Skip to content

196 – Un poco de cine canadiense

Publicado el 19 de octubre de 2023

Hace ya un tiempo —cuánto, la verdad, sería una precisión de la que no puedo dar el lujo— creería que cuando hablamos a propósito del estreno de Crímenes del futuro (Crimes of the Future, 2022) de, quizás “el canadiense más famoso” David Cronenberg, me remonté muy al principio de su carrera.

Y a un momento muy específico del fomento del cine canadiense por parte de su gobierno, intentando que fuera una industria.

Y ya en en ese momento explicamos que los esfuerzos del INCAA de allá, si lo querés ver así, empezaron carreras muy promisorias —la de Cronenberg y la de quien vamos a hablar hoy, sin ir más lejos— y también ayudó a mucho productor exploitation que enarboló la bandera de “nuestro cine” con tal de hacer un poco de guita fácil.

En el momento que hablé de la nueva de Cronenberg, terminé en realidad hablando de la que más me gusta a mí, pero eso no viene la caso. Lo que sí viene al caso es un nombre que venía prácticamente pegado como hermano siamés —me voy a permitir la licencia poética ya que hablamos del padre del body horror— en los primeros pasos de la carrera de Cronenberg.

“Decilo de una vez, hermano”

Ivan Reitman. Ahí tenés.

“El de Los cazafantasmas (Ghostbusters, 1984)”

Correcto, y bien por citar las películas con título de estreno local, título original y año.

“Es que me tomo esto muy en serio”

Imaginate si los que escriben en los diarios hicieran lo mismo. Tan solo un sueño. Volviendo—

Ivan Reitman. El de Los cazafantasmas. Y el de Gemelos (Twins, 1988), Un detective en el kinder (Kindergarten Cop, 1990), el productor de Colegio de animales (National Lampoon’s Animal House, 1978), ¡Pará! O mi mamá dispara (Stop! Or My Mom Will Shoot, 1992) —bueh, hagamos memoria completa— y varias cosas más.

Reitman se había nacionalizado canadiense, pero había nacido en lo que en ese momento era Checoslovaquia y que hoy es Eslovaquia y sus padres llegaron después de la Segunda Guerra habiendo sido prisioneros de los nazis.

Estudió música, pero siempre le interesó el audiovisual. Tanto, que sus primeros trabajos, como muchos de los de su generación, fueron en la televisión, pero con la mirada siempre puesta en “el premio” de saltar al cine ni bien se pudiera.

Y esa es la historia de Ivan Reitman, el de Los cazafantasmas. Pero no.

Porque no estoy acá para hablar de ese Ivan Reitman sino de uno más cercano a la curiosidad morbosa que suelen tener los envíos de Míralos Morir.

Porque, vamos, los dos sabemos por qué estás acá. Si quisieras saber de Los cazafantasmas abrirías YouTube y te encontrarías con doscientos que no tienen ni la edad para haberla visto de chicos poniéndose melancólicos. Acá estamos para otra cosa.

Y esa otra cosa es la vez que Reitman, quizás un poco apurado, decidió hacer su debut cinematográfico a como diera lugar.

Y acá es cuando me acuerdo que cuando hablé hace algún tiempo de Pesadilla! (Seizure, 1974), la primera película de Oliver Stone como director, también nombré a Reitman porque, bueno, Quebecxploitation.

La Quebecxploitation, una fruta noble producto de ciertos beneficios impositivos en la zona de Quebec nos había dado esa obra maestra del despropósito de la que ya hablamos que ¿catapultó? la carrera de Stone y un poco la de Reitman también con una película que quedaría en la historia del cine.

Bueno, o casi.

O en esta historia del cine que nos gusta trazar por acá. ¿Estás contentx?

Reitman, igual que Stone —no tanto Cronenberg, fue más cauto— se moría de ganas de dirigir y su debuto vino de la mano de los beneficios de Quebec.

Y así, con la plata que consiguió y un grupo de amigos filmó una película de terror en poco tiempo que supuso, podía darle buenos beneficios de taquilla en esos cines que no barrían tanto la alfombra.

