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19 – ¿Existen las películas buenas?

Publicado el 28 de mayo de 2020

La de esta semana es: ¿existen las películas buenas?

Para preguntarnos esto, deberíamos jugar con la misma dualidad de “para que exista el cielo tiene que existir el infierno” que, en el fondo, no deja de ser poco más que una comparativa de amenities entre dos espacios a los que nadie con Yelp parece haber ido hasta ahora.

Y con las películas no pasa algo muy distinto. De hecho, pasa algo casi igual: ¿cuál es ese cielo? ¿y cuál el infierno?

“¿Qué hace que una película sea buena?” podría tener una respuesta muy parecida a “¿Qué hace que una película sea mala?” y esa respuesta, queridx lector es: la subjetividad.

No existe ningún espectáculo objetivamente bueno o malo, y todo está teñido con una pátina de la subjetividad de quién lo mira.

“¿Entonces las películas de Ed Wood pueden ser buenas?” Bueno, ahí justamente está la trampa.

Nosotros no llegamos a las películas de Ed Wood vírgenes. Llegamos a ellas cuando ya se las consideraba “Las peores películas de todos los tiempos.” subjetivamente, nuevamente: por un consejo de notables que no sabemos muy bien quién era.

“¿Entonces Enrique Carreras…” “¿Entonces Un buen día…” Bueno, se podría aplicar la misma lógica. La subjetividad tiende una trampa en todos los casos, y esa trampa es la del consenso.

Generalmente, cuando nos encontramos ante una película buena, viene con los laurelitos en el afiche y mucho hype. Muchos que ya la vieron antes y dicen lo buena que es y, como le gusta obsesionar a este espacio, los minutos que la aplaudieron de pie en equis festival Clase A.

Empecemos por plantear un concepto que pienso repetir hasta el hartazgo: no hay diferencia entre Los 400 golpes de Trauffaut y Los barras bravas de Enrique Carreras. Ambas son películas que se proyectan en una pantalla. Las diferencian la ejecución y el estilo, pero no hay una forma objetiva de decir que Truffaut es mejor que Carreras. No hay un manual que nos diga: “Si pasa esto, o hace esto otro, está mal. Es una mala película.”

De hecho, si revisamos las programaciones de festivales un poco más experimentales como podrían ser Rotterdam o el Bafici, nos vamos a encontrar con películas cuya técnica es incluso peor que la del bueno de Enrique, pero vienen con el visto bueno de cierta inteligencia cinéfila.

Es más, no me tenés que poner un revolver en la cabeza para que te diga que uno de los hitos del directo a video de nuestro país, Las guachas (1993) de Ricardo Roulet, de haber estado hablada en filipino, hubiera entrado al Bafici en competencia.

Y ahí es cuando la subjetividad se cruza con una nueva trampa: el hype.

Existe en el circuito de festivales de cine lo mismo que existe en el mundo del arte: un FOMO de la concha de lora. Un “reíte como si hubieras entendido el chiste” casi endémico que hace que crezcan como yuyos los militantes de filmografías de países que antes de la proyección no podían señalar en un mapa o genios que no pueden hacer un plano derecho.

Y es justamente en subjetividad donde todo vale: porque en ella cualquier película buena o mala puede justificar su existencia. Solo necesita un consorte de aplaudidores que, con la única tranquilidad de saber que “descubrieron” algo, están felices de poder vivar acaloradamente cuando otros le dicen.

Porque, como en la distribución cinematográfica, el boca en boca es indispensable para crear una nueva corriente cinematográfica o descubrir al nuevo Bergman.

“Pero, pará: ¿vos me estás diciendo que tengo que sacar mis propias conclusiones?” Correcto, y esa es, querdx lector, la única forma de tener una cinefilia sana.

Ver solo películas buenas es como leer solo libros de Anagrama. ¿Son buenos? Probablemente. ¿Todos son buenos? Probablemente no. ¿Las otras editoriales son malas? Probablemente tampoco.

“Pero: ¿cómo hago yo para orientarme?” Leyendo, claro. Y leyendo critica. Pero no lo que ahora se llama critica, que es poco más que una reseña. Leyendo críticos en serio.

Porque, digamos todo: una de las grandes cosas que atenta contra el descubrimiento de un nuevo cine es la falta de una buena crítica del mismo.

Una crítica que no repita como loros a dos o tres, sino una crítica que pueda sacar sus propias conclusiones.

Y para sacar esas propias conclusiones hacen falta años de estudio y visionado. Lo que piense tu primo que es re cinéfilo porque tiene una remera que dice “Written & Directed by Quentin Tarantino” probablemente no esté a la altura, pero no quiero prejuzgar porque no conozco a tu primo.

Hubo buena crítica en otras épocas, y su rol fue fundamental: desde la francesa que ayudó a poner en valor al cine americano o la de nuestro país con gente que escribía y argumentaba hermosamente.

Esa critica preparada se fue perdiendo con el correr de las décadas, primero por cierto ego y personalismo donde muchas reseñas hablaban más de quien las escribía que de la película.

Esto casi invariablemente derivó en el sistema de estrellita, el poco argumento y el “los rubros técnicos impecables.”

Y, cuando pensábamos que eso era el fondo del pozo, llegó una nueva generación que no puede escribir de corrido más de 140 caracteres y que define si algo “garpa” o no, a quienes no le podés sacar un marco teórico ni con una orden del juez.

¿Trágico? Puede ser. ¿Incorregible? No, claro que no.

Porque por suerte vivimos en una era donde tenemos acceso a prácticamente todo. Viejas criticas, viejas películas, libros históricos: muchas veces a unos pocos clics de distancia.

Ya lo dije la otra vez, pero lo repito por si hace falta: una buena cinefilia es ver y leer, no acumular. Si vimos mil películas pero no las podemos conectar con la historia del cine y del mundo, probablemente sirva de poco.

Lo único que nos va a salvar de la ruina es curiosidad. Y correr a leer sobre lo que acabamos de ver hoy que está a una levantada de teléfono de distancia, parece ser una empresa tan pequeña que sería una picardía dejarla de lado.

En síntesis: ¿existen las películas buenas? Andá a saber. Una sola cosa es segura: el que te está diciendo que es buena, probablemente no esté lo suficientemente preparado para saberlo.

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