Skip to content

140 – Esta blanca, blanca gente

Publicado el 22 de septiembre de 2022

Voy a empezar nuevamente repitiendo “la verdad que nidea que edad tendrás, pero los que orillamos los cuarentipico…”, pero la verdad es que es un poco un cuento generacional, pero que aplica a todo el mundo.

Entonces: la verdad que nidea que edad tendrás, pero los que orillamos los cuarentipico vimos muchas veces estas películas —sobre todo en video— en algún momento de los años ochenta.

Y, si hacés un toque la cuenta, sabrás que éramos niños y que poca conexión podíamos hacer sobre esto, peeero ya un poco más de grandes —y no recientemente, que se anda viendo a quién cancelar por una entrevista a Playboy en 1971— quizás esté bueno señalar que el tema del que voy a hablar y las películas que voy a nombrar “no estuvieron buenas” desde que empezamos a unir A con B, que fue mucho, pero mucho antes que estos tumultuosos años de subirse a la causa del día en redes sociales.

Pero dejame que vuelva y te explique un poco más. Había una serie —no eran estrictamente una serie, pero se las unía bastante fácil— de películas a las que se recurría en algunos eventos que podían ser “problemáticos”: es decir, en cumpleaños infantiles.

Y se recurría a ellas porque eran “seguras” por donde se las mire: no había nada muy subido de tono, no había que leer nada y, quizás la más importante: eran tan pavas que todos se reían y a otra cosa.

Quizás sea un offtopic y creo que ya la conté en algún lado, pero medio que aplica: un amigo, en el boom de la videocasetera en algún momento de los primeros ochenta, fue a un cumpleañito de ocho donde le pasaron ¡Scarface! Sí, obvio, amamos a ese padre y habría que hacer una docuserie de dos capítulos de cuarenta minutos para ver qué fue de esos niños, pero las películas de las que hablo te evitaban, justamente, estos contratiempos.

“Seguís sin decir cuáles son las películas”

Primero, quizás lo deberías haber adivinado por el título del envío, si no, es que no tenés mi edad o más, así que: ahí viene.

Primero deberíamos conocer al cerebro detrás de semejante empresa: se llamaba Jamie Uys y era sudafricano.

Blanco, claro. Esto va a ser muy importante en un instante.

Uys pasó gran parte de su carrera filmando animales en la selva para documentales y películas que pasaban en esos ambientes y esta oportunidad de negocio —la que lo hizo realmente millonario— fue simplemente una consecuencia directa de todo eso.

Para que se entienda fácil: un documentalista de animales se queda quieto, muy quieto y escondido, muy escondido, durante gran parte del tiempo para lograr esa toma que necesita de un equis en la naturaleza o un y griega atacando a un zeta.

Uys hizo la cuenta y se dio cuenta que esconder una cámara y esperar ya sabía. Las películas de cámara oculta eran una tontería con nivel de expertise.

Y así fue como Uys en 1977 se animó con su primer esfuerzo de este tipo: Esta loca, loca gente (Funny People), donde ponía a gente que pasaba por la calle o tenía determinados trabajos en situaciones extremas sin saber que estaban siendo filmados.

“Una joda para el cabezón”

Correcto. Pero hay un detalle muy, pero muy sutil que cuando éramos chicos no sabíamos y de grandes hicimos la conexión. La mayoría de las víctimas eran de raza negra.

Un director sudafricano blanco como la leche, haciendo cámaras ocultas a negros en 1977. Sí, estaba el Apartheid por si justo andabas distraídx.

Pero esperá que hay más: las películas no estaban filmadas en Sudáfrica, sino en Botswana, que tenía igualdad racial. Esto hacía que lo que vos veías en “una película sudafricana” era una sociedad donde todas las razas convivían amablemente, a pesar de que sólo se reían de los negros.

Sí, era más complejo, pero en serio.

Igualmente, te diría que “hasta acá, todo bien”

“¿Cómo?”

Seguí leyendo.

Esta loca, loca gente tuvo un éxito bastante grande, y se vendió a muchos países. A tantos que llegó a las salas del nuestro en 1978 y hasta tuvo una secuela —donde, invariablemente, la mayoría de las víctimas eran negras— en 1983.

