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141 – El de hoy es un poquito deforme

Publicado el 29 de septiembre de 2022

Hace algunas semanas —o meses, nidea a esta altura del paso del tiempo, parece la pandemia pero con nueva normalidad— hice un envío de los jueves —estoy casi convencido de eso— sobre la hermosa carrera e historia de amistad entre Terence Hill y Bud Spencer, que habían nacido Mario Girotti y Carlo Pedersoli respectivamente.

“Los amo”

Quién no. Pero de ellos ya hablamos, de la casi invención de un género derivado del spaghetti western que fueron las “películas de tortazos” italianas de los años setenta y varias cosas más.

“No entiendo a dónde estás yendo”

A que descubrí una cosa, porque uno nace sabiendo.

“Viene una anécdota personal”

Algo así. El otro día, en su visita al país del querido Axel Kuschevatzky, mi compañero en Frame Fatale, con motivo del estreno de Argentina 1985 (2022) de Santiago Mitre, fuimos a cenar y nos pusimos a hablar de afiches “doble paño” o three sheet como se los conoce internacionalmente, porque nos gustan las emociones fuertes.

En el medio de la charla, le deslizo que tengo Carambola (1974), con Bud Spencer y Terence Hill y exclama: “No son Bud Spencer y Terence Hill”

¿Cómo?

“Claro: ¿cómo?”

“Son los falsos Bud  Spencer y Terence Hill” y mi cabeza explotó en mil pedazos.

Había pasado ¿treinta? años de mi vida adulta pensando que Carambola —un afiche que tengo por lo menos hace veinticinco— era una película de la dupla, pero que vendría de un mercado donde Girotti y Pedersoli no se llamaban Hill y Spencer sino de otra forma. Esa forma era Michel Coby y Paul L. Smith.

Michel Coby y Paul L. Smith eran los falsos Bud Spencer y Terence Hill y esta es la historia que te quiero contar hoy, porque como exclamé cuando me empecé a meter en la historia “qué lindo que es el exploitation, la concha de mi madre”

Por si no leíste la historia de Hill y Spencer, te la refresco en unas pocas líneas: los dos eran italianos, se conocieron en un rodaje de casualidad, pero empezaron a trabajar años después.

La dupla hizo más de una docena de películas durante los años setenta donde invariablemente seguían la fórmula del rubiecito chiquito y el gigante bruto que terminaban a las piñas en el oeste, en la selva, en la ciudad o donde fuera.

En síntesis, “películas de tortazos”

Y, si leíste estos envíos más o menos seguido, o entendés cómo funciona el negocio de las películas, sabrás que ante el exitazo que era la dupla, aparecieron unos productores con muchas ganas de hacer guita y se les ocurrió hacer algo muy, pero muy parecido.

Tan parecido que daba un poco de impresión.

Hacen su entrada Paul L. Smith y Michael Coby. Empecemos por decir que amaría que Paul L. Smith tuviera un apellido tanísimo, pero no: era yanqui. Coby, por otro lado, era calabrés y se llamaba —y llama, está entre nosotros— Antonio Cantafora.

Sí, Cantafora hace que Smith parezca tano, ya sé.

Empecemos por el primero: Paul Lawrence Smith nació en Everett, Massachusetts, Estados Unidos en 1936 y quizás te lo acuerdes como el cruel director de la cárcel en Expreso de Medianoche (Midnight Express, 1978) si sos de autolesionarte viendo películas de Alan Parker (?)—

“Usted se tiene que arrepentir de lo que dijo”

Te voy a ignorar, y sigo en la misma oración —pero su carrera venía de antes. De bastante antes.

Smith, casi clonando la vida de Spencer en su adolescencia fue deportista y estudió filosofía.

Empezó su carrera actoral de manera auspiciosa con un papelito Éxodo (Exodus, 1960) de Otto Preminger, además de algunas series de televisión. Peeero casi a finales de los años sesenta y judío practicante como era, se fue a combatir a la Guerra de los Seis Días y se quedó en Israel un tiempo, donde capitalizó por primera vez su parecido con Bud Spencer en un film local Fishke Bemilu’im (1971).  Su carrera, invariablemente lo iba a llevar a Italia donde en pocos años iba a encontrar a la horma de su zapato.

