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159 – Otra película imposible hoy

Publicado el 2 de febrero de 2023

No sé qué edad tendrás, pero yo tengo la suficiente como para haber visto Retratos de una obsesión (One Hour Photo, 2022) de Mark Romanek en el momento de su estreno, ya siendo una persona bastante crecida.

Tampoco tengo idea si esta película, que aplaudimos en su momento, pero que después del ocaso del DVD se hizo medio cuesta arriba de conseguir —digo, legalmente, por ahí está esperándote siempre— habrá llegado a tu radar.

Independientemente de lo que haya pasado con tu vida (?) y esta película, es un gran ejemplo de ese cine que ya no hay.

Empecemos sacándonos de encima la trivia boba, ese krill (?) del que viven los demás:

No iba a ser Robin Williams, Romanek quería a Jack Nicholson que le dijo que ya había hecho de loco en El resplandor (The Shining, 1980) y lo mandó a pasear.

Que muchos de los personajes tienen nombres de fotógrafos (Araki, Outerbridge, Burson, etcétera) como un homenaje al mundo por el que pasa de costado su protagonista.

Que Trent Reznor le hizo una banda sonora completa y Romanek la descartó y sus música de Nine Inch Nails, pero que ya estaba grabada.

¿Estás contento, Walter Nelson?

Bueno, siguiendo con Retratos de una obsesión, y colgándome de la última trivia boba, hay algo extraño en que Romanek, de alguna manera, haya atrasado la carrera de compositor de bandas de sonido de Reznor.

Reznor iba a componer una banda sonora completa —fuera de colaboraciones y mucha música de NIN usada en otras— recién en Red social (The Social Network, 2010) de David Fincher.

N de R: No es la primera ni la última vez que se va a nombrar a Fincher en este envío. Quedás debidamente notificadx.

Volviendo al affaire Reznor / Romanek: recordemos o contemos, en caso de que no lo sepas —nadie ha nacido sabiendo— que gran parte de la carrera de Romanek fue en el videoclip, siendo especialmente famosas sos colaboraciones visuales con Nine Inch Nails. Para ponerle un paralelo, sería una relación similar a la de Anton Corbjin con Depeche Mode, pero sin tanta exclusividad.

Era una época donde los directores de videoclips eran una suerte de mina a la que los productores iban a buscar carbón para mantener vivo el fuego del entretenimiento (?): la apuesta por David Fincher había salido bien —te dije que iba a aparecer—, y no tardaron en aparecer Spike Jonze, Michel Gondry y algunos más. Qué tan buenos resultaron los demás, bueno, da para un largo debate.

Aunque si nos ceñimos a algo más cinematográfico, podríamos decir que no está sola en esto de la fotografía y los crímenes, y podríamos volver a hablar de Tres rostros para el crimen (Peeping Tom, 1960) de Michael Powell, pero esto se habría eterno.

Mucho se ha teorizado sobre la fotografía y creo que fue Susan Sontag la que armó una que decía que fotografiamos cosas para recordar lo que vivimos y lxs que ven esas fotos sin haber estado ahí sufren una suerte de fascinación participativa y coso.

Sí, soy muy bueno explicando cosas complejas (?), el punto—

Algo muy similar a lo que pasa con el personaje de Sy. Su conexión con la fotografía, fuera de su conocimiento técnico, es más cercana a la fotografía “de a pie” que a la que se cuelga en galerías de arte. Su metié es la cosa hogareña y con lo que él se siente “participativo”, bueno, es justamente con eso.

Eso hablando de “las fotos de la película”, pero si nos ponemos a hablar de “la foto de la película” nos vamos a encontrar con algo extraño y fascinante.

Fuera de los colores típicos del thriller, la foto de la película de Romanek se mueve en una paleta muy apagada: amarillos casi ocre, celestes, verdes. La fotografía es de Jeff Cronenweth que después iba a fotografiar Red social y Perdida (Gone Girl, 2014) de, bueno, una vez más: David Fincher.

Adicionalmente, Retratos de una obsesión es, junto conla estrenada poco antes de esta Noches blancas (Insomnia, 2002) de Christopher Nolan (¿la mejor película de Nolan? Es para otro momento, dejo la inquietud acá), uno de los pocos ejemplos de ese volantazo en la carrera de Robin Williams cuando quiso probar “hacer de malo” y fue malo, malo, malo en serio.

