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155 – El auto fantástico

Publicado el 5 de enero de 2023

No, no voy a hablar ni de Michael Knight, ni de Kitt, ni de la vez que mis padres me lo llevaron a ver a la Rural. Solo diré: la garantía de que haya sido realmente Kitt es cercana a nula.

Pero esto, como sabrás, es un newsletter de cine. Y vamos a hablar de otra cosa, pero si estiramos la mano mientras nos ocupamos de lo que nos va a ocupar, el cine va a estar ahí corriendo en paralelo.

Porque para la historia de hoy, vamos a tener que–

“Hacer un poco de ídem”

Sí, no necesariamente, pero sí hablar de un actor.

“Al fin hablás de cine como los demás: hablando de actores solamente”

Es un orgullo, sí. Gracias de nuevo. Un actor que duró más bien poco, pero dejó una marca enorme.

“Pedrito Aragona de Regalo del cielo”

Tibio, tibio.

“Nico de Brigada cola”

Bueno, y de Extermineitors, ahí tenés el cine más cerca, pero no: de James Dean.

No, no voy a hablar de James Dean, solo un poco para llegar a lo que quiero contar.

“Bueno, dale”

Pero, si sos de lxs que no saben quién es ni te suena, vaya esta breve bio:

Si la tuviéramos que explicar, la corta carrera de Dean, de la que se pueden hablar horas, claro, se resume a unos pocos años en la televisión hasta que es “descubierto” con Elia Kazan para protagonizar Al este del paraíso (East of Eden, 1955).

Sí, había estado en Bayoneta calada (Fixed Bayonets!, 1951) de Sam Fuller y Camino de adversidad (Trouble Along the Way, 1953) de Michael Curtiz pero en papeles pequeños. El batacazo lo da con Al este del paraíso.

Su talento y su imagen lo ayudaron a que inmediatamente le ofrecieran otro protagónico en Rebelde sin causa (Rebel Without a Cause, 1955) de Nicholas Ray y en Gigante (Giant, 1955) de George Stevens.

Dean, por causas en las que nos meteremos a continuación, es el único actor nominado dos veces al Oscar después de muerto.

Pero, independientemente de lo mucho o poco que podríamos hablar de cada una de sus películas, del cine de Kazan, Ray o Stevens, quizás lo que más haya quedado en los anales de la tan vilipendiada cultura popular haya sido que Dean nos dejó muy pronto. Tan pronto, que fue a los 24 años, tan ansioso por irse que ni pudo ser parte de ese club que aman los trivieros de  siempre.

Claro que para entender un poco las razones de su deceso, o por lo menos para entender por qué fue “en su ley” o como sea que haya dicho cuando Pappo terminó untado al asfalto esa vez, hay que entender que Dean sí era como Pachi de 5ta a fondo.

Porque su (bastante) corta carrera fílmica se podría también resumir contando los autos que se compró antes y después de filmar tal o cual película.

Y lo vamos a hacer, claro.

Porque para cuando se aseguró el papel en Al este del edén, Dean se compró una moto Triumph Tiger y un auto MG TD rojo. Al año siguiente, cambió el auto por un Porsche Speedster cero kilómetro y la moto por otra mejor de la misma marca, también flamante.

“Un tarado, todos sabemos que pierden el 20% del valor saliendo de la concesionaria nomás”

Todo esto pasó antes de que se terminara de filmar la película de Kazan.

“Iba rápido”

Bueno, justamente.

Pero no era todo autos porque sí. A Dean le gustaba correr. Profesionalmente, digo.

Antes de empezar el rodaje de Rebelde sin causa, compitió en varias carreras en las que salió mayormente primero y segundo.

Sabiendo que la cosa se podía complicar un poquito, los ejecutivos de Warner le prohibieron a Dean que compitiera mientras rodaba Gigante.

Mientras no competía, Dean señó un Lotus Mark IX, que tenía cierta demora en la entrega. Ansioso, y antes de terminar el rodaje del western, vendió el Speedster y compró un Porsche Spyder 550, al que le mandó a escribir en un costado el nombre de Little Bastard.

Y acá tenemos que hacer un desvío mínimo y contar que solo se hicieron unos noventa Spyders en la historia porque, se sabía que por sus características, en caso de un accidente, que se podía dar muy fácilmente si se lo llevaba a su velocidad máxima, el que lo manejaba no la iba a contar.

Tanto es esto así, que de los noventa Spyders que se hicieron, pocos sobrevivieron hasta nuestros días.

Pero volviendo–

“Little Bastard” era la forma en la que lo llamaba un doble de riesgo de nombre Bill Hickman que era amigo de Dean, pero no nos distraigamos.

Ni lerdo ni perezoso, sabiendo que su “prohibición” terminaba a mediados de septiembre de 1955, se anotó en una carrera a principios de octubre.

No iba a llegar, claro.

Porque la tarde del 30 de septiembre de 1955, en la que Dean iba a bordo de su nuevo auto favorito. Pero las circunstancias en las que terminó en esa posición son de esas que están hechas las películas de la saga Destino final.

“Cómo cómo cómo”

Bueno, la cosa es más o menos así.

Porque ese día, Dean estaba con su mecánico, experto en Porsches llamado Rolf Wütherich y su amigo doble Hickman preparando al Little Bastard para esa carrera de la que te hablé hace un ratito.

Era también de la partida un fotógrafo de una revista que preparaba una nota del “Dean tuerca”

Sí, más El Rayo y Rodrigo vibes que la mierda. Sigamos.

Y acá es cuando todo se pone un poco Destino final, y es cuando Wütherich le sugiere a Dean que el auto necesitaba, por un lado un poco de “ablande”–

“Miralo al Calo tuerca”

No te la esperabas eh.

— y más tiempo de él como conductor detrás de ese volante. Así fue cómo, en contra del plan de llevarlo remolcando, es que Dean se subió al auto y decidió irse manejándolo.

A las tres y media de la tarde, es detenido por un policía que le hace una multa por ir por encima del límite de velocidad de 90 kilómetros por hora.

Una hora y pico después, Dean iba a intentar nuevamente subirle la velocidad al Spyder, cruzándose en su camino con un Ford Tudor con el que chocó de frente.

Mucho se ha especulado sobre sus últimas palabras, pero no hay nada realmente conclusivo.

Sobre lo que también se ha especulado es sobre lo que pasó con el auto después de la muerte de Dean.

Y de eso, justamente, es que quiero que hablemos hoy.

“Nos vendió un Míralos Embrujar tan bien que ni lo vimos”

No se puede hacer más lento (?) Decía–

Empecemos por decir que el auto tenía, en términos de aseguradora, “destrucción total”

Y acá me voy a detener un momento. Dije dos minutos antes: “el Cinerama, el Cinemascope, el 3D”. Muy bien. El Emergo era un esqueleto plástico que, balanceado con la ayuda de un alambre frente a la pantalla, se movía en una suerte de “3D de los pobres” en un momento clave de la película, dándole una nueva definición a “extradiegético”.

Te doy tres segundos para pienses y me digas si Mansión siniestra fue un éxitAH, NOS QUEDAMOS SIN TIEMPO.

Claro que sí: la película llenó de espectadores los cines. Se dice que en el último tiempo la gente iba a tirarle cosas al esqueleto, pero eso no está del todo comprobado.

Con el Emergo todavía tibio (?) y un Vincent Price que parece que le hizo una promo de 2×1, Castle estrenó El aguijón de la muerte (The Tingler, 1959), quizás su película más recordada.

Como la pila de fierros retorcidos que ¿era? ¿es? fue llevada a un desguace, donde estuvo algún tiempo hasta que apareció el primero (de varios) nombres en esta historia.

Se llamaba William Eschrich, conocía a Dean del mundo de los autos y encontró los restos de su auto en un lote de chatarra en Burbank, California.

Logró salvar el motor y la transmisión. El primero se lo puso a un Lotus de su propiedad, la segunda se la dio a un amigo también corredor llamado Troy Lee McHenry.

Acordate de los dos nombres. Te van a venir bien… ya mismo.

Porque Eschrich y McHenry se anotaron en una carrera (si le querés meter picante al tuco, la misma en la que no pudo participar Dean, pero al año siguiente) y fueron con sus autos con las partes puestas.

Los dos chocaron. McHenry la sacó más barata, porque sobrevivió. Algo que, creo no hace falta aclararlo, no pasó con Eschrich.

De más está decir que para el momento en el que pasó esto, no quedaban muchas partes del auto de Dean que podrían haber sido utilizadas… ¿O si?

Hace su entrada el ¿tercer? personaje de esta historia, George Barris.

Barris era un famoso modificador de autos de Hollywood: en su currículum se cuentan el batimóvil original y el auto de los Munsters, entre otros.

Barris juraba que le había comprado los restos de los restos de los restos del auto a la familia Dean y que lo había hecho con un fin noble: hacer giras avaladas por el ministerio de transporte con el auto destrozado por pequeños pueblos y predicar sobre seguridad vial.

Claro que, mientras iban de pueblo a pueblo, el auto se cayó varias veces del camión que lo transportaba, una vez lastimando a un transeúnte y otra matando por aplastamiento al camionero responsable de acarrearlo de acá para allá.

Y seguramente acá vos digas “Bueno, listo, con tres muertos ya estoy” y probablemente tengas razón, pero hay una cosita más. Un misterio más. El de la desaparición.

“Cómo cómo cómo”

Bueno, porque hay dos historias: la oficial y la no tanto.

La oficial dice que los restos del auto que había comprado Barris estaban en un depósito que se prendió fuego en 1960.

Simple, conclusiva, definitiva.

Peeeero hay otra historia, que si me das dos minutos, la dejamos acá arriba de la mesa.

Y para eso tenemos que irnos más cerca en el tiempo, hasta 2015 y conocer a un personaje de nombre Brian Grams, responsable de un museo de autos en un pueblito de Illinois.

A Grams lo llamó un señor ya grande que cargaba con un enorme secreto: le dijo que cuando tenía seis años vio como su padre y unos amigos escondían los restos del Spyder de James Dean en un edificio en el estado de Washington.

Sin creerlo del todo, pero con ganas de que fuera verdad, Grams llamó a la prensa. El que lo había llamado se ofreció a hacer una prueba de polígrafo, de la que salió diciendo la verdad.

Al día de hoy, no se pudo encontrar el auto en ese edificio ni en ningún lugar.

Bueno, o casi, porque–

La única parte del Little Bastard que, se sabe fehacientemente, sigue entre nosotros es la transmisión, que fue subastada como tal hace dos años y alcanzó un valor de casi cuatrocientos mil dólares, pagados por Zak Bagans, presentador de Discovery en Estados Unidos y dueño de un museo de elementos fantasmagóricos en Las Vegas.

A seguirle la carrera a ese, ¿eh?

A modo de cierre, si es que esto podría tenerlo, una que ya pasa a ser ciencia ficción, pero me divierte el dato. Si te metés lo suficiente en internet, y por “lo suficiente” quiero decir “bien bien adentro” seguramente te encuentres con una conexión entre la muerte de James Dean, el Little Bastard y la de Paul Wlaker.

No, te juro que no cierra por ningún lado.

Sí, te juro que lo que te conté sí.

Okey, solo en comparación.

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