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175 – Míralos sufragar, una vez más

Publicado el 25 de mayo de 2023

Si leíste el de la semana pasada sabrás —y si no, leé el de la semana pasada primero— que estoy muy metido en el tema de las elecciones.

Bueno, no realmente. Pero sí en las películas.

“Porque este es un newsletter de cine”

Bueno, claro, eso mismo. Y la semana pasada empezamos con un tema que prometí seguir en esta semana

“Original y remake”

En rigor, novela, original y remake, pero sí. Y quizás, solo quizás, un poco de conspiración y CIA, porque nunca está de más.

“Yen1000”

Quién no. La semana pasada hablamos de El embajador del miedo (The Manchurian Candidate, 1962) de John Frankenheimer, un director que este newsletter ama con todo su ser y, siguiendo el orden calendario, a esta le toca a El embajador del miedo (The Manchurian Candidate, 2004) del también siempre querido y recordado Jonathan Demme.

Quizás sea pertinente decir que Demme es uno de los mejores directores de la historia del cine y casi siempre es injustamente olvidado por las listas esas que hacen los que vieron cuatro películas y las ponen siempre.

No, naturalmente por Filadelfia (Philadelphia, 1993) no, pero sí por El silencio de los inocentes (The Silence of the Lambs, 1991) de la que ya hablamos en algún momento y, sobre todas las cosas por Totalmente salvaje (Something WIld, 1985) de la que hablamos largo acá.

Si tuviéramos que trazar una parábola de apogeo que incluya a Demme pero también a Frankenheimer, no nos costaría mucho decir: sapos de otro pozo, el primero venía “del videoclip”, el segundo “de la tele” y ambos tuvieron que dar muchas explicaciones a “los del cine” hasta que entendieron que valían su peso en oro. Ambos tuvieron carreras que tuvieron un pico más bien en la mitad y terminaron sus días a los setenta y pocos dirigiendo, el primero, mucha cosa para televisión y el segundo películas de acción que sacan con total facilidad, como Ronin (1998) o Doble traición (Reindeer Games, 2000).

Sí, me estrenás un Ronin o, incluso un Doble traición hoy jueves y empezamos a cultivar el “obrameaestrismo”, pero eso es más por los duros tiempos que nos tocaron vivir más que cualquier otra cosa.

Quizás me vaya por un tangente con esto, pero cuándo no: qué poco tino estrenar una película con el título local de Doble traición tres años después de que Tarantino estrenara una con Triple traición (Jackie Brown, 1997): te dejaba con sabor a poca traición.

Pero nos desviemos, porque estamos acá para hablar de una remake, de cuando las remakes todavía no eran todo eso que son hoy. De hecho, había tan pocas o eran un bien que se sacaba tan cada tanto de un cajón que medio que se las adivinaba algo “elegidas”, en contraposición a la mesa de saldos que vivimos hoy, donde todo agujero es nueva versión.

Demme no era la primera opción para dirigir ni la segunda: primero se pensó en Brian de Palma, y vos dirás “Ah, porque venía de dirigir Misión: Imposible (XXX)” pero no, porque después de esa el bueno de Brian venía de meterse tres tiros en el pie con Ojos de serpiente (Snake Eyes, 1998), Misión a Marte (Mission to Mars, 2000) y Femme Fatale (2002) de las que podemos hablar bien —bueno de Misión a Marte quizás no, pero quiénes somos nosotros para juzgar— pero no habían sido justamente hitazos ni mucho menos.

Y acá viene la parte donde vos pensás que yo voy a meter un chiste de De Palma, pero no: primero porque soy un adulto y segundo porque el otro que se había considerado para dirigirla era Neil Jordan. ¿Vos te imaginás lo aburrida que hubiera sido esta película dirigida por Jordan?

Y me voy a permitir agregar una más: imagínate lo que era el cine en ese momento —y no estamos hablando de los años sesenta o de los setenta— que Brian De Palma podía estrenar una película cada dos años.

Pero volvamos a la remake de Demme que, en este caso, lo fue casi casi hasta el más mínimo detalle. Usaron la versión de Frankenheimer como base y no la novela. Tanto la usaron que una hija de Sinatra aparece como productora asociada porque Frank seguía teniendo los derechos.

