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138 – Llorando se fue

Publicado el 8 de septiembre de 2022

Si cantaste el título de este envío y empezó a sonar en tu cabeza esta música, venís bien rumbeadx.

Porque, para qué te voy a mentir, no sé si estás preparadx para esta edición.

Sí, ya sé que pasó de todo en estos envíos y que ya nada debería sorprenderte, pero—

“Estoy genuinamente muertx de intriga”

Tranquilx, ya llegan las respuestas.

Hace unos días tuve la oportunidad de ver en vivo al siempre maravilloso Rolando Bruno, que para cerrar su show hizo un cover atravesado y en español del ¿clásico? ¿hit del verano? ¿tortura medieval para los que pasamos por los primeros noventa? Lambada de Kaoma.

Sí, ya sé lo que estás pensando—

“Esto es un newsletter de cine”

Además. Imagino que estás pesando que—

“A dónde estás yendo con esto y cómo te vas a ir de acá”

Es que no me voy a ir de acá. Voy usar esto de trampolín para ir a otro lado, que no está tan lejos.

“Gordos en trampolines, eso lo tengo que ver”

Durmió Tinelli con esa. Volviendo—

Kaoma, los “””creadores””” de la Lambada —sí, la sobredosis de comillas fue incidental—, eran un grupo ¡franco!-brasileño de lo que en aquel —y creería que este también— se llamaba world music.

Aprovecho la oportunidad, ahora que debés estar diciendo—

“Los de la Lambada eran franceses”

— con la boca abierta para contarte que los Gipsy Kings eran del mismo país.

“Me caigo y me levanto”

En 1989 deciden hacer un cover de otra canción también muy popular de unos años atrás llamada Chorando Se Foi de la cantante brasileña Márcia Ