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171 – Quizás este no sea de cine*

Publicado el 27 de abril de 2023

 * pero vamos viendo sobre la marcha, andá a saber.

Creo que fue en una entrega de los martes, la verdad no recuerdo, donde hice un registro pormenorizado de todas las referencias que tiene La Sexorcisto: Devil Music Vol 1 de White Zombie, y aún habiendo escuchando ese –y miles de otros— discos a lo largo de mi vida, siempre termino pidiendo disculpas cada vez que hablo de música.

Por qué, en un mundo donde todos son expertos en todo y no leyeron de un solo tema, quizás deba derivarselo a mi terapeuta, pero el caso persiste: siempre termino pidiendo disculpas.

Y hoy, que voy a hablar de música, parece que voy a empezar de la misma forma. Así que ahí tenés, perdón. Andá. Todavía estás a tiempo de decirme “escribí de cine vos” en redes.

Pasado el trolleo preventivo, digamos lo que venía después: si uno escuchó mucha música sabe que los artistas y los productores son importantes, pero los sellos, sobre todo no esas gargantúas con miles de estilos dando vueltas con el mismo nombre sino los más independientes o focalizados en una, dos o tres cosas, quizás sean igual de o más dignos de levantar una ceja.

Así que sí, te vengo a hablar de un sello.

“Bueno, al fin una pista clara”

Pero eso va a llevar a otra cosa, que son dos casualidades.

“Okey”

Y esas casualidades a una reflexión.

“Bueh”

Que quizás te haga quedar bien en un asado.

“Estoy”

Empecemos por la bio, porque si no no se entiende. Había una vez en un pasado relativamente reciente —si podemos llamar así a mediados de la década del dos mil— llamado Caleb Braaten, que con otro amigo se habían mudado a la ciudad de Nueva York.

Tratando de sobrevivir como podían, se les ocurrió una idea brillante: vender merchandising de cine de terror con el nombre The Monster Squad.

Como todos los que andan “en esa” Braaten se hizo amigo de gente en disquerías y lugares afines y terminó usando un sótano contiguo a Academy Records, un pilar de Brooklyn en lo que a discos y coso se refiere, de depósito.

No iba a pasar mucho tiempo hasta que se diera cuenta de que él también andaba con ganas de editar alguna que otra banda que le gustaba mucho e hizo lo propio con un simple de siete pulgadas de The Hunt.

Y vos dirás: “Y la pegó con ese y entonces…” Bueno, no tanto. La decisión de armar un sello venía de hace tiempo, de sus épocas de adolescente en Denver, Colorado trabajando en la disquería de su familia. Se la pasaba analizando tapas de discos, entendiendo las lógicas de los sellos y obsesionado con “uniformidad” gráfica de varios de ellos, pero sobre todo de Impulse!, quizás uno de los dos tres sellos más importantes de la historia del jazz.

Claro que Monster Squad de nombre para un sello que capaz no quería editar bandas de surf con tapas medio flúo en una de esas no era el mejor, así que después del primer intento, decidió cambiarlo a Sacred Bones Records.

Y puede que ya el nombre te suene de algún lado. Y si te suena, o incluso si lo conocés capaz que podés inferir para dónde está yendo esto. Pero se buenx y no se lo arruines a tus compañeritxs.

El punto es que Sacred Bones no tardó en convertirse en un sello indie por demás respetado en la escena, con artistas como Zola Jesus, Boris, The Holydrug Couple, entre otras bandas que habrás sentido nombrar si sos amigx de Pablo Schanton en sus filas.

La obsesión de Braaten con los discos de Impulse! de su adolescencia parecía estar —y seguir estando— ahí: basta con hacer un rápido ojeo a las tapas de todos las ediciones de Sacred Bones para darse cuenta:

Claro que la cosa iba a dar un vuelco, o el vuelco que nos interesa a nosotros, y eso es unos años después. Más precisamente en 2015, cuando Cody Carpenter se pone en contacto con Braaten.

Puede que el apellido de Cody te suene de algún lado y eso es porque es justamente el hijo de un John que lleva el mismo apellido.

Pero, al márgen de que le podamos poner el índice en su dirección y gritarle “¡Nepobaby!“, Cody la venía peleando en el mundo de la música hacía tiempo, colaborando con las bandas sonoras de su padre en proyectos como Vampiros (Vampires, 1998) y Fantasmas de Marte (Ghosts of Mars, 2001), además de la colaboración de nuestro malhumorado favorito en la serie de telefilms Masters of Horror.

Y no es que fuera solo un nepobaby, también venía editando, sobre todo en Bandcamp y sellos digitales, montones de música que se podría definir como “pasada de experimental”, pero su vida cambió cuando se cruzó con Braaten.

Porque la edición del primero de muchos Lost Themes en 2015 a cargo de Sacred Bones cambió radicalmente la idea de carrera que John Carpenter seguramente tenía pensada para esa edad y, bueno, para esta también. Lo convirtió, además de lo que ya era “el mejor director vivo en actividad”, en una suerte de extraña y elusiva “estrella de rock”

Tras el disco vino la gira, las localidades agotadas y varias cosas más.

Lost Themes le siguió Lost Themes RemixedLost Themes IIAnthology: Movie Themes 1974–1998 y Lost Themes III: Alive After Death en relativamente rápida sucesión, además de bandas sonoras para la resucitada franquicia de Halloween y otras películas de género como la —digámoslo: innecesaria— remake de Llamas de venganza (Firestarter, 2022).

Decir que Sacred Bones nunca había editado un disco de un director de cine sería mentira, porque ya lo había hecho con la banda sonora de Eraserhead (1977) y algunos discos que no entendió ni él, pero lo de Carpenter fue, efectivamente, un batacazo.

“Dijiste que había dos casualidades”

Ya te dije la primera. La segunda es quizás un poco lineal pero coyuntural. Pocas semanas atrás apareció el single adelanto de Sqürl, que saca su primer disco a principios de mayo.

Y acá viene la parte donde me preguntás—

“Y qué corno es Sqürl”

Bueno, eso es la casualidad: la banda de ¿ruido? ¿drone? ¿shoegaze? ¿música experimental? de Jim Jarmsuch.

Si bien Sqürl venía existiendo como una suerte de “entidad aparte” de lo que Jarmusch director hacía, componiendo las bandas sonoras para, por ejemplo, The Limits of Control (2009) o Only Lovers Left Alive (2013), ahora se convertido en un proyecto serio con giras, discos que no son soundtracks y coso.

¿Quién edita el disco de Sqürl? Sacred Bones, claro.

Volviendo un segundo a Braaten, en entrevistas donde le preguntan por qué edita a tantos directores haciendo música, responde que es porque quiere convencer a Herzog de que grabe un disco.

Acá estaremos atentos, por supuesto.

Y acá es cuando tenemos que hacer la reflexión. Carpenter es una estrella que llena lugares relativamente grandes con su música y seguramente Jarmusch vaya por el mismo camino. De Lynch no voy a hablar porque, bueno, el baila al ritmo de su propio tambor (?), pero hay una verdad que se esconde debajo de tanta fama rockera a edad relativamente avanzada: probablemente sea muy difícil para cualquiera de los dos conseguir financiación para hacer una película en los tiempos que corren.

No estoy diciendo que Carpenter o Jarmusch “listo, no filman más”: de hecho, hay pocas cosas que me gustarían menos que que eso pase, digo que es muy difícil que logren ser financiados como lo merecerían en los tiempos que corren.

Basta con ver la última película de alguien que se podría poner el mismo estante de “fama” o como lo quieras llamar que esos dos: Crímenes del futuro (Crimes of the Future, 2022) de David Cronenberg.

Ya en el momento del estreno creo que lo señalamos acá, pero vale la refrescada: la película empieza con una cantidad de placas de fondos europeos que no se veían desde la época del furor del nuevo cine argentino veinte años atrás.

Si Cronenberg —o Carpenter o Jarmusch, si es por eso— van a tener que aplicar a doscientos fondos para poder filmar, quizás esa descarga creativa la encuentren en otros proyectos, como puede ser subirse a un escenario a hacer la música que quieran hacer.

¿Es trágico? Trágicas son otras cosas, pero por lo menos es un poquito triste, qué querés que te diga.

Bueno, perdón que te lo arruiné así.

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