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191 – ¡Comunistas!

Publicado el 14 de septiembre de 2023

Sí, lo que dice el título de esta entrega poco tiene que ver con lo que se escucha gritado por gente que comparte vivienda con sus padres y “la re viven” en redes sociales.

Sí tiene que ver con otro hecho coyuntural que, poco tiene —o nidea, está todo tan fresco que andá a saber si no termina siendo— con la política y mucho con cierta fantasía histórica cumplida.

Los mexicanos tienen aliens. Y los muestran.

Sí, también los mexicanos se daban descargas de corriente en las esquinas y comen muy picante. Datos, no opiniones.

Lo cierto es que, habiendo pasado —como todos, supongo— la mayor parte de mi vida esperando que los aliens bajen de una manera más espectacular que ciertamente no es “Uh, chocaron en México”, la noticia tiene sabor a poco.

Ya creo que lo discutimos en el podcast, pero: ¿venís de una civilización a años luz y chocás? Es raro, qué querés que te diga.

No voy a empezar con la de “los mexicanos le quieren ganar a los yanquis con esto y entonces…” porque la verdad que los yanquis tampoco parecen tener mucho, a pesar de que los OVNIs parecen caer siempre de su lado de la medianera.

¿Estoy siendo muy conspiranoico? Poco importa. Es una noticia que está “en desarrollo” y lo más probable es que sepamos mejor, incluso para la hora en la que está programado este envío. Por el momento, todo tiene más tufo a la autopsia del extraterrestre de Chiche Gelblung o a los emprendedores que instalaron reflectores en el Uritorco que a algo que nos vaya a cambiar la vida.

Lo que sí nos cambió la vida fue “la amenaza roja en Hollywood”

“Qué le pasaba, cómo volantea así”

Ya vas a ver. Porque vamos a tener que hacer—

“Un poco de historia. Dale, metele”

Y volver sobre una historia de la que hablamos alguna vez, pero muy atrás en estos envíos y pegar un volantazo.

“Para la derecha”

Andá a saber, medio que cualquier sentido te deja dónde vamos. La cosa es —o era, vamos viendo— más o menos así:

Hollywood le tiene miedo a todo.

O le tuvo, o le tendrá. Siempre hay una constante, la idea de que equis cosa va a venir a destruir “el cine” que más hemos consumido en nuestra vida.

Puede haber sido el color, el sonido, la tele, el cable, el streaming, lo que sea. Todo complota en contra de algo que finalmente nunca muere, pero bueh. Es como esos que están en negocios absolutamente lucrativos y viven perpetuamente en “un mail año”

Para cuando la Segunda Guerra Mundial ya había terminado, los yanquis empezaron a tener otro miedo: el de la invasión comunista.

Porque la guerra más “de a pie” había terminado, pero la Unión Soviética era un enemigo silencioso. Tan silencioso que la guerra que empezó en ese momento se iba a llamar fría, a ser “este contra oeste” y durar varias décadas donde el peligro de que “pasara algo” era constante.

Sí, estuvo la guerra de Corea y la de Vietnam, pero de esas hubo otras películas y será otro día.

Con el diario del lunes podríamos inferir que la guerra fría como la entendemos (yanquis contra rusos) fue la guerra de Juan Carlos Suspenso. Volvamos a la invasión que tanto temían los yanquis—

Esa invasión, como todas las anteriores tenía características bien simples: amenazaba con llevarse todo lo bueno y traer todo lo malo.

Viendo que los rusos estaban muy cerca de probar sus primeras bombas atómicas —algo que terminó ocurriendo en 1949— dos años antes, el gobierno yanqui decidió tomar cartas en el asunto y empezar a cazar a los comunistas uno a uno.

Lo hizo dándole más poder al House Unamerican Activies Comitee, o Comité de Actividades Antiamericanas, una institución que veía comunistas hasta en la sopa y que ya venía preocupada hacía más de diez años, pero sin el poder que tuvo a partir de ahí.

El terror del comité, que rápidamente se esparció en cierto sector de la población era que los comunistas lograran tener influencia sobre lo que pensaba la sociedad.

Sí, no hay ni que saber sumar dos más dos, más con tantos diarios del lunes, para saber que el principal target de este comité iban a ser los que tenían el poder de influenciar.

¿Y quién tenía, para mediados de los años cuarenta, más poder que las películas? Bueno, nadie.

Las películas, y sobre todo la gente que las hacía, fueron el blanco elegido. De esta forma, podían dar el ejemplo y hacer “tronar el escarmiento” sobre personajes que todo el mundo conocía.

