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193 – Una corta novedad

Publicado el 28 de septiembre de 2023

Y aún una vez más: “no tengo idea si serás de lxs que—” andan revisando la cartelera con frecuencia, pero si sos de esxs sabrás que, primero, está muy triste ahí afuera y segundo, que la semana pasada se estrenó ¡un corto! en salas comerciales.

Sí, puede sonar a ¡finalmente el cine le está dando lugar a un formato que parece odiar! y varias cosas más, pero digamos la realidad: un corto de un director consagradísimo, pagado por una marca de bienes de lujo en una función diaria.

“Ah, el de Almodóvar”

Bueno, claro: ¿qué otro había con esas características? Varios, y de eso vamos a hablar ahora mismo.

Porque existió, y aún existe, ese “salto” de formatos que pocas alegrías —y muchos sinsabores— nos dió en la historia del cine que es el “viene del videoclip” o “viene de la publicidad”

Sí, si escuchás, sobre todo este podcast sabrás lo que opino —mayormente— de ese segundo grupo, aunque el primero nos ha hecho comer cada galletita que a esta altura ya están un poco empatados.

Y porque también es una bolsa de gatos, donde los de publicidad hacían videoclips y viceversa. pero podríamos decir que: David Fincher, Mark Romanek, Ridley Scott, Adrian Lyne, Michel Gondry o Spike Jonze y al que le quepa el sayo que se lo ponga. Sigamos—

Invariablemente de donde vengan: videoclip, publicidad, escuela de cine o de la vida, todxs lxs directores de cine vienen del corto.

Si ese corto era narrativo y tenía una búsqueda o un sachet de yogur perfectamente sudado, bueno, ahí empieza a variar el resultado cuando se da el salto del que hablaba más arriba.

Pero ni bien pasan al otro formato, el del largo, el de las salas de cine, es como que dejan al corto atado de una correa a un guardarraíl.

Sí, la imagen sería más fuerte si fuera período vacacional, pero bueh.

¿A dónde van a parar esos cortos? Si tienen mucha suerte —y prestigio, eso es— quizás aspiren a un extra en una edición Criterion, si no, quién sabe.

Y eso fue más o menos así hasta hace algunos —en algunos casos, varios— años. Y esto es: cuando la publicidad se empezó a hacer al revés.

“Explica como”

Muy simple: cuando las marcas grandes, que podríamos considerar “de bienes de lujo” empezaron a llamar a directores de cine para que les hagan cortos.

Sí, es un delirio de millonarios y encima estamos pagando una entrada.

Te dejo este instante para que suspires indignadx.

Ahora sí, nada de esto nos va a quitar la alegría de: a) poder ver el trabajo de alguien que nos gusta en una zona “menos confortable” que la que siempre lo vemos, b) algunas veces poder ver ese trabajo en una sala, como es el caso de esta semana.

Así fue como aparecieron Blueberry Days (2009) de Wong Kar-wai para Louis Vuitton, Castello Cavalcanti (2013) de Wes Anderson,para Prada, Somebody (2014) de Miranda July para Miu Miu, The One That I Want (2014) de Baz Luhrmann pata Chanel, Miss Dior Cherie (2015) de Sofia Coppola para Dior, A Rose Reborn (2016) de Park Chan-wook para Ermenegildo Zegna y, orgullo catastral mediante, Muta (2011) de Lucrecia Martel para Mui Mui.

“Esto ya es La jaula de la moda”

Y la verdad que estés leyendo esto con ese jogging me da mucha tristeza (?)

Si te tomaste el trabajo de ver lo que linkié ahí arriba, seguramente te des cuenta de algo fundamental: algunos son comerciales con la firma de algún nombre prestigioso, otros cortos hechos y derechos bancados por una marca de lujo.

“¿Y la de Almodóvar?”

Bueno, justamente, ahí viene.

