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183 – Paro y movilización

Publicado el 20 de julio de 2023

Hace ya un tiempo —unos meses, me animaría a decir— que venimos hablando del paro de guionistas en Hollywood: que en una de esas iba a pasar, que era bastante seguro que pasara, que pasó, que no se arregla y varias más.

Dejando de lado la picaresca de que los directores se pelaron al paro y arreglaron antes que los guionistas, haciendo carne el refrán no del todo arraigado de “el sindicato imita al arte”, los actores se subieron un poco después, y al contrario de lo que podríamos predecir, no solo no arreglaron sino que hicieron algo para lo que hay que remontarse a la historia del cine par entender.

“Volviste de vacaciones hablando bien de los actores. Inaudito.”

Bueh, por una vez tampoco me quita las credenciales de toda una vida.

“Verdad”

Decía: lo que se está viviendo en este momento en Hollywood es histórico o, bueno, no pasaba hace un montón de tiempo.

Sí hubo un paro de guionistas hace relativamente poco, pero hacía décadas que los actores y los guionistas estaban de paro al mismo tiempo.

Y si en una de esas no escuchas este podcast tan obsesivamente como deberías (?), o simplemente no están tan al día, así que quizás haya que hacer—

“Un poco de historia”

No, eso viene después, hagamos primero un resumen.

Los guionistas entraron en paro a principios de mayo, pero la verdad que Hollywood, como siempre sin entender muy bien qué hace un guionista, los miraba como quien ve la lluvia un feriado.

Para principios de julio, y con los directores ya arreglados —porque, bueno, ya lo dijimos más arriba— los actores empezaron a hacer ruido, por el vencimiento de una cláusula del 2020 que había quedado bastante desactualizada.

Y ahí lxs malpensadxs dijimos “Estos van a cerrar y los cagan a los guionistas como los directores” y no, ¿sabés que no?

“Segunda que hablas bien. A la tercera te banneo.”

Bueh. Decía: los actores finalmente fueron a paro también. Y acá viene la parte que explico qué reclaman y coso, por si no estás en tema:

El paro lo decidió la SAG-Aftra, que es una unión desde 2012 de la Screen Actors Guild y la American Federation of Television and Radio Artists después de que las negociaciones con la AMPTP, que es la Alliance of Motion Picture and Television Producers no llegaran a ningún lado.

La presidente de SAG-Aftra es Fran Drescher, La niñera, que estaba haciendo una producción de fotos con Kim Kardashian en Italia y cuando quemaron las papas volvió rápido y metió un discurso de barricada. Quedate con esto para más adelante.

Reclaman una suba en los “residuales” —que explicado rápido sería “lo que cobran los actores cuando una serie se repite” que quedó bastante nulo por el tema del streaming —más de esto en un instante— y por la utilización de imagen con inteligencia artificial. Detengámonos ahí un instante:

Hace un año nadie se hubiera preocupado por la inteligencia artificial, es verdad. Ahora, quizás un poco más. Si bien está lleno de ejemplos de cosas que no salen bien, probablemente todo cambie en poco tiempo.

La implementación de esta nueva tecnología afecta, claro, a los que menos tienen. Es poco probable —o no en lo inmediato, dejando de lado el caso de Bruce Willis, que tiene una problemática distinta, digamos— que un actor de los que cobran millones ceda su imagen a una inteligencia artificial para que hagan con ella lo que quieran. Es muy probable que a un extra, o a un personaje muy muy secundario sí le “ingesten” los parecidos y le paguen solo una tarde de trabajo.

Ahora, vamos con lo del streaming: las reglas del juego cambiaron no solo con lo que se ve, sino con cómo se lo ve y, por ende, con como se lo paga.

Los residuales eran más fáciles de entender antes, donde un canal repetía equis veces una serie o una película y pagaba en consecuencia por el territorio que tenía. Con los streamings, siendo en su mayoría mundiales y no “repitiendo” sino “dando acceso” a un material, la cuenta es más complicada. Máxime teniendo en cuenta que ningún streaming —podríamos especular “por miedo a que los inversores se den cuenta”— blanquea sus números reales.

Esto deriva en que paguen “lo que les parezca” porque, además de todo, muchos de ellos no son “estudios” sino “empresas de software”

Bueno, ahí tenés el quilombo más o menos presentado.

¿Qué podría pasar si sigue? Bueno, es imposible de predecir en términos de “películas”, más fácil es sobre las promociones de las que ya están listas.

Gran parte del biribiri de una película que está por estrenarse son los festivales —ah, pensabas que eran prestigio y gente seria y descubriste que son alfombras rojas y vestiditos, bienvenidx—, eventos y ruedas de prensa que, de alguna manera, “comunican” al mundo que la película existe y está por estrenarse.

Con los actores de paro, algo que sería menos notorio con los directores y nulo con los guionistas, la promoción pierde su peso.