Durante 1947 el Comité hizo nueve días de audiencias con entrevistas a las personas que, creía, eran sospechosas y con las personas que, sabían, iban a delatar a quien fuera necesario.

Y así nacieron “los diez de Hollywood”: un grupo de guionistas y directores que se negaron a contestar algunas preguntas. Junto con muchos otros, fueron puestos en una lista negra y los estudios, por más famosos o buenos en su trabajo que fueran, no les dieron más trabajo.

La lista creció a más de 300, con nombres de la talla de Charles Chaplin u Orson Welles, que se fueron del país en busca de una vida mejor en Europa, o guionistas que usaban seudónimos para seguir escribiendo.

Pero esa historia ya la contamos. Hace muchísimo, pero ya la contamos.

La que no contamos fue “la complicidad civil”, porque siempre hay complicidad civil. Ese tío que prefiere “no meterse en nada”, complicidad civil, pero no nos desviemos.

Porque los estudios de Hollywood, que obvio son los mismos que están ahora, no tuvieron ningún problema en “salir a dar una manito” con este tema. Dejando de lado que habían dejado a mucho de su talento real sin trabajo, quisieron hacer “la milla extra”

Y lo hicieron produciendo una serie de películas —al igual que pocos años antes durante la Segunda Guerra Mundial produjeron a destajo películas que ensalzaban el “american way of life”— que si no eran sobre esta amenaza tan peligrosa (?), hacían una serie de metáforas que no había que ser muy vivo para descular.

Si querés un terceto peculiar, te dejo tres de las más notables: La amenaza roja (The Red Menace, 1949) de R.G. Springsteen, Me casé con un comunista (The Woman on Pier 13, 1949) de Robert Stevenson e Intriga en Honolulu (Big Jim McLain, 1952) de Edward Ludwig y con el siempre dispuesto a dar una manito John Wayne.

Vistas hoy, son hasta graciosas, pero tienen una extraña importancia histórica: la de abrir las puertas de un género que no había llegado tanto al cine hasta ese momento. Pero no nos adelantemos y cerremos la complicidad civil—

De todos los estudios de la época que, más menos, son los mismos que hay ahora, el único que no rodó una película anticomunista fue Universal.

Listo, sacado eso del medio, sigamos.

Había un género que si bien era popular, los estudios no le creían digno de “el cine” y lo tenían relegado a los seriales semanales —en un principio— y a la televisión después.

Puede ser obvio aclaralo, pero: hablo de la ciencia ficción.

Para finales de los años treinta, la gente iba religiosamente a los cines a ver qué le había pasado a Buck Rogers (1939) o a Flash Gordon (1940), pero a nadie le parecía que fuera necesario hacer películas de ellos. Que sean parte de “el cine”

Esto cambió radicalmente a principios de los años cincuenta, pero no fue solamente por “la amenaza roja” ni la guerra fría. Fue por una serie de cosas que además estaban pasando, enumeremos:

Había una “ansiedad nuclear”. No solo lo que habían hechos los yanquis en japón y hasta en su propia tierra con esas pruebas que “no hacían nada” sino la idea de que los rusos tenían una bomba y podían hacer lo mismo había plantado una suerte de “terror nuclear” que llegaba a todos lados, incluídos los colegios, donde se pasaban películas educativas sobre como reaccionar frente a una posible detonación.

¿Películas educativas? Ay, no me pidas que hable de una de las cosas más me apasiona en el mundo. No hoy, claro. Pero prometido.

Por otro lado, había un boom de la literatura de ciencia ficción, con la enorme influencia del círculo de John W. Campbell, que hizo que el género dejara de ser lo “menor” que era hasta ese momento.

Esta popularidad también se debía a las actividades del movimiento de científicos, muchos enrolados en la FAC (Federation of Atomic Scientists), que pusieron un freno a la actividad nuclear teniendo en cuenta todo lo que había pasado. Te diría “Lo sabés porque viste Oppenheimer (2023)” pero ni eso se entiende. Volviendo—

Por otro, había habido un par de éxitos del género en el cine, lo cual propagó las ganas de Hollywood de repetir la fórmula que les había dado de comer.

Y por aún otro, se había reestrenado King Kong (1933) de Merian C. Cooper y el éxito había sido solo comparable con el de su estreno.

Ahora sí, agreguemos a los comunistas a la ecuación.

Los primeros en responder fueron, claro, fueron los exploitators, que olieron sangre y tocaron la puerta.