El de Almodóvar, que se llama Extraña forma de vida (Strange Way of Life, 2023)—

—que está hecho con guita de Saint Laurent, y rodado en inglés, como su otra corta experiencia anterior en ese idioma, la adaptación de la obra de teatro de Jean Cocteau La voz humana (2020) con Tilda Swinton.

Si bien la anterior, que hasta donde entiendo no tenía guita de nadie y fue más desencadenada por el encierro de la pandemia que otra cosa y está también, podrían considerarse un “capricho”, quizás sea interesante ver qué tiene de nuevo o renovador o cómo le quieras poner, porque tiene un montón.

Por empezar, Almodóvar sale de —casi— todos sus lugares seguros. Si bien se nota que son sus planos, no es su idioma —como había sucedido con la colaboración de Swinton— y eso en alguien que trabaja con las palabras casi tanto como con las imágenes, puede hacerse cuesta arriba.

No se nota en las actuaciones de Ethan Hawke ni Pedro Pascal —okey, es chileno, capaz que es menos cuesta arriba— esa barrera de idioma o de poder transmitir lo que dirección necesita.

Por otro lado, tampoco es su género y, si bien Almodóvar ha pasado por casi todos, en cada uno de los casos se las ha arreglado para hacer de la mochila que tuviera puesta en ese momento, una nueva receta para su melodrama tan particular.

¿Lo digo como algo peyorativo? Por supuesto que no.

En este caso toma al western más clásico como excusa para contar ¿una historia de amor corrida en el tiempo?

¿Por qué digo acá arriba “al western más clásico”? Bueno, acá viene lo interesante: porque si bien la película está filmada en las locaciones que Sergio leone mandó a construir en Almería, España para filmar su saga de los dólares que todavía siguen en pie y la tentación de hacer un ¿spaghetti? ¿paella? western es enorme, Almodóvar decidió ser más un John Ford que un Sergio Corbucci.

Y eso, a pesar de lo que  gusto personal —algo que, sabemos, debería importarte nada— hubiera preferido, hace que el resultado sea menos farsesco.

Porque Almódovar se mete en el género pidiendo permiso, con el respeto que solo tienen los grandes por lo que no han hecho o no saben muy bien cómo encarar.

El resultado es bastante maravilloso, más cercano a un primer acto que a un corto que, bueno, ahí se resolvió.

Como para justificar su estreno en salas, la gente de Mubi, responsable de su distribución en Latinoamérica junto con una distribuidora local, el corto viene acompañado de una entrevista de casi una hora —dos veces la duración del corto, me hace acordar a esos chistes que hacemos sobre si el debate debe durar más que la película— con Almodóvar hablando de cómo lo hizo y citando más películas que un capítulo de Frame Fatale.

Bueno, después de toda la hipérbole, volvamos a los cortos.

Sí, obvio que están los festivales, con esas tortas de hora, hora y pico que son más difíciles que jugarte la vida a un número en la ruleta, y que hay plataformas de video que nos los acercan si los queremos ver, eso está claro, pero—

¿Por qué es tan difícil verlos en sala?

Quizás debería existir a nivel general lo que existió —¿o existe? no lo tengo claro— en los complejos INCAA, donde la película estaba —o está, nuevamente no estoy al día— antecedida por un corto —idealmente— de tono similar al largo que se va a ver proyectado.

No, no estoy diciendo que el INCAA, que desde la pandemia parece estar más cerrado que abierto intervenga, estoy pensando en cortos como el Almodóvar o los otros directores que nombré más arriba, o los nominados al Oscar, o los que dan vueltas por festivales que se pasen antes de—

Sí, a medida que lo escribo me desgano pensando ¿antes de qué película?

Pero cerremos esto en una nota alta: Extraña forma de vida y la entrevista que lo acompaña se puede ver en sala, por lo menos hasta ayer, espero que esto no me quede viejo. Y la verdad que es una linda experiencia, por más que dentro de más temprano que tarde lo puedas ver en Mubi.

Bueno, lo pude redondear para que no sea una lágrima.

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