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 192 – ¿Una de vampiros?

Publicado el 21 de septiembre de 2023

No sé qué edad tendrás ni qué tan metidx en la jodita esta estarás como para entender si te digo “Hammer Films” qué me respondés.

“No te tengo por qué contestar”

Ni yo tengo forma de escucharte. El tema de hoy viene por varios lados, siendo uno de ellos la productora inglesa de cine de horror por antonomasia.

Sí, siempre la nombramos y nunca hablamos de ella en profundidad.

“Y hoy es el día”

Lamento decirte que no, porque si me meto con Hammer voy a tener que hacer casi tantas entregas como con Hitchcock.

“Y por qué no”

No veo razones por las que no, pero bueno, hoy quiero hablar de una película en particular, que cierra —quizás un poco tarde y rengamente— una saga que parecía interminable y que tiene, como mínimo, una historia colorida.

Pero, para que lxs que no saben qué era —o es, en rigor, en algunas iteraciones extrañas de los últimos años— Hammer Films, vamos a tener que hacer una breve, resumida, necesaria historia.

“Estoy”

Si bien Hammer Film Productions fue fundada a mediados de los años treinta no fue hasta mediados —e incluso fines— de los cincuenta que se convirtió en “la Hammer” que todos terminamos conociendo y admirando.

¿Y qué hicieron esos veinte años? Bueno, un poco de todo.

La empresa estaba fundada por el inglés William Hinds y el español Enrique Carreras.

Sí, te lo juro por las nenas, como el director de Las barras bravas (1985).

No fue hasta que los hijos de ellos, Anthony y James respectivamente, tomaron las riendas que la cosa se terminó encaminando, a fuerza de quota quickies —de esto tendríamos que hablar largo alguna vez, pero brevemente: como parte de una ley de promoción del cine inglés, había una obligación de hacer equis cantidad de películas por año. Cantidad, no calidad… Bueno, se entiende para dónde fue la cosa— y policiales algo mejores de bajo costo y —a veces sí, a veces no— alto rendimiento.

Para mediados de los cincuenta, y con un contrato para una serie de televisión para BBC —The Quatermass Experiment, si te lo estabas preguntando— es que se dieron cuenta que el cine de género iba a ser lo suyo.

Rápidamente cambiaron el Hammer Film Production a Hammer Horror y el resto es historia.

A los fines de que no sea una historia de la Hammer voy a resumir diciendo: se convirtieron en un sinónimo de producciones barrocas, coloridas y algo risqué.

Para la época, claro.

Podríamos, de todas maneras, hacer una salvedad y decir que el cine de la Hammer tenía dos caminos bien definidos que recorrieron según pasó el tiempo: los films de vampiros más estilizados de Terence Fisher y el delirio más pop y colorido y hasta sexual que vino con los cambios culturales de los sesenta, que muchas veces tenían a Drácula y Van Helsing casi como un Blofeld y un James Bond haciéndose la vida imposible.

Drácula casi siempre —atentx a ese casi, te va a venir bien en un ratito— era Chrsitpher Lee y Van Helsing siempre era Peter Cushing.

Lo cierto es que fórmula que empezó con Drácula (1958) de Terence Fisher, más de quince años después medio que se empezó a evaporar. Por no decir “del todo”, porque quién quiere ser tan cruel.

Al mismo tiempo, en el mundo occidental sucedía otra cosa: moría Bruce Lee.

Y acá, justamente acá, vos tenés que decir:

“Qué tiene que ver el culo con la témpera”

Y yo te tengo que decir: bancá un segundo.

Tenemos en occidente a una productora exitosísima que está viendo que su principal fuerte, después de muchos años y casi una decena de películas, está empezando a flaquear y viendo que el cine de kung fu, que por aquel entonces se hacía en cantidades industriales en Hong Kong se estaba volviendo muy popular.

Ya acá bancá, que viene el contraplano:

No sé qué edad tendrás ni qué tan metidx en la jodita esta estarás como para entender si te digo “Shaw Brothers” qué me respondés.

“Ah, es como una de los noventa de esas que empieza y vuelve a empezar”

Ponele. Porque los Shaw Brothers, una productora de películas de wuxia —o artes marciales, como le quieras poner— estaban viendo que el interés por su producto estaba decreciendo en oriente.

Los Shaw venían produciendo películas desde casi el mismo tiempo que Hammer Horror y para 1972 conocieron un nuevo peligro: la fundación de otra productora que buscaba lo mismo e iba por más: Golden Harvest.

Sí, si viste media película del período Hong Kong de John Woo ya debería tener el logo de Golden Harvest tatuado en el pecho, pero sigamos—

Hammer y Shaw Brothers se iban a unir en, quizás, el acuerdo tácito de conveniencia mutua más grande de la historia. Iban a hacer lo que los dos mejor sabían: Hammer una película de vampiros y Shaw una de artes marciales.

