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166 – Mucho más importante que la película*

Publicado el 23 de marzo de 2023

No hay que tener un doctorado en economía para saber que los mejores negocios son los que entregan un retorno enorme a cambio de una inversión baja. El cine, sabemos, no es de esos negocios.

Son miles las historias —y de muchas hablamos casi todas las semanas por acá, porque nos gustan los perdedores— de grandes apuestas que terminaron con carreras, cuentas bancarias y varias cosas más.

De esas miles de historias, hay un porcentaje de “adelantados a su tiempo”, de gente que hizo una película que “justo no era para ese momento” y si para diez o veinte o treinta años después y los que o llegaron tarde o, simplemente, no la pegaron y chau.

Las paredes del infierno, además de estar tapizadas con la piel de los bienintencionados, tienen un sector para los que creyeron que equis o zeta iban a funcionar.

Podría hablar de cualquier cosa, pero este es un newsletter de cine que, justo hoy, medio que va a hablar de cualquier cosa.

“Vos me prometiste—”

Tranquilx, tranquilx.

Porque vamos a hablar de algo que conocés, incluso si fueras de lxs que fueron una o dos veces al cine en toda su vida. Un elemento tan ubicuo que es casi “el avatar” del séptimo arte cuando poco o nada tiene que ver con los tamaños de plano, las actuaciones, el sonido o el montaje.

Un elemento que, muchos juran y perjuran, da más ganancias que las películas y que, a diferencia de ellas, cuesta nada hacerlo y da unos beneficios millonarios.

El pochoclo, claro.

Bueno, si estás leyendo esto lejos de Buenos Aires, hay chances de que lo llames pororó —un nombre superado, hay que reconocerlo— o si fuiste aplastado por los doblajes latinos palomitas, pero bueh. No me quiero distraer—

No sé qué edad tendrás, pero si sos de los que andan por treinta y pico cuarenta te acordarás que la cosa no fue siempre así, y que los pochoclos son casi una consecuencia de “el neoliberalismo salvaje de los años noventa”

Me gusta escribirlo como si estuviera presentando una carpeta de documental al INCAA, en fin. Volviendo—

Antes la cosa era distinta y lo puede atestiguar casi cualquier que haya pisado un cine “con dueños”. Los cines de barrio tenían, además de publicidades con tipografías a mano alzada que bajaban pendiendo de unos hilos por encima del telón que tapaba la pantalla antes de “las colas” acomodadores y carameleros. Muchas veces eran la misma persona, y pasaban por los pasillos laterales (o centrales, dependiendo de la disposición de la sala) cargando una bandeja de madera que colgaba de sus hombros con todo tipo de tentaciones calóricas.

Y esto quizás no sea novedad para lxs que fueron pero sí para los que no: ¿sabés que no había? Pochoclo, claro.

Había otras cosas que sí eran asociadas por aquel entonces al cine: Sugus confitados, cajas de Rex y Kesitas (si eras muy adineradx) y, por sobre todas las cosas, el bautizado por mi amigo Raúl Manrupe “maní con chocolate de marca ignota” de la caja amarilla y roja.

Te dejo una foto por si justo no sabés de qué estoy hablando.

El pochoclo, es justo decirlo, llegó mucho después, pasada la mitad de los años noventa, cuando empezaron a desembarcar las cadenas de multipantallas internacionales, su decoración imposible y sus nuevos paradigmas gastronómicos.

Pero la cosa, te imaginarás, venía de mucho antes. Y quizás sea interesante hacer—

“No se diga más: un poco de historia”

Verdad que sí, sobre todo porque esta es accidentada y llena de vericuetos.

Sí, obviamente el maíz está presente en el mundo desde hace unos diez milenios, sobre todo en América de México para abajo.

Hay descubrimientos arqueológicos en Perú que hablan de pochoclos hechos y derechos en Perú cerca del 4700 antes de cristo.

Pero lo que nos interesa acá es cuándo ese nombre producto que te puede tapar las arterias con tanta facilidad empezó a ir de la mano del cine.

Para entenderlo, nos vamos a tener que ir hasta unos años antes de que el cine —incluso en sus formatos más primitivos— fuera inventado.

Hasta mediados del siglo dieciocho, la cosa era más artesanal y se hacía en las casas poniendo el maíz al fuego y esperando que haga su reacción mágica.

Todo cambió radicalmente en una feria de inventos para finales de siglo, cuando un señor de nombre Charles Cretors presentó la primera “máquina de hacer pochoclo” que se podía mover.