Las primeras películas, que podrían definirse como “con un tufillo a B”, porque ya aprendimos que “clase B” ya no podían ser, no distaban mucho del despliegue de westerns o noirs con esa letra en décadas anteriores. Mucha escena de oficina, poco extraterrestre.

Esto no detuvo a los éxitos, y rápidamente películas de gente hablando en un solo decorado compartían cartel con otras que sí tenían presupuesto.

Entre 1950 y 1960 se produjeron más películas de ciencia ficción que en toda la historia y varias, por no decir muchas, intentaban colar la idea de que “los marcianos” venían del planeta rojo.

Sí, era sutilísimo.

¿Querés una lista con una breve explicación? Bueno.

En Destino la Luna (Destination Moon, 1950) de Irving Pichel los yanquis le tienen que ganar a los rusos con llegar antes y clavar la bandera en la ídem.

Ese mismo año, los rusos vuelven a aparecer como parte de la carrera espacial robándose una nave espacial de un científico yanqui en The Flying Saucer (1950) de Mikel Conrad, una película que haría enorgullecer a Ed Wood.

Al año siguiente, los comunistas que todavía quedaban (?) mandaron un mensaje que advertía sobre los peligros de la guerra fría en la absolutamente genial El día que paralizaron la Tierra (The Day the Earth Stood Still, 1951) del siempre genial Robert Wise.

Ese mismo año Edgar G. Ulmer —quizás no haya ni que presentarlo, pero: “el de El gato negro (The Black Cat, 1932)”— hizo algo parecido a lo de Wise planteando una película sobre extraterrestres que invaden, pero son buenos con El hombre del planeta X (The Man from Planet X, 1951). Spoiler alert de una película de más de ¡setenta años!: se la hacen caber igual.

Y vos dirás—

“Esta lista tiene más películas de las que responden que las que atacan”

— y tendrías razón, pero justo acá se da vuelta la tortilla.

Porque ese mismo año se estrena Cuando los mundos chocan (When Worlds Collide, 1951) de Rudolph Maté, donde un empresario bueno —y bien de derecha— financia un escape de la Tierra después de que nuestro planeta está condenado.

Esto abrió una puerta, que ya estaba abierta por la historia y el HUAC y todo eso y empezó el corso: El milagro de Marte (Red Planet Mars, 1952) de Harry Horner ponía a ¡DIOS! a hablar con los habitantes de la Tierra y a informarle sobre los horrores de la invasDE LOS COMUNISTAS.

Al siguiente llegó Los invasores de Marte (Invaders from Mars, 1953) de George Cameron Menzies, donde los extraterrestres empezaron a invadir no solo la Tierra sino las mentes de “las gentes buenas” y a hacer más difícil poder distinguirlos.

¿Estás viendo un patrón ya, no?

Y al año siguiente vino El mundo en peligro (Them!, 1954) de Gordon Douglas, donde ya los comunistas eran hormigas gigantes. ¿Por qué? No hay por qué.

Y al siguiente Más allá de la Tierra (This Island Earth, 1955) de Joseph M Newman pero en realidad de Jack Arnold que si bien habla de “blindar la Tierra” de las amenazas, también tiene a unos extraterrestres que buscan ayuda de los humanos.

La cosa retomó al año siguiente con Invasión de discos voladores (Earth vs. the Flying Saucers, 1956) de Fred Sears, donde los invasores destruyen todos y cada uno de los monumentos importantes de los yanquis.

Ese mismo año se filmó quizás una de las mejores películas de la historia del género que, sí, no le vamos a sacar el culo a la jeringa, recontra entra en esta lista, pero igualmente: Muertos vivientes (Invasion of the Body Snatchers, 1956) de Don Siegel. Porque si vas a ser de derecha, más te vale que filmes como Siegel.

Pasada la mitad de la década, la cosa fue perdiendo interés, pero aparecieron la inglesa The Strange World of Planet X (1958) de Gilbert Gunn y la genial producción / dirección del siempre amado Roger Corman Not of this Earth (1958) que si te tenés que llevar una que sea la de Siegel y si te tenés que llevar dos, meté esta en la bolsa.

Una cosa es cierta: ni el color, ni el sonido, ni la televisión, ni el cable, ni el streaming mataron a Hollywood. Otra también es cierta: los comunistas jamás invadieron a los yanquis.

Si bien la fantasía se reactiva, generalmente bajo gobierno Republicano, la idea fue perdiendo peso cuando los enemigos fueron cambiando de latitud y, sobre todo, cuando los mercados se hicieron más globales.

Porque Hollywood nos advirtió que estaba a punto de morir mil veces, pero también nos enseñó mejor que nadie que por la plata baila el mono.

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