Pero esperá, porque iban a hacer la misma película.

La película que, en la filmografía de la Hammer, sería la novena y última en la saga de Drácula.

¿Cuáles eran las otras ocho?

Bueno, además de la Drácula de Terence Fisher que nombré más arriba, Las novias de Drácula (The Brides of Dracula, 1960), Drácula, príncipe de las tinieblas (Dracula: Prince of Darkness, 1966), todas de Fisher hasta acá; Drácula vuelve de la tumba (Dracula Has Risen from the Grave, 1968) de Freddie Francis, Prueba la sangre de Drácula (Taste the Blood of Dracula, 1969) de Peter Sasdy, Las cicatrices de Drácula (Scars of Dracula, 1970) de Roy Ward Baker —guardate este nombre para dentro de un ratito—, Drácula 1972 D.C. (Dracula A.D. 1972, 1972) y Los ritos satánicos de Drácula (The Satanic Rites of Dracula, 1973) de Alan Gibson.

Para qué me invitan si saben cómo me pongo.

Todas estas respetando el tándem Lee / Cushing citado más arriba.

Para cuando llegó el momento de la novena Lee, que ya se llevaba los huevos en una carretilla de hacer de un chupasangre que cada ver se parecía más a Adolfo García Grau en Los vampiros los prefieren gorditos (1974) de Gerardo Sofovich —perdón por la cinefilia— que a lo que había empezado a hacer con Fisher casi dos décadas atrás, decidió bajarse.

Ni lerdos ni perezosos, los de Hammer contrataron a John Forbes-Robertson que, a fin de cuentas, hace poco más que estar parado ahí.

Para dirigir el guión que escribió rápidamente Don Houghton contrataron a Roy Ward Baker —te dije que te guardes el nombre— un auteur de largo aliento a quien se le puede reconocer varias: desde la ganadora de un Globo de Oro La última noche del Titanic (A Night to Remember, 1958), hasta Una tumba a la eternidad (Quatermass and the Pit, 1969), Dr Jekyll y la bestia (Dr Jekyll and Sister Hyde, 1971) o El asilo del terror (Asylum, 1972).

Pero el inglés no iba a estar solo: del lado oriental iba a venir Chang Cheh, otro curtido en el cine, pero en este caso de artes marciales.

El resultado fue la novena —y última— película en la saga de Drácula de la Hammer: Los siete vampiros de oro (The legend of the Seven Golden Vampires, 1974), una película que dio mucho más de lo esperábamos.

Porque en este caso Van Helsing viaja a oriente —sí, la forma de mostrar al antiguo continente quizás no te pase muchos tests hoy, pero bueh— a dar unas conferencias y termina ayudando a una aldea que se encuentra acechada por siete vampiros que tienen su propio ejército. ¿Quién está detrás de todo eso? Bueno, claro.

Claro que el choque entre Ward y Cheh fue fuerte: uno traía los “valores” del horror occidental y el otro los del mundo oriental, con su melodrama y romanticismo. El “mitad de camino” entre ambas cosas, quizás, no fue lo más adecuado.

No obstante lo cual, la película sale más que airosa, incluso con una premisa tan demente.

Quizás sea pertinente aclarar que, del mismo modo que los ingleses no sabían nada de cine de artes marciales, los orientales poco sabían de cine de horror —sí, hay ejemplos en el cine japonés que datan de tiempo antes, pero no en Hong Kong— y la coproducción fue, sin lugar a dudas un puntapié inicial en un género por el que, tiempo después, también lograron transitar con la cabeza en alto.

Y, contra todo viento y toda marea —se cuenta que los estudios de Hong Kong no eran a lo que estaban acostumbrados los ingleses, tampoco sus protocolos de seguridad en el rodaje y varias delicias más— la película fue un éxito razonable de ambos costados del globo.

Llegó algo tarde a Estados Unidos (recién en 1979), el lugar donde generalmente se consagran este tipo de éxitos, y fue por otra razón.

Hagamos un breve desvío antes de terminar y ya que estamos: poco sabían los dos del éxito que iba a ser el kung fu craze del mundo occidental después de la muerte de Bruce Lee y la salida que iban a tener películas con incluso diez años de antigüedad en mercados que ni se pensaban.

Es el día de hoy que Los siete vampiros de oro es una película demente pero no por eso menos efectiva.

¿Está por ahí para ver? Por supuesto, en un HD y unos colores preciosos. ¿Te estoy diciendo que ocupes tu jueves a la noche con eso? Bueno, la verdad que sí.

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