No soy quién para hablar de actores, para mi son un porcentaje en el total de una película más cercano al diez que al noventa que muchos que hablan de cine parecen entender, pero ese giro en los papeles de Williams fue una bocanada de aire fresco en una carrera de “eterno buen tipo” que venía manejando. Podríamos decir que hasta encendió la mecha que después agarró Tom Cruise en Colateral (Colateral, 2004) de Michael Mann, auqnue sí, ya había hecho de hijo de puta varias veces.

Y aún otra N de R: No es difícil que un actor cambie de registro. Lo difícil, tanto que se vuelve notable, es que lo haga y no quede una vergüenza.

Pero basta de hablar de actores que acá estamos para hablar de cine (?) Decía:

Retratos de una obsesión, la película imposible. Profundicemos.

Muchas veces, en cualquiera de los podcasts en los que hablo o en estos envíos en los  que escribo haciéndome el que sabe de cine, sobrevuela el concepto de “esta película sería imposible hoy”, y Retratos de una obsesión es justamente eso. Una película imposible.

Primero dejemos de lado el costado moral de la película:

La película, en definitiva, fuera de la obsesión y el cringe como dice la pibada (?) hoy no es más que otra en la lista de malditas que conforman ese subgénero mágico que es “el lobo solitario”

Sí, hablamos de el cuando nos metimos con Tormenta arrolladora (Rolling Thunder, 1976) de John Flynn y por consiguiente con Taxi Driver (1976) de Scorsese, ambas con guión —o aporte, dependiendo del caso— de Paul Schrader y nos preguntamos si les había vendido el mismo guión a dos personas, como Larry Cohen en Enlace mortal (Phone Booth, 2002) y Celular (2004) … qué linda que es la cinefilia. Decía—

Retratos de una obsesión es sobre un lobo solitario. Pero más que nada es sobre cómo, nosotros espectadores reaccionamos frente a él. Muchas veces se ha hablado de la moral de estas películas: moral que en el caso de las de dos escritas —o casi— por Schrader capaz podía estar “más justificada” por ser historias de veteranos de guerra, pero incluso en ese caso tampoco.

Todo esto, claro, si una película puede, efectivamente, tener moral. Cada vez que lo pienso, lo discuto y lo vuelvo a pensar, me parece más cercano a un concepto alienígena y religioso (creen en muertos vivos y cosas que bajan del cielo, digamos todo) que a algo que podría pegarse a la cinefilia, pero quizás esta falta de fe y, dependiendo de qué lado estés herejía, sea para otro momento.

Y ahora concentrémonos en lo realmente importante:

Volvamos un segundo al “lobo solitario”: cualquiera de las nombradas más arriba, la película de Romanek y todas las que quieras agregar a la lista (son un montón, algunas mejores que otras) nos ponen algo incómodo adelante, casi como esa foto en la que participamos de la que hablaba Sontag.

Claro que no vamos a identificarnos con Travis Bickle ni con el Sy de Robin Williams. Lo vamos a observar, generalmente incómodxs.

Hay en el cine de “lobo solitario” un ejercicio similar al que tienen las buenas películas de terror: el de trabajar la incomodidad y la angustia, sin buscar el susto fácil.

Sí, lo que los boludos descubrieron la semana pasada y llamaron “post horror”, una diferencia que existió desde tiempos inmemoriales entre las películas de scare (susto) versus las de dread (espanto).

Sí, suena a un partido de fútbol entre empleados de un sector de una empresa y créeme que es una distancia mucho, pero mucho más grande que un simple “solteros contra casados”

Retratos de una obsesión es la definición del dread, de ese cine que iba a llegar bastantes años después —íbamos a tener que soportar estoicamente todo el torture porn para que hubiera un cambio como la gente— y de tan adelantada que estaba en su momento fue reconocida pero no lo suficiente y terminó tapada por otras, como un mueble en el fondo de una baulera.

Claro que Romanek hace algo crucial en la película —y quizás el “alienígena” de algunos párrafos atrás haya sido a propósito—: poner a Sy a ver El día que paralizaron la Tierra (The Day The Earth Stood Still, 1951) de Robert Wise y jugar con la idea de que está “afuera” del mundo real, viviendo en y de esas fotos que ni siquiera saca y solo revela.

Y sigamos con este otro ángulo: cómo en 2002 existía un horror posible que hoy queda inhabilitado por la propia tecnología.

No hay que ser egresado del Instituto Balseiro para saber que la tecnología complota contra la narrativa.

Sí, acá podría meter el green screen, los señores esos disfrazados y las películas donde explota todo adentro de una placa de video de una render farm, pero no lo voy a hacer: vamos a verle un costado más práctico.

Quizás esto se vaya un poco por las ramas —si es que no te diste cuenta a a esta altura—, pero igualmente. Decía—

Las películas de terror viven en el pasado. No existe ni una —a menos que trama gire en torno a ello— en la que no se queden sin señal de celular. El teléfono —y su ubicuidad— son veneno narrativo. Todo se solucionaría en un instante, llamando un auto que lxs venga a buscar o lo que sea. Celebremos esa pureza narrativa, ese “hablen sin el teléfono en la mano” que propone el cine de género.

La película habla también de una forma de producir imágenes que ya prácticamente no existe. Sí, los teléfonos (de nuevo) e incluso las cámaras digitales y todo eso, pero igualmente: la idea de sacar fotos, llevarlas, esperar y ver qué salió es algo casi poético hoy en día.

Para el momento donde se filmó la película de Romanek, las fotos digitales estaban en pañales —había, pero no lograban reemplazar al fílmico— y la película es, además de todo lo citado más arriba, una suerte de canto de cisne, de una época que se estaba yendo y que, estaba más que claro, no iba a volver.

Retratos de una obsesión está rodada en 35mm, eso se nota cuando se la ve incluso en una tele en casa. El grano que tenía el fílmico le daba al cine —sí, hoy podés meterle efectos y lentes y coso, pero igualmente— su cualidad de cosa falsa pero real.

Podría hablar de ese cine de principios de los dos mil que se fue demasiado pronto y no volvió más, pero estaría mintiendo o solo hablando de una parte. Ese cine se fue, es cierto, pero la película de Romanek es un testimonio de lo que “podría haber sido”

“¿Cómo es eso?”

Bueno, viene justo acá. Quizás esto ya se fue de las manos, pero estaría bueno hablarlo ya que estamos. Tengo la sensación de que en algún lado lo conté, quizás fue acá, quizás en algún podcast, no importa.

El punto es que cuando fuimos a ver al cine en el momento de su estreno El club de la pelea (Fight Club, 1999) de David Fincher —sigue apareciendo Fincher, ¿viste?— muchos nos apuramos a sentenciar que era “la primera película de los dos mil”

Y no hubiéramos estado errados si no hubieran tirado abajo las Torres Gemelas.

Seguime, que no tengo puesto un gorro de papel aluminio. Tengo data posta (?)

Decía: el atentado del 11 de septiembre fue una bisagra en un Hollywood que venía carreteando —bueno, quizás no sea el mejor término justo en este contexto— para convertirse en un New New ¿New? Hollywood. La aparición de ese “mal sin razón” —podemos hablar horas de esto y nunca ponernos de acuerdo ni con nosotros mismos— hizo que las películas dejaran de tener filo, y empezaran a ser amables.

El horror, como era de esperarse y sobre todo con las historias sobre torturas en campos de prisioneros que llegaron pocos años después, se puso extremo y oscuro, pero el resto de las películas se ablandaron. Nunca se filmaron tantas comedias románticas como en esta época, algunas incluso haciendo alusión al tema, como Realmente amor (Love actually, 2003) de Richard Curtis.

El club de la pelea —y las pocas que llegaron un poco después del atentado, incluida la de Romanek— son un retrato de lo que “podría haber sido”

Curioso que terminemos hablando tanto de Fincher nuevamente, porque si seguimos al pie de la letra la teoría de que Zodíaco (Zodiac, 2007) es “la última película” —una que he explicado miles de veces acá— quizás Retratos de una obsesión haya sido una de las muchas bandas soporte que tuvo ese show despedida.

Bueno, no terminó bien. Te pido mil disculpas.

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