Coby —o quizás deberíamos llamarlo Cantafora—, por su lado, había empezado haciendo películas de todo tipo, pero quizás las de explotación eran las que más lo llamaban. Actuó de casualidad en esa belleza que es Orgía de sangre (Gli orrori del castello di Norimberga, 1972) de Mario Bava y después recaló en cosas como Decamerón prohibidísimo (Novelle galeotte d’amore dal Decameron, 1972) de Antonio Margheritti o la nunsploitation algo arthouse La madre superiora del pecado (La badessa di Castro, 1974) de Armando Crispino.

Fue ese mismo año que a Ferdinando Baldi, un jack of all trades al que cualquier subgénero que diera plata le hacía el día, se le ocurre la idea de capitalizar a la dupla de Hill y Spencer haciendo películas parecidas con actores parecidos.

Y así fue como lanzaron la primera película de la dupla, Carambola: la causante de este envío tan curioso.

arambola era una película de tortazos que pasaba en una locación medio westerniana, que fue seguida por su secuela al año siguiente Carambola, filotto… tutti in buca (1975) también dirigida por Baldi. Ese mismo año filmaron Simone e Matteo: Un gioco da ragazzi (1975) de Giuliano Carnimeo, donde hacían de unos camioneros que se metían en problemas ¡dos años antes de Sorcerer! —es un chiste, claro—, el mismo año fueron con western Noi non siamo angeli (1975) y la dupla se desbandó después de un quito esfuerzo Il vangelo secondo Simone e Matteo (1976) que en el mercado local un distribuidor con muchas ganas de progresar tituló Trinity y los compañeros del diablo, pero eso no iba a ser nada comparado con lo que te voy a contar un poco más abajo.

Expliquemos que, a lo largo de esta corta y apurada filmografía pasó algo muy interesante: los clones de Spencer y Hill iban mutando conforme la carrera de los originales lo hacía. Dejaron de hacer westerns, se pasaron a las aventuras y hasta se fueron a la selva al mismo tiempo.

Y acá viene lo que te prometí hace un segundo: la cosa, por supuesto, se desmadró cuando un distribuidor yanqui, que se ve que tenía más ganas de hacer plata que los que habían hecho ya varias películas de ¡los clones de Bud Spencer y Terence Hill! quiso estrenar una de las películas cambiando los nombres en los afiches y los títulos de inicio. Su elección, muy sutil como podrás presuponer era: Bob Spencer y Terrance Hall.

Sí, ni Vitette se animó a tanto.

La cosa fue tan con el volumen en once, que hasta el propio Smith le mandó unos abogados para que desistiera con su plan maestro de marketing.

Para mediados de los años setenta, el dúo ya estaba desbandado. Coby se fue para el lado de la televisión y el thriller erótico y Smith, que uno podría pensar que correría la suerte del exploitation más feroz, hizo “un poco y un poco”, porque sí, fue el maestranza sospechoso en Mil gritos tiene la noche (1982) de Juan Piquer Simón una película tan deforme que tiene hasta su propio episodio de Frame Fatale, pero también fue el carcelero de Expreso de medianoche —como cito más arriba—, Harkonen en la Duna (Dune, 1984) de David Lynch y hasta ligó un papel en esa obra maestra que es La academia más loca del mundo (Crimewave, 1985) de Sam Raimi.

Si no viste Crimewave corré ya a verla. te acabo de salvar el día.

Y la cosa medio que terminaría acá si no hubiera otro clon de Bud Spencer dando vueltas.

“Cómo cómo cómo”

Porque hasta acá la cosa medio normal. Italia, exploitation y coso. Pero vayámonos un ratito a Hungría, donde Bud Spencer era De Niro. Sus películas eran tan, pero tan populares que terminaron haciéndole una estatua en homenaje en pleno Budapest:

Era tan, pero tan popular que el actor que lo doblaba, un histórico de la escena húngara llamado István Butjor terminó imitando sus gestos y dejándose la barba y protagonizando ¡más de media docena! de películas donde era pero no era el gordito fortachón bien entrados los años ochenta, cuando Spencer estaba, pero no en el candelero.

Lo dije al principio y lo repito al cierre: qué lindo que es el exploitation, la concha de mi madre.

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