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189 – La aventura del hombre, por José Tripodero

Publicado el 16 de enero de 2024

Personalmente le tengo algo de aversión a las películas de embarcaciones; entiéndase por eso aquellas en las que hay cruceros, yates, galeones y piratas (en su totalidad). Hay excepciones: las de submarinos, porque ofrecen un factor narrativo al presentar la claustrofobia a partir de una imposibilidad de escape, por citar solo una recurrencia en el género.

En muchas listas sobre esta especificidad aparece El barco (Das Boot, 1981) como la mejor jamás realizada, en el medio también figuran La caza al Octubre Rojo (The Hunt for the Red October, 1990) de John McTiernan y Marea roja (Crimson Tide, 1995) de Tony Scott. Sólidas producciones, narradas con el pulso de grandes directores. La que pocos nombran es K-19: The Widowmaker (2002) de la enorme Kathryn Bigelow. Existen varios motivos para ignorarla (para nada válidos) aunque entendibles, el más evidente es su floja performance en la taquilla acompañado de las expectativas pulverizadas por aquellos que esperaban ver a Harrison Ford con un poco más de movimiento. De vuelta: es una de submarinos, por lo tanto, no vas a tener persecuciones trepidantes, tiros y explosiones cada cinco minutos. Podría ser esta una entrega en defensa de esta película, pero lo será de otra del mismo año y con casi todas las mismas condiciones en su punto de partida: Capitán de mar y guerra: la costa más lejana del mundo (Master and Commander: The Far Side of the Word, 2002)




Un poco de contexto

Durante el verano argentino del 2002 el blockbuster solo tenía ojos para Harry Potter y la cámara secreta (Harry Potter and the Chamber of Secrets) y El señor de los anillos: Las dos torres (Lord of the Rings: The Two Towers), sumado a la crisis económica que hacía que las salas de cine apostaran a lo seguro. En el medio aparece un enorme elefante blanco llamado Capitán de mar y guerra, con un presupuesto faraónico basado en una serie de novelas, que cuentan las travesías del Capitán Jack Aubrey alrededor del mundo al servicio de la Corona Británica.

Capitán de mar y guerra fue una rareza, a pesar de una concepción gigantesca al contar con una producción de tres estudios: Fox, Universal y Miramax. Un hecho casi inédito. Tal triada ilustra las dificultades para apostar por una historia nacida para fracasar, al tratarse de un capitán inglés durante las Guerras Napoleónicas, obsesionado con un barco francés al que persigue por toda Sudamérica. Frente a la sensación juvenil de Harry Potter y a la segunda parte de El señor de los anillos, todas las flechas del desastre apuntaban a esta empresa tripartita.

El cine, como sabrán quienes leen estas entregas, tiene una cuota de injusticia en términos de recompensa porque muchas veces llega tarde y muchas otras ni siquiera pasa por la puerta. Si pensamos que las películas requieren un tiempo a contramano de las urgencias de turno, es nula su aseguración acerca de un éxito o de encabalgamiento a un fenómeno (mucho menos a un movimiento cinematográfico) como si se tratara de un plan preciso. En el caso de Capitán de mar y guerra la situación se espesa, en otra era del cine se hubiera erigido en la cúspide de un cine de entretenimiento, pero a principios del nuevo siglo todo estaba a punto de cambiar.

Otro punto clave es la fecha desde los acontecimientos globales. En 2002 el cimbronazo por el ataque al World Trade Center estaba muy fresco. Los estrenos de acción más rústicos fueron suspendidos y un público masivo necesitaba sentirse seguro y confortado. Para llegar a las primeras reacciones del cine a lo sucedido aquel 11 de septiembre hubo que esperar un par de años, cuando apareció el llamado torture porn, con la fundacional El juego del miedo (Saw, 2004) y sus derivaciones menos felices. Fue una respuesta mucho más acelerada a la que tuvo la Guerra de Vietnam, para pensar en el terror ulterior, como consecuencia del infierno alojado en los que volvían a Estados Unidos.

