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146 – Míralos embrujar

Publicado el 3 de noviembre de 2022

Habiendo pasado ya el spooky season, o como la querida Fer Mugica tradujo en la edición de los martes “la temporada de sustos”, quizás sea momento de, finalmente, meternos en temas un poco más de terror.

“No de nuevo decía”

Bueno, si te quedaste hasta acá, sabrás que todo lo que hago es medio “género friendly” y hay una cosa que la que no me metí tanto —bueh, hace un par de semanas medio que coqueteé, pero no tanto— que me da ganas de empezar a hacer en estos envíos.

“Otro experimento social. No doy abasto”

Bueno, no tanto, pero si un sutil (¡sutil!) cambio de curso para después seguir como siempre.

“Una estafa piramidal”

Por favor, quién pudiera tener ese cerebro.

Decía que: nunca me había metido tanto con el tema maldiciones en el cine, y andaba con ganas de empezar a cubrirlas cada tanto, quizás con el mote Míralos Embrujar.

Bueno, esto es eso. Empieza hoy.

“No era tan grave”

Porque todavía no lo leíste. Pero para empezar a contar esta historia voy a necesitar—

“Hacer un poco de historia”

Correcto. Es irnos en la máquina del tiempo al Hollywood de los años treinta, esa tierra de oportunidades donde todo, y cuando digo todo es todo, parecía ser posible.

Esta ciudad con pocos años de vida, una pujanza pocas veces vista en tan poco tiempo y una ley algo flexible, era como un frasco de miel en el que todos querían meter el dedo, la mano, el brazo o el cuerpo entero.

Cada día llegaban a la ciudad cientos de hombres y mujeres que venían a pegarla. Una onda el video de Welcome to the Jungle de los Guns N’ Roses, pero en blanco y ngero y con un pianito de fondo.

Y una de esas personas era Peg Entwistle, que había nacido treinta años antes del otro lado del océano. Más precisamente en 1908 en Gales.

Como casi casi todas las historias de actrices que iban a probar suerte en Hollywood por esos días, había tenido una niñez horrible: su madre había muerto cuando era una niña, quedando ella a cuidado de su padre, que se volvió a casar y tener tres hijos.

Hasta acá todo bien, pero no va que se mudan a Nueva York y el padre muere atropellado por un auto. Los tres chicos quedan a cuidado de un tío, que hacía lo que podía.

Peg solo quería actuar y empezó a hacerlo como parte de una troupe de teatro a los diecisiete años. Dos años después, se casó con un señor diez años mayor que, bueno, se olvidó de decirle que ya tenía otra mujer e hijo, de quien se divorció pero a quien ayudó a pagar los alimentos que le debía a la ¿ex?

Sí, muchas veces las historias de vida son mejores que las guionadas. Quizás no por Migré, pero bueh. Se entiende.

El punto es que Peg empezó a ser una fija en el circuito teatral de Broadway en la ciudad de Nueva York y, por aquel entonces, el salto lógico era ir del escenario a la radio o a la pantalla. Y la pantalla que más llamaba la atención, porque era la única que había, era la del cine.

Así fue como Peg, igual que Axl Rose en el video citado más arriba, armó su valijita llena de ilusiones y salió rumbo a Los Ángeles en 1932.

Once años antes, y perdón por el flashback, a una desarrolladora de bienes raíces en Beachwood Canyon se le ocurrió una idea que, creía, iba a revitalizar una zona que estaba tratando de lotear: hacer un enorme cartel, visible de todos lados que dijera “Hollywoodland”.

El cartel, que suponían iba a terminar siendo “un obelisco”, “una estatua de la libertad”, un… bueno se entiende, costó unos veinte mil dólares, y sis letras medían unos trece metros de alto y estaban originalmente encendidas por más de cuatro mil lamparitas.

Para 1939, el mantenimiento no era lo que esperaba y tuvieron que sacarle la parte del “land” porque se estaba empezando a convertir en un peligro.

Recién para finales de los años setenta, una asociación de comerciantes decidió ponerlo en valor y el cartel actualmente se mantiene gracias a donaciones privadas.

Si fuiste alguna vez a Los Ángeles, sabrás que no es nada del otro mundo, que no se ve de todos lados y que, la verdad, es bastante chiquito. No sé, no fui a las pirámides, pero esto te juro que no impresiona nada.

Y vos que quizás no conocés la historia dirás “¿Y qué tiene que ver el culo con la témpera?” Bueno, esperá un poquito. Volvamos a 1932.

Llegada a Los Ángeles, Peg no consiguió trabajo en el cine como pensaba que iba a suceder ni bien pisara la ciudad, pero sí en teatro en una obra que, desgraciadamente, no tuvo el éxito que esperaban y terminó al poco tiempo.

Viviendo en una suerte de pensión para mujeres que habían ido a probar suerte, Peg estaba al final de la cuerda cuando la oportunidad golpeó a su puerta: la RKO estaba casteando una película de misterio y no tardó en quedar en el elenco.

La película se llamó Trece mujeres (Thirteen Women, 1932) y estaba dirigida por George Archainbaud, un director que más “de estudio” no había.

Peg hacía el papel secundario de Hazel, y la protagonista era Irene Dunne, una actriz que tuvo su cuarto de hora de gloria en la época del sistema de estudios, y en otro papel menos importante la quizás más conocida luego Myrna Loy.

La película tenía un elenco netamente femenino y muchos sostienen que es un proto slasher, pero su fama no iba a ser por lo buena o mala que fuera, sino por la leyenda que iba a generar sin saberlo.

Para el momento de su estreno, las críticas y el público no acompañaron. Queriendo salvar la plata a como diera lugar, la RKO mandó a montar nuevamente la película, dejando afuera prácticamente toda la participación de Peg.

Peg, a quien la vida, ya vimos, no la había tratado con todo el amor del mundo entró en una profunda depresión.

Tanto así, que el 18 de septiembre después de una noche de alcohol producto de su estado depresivo, le dijo a su tío que iba a visitar a unos amigos a la zona de Beachwood Canyon—

Y acá es cuando lo otro que no tenía relación empieza a tenerla y te ponés a decir “Aaaaah” si no conocías la historia o si no la recordabas.

— pero no fue a ver a ningunos amigos. Se subió como pudo hasta la cima de la montaña, a fuerza de uñas y manos y pies y se paró debajo de la H del cartel de Hollywoodland. Dejó su saco y su cartera (que contenía una nota para quien quisiera saber lo que ahí había pasado, o estaba por pasar) cuidadosamente apoyados junto a la escalera que tenía cada letra para que los responsables de cambiar las lamparitas pudieran hacer su trabajo. Subió hasta lo alto de la letra y saltó sin pensarlo dos veces.

Cuando llegó la policía al lugar, alertado por unos caminantes, encontraron a Peg y esta nota en su cartera: “Temo que soy una cobarde. Lamento todo. Si hubiera hecho esto hace mucho, me hubiera ahorrado mucho dolor.”

Bueh, no te dije que iba a ser un cago de risa.

Los diarios, que no la registraban tanto como actriz, la bautizaron como “la chica del cartel de Hollywood”. Peg Entwistle tenía veinticuatro años.

Pero para que esto no sea Las tragedias de los famosos de Crónica (amaría, pero no acá, no ahora) y sea Míralos embrujar, vamos con dos o tres cositas que pasaron después de que Peg tomara esta decisión tan drástica.

Poco después de su muerte, llegó una carta a la pensión de mujeres donde pasó sus últimos días Peg. Era de una troupe de teatro que quería que protagonizara su próxima obra.

Esperá que hay más: la obra era sobre una chica que se suicidaba.

Bueno, sí, a veces estas casualidades pasan.

Tanto, que si prestaste atención, al principio dije que Peg se había casado con uno que ya lo estaba. Se llamaba Roberth Keith, y tenía un hijo que se llamaba Brian.

Brian Keith, un actor que supo tener su cuarto de hora de gloria en la televisión de los años sesenta y setenta y que fue coprotagonista en Obsesión de venganza (The Deadly Companions, 1961), la primera película de Sam Peckinpah.

¿Y por qué traigo a colación a Brian, decís vos? Porque decidió terminar con su vida en 1997.

Pero bueno, sí, a veces estas casualidades pasan.

Al día de hoy, gente que camina por la zona donde sigue emplazado el cartel, jura que huele a gardenias, flores que no hay en la zona pero que sí eran el perfume que usaba Peg. ¿Incomprobable? Claro que sí. ¿Lo vamos a creer? ¿A vos qué te parece, beba?

También al día de hoy, Peg es la única que saltó del cartel de Hollywood.

Esto último afortunadamente, claro.

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