Bueno, “mover” es casi un deseo, porque el mamotreto pesaba arriba de doscientos kilos pero, como rezaba el material publicitario de la época, podía ser movido “por un niño o un poni pequeño”

Sí, es hermoso.

Las máquinas de Cretors se hicieron tremendamente populares, y empezaron a instalarse en las veredas de los cines que estaban empezando a aparecer.

Muchas veces, el público que estaba yendo a ver estos primeros intentos de cine mudo compraban un paquete y entraban a ver la película.

Los vendedores de la vereda no tenían nada que ver con los dueños de las salas, pero eso duró bastante poco. Porque acá, justamente, es que empezó la manta corta.

Los dueños de los cines no querían saber nada con el pochoclo que, pensaban, no iba de la mano con el ambiente de “gente culta” que pretendían tener en sus establecimientos.

A la vez, y acá es cuando se enciende esa luz que nunca se apaga (?), y a pesar de que era un dolor de cabeza barrera después de cada función, empezaron a entender que el pochoclo también era parte de la oferta y la atracción y que era responsable de que las salas se llenaran.

De esto probablemente hablemos en un rato, pero la ecuación de “más gente, más pochoclo vendido” estaba, solo que un poco desaforada en los valores que cada uno llevaba a la misma. Volviendo—

Ya en los años veinte los dueños de los cines empezaron a cobrar un pequeño canon a los vendedores de pochoclo para que pudieran entrar al cine y vender directamente ahí. Una pareja de hecho había nacido.

Y ya que estamos en los años veinte, quizás sea pertinente hablar de este tema: el pochoclo no cuesta nada en términos de materiales usados para su confección. Es por eso que el valor de la época —entre 5 y 10 centavos— lo hacía —e hizo, en las que vinieron después— extremadamente popular en épocas de crisis. Sí, el paralelo con los despidos masivos durante el menemismo y la instalación de videoclubes no es ninguna coincidencia. Casi cualquiera con una inversión mínima podía ponerse a fabricarlo y salir adelante.

El pochoclo fue “la vedette” en la época de Gran Depresión, la Segunda Guerra —en este caso porque el azúcar iba a las raciones de los soldados y era necesaria alguna “golosina” entre los que se habían quedado en casa— y casi cuanto evento desafortunado para casi todos se cruzara en la historia del mundo y, en este caso, de las películas.

Pero esperá que al poco tiempo hubo un invento que dio vuelta todo, porque en 1925 un señor que se llamaba Charles T. Manley inventó la primera máquina de pochoclo eléctrica. Y ahí la cosa cambió para siempre.

Que la máquina fuera eléctrica significaba que se eliminaban los vapores tóxicos que había hasta entonces en las máquinas que funcionaban a combustible. Esto hizo que —dale, ni que fuera tan complicado sacar la conclusión— las máquinas pudieran estar instaladas en interiores y no en la veredas.

Sí, te diste cuenta de a dónde estoy yendo. Los dueños de los cines agarraron la posta, le sacaron el negocio a los emprendimiento familares que estaban en sus veredas y la cosa cambió para siempre: ese monopolio también iba a ser de ellos.

Los halls de los cines empezaron a oler como huelen ahora y topping más topping menos, el negocio siguió más o menos igual por un siglo y sin vistas de cambio alguno, tecnológicamente hablando.

Y acá viene la reflexión, que si venís leyendo esto hace tiempo, sabrás que toca. Y empieza con una verdad de perogrullo que terminó siendo el título de este envío.

En el momento en que los complejos multipantalla empezaron a desembarcar en nuestro país, con su olor a manteca y maíz pisingallo, empezó a circular un rumor muy simple: “ganan más plata del pochoclo que de las entradas” algo que, nadie pudo comprobar al cien, pero sería la sensación de que es bastante inapelable.

Es por eso que podríamos paralelizar la aparición del pochoclo con la desaparición en cuotas de la oferta cinematográfica, porque el dueño de un multipantalla no necesita pasar películas, sin tener el concession stand explotado de gente.

¿Qué películas pueden potencialmente llevarle más clientes de pochoclo? Bueno, no hay que ser Einstein para darse cuenta de que las películas que no llevaran todos esos clientes al mostrador a comprar el balde no iban a tener mucho futuro.

¿Viste? Al final consumir maíz inflado en cantidades industriales puede ser dañino incluso para más cosas que la salud.

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