El resultado fue Cannibal Girls (1973)—

—una película de terror donde unos turistas —uno de ellos un joven Eugene Levy, el padre de Jim en la saga de American Pie— terminaban yendo a un lugar que les advertían que no fueran y bueno, viste como son las de terror.

Quizás sea pertinente aclarar que ninguna película nace exploitation, por ponerle una proclama. Reitman hizo lo que pudo, y hasta trató de moverla en el circuito de festivales especializados.

Así fue como la película se proyectó en una de las primeras ediciones del hoy histórico Festival de Sitges, donde se alzó con el premio de mejor actor para Levy y el de actriz para Andrea Martin.

Pero la cosa del prestigio no fue suficiente.

Si bien la película terminó vendiéndose en una medianera de indecisión entre una película de terror que no asustaba a nadie y una comedia —involuntaria, pero comedia al fin— y quizás para el momento en el que la película fue a distribución en los Estados Unidos es que sumó su feature más recordado.

El estreno, como no podía ser de otra manera estuvo a cargo de—

Hace su entrada nuevamente American International Pictures. Cuándo no.

Los de AIP, que no sabían muy bien cómo vender este rara avis decidieron pedir prestado —siendo muy amables— un gimmick que le había funcionado al querido William Castle, pero quizás no lo aplicaron como deberían.

Cannibal Girls se estrenó con un “warning bell”, que dicho en argento sería algo así como un “timbre de advertencia” que sonaba cada vez que venía una escena truculenta para avisar al espectador que se quisiera tapar los ojos.

Sí, a veces la realidad es mejor que la ficción.

No, no tiene sentido alguno que una película de terror—

Bueno, en fin.

Y acá podríamos ponernos serios y decir: “Sin Cannibal Girls no hubiera habido…” y la verdad que la podríamos zafar tirando fechas y cosas, y hablando de cierto boom de cine de caníbales entre las que podríamos meter películas anteriores como Terror at Red Wolf Inn (1972) de Bud Townsend, Raw Meat (1972) de Gary Sherman, Tales That Witness Madness (1972) de Freddie Francis, The Severed Arm (1973) de Tom Alderman, Festín macabro (Welcome to Arrow Beach, 1975) de Laurence Harvey y películas que quizás entraron más en la historia del cine como El loco de la motosierra (The Texas Chain Saw Massacre, 1974) de Tobe Hooper, o Cuando el destino nos alcance (Soylent Green, 1973) de Richard Fleischer y todo eso, derivando en el neo boom de cine caníbales que pasó recién a principios de los años ochenta y en Italia, pero quizás debamos analizar otra cosa.

La noción de la mujer en el cine de caníbales. Algo que, si bien se había visto unos años antes en esa obra maestra del eurotrash que es Die Weibchen (1970) de Zbynek Brynych —si, parece un título inventado pero te juro que existe— parecía más un conjunto vacío que a algo que fuera a suceder.

De hecho la idea del “cine de caníbales protagonizado por mujeres” vino varias décadas después, con la aparición de películas como la ue habría que revisar ahora Diabólica tentación (Jennifer’s Body, 2009) de Karyn Kusama, la super hablada y comentada y felicitada Voraz (Raw, 2016) de Julia Ducournau, o esa genialidad polaca que es The Lure (2015) de Agnieszka Smoczynska.

¿Estás viendo el patrón, no?

“No te sigo”

El cine de caníbales mujeres fue posible recién cuando las mujeres empezaron —afortunadamente— a dirigir este tipo de películas y a darle una lógica que hasta antes de eso era un elemento meramente explotativo.

Y viste que acá explotativo no es mala palabra como en otros lugares, es descriptivo y, a la vista de semejante diario del lunes, es parte de un proceso que nos terminó de volviendo cuarenta y pico de años después, películas —y carreras de realizadoras— absolutamente interesantes.

¿Ves por qué el cine es todo y no solo lo que un puñado de pajeros —y uso el masculino porque siempre son hombres— quieren que sea?

Gracias, Cannibal Girls. Hiciste lo que pudiste y nos diste más de que esperábamos.

Compartir