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163 – Ninguna película nace mumblecore

Publicado el 2 de marzo de 2023

Hará uno o dos episodios de Frame Fatale, un podcast que en una de esas estás escuchando (y me animaría a decir que fue mencionado en Hoy Trasnoche también e incluso acá en algún que otro balance del año) picantié sobre la noción de que “No hay ni para armar un top ten del año”

“Lo hiciste”

Claro que sí. Y la verdad que el “picantié” de acá arriba es por algo, porque a veces uno dice cosas en las que no cree del todo.

“Y esta es tu confesión”

Bueh, tampoco es que me van a poner un tribunal en contra, estamos hablando de películas.

Obviamente, hay diez (y más también) películas buenas en un año. Quizás el picanteo y el extremarla tenga que ver con señalar que no hay tantas como otros años.

También es cierto que el tiempo es un gran balanceador de cosas: buenas y malas. Ya lo deslicé en alguna ocasión anterior, pero: películas que nos parecían “menores” (odio el término, pero seguime) en los años noventa nos pueden parecer hasta muy buenas o geniales hoy.

Sí, es porque el gusto cambia y capaz nos damos cuenta de cosas que no nos dimos en el momento o porque esa película la estamos tirando contra “el hoy” y la cosa parece filmada por Howard Hawks en comparación.

Y acá viene la parte donde me decís…

“A dónde mierda estás yendo”

Bueno, no era esa, era la parte donde me decías “Pero todo se revaloriza con el tiempo mirá a los franceses y el film noir”

“Ah, eso. Claro”

Y tendrías razón, por supuesto.

“Gracias”

El punto de todo este mea culpa es bastante simple…

“Al fin”

Y es que noté que en último tiempo me estoy yendo mucho a “la historia” (algo que entiendo que nos gusta a lxs dos, no es que vaya a dejar de hacerlo) y poco, prácticamente nada a “la novedad”

“Vas a hacer una barrida de Netflix”

Ese barco ya partió. Digo que: hay muchas películas de los últimos tiempos (no necesariamente “la que está para bajar en la calesita de arriba del torrent desde hace dos minutos”) que capaz que se nos pasan, que vemos “tarde” (por favor notá ese entrecomillado siempre) o que simplemente nadie nos señaló.

Y eso es lo que me propongo hacer desde este envío, al menos, una vez al mes. Señalar una anomalía, una película que capaz que se te pasó, una de esas “tapadas” que solía haber en lo videoclubes de antaño, que un amigo, un videoclubista de esos que sabían recomendar o alguien nos señalaba y llegábamos casi de casualidad y nos maravillaba.

“Compro, che”

Gracias, muy honrado. Y la de hoy, que inaugura todo esto, es una película japonesa que tiene ya tres años y que capaz que se te pasó

O capaz no, pero sé que a mí sí y llegué a ella de la peor manera posible, que es por una recomendación insistente. La cosa es así:

Ya expliqué mil veces que si querés que vea una pelicular no me digas que vea esa película. Sí, está escrito con los pies, pero es para denotar hartazgo. No me entran así, lo siento, soy una pésima persona probablemente, pero no me pasa.

“Al fin lo reconocés”

El punto es que en un grupo de Whatsapp al que llamamos Les Cinéphiles, donde hay varios amigos directores, montajistas, guionistas y un largo etcétera, un amigo director a quien tengo en mi más alta estima no solo por amistad sino también por obra empezó a insistir con todos deberíamos ver esta película.

Naturalmente, le esquivé al bulto mucho tiempo. Y un día la bajé y la ví.

Y ahora estoy escribiendo esto, porque quedé con la cabeza explotada por múltiples razones que iremos desgranando.

La película es Beyond the Infinite Two Minutes (Dorosute no hate de bokura, 2020), a la cual nos referiremos como Beyond… a partir de este momento.