Capitán de mar y guerra no entraba en ninguna columna, ni en el cine confort para paliar la realidad ni en la refracción de un horror todavía presente. ¿Quizá por no tener una agenda anclada a una reacción de su presente es que pudo sostenerse en el tiempo? Veamos.


La última aventura para adultos

El título es solo un intento por polemizar, prácticamente nunca hay una “última película” de algo. Disparador que puede ser utilizado para despertar una idea, repensar un concepto o partir de una tierra segura en búsqueda de una tesis con el objetivo de probar o refutar una hipótesis. De todos modos, hay una pizca de verdad en la provocación del título porque, como se planteó en el punto anterior, la película de Peter Weir (ya era hora de nombrarlo) tiene un eje sobre el poder narrativo, en la confianza de proponer una línea principal y, luego una serie de tramas secundarias que corren a la par.

Lo primero en aparecer es el miedo, esa emoción primaria para cualquier ser vivo, que se figura entre la niebla al promediar la noche sobre las aguas en las que navega el barco HMS Surprise cerca de Brasil; nuestro escenario omnipresente a lo largo de un poco más de dos horas. La organización jerárquica de los rangos también es parte de un sentido construido en el inicio; el encargado de la guardia ve a lo lejos lo que podría ser la forma de un barco. La duda y el temor lo corroen hasta que otro oficial de rango inferior lo insta a tocar la campana de alarma. Efectivamente, el Acheron francés está en el horizonte como un peligro camuflado. El ataque al HMS Surprise es brutal, dejándolo diezmado y rezagado en esta persecución por las costas del Atlántico Sur. Es el auge del imperio de Napoleón.

El miedo se propaga ante la amenaza concreta, fagocitando a los personajes hasta convertirlo en un trastorno colectivo. Esa primeridad es un brote para la trama principal y para las secundarias, el destino las une y eso no es más que la valentía, como el único antídoto, además ofrecido forzosamente porque no hay escapatoria de un barco que solo tiene un único rumbo progresivo.

Antes de continuar en la linealidad de un derrotero es imperativo considerar una cualidad nacida a partir del miedo, y no es más que el de la aventura por el descubrimiento. Peter Weir en su vasta filmografía había circundado la idea de personajes necesitados de salir a explorar un mundo desconocido, para pensar en una película cercana en el tiempo de Capitán de mar y guerra, la memoria nos lleva a The Truman Show (1998). Allí gracias a causas motivadas por un drama existencial, primero de tintes cómicos y luego pasando por un degradé de situaciones hasta alcanzar el terror por encontrarse con la verdad más triste. En ambas hay una avidez por la aventura, por dejar el suelo firme y encomendarse al horizonte infinito. El curso solo lo puede tomar una embarcación, mientras Truman enfrenta el miedo al agua con la furia más encarnizada por desentrañar un misterio que lo envuelve, en el capitán Jack el mar es su patio y su aliado frente a una otredad casi sobrenatural, elemento resplandeciente por su tripulación que fogonea la idea de un “barco fantasma”, al que persiguen.