¿Querrán los estudios lanzar estrenos sin su rueda de prensa? Tendríamos que esperar a ver con estrenos grandes, que están a la vuelta de la esquina.

Bueno, hecho todo el service este, volvamos al discurso de barricada:

Cuando se viralizó el discurso de Drescher, las redes sociales empezaron a hacer los paralelos de siempre y Fran Fine se convirtió, de la noche a la mañana, en la abanderada de los humildes.

Y quizás nos suene exagerado y hasta lxs malpensadxs podrían aducir que actuó cuando no tenía más remedio y cuando todo el mundo le estaba diciendo “Dale, mami, estás de vacaciones y no preocupándote por esto”, pero eso solo lxs malpensadxs y no nosotros que creemos que actuó de buena fe, pero hay algo en ese postulado tan descamisado que es relativamente cierto.

Y si es así, es porque antes pasó algo similar.

Y acá, justamente acá, es cuando tenemos que hacer—

“Un poco de historia”

Ahora sí, y hablar del paro de actores anterior que fue hace más de sesenta años.

Sí, se ve que son solo de quejarse en los sets y no tanto en la calle. Ahí tenés un chiste de actores, sigamos.

Corría el año 1959 y la SAG —que no era Aftra en ese momento— y los estudios no se ponían de acuerdo.

Algo similar pasaba con los guionistas, que estaban reclamando sin suerte.

La televisión era un invento relativamente reciente —como podríamos decir que el streaming es ahora— y los estudios estaban chochos de vender su fondo de catálogo y quedándose con toda la plata de las ganancias.

Los guionistas, al igual que los actores, pretendían que se les reconociera económicamente cada vez que ese trabajo por el que les habían pagado solo para ser pasado en cines, se pasaba por la tele. Los estudios, por supuesto, no querían saber nada.

En enero de 1960 la WGA —Writers Guild of America, el sindicato de guionistas que sigue firme aunque con más ramas que una cooperativa— fue a paro haciendo su reclamo. En marzo se plegó la SAG y ahí, justamente ahí apareció una figura clave, a la que hacía poco habían convencido para que vuelva a presidir el sindicato.

Hace su entrada Ronald Reagan.

Sí, parece gracioso: el actor malo devenido en peor presidente —pero a quien le debemos gran parte del cine de acción de los ochenta— en ese entonces peleaba por los derechos de los trabajadores y era ¡demócrata!

Pero no entremos ahí, vamos a tratar de entender por qué, al día de hoy, hay un retrato de Reagan colgado en la sala de prensa de la SAG.

Y esto es por que el por entonces presidente de esto solo ya había logrado algo notable en su gestión anterior: que los actores de televisión cobraran residuales por las repeticiones de lo que hacían en ese medio. Su reaparición pública pretendía que lo mismo pasara con las películas que se empezaban a pasar a la noche en los televisores de todos los hogares yanquis.

El paro de los actores, sumado al de los guionistas, hizo que la industria se parara por completo y que los estudios tuvieran que, por lo menos, escuchar lo que estaban reclamando.

Escuchar solamente, porque al principio de las negociaciones no querían solar ni un centavo de los residuales. Aducían que ya habían cobrado por su trabajo —acá podríamos hacer el paralelo con un extra “ingestado” por una inteligencia artificial, si quisiéramos— y recién, con la industria parada, se dieron cuenta de que quizás algo se iban a tener que llevar esos otros.

Tras cinco semanas de paro y negociaciones, se llegó al acuerdo de que los actores iban a cobrar residuales por todas las películas posteriores a 1960. Por las anteriores, los estudios pagaron una suma millonaria que fue al plan de jubilaciones de la entidad.

Los guionistas quedaron negociando hasta junio de ese año donde también lograron los residuales por pasada en cine —algo que no pasaba antes, increíblemente—, un fondo de jubilaciones, seguro de salud y un porcentaje de residuales bastante alto por pasadas en televisión.

Todos estos logros —y sus consecuentes renegociaciones— fueron dejando contentos a todos hasta que, bueno, cambiaron las reglas de juego.

Reglas de juego que se explican más arriba y que incluyen a “empresas de software que quieren cotizar en bolsa como tales y aterradas de los inversores” decidiendo cosas que antes decidía gente un poco más preparada.

No hay que ser un genio de las matemáticas para entender que este modelo de negocio solo puede funcionar si hay uno solo vendiendo el bacalao.

De otra forma, y explicándolo de una manera muy simple, nadie podría entregar todo su catálogo histórico a cambio de media entrada al cine y salir ganando.

El tiempo dirá si Netflix —o el que quieras poner acá, da lo mismo— nos provoca la misma sonrisa que nos provoca Tom de Myspace ahora o si efectivamente es esa revolución que todos dicen.

En el medio, estuviste varios años pagando la cuota de un club, pero no te compraste nunca la pelota.

Perdón que sea yo el que te lo vino a contar.

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