(Sí, porque si estuviera hablando de Éste es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más… (1966) de Leonardo Favio, probablemente también me refería a ella como El romance… porque por más copy paste que haya, es doloroso a los ojos. Continuando…)

Beyond… es una primera película, algo que en mi lista de cosas a tickear como “atractivas” suele estar alto y a la vez es una película que de alguna manera se podría encuadrar dentro de “la ciencia ficción”, algo que sabrás no es de mis ítems preferidos.

Pero quizás lo más importante de Beyond… sea que, a pesar de tener una premisa fantástica (en instantes me meto ahí) es una pavada hermosa.

Y por “pavada” no digo que sea “pasatista” como le gustaba decir a los críticos de antaño, sino una película con una idea enorme que decide ser graciosa.

La idea, como todas las ideas enormes que han aparecido en la historia del cine, empieza con una nimiedad que escala al tamaño de un edificio.

Bueno, para vos que no podés vivir sin sinopsis, ahí va: el encargado de un café que vive en el piso de arriba descubre que lo que ve desde su casa del bar está dos minutos adelantado en el tiempo. Ese descubrimiento lleva a una serie de experimentos ridículos y a una confirmación: ha encontrado un agujero espacio temporal.

Claro que esto lo hemos visto muchas veces (incluso en una película de la que hablé en su momento como es The One I Love (2014) de Charlie McDowell), el tema es hasta dónde lleva las cosas Beyond…, especialmente cuando deciden juntar el arriba con el abajo causando un efecto Droste.

El efecto Droste, que tiene un nombre rimbombante pero lo viste mil veces, toma su nombre de una lata de cacao holandesa donde una mujer sostiene una bandeja que tiene la lata que a su vez tiene la imagen de la mujer y… Bueno, se entiende. Los más memoriosos dirán “Johnny Allon” y tendrán razón.

Y hasta acá vos dirás “Bueno, suena bien, pero vendemela más” y voy a hacer eso mismo.

Beyond…, la primera película de Junta Yamaguchi, fue filmada con poco más de veinte lucas dólar en una semana, en los momentos donde el café real en el que rodaron estaba cerrado. Esto es: de trasnoche, con un equipo mínimo formado por Yamaguchi filmando, dirigiendo, fotografiando y luego montando y sus compañeros del grupo de teatro Europe Kikaku de Kyoto y con (esta versión varía) un iPhone o una cámara muy pequeña porque…

¿Mencioné que es un plano secuencia?

Sí, obviamente existen miles de formas de mentir un plano secuencia, las había en La soga (Rope, 1948) de Alfred Hitchcock, debe haber habido más seguro más de setenta años después, pero la forma casi coreográfica en la que van apareciendo varias cosas (no quiero spoilear más de la cuenta) la hace pasar directamente a la categoría de prodigio técnico.

Es, además, una de las pocas representantes que nos llegaron del movimiento nagamawashi, una movida japonesa de películas de micro presupuesto filmadas en plano secuencia, como podría ser la cabeza de lanza del de la movida que fue la también delirante One Cut of the Dead (Kamera o tomeru na!, 2017) de Shin’ichirô Ueda.

La película, también es pertinente contarlo, cayó justo a tiempo. Se estrenó en salas en el comienzo de la “apertura” en Japón, lo cual hizo que fuera uno de los “patitos feos” que se tiraban “a morir” en esas salas a las que nadie quería volver.

Sí, parece que fue hace veinte años.

Y fue un éxito descomunal, quizás no haga falta decirlo. Por la escala, a pesar de los premios en festivales y todo eso, no fue una película que se haya visto fuera de Japón más que en los streamings, pero el boca a boca, como ese del videoclubista del que hablaba al principio, hizo su magia.

El resto es historia.

Pero, quizás lo más interesante de todo esto sea que Beyond… es una película que por su despliegue (una troupe de teatro, poca plata, un bar) había nacido mumblecore. Pero ¿sabés qué? Ninguna película nace mumblecore, quizás se hace mumblecore, o nidea.

Una más y no jodo más: ¿Mencioné que dura setenta minutos? ¿Hablé alguna vez de que me parece la duración ideal para casi cualquier película?

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