Hicieron un par de cambios de tono y época —más de esto en un rato— pero los huesos de El embajador del miedo de los años sesenta seguían ahí, firmes y sin que hiciera falta nada más.

Hay varios ¿reemplazos? ¿hallazgos? de casting que la hacen interesantes. El “tal por tal” de la original a la remake es un ejercicio del cual no siempre se sale con decoro y en este caso claro que sí. El siempre extrañamente desparejo Liev Schreiber hace algo hermoso que, se pudo leer en entrevistas, estaba basado en la figura de Robert F. Kennedy, de quién hablamos la semana pasada y solo colabora a la conspiración.

En el caso de Demme, me debo ser preciso con esto, no era la primera vez que se metía en las aguas de la remake de un hit de la época de la guerra fría: dos años antes había hecho la bastante fallida La verdad sobre Charlie (The Truth about Charlie, 2002) que reversionaba el guión de Peter Stone para ese “Hitchcock honorario” que fue Charada (Charade, 1963) de Stanley Donen y su siguiente proyecto fue este.

Sí, uno podría decir que después de casi una década de tiros en el pie y un cine algo más contemplativo por falta de gente que le ponga la plata para filmar Demme estaba parado sobre la última pierna que le quedaba y no estaría tan errado, más teniendo el cuenta el reguero de cosas para tele con eventuales estrenos en cine que fue su filmografía posterior, pero El embajador del miedo, que fue recibida de manera mucho más tibia de la que se debería en su momento, era un lindo ejemplo de “Che, sigo acá, eh”

Y no solo seguía ahí: estaba usando la película de los sesenta de base y casteando para un cameo a Sidney Lumet.

Ahora, con el diario del lunes, quizás haya algo de una valentía total en la remake de Demme en oposición a la original de Frankenheimer y es un cambio muy sutil en el mecanismo de lavado de cerebro—

Sí, con esto te estoy diciendo que corras a hacerte un doble programa con original y remake, pensé que eso ya estaba claro de entrada.

— que en un principio era más “gubernamental” en manos enemigas durante la guerra de Corea y el terror a los comunistas y que en la versión del dos mil y poco se cambia a una corporación de nombre Manchurian Global.

Y ahí, justamente ahí, nos podríamos pasar horas tejiendo paralelos y terminar como el meme del conspiranoico con los hilos rojos.

Peeeero, también deberíamos analizar el factor histórico de ambas. Si bien la de Frankenheimer coincidió —como decíamos la semana pasada con el incidente de Bahía de Cochinos— y venía de un Macartismo con la pintura todavía lago fresca, la de Demme estaba con un conflicto real a pocos años de haber pasado: los atentados del 11 de septiembre de 2001 que —como ya contamos miles de veces— impusieron el mismo miedo que los yanquis había impuesto en Japón en la época de las bombas atómicas pero sin ningún Godzilla de resultado: las películas, a partir de ahí, empezaron a patear la pelota afuera, dejaron de tener ese “filo” que solían tener incluso una semana antes de las torres y los aviones, pero volvamos a la reversión de Demme.

La película, como dijimos miles de veces ya sobre Red social (The Social Network, 2010) de David Fincher estuvo —lo sabemos ahora— bastante adelantada a su tiempo, lo cual hizo que invariablemente—

— La recepción que pude encontrar —y la que recuerdo del momento— era bastante superada. Todos parecían estar esperando —y quizás todavía lo hagan, andá a saber— la próxima del director que estuviera de moda en ese instante (tendría que ponerme a hacer memoria emotiva sobre quién era, pero la verdad que me da una mezcla de pereza y tristeza) y poca atención a este que ya había sido un genio, pero como diez o quince años antes.

Demme, para el momento del estreno “ya había dado todo lo que tenía que dar” y nadie iba a cambiar el prejuicio de la crítica sobre ese —ni ningún, vamos— tema.

¿Por qué me voy hasta acá? Para que aprendamos, una vez más, a poner en valor las cosas: la obra de alguien versus la opinión de alguien. Si, dicho así puede sonar que estoy haciéndole caca encima a la opinión de alguien. ¿Y sabés qué? Es exactamente eso.

Espero que no hayas estado desayunando.

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