitían la pornografía eran un hervidero.

Los Estados Unidos, sin ir más lejos, se moría de ganas de exhibir esas películas y no podía por las prohibiciones existentes. 

Si bien el cine exploitation estaba a la orden del día y cuando problema o tema tabú hubiera dando vueltas, aparecía una película que lo “condenaba” solo para mostrarlo, había límites que no podía cruzar.

Hasta que una serie de productores avivados un poco más que la media encontró un gris en la legislación y decidió sacar tajada: se dieron cuenta que las únicas películas que podían mostrar absolutamente todo eran las educativas. Solo tenían que encontrar la forma de que esa que querían mostrar entrara en ese marco.

Subidos a una corriente llamada “higiene sexual”, donde algunos films educativos iban para las escuelas, decidieron hacer su propia versión. Y su propia versión incluía secuencias porno, pero presentadas por un actor haciendo de médico, que le daba a todo un viso de seriedad.

Bueno, quizás no tanto. Habían nacido los white coaters, nombre que recibieron por el delantal blanco que tenía puesto el “médico” que las presentaba.

Las películas empezaron siendo sobre “hechos de la vida”, principalmente partos (sé que es una locura pensar que alguien pagara una entrada para ver un parto de manera sensual, pero era otra época), hasta que la cosa escaló y terminaron siendo más escenas de “fabricación” que otra cosa.

El movimiento duró unos pocos años, sobre todo cuando algunos productos europeos de más vuelo como Soy curiosa (amarillo) (1967) empezaron a invadir el mercado, hasta que el porno más convencional terminó siendo legalizado con Garganta profunda (1972), la primera película en su clase en tener argumento.

Fue lindo mientras duró (?)

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