El descubrimiento también parte de lo desconocido, en el antiguo mundo la teorización sobre territorios inexplorados aparecía en forma de leyendas y mapas. Es ahí donde se remarca la dualidad entre ciencia y creencias (religiosas o paganas). Weir mantiene el pulso del balance entre ambas, sin ser el encargado de usar el señalador moral o bien pensante. La narración es la encargada de ubicar las instancias donde las argumentaciones científicas tienen su peso, como así también de presentar las consecuencias posibles por la proliferación de un cuento. Porque Jack, a pesar de sus modos toscos y rudos de militar, es un capitán líder en la transmisión y el pasaje de conocimiento, y la historia del oficial dubitativo del comienzo se transforma en una bola de nieve acerca de una maldición sobre un “Judas” en el barco, al cual apuntan como el causante de todas las penurias sufridas desde la aparición del barco francés. Cuando el “Judas” se tira por la borda, luego de pasar las mil y unas sin poder infundir respeto, Jack por lo bajo le dice a su confidente (segundo al mando, doctor y amigo personal) que un poco coincide con la tripulación, sin tener ningún argumento más que la mala vibra. Se yuxtaponen los “conocimientos”: el formal y el mágico o espiritual.
El desconocimiento también es sobre lo geográfico, hay caminos marcados que, en su longitud y en su sustancia, construyen la proeza humana. La capacidad del hombre por superar lo imposible, acá un mar indoblegable mostrado con singularidad en la secuencia del paso por el Cabo de Hornos. La documentación de lo titánico hecho a mano limpia es un arte casi perdido para el cine más poderoso. No por la ausencia actual de efectos prácticos sino por la escasez de la praxis narrativa de proponer al humano como protagonista de una hazaña de escala real. Una explicación posible podría posicionarse en la fantasía hiperbolizada, usada hasta al hartazgo como pañol de transposiciones comiqueras donde al final todo es enorme y heroico, pero al mismo tiempo nada lo es. Y poco importa la veracidad de estos hechos planteados en Capitán de mar y guerra; si de verdad o no el Anchor fue perseguido por este tenaz capitán inglés. No se trata de una recreación minuciosa (uno de los males producidos por las biopics), más bien de la capacidad por asombrarse gracias a los mecanismos de la ficción.

Otro deslizamiento, para seguir pensando Capitán de mar y guerra desde la pestaña del descubrimiento, es el humanismo ante la presencia de un develamiento zoológico insospechado. Toda la secuencia de la Isla Galápagos, donde Stephen (el mencionado confidente del capitán) muestra una faceta obsesiva- al igual que su amigo- exterioriza un enorme entusiasmo. Por su lado es la de un estudio de los animales, la fauna y un comportamiento novedoso frente a su vista maravillada. En la diatriba con el capitán se expone transparentemente un choque entre objetivos, y por ende entre la belicosidad representada en el poder omnipotente que todo lo quiere y el hombre de la ciencia, también en su forma necesitado de obtener un logro personal. En ambos reside el orgullo y el ego desbordados.

El Acheron representa el futuro, esa aspiración eterna del humano por abrazar lo intangible para ganarle al tiempo. Para Jack es eso, incluso es una oportunidad para considerarse útil por poseer atributos que la tecnología ignora, en su avanzada progresiva y nunca digresiva. En efecto, Weir no solo explora la hazaña humana, también la capacidad de reacomodarse ante la imponencia de lo nuevo y, prejuiciosamente, considerado mejor.

La realidad es que Capitán de mar y guerra es una potente narración sobre la valentía ante un mundo completamente en contra. Es en este tipo de recurrencias, funcionales a una línea troncal, donde la acción y la aventura encuentran la magia, una palabra utilizada en su generalidad para describir lo indescriptible. El nervio está en un montaje invisible, construido con acciones sin costuras para elevar o reforzar tensión donde no la hay. Weir, a pesar de la enormidad de las producciones en las que estuvo involucrado, no se ajusta al perfil de un director formalista. Contra ello puede señalarse la escena en la que el niño de Testigo en peligro (Witness, 1985) señala la foto de un policía como el autor de un crimen o el tratamiento del sonido en la misma película, en un sentido narrativo. Acá el plano detalle del ojo de Jack cuando baja su telescopio nos dice que vio al fantasma, al mal, al futuro y -al mismo tiempo- su propósito como capitán. “Me encanta cuando encuentro síntesis en un plano”, me dijo recientemente en una entrevista la directora Paula Hernández. A mí también. Y estoy seguro que a Peter Weir le pasa lo mismo.


José Tripodero es divulgador, becario, investigador y docente. Es de esos que escriben de películas con el marco teórico con el que hay que escribir y una de las pocas voces de la razón que quedan dentro del panorama de crítica local. Si me apretás un poco, es de los dos o tres que leo con ganas.
Actualmente escribe en A sala llena, conduce Cine Continuado y Sucesos Argentinos junto a Vicky Duclós Sibuet, además de preparar un esperadísimo documental sobre las aventuras de Roger Corman en suelo argentino.

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