Pero lo importante es lo que pasó en el medio. Más precisamente en 1980. Porque Uys no se sabe muy bien si recibió un llamado o no, pero sí se sabe que consiguió mucha, pero mucha guita del gobierno sudafricano—

Te refresco: Uys, blanco. Sudáfrica con Apartheid.

— para que medio que “hiciera lo que quisiera” y, como ya había puesto al “cine sudafricano” en el mapa con la anterior, lo volviera a poner.

Guardate que las comillas en “cine sudafricano” son intencionales, te a venir bien en un rato.

Porque Uys nuevamente se fue a filmar a Botswana, donde estaban todos un poco más “mezclados” y no “daba mal en cámara” y se dispuso a hacer la que sería su película consagratoria: Los dioses deben estar locos (The Gods Must Be Crazy, 1980), donde abandonaba la cámara oculta y se metía una suerte de drama con tono casi documental.

¿Y por qué digo esto? Porque el protagonista de la película —más de él en un rato— era un san bosquimano que no había actuado en ningún lado y que, quizás en un guiño perverso a Esta loca, loca gente, medio que actuaba de sí mismo sin mucho registro de nada.

“Una onda el Nuevo Cine Argentino”

Pero con tercer acto. No me distraigas.

Para lxs que sienten que muere un oso panda sin sinopsis: un piloto de un avión tira una botella de Coca Cola, que cae en el medio de un desierto sin romperse. La tribu que vive en esa zona ve el objeto extraño como “una señal del cielo”—

Sí, ni empecemos a pensar en lo realmente problemático que es todo esto.

— y uno de sus miembros decide llevar la botella bien lejos para que no siga el conflicto.

Si la pensamos como “bueno, como un El milagro de P-Tinto (1998)” o si queremos ir a las fuentes, “una de Tati” no estaríamos del todo errados el problema es que el señor Hulot era blanco, igual que Tati y el protagonista de Los dioses deben estar locos medio que no.

Pero esperá que hay más: el truquito del Botswana que había hecho Uys con Esta loca, loca gente volvió para Los dioses deben estar locos: había un embargo en los Estados Unidos a los productos que vinieran de Sudáfrica y, a pesar de estar, como dije hace un instante con capitales estatales, la película se vendió como botsuana para poder tener una pasada en los cines yanquis.

Y caray que el raid en en los cine yanquis fue enorme: en varias ciudades la película tiene el récord de pasadas de cualquier película, incluso hasta nuestros días.

Los dioses deben estar locos recaudó mundialmente 200 millones de dólares y tuvo una secuela en 1989.

Claro que no todo fue color de rosa, porque ya en el momento de su estreno en Estados Unidos, la película fue boicoteada, pero estos escaneos aparecieron hacer relativamente poco:

Lo que sí sabemos con certeza es que, viejo o no, con la salud cascada o no, Uys casualmente dejó de filmar después de la abolición del Apartheid en 1992. Los dioses deben estar locos II (The Gods Must Be Crazy II, 1989) es su última película.

Pero esperá que hay más: el protagonista de la película, un namibio de nombre N!xau —si, tendría que haber sido trapero o tener una banda de witch house—, por quien el público volvió a ver la secuela de unos años después fue pagado —según la versión— entre 2000 y 3000 dólares por el papel.

La película, por si hiciera falta repetirlo, recaudó 200 millones en todo el mundo.

Cuenta la leyenda que Uys, en su lecho de muerte —y ya que estamos en el N!xau también— le pagó 20000 dólares más y le dio un sueldo mensual perpetuo que estuvo vigente hasta su muerte en 2003 a los 59 años.

Sí, se la re jugó.

Uys murió, blanco y sin creer que había hecho nada malo, en 1996 en Johannesburgo.

Como una nota de color —bueno, quizás no es la mejor metáfora, pero ya la hice— en nuestro país Los dioses deben estar locos tuvo una tercera parte. Una tercera parte que Uys jamás filmo. Bueno, o sí, porque un distribuidor con muchas ganas de progresar compró una película anterior del sudafricano (Beautiful People de ¡1974!) y la estrenó como Los dioses deben estar locos III ¡en 1993! a la luz del éxito que habían tenido las otras dos en cine y video posteriormente.

Sí, a ese lo queremos mucho.

Compartir