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143 – ¿Le tenés miedo al médico?

Publicado el 13 de octubre de 2022

Te juro que el título de este envío no es clickbait. De hecho, creo que debo ser el peor titulador “con gancho” de la historia de los newsletters. Pensar que hay gente que estudia para eso. Claramente no es mi caso.

Decía que no es clickbait porque, un poco, el envío de hoy es de eso.

“Un poco”

Un poco, en su base.

“En su origin story”

Miralx, qué instruídx.

Decía: el “miedo al médico” —esto es, a menos que seas médico y hayas visto “cómo se fabrica la salchicha”— es medio universal. Nos hemos cansado de escuchar a personas mayores —y ahora que somos medio “personas mayores” a nuestros amigos— asegurar que “No hay que ir al médico porque algo te encuentran” o porque “Te dan noticias que no querés escuchar”.

Si tengo que abrir mi corazón, fui un poquito del último club —no por mucho tiempo, la verdad— y cuando fui y no “me encontró nada” ni “me dio noticias que no quería escuchar” medio que empecé a tener una relación más amistosa y responsable con lxs galenxs.

Claro que la medicina encierra varias cosas:

Misterios, que en realidad se destrabarían teniendo el conocimiento que tienen ellxs. Si es por eso un cerrajero nos debería dar más miedo con el poder que tiene.

La capacidad de pifiarla, porque bueno, no queremos estar del otro lado del mostrador en esa.

Y, quizás la más interesante —y aterradora— de todas: la capacidad de poner nuestra vida en sus manos y que, casi casi, tengan el superpoder de zafar en caso de que pase algo.

Vamos con una aclaración importante: no pienso eso de los médicos realmente, lo digo en términos de “narrativas posibles” que podrían empezar un conflicto cinematográfico porque, quizás no te diste cuenta después de casi ¡ciento cincuenta! entregas, este es un newsletter de cine.

Y antes de que te pongas a gritar—

“Pero de body horror ya hablaste, ladrón”

— porque te conozco esa ansiedad, mejor saquémonos el elefante de la habitación del medio.

No voy a hablar del body horror, aunque sí voy a hacer un breve introducción para lxs que se hayan perdido ¿esa? ¿esas? entregas. Voy a hablar del proto body horror, que en realidad se llama surgical horror u “horror de cirugía” si vale la traducción sobre la marcha.

Peeeero—

“Vas a tener que hacer un poco de historia”

La de esta semana es más compleja, porque voy a tener que hacer un poco de historia relativamente reciente para irme un poco para atrás.

“Vas a hablar del body horror”

Solo por arriba, para que se entienda lo otro. Es un pinchacito, ni te vas a enterar.

“Ví lo que hiciste ahí”

Y lo valoro. El tema es que—

El body horror no nació de un repollo. Ese género, que si lo tenemos que definir rapidito para no perder el tiempo hablaba —y habla, Cronenberg sigue entre nosotros y aprendices muy curiosos como Julia Ducornau también— de un horror que viene del interior.

No, no estoy hablando de cuarteto cordobés.

El body horror se paraba en la vereda de enfrente del exploitation más puro y duro: usaba lo físico y grotesco para causar repulsión y así hablar de algo que quería hablar.

Para que exista el body horror tiene que haber, necesariamente, una manipulación grotesca y perturbadora del cuerpo humano y una noción que nos invada: nos puede pasar a todxs, apelando a un terror primario que nos expone a los límites de nuestro físico.

También podríamos hacer un paralelo más social y entender que mucha de la explosión del body horror fue justamente en los años ochenta, donde también se vivía la constante amenaza del VIH como un certificado de defunción.

Hasta acá todo bien. Y si entendemos la historia en general y la del cine en particular como una evolución donde “una cosa llevó a la otra” y no como que fueron cayendo meteoritos. Podemos entender que la obra de Cronenberg, que podría considerarse su “padre” es hija de la tradición de literatura gótica y de Mary Shelley y su Frankenstein, los hombres lobos y varias cosas más.

Pero antes —y después, claro— de Cronenberg había algo más que libros: había películas. Películas donde las cirugías —de ahí el surgical horror— pesaban tanto en la trama que muchas veces la hacían arrancar.

Y acá, justamente acá, es que nos vamos a tener que meter brevemente en otra historia, que es la de las cirugías plásticas.

“Bueno, listo, cerrame todo”

Es interesante, vas a ver.

Empieza con los egipcios, que estaban obsesionados con la belleza, que usaban maquillajes, pelucas y cierto cuidado de la piel, llegando a muy primitivas modificaciones corporales, sigue con el período de la reina Isabel I de Inglaterra, donde los corsets estaban a la orden del día y termina invariablemente en los primeros intentos de cirugías como hoy las conocemos, que empezaron, como te podrás imaginar, con otros fines.

Porque, claro, el primer fin de estas intervenciones (que algunas de ellas se remontan tan lejos como el siglo XV) era tratar de “figurar” a los que habían vuelto “desfigurados” de la guerra de turno. Eran soluciones sobre la marcha frente a una desesperación bien específica.

Claro que en períodos donde la guerra era menos frecuente —nunca no era, eso está claro— se empezó a ver a estos tratamientos que habían nacido casi como paliativos como un remedio más estético.

Y ahí, justamente ahí, es que llegamos a la cara de Amira Yoma.

Igual, no tan rápido. Porque en el medio pasaron cosas. Y varias películas, como te teasié antes .

Porque, digamos todo, cuando se normaliza algo tan carnicero como puede ser una cirugía estética —buscate un video si nunca viste una—, no va a tardar en aparecer el horror ahí en el medio.

Así como existió un momento en las películas de terror donde el miedo era “morirse”, empezó otro donde el miedo era “quedar distintx”. El horror al propio cuerpo —causando repulsión en el caso del body horror o un horror paralizante en el caso de su antecesor— se anclaba en la idea de perder el control sobre el, perder la relación anterior que se tenía.

¿Y cómo se perdía ese control y esa relación?

“Eso, cómo”

Bueno, justamente yendo a visitar a un cirujano. Voluntaria, involuntariamente o, simplemente, movido por una necesidad específica.

“Quiero ejemplos, que tengo todo el fin de semana por delante”

¿Alguna vez te fallé?

Como todos los géneros, es casi imposible fecharlos exacto, pero si tuviéramos que hablar de surgical horror, deberíamos irnos casi a cuando el cine ya era un negocio, pero uno relativamente nuevo y empezar por decir que tiene los mismos padres que el body horror nombrados más arriba: Frankenstein, los hombres lobos, El fantasma de la Ópera, etcétera, pero que se hace más fuerte a principios en los años sesenta.

“¿Y por qué justo en esa época?” dirás.

“Sí, eso mismo: ¿por qué justo en esa época?”

Bueno, si leíste más arriba, y entendiste lo de “era tratar de “figurar” a los que habían vuelto “desfigurados” de la guerra” la respuesta medio que se cae de madura.

Con la Segunda Guerra aún fresca y las otras que estaban ya en proceso o por venirse en cualquier momento, el horror empezó a colarse con la idea de la desfiguración y, sobre todo, con la de zafar, pero teniendo un rostro distinto.

Esto se ve mucho en una película de la que este pasquín es muy fanático y de la que ha hablado hasta el hartazgo alguna vez como es El otro señor Hamilton (Seconds, 1966) de John Frankenheimer—

“Eso no es principios de los sesenta”

— y en otra obra maestra de la que creo hemos hecho algún episodio en Frame Fatale que es Los ojos sin rostro (Les Yeux Sans Visage, 1960) de Georges Franju.

La película caía en un período donde el “asesinato en serie” —que, por cierto aún no se llamaba así— estaba muy fresco en el cine. Podemos señalar con cierta holgazanería a Psicosis (Psycho, 1960) de Alfren Hitchcock y con un poco más de esfuerzo a la genial Tres rostros para el miedo (Peeping Tom. 1960) de Michael Powell.

Tres rostros para el miedo tendrá seguramente su entrega propia, pero resulta interesante cómo llega a muchos de los lugares que llega Hitchcock pero en una película tan, pero tan opuesta que hasta es en colores.

Pero no nos distraigamos ahora con la genialidad de Powell, volvamos a la de Franju. Seguramente te estés preguntando por qué me puse a hablar de dos películas donde no hay ni un médico cerca. Simple: porque lo que hace Los ojos sin rostro es, justamente, usar esa idea del asesino serial, pero ponerlo en la figura de un cirujano.

Un cirujano obsesionado con reconstruir el rostro de su hija, destruído en un accidente automovilístico.

Esa misma idea de “figurar” lo “desfigurado” acá pasa por un tamiz de estética y no de salud. Esas chicas que “sacrifica” en nombre de la “ciencia” solo pierden su vida para devolverle la belleza —y no la vida— a su hija.

La película tuvo una suerte de remake sin derechos del siempre querido Jesús Franco con la franco-española Los depredadores de la noche aka Faceless (1988) que no te digo que la vayas a ver, pero si sos de esxs, bueno, en una de esas sí.

Y si vamos a hablar de Los ojos sin rostro, vamos a tener que hablar de su hija menor, La piel que habito (2011) de Pedro Almodóvar.

“Ah, listo, ahora Almodovar es un ladrón”

¿Quién dijo eso? Pero si viste la película de Franju —sobre todo si la viste después— habrás visto el homenaje.

En la de Almodóvar, un cirujano quiere crear una piel sintética que le permita a su mujer, quemada horriblemente en un accidente, recuperar sus facciones, pero las cosas, como en toda película de Almodóvar, se complican mucho, pero mucho más que eso.

Quizás ya viste la de Almodóvar y no la Franju —ni la de Franco—. Si no viste alguna, recomiendo ver y rever —o como sea— en orden cronológico, que vas a tener un lindo doble —o triple— programa.

Y eso es —casi— todo por hoy. Quisiera cerrarlo de una manera un poco más coyuntural.

Porque nos podríamos poner —tan solo un poco— más cerebrales y entender que lo celebratorio que vimos —sobre todo en los noventa— y vemos —en esos realities que te hacen la cara de un famoso, por poner un ejemplo extremo o en Instagrams o Tiktoks de gente que parece que le faltan costillas— solo parte de un síntoma bien claro: la ansiedad social.

Una ansiedad social que paraliza, como paraliza el miedo a lo que sea. Ese miedo del que se alimenta el body horror y su padre, el surgical horror. Ese miedo del que se alimentan también nuestras fantasías cuando nos gusta asustarnos en una sala oscura sabiendo que se termina en un rato y que no es más que un juego y, sobre todo, que no vamos a salir muy distintos a como entramos.

Bueh, por lo menos del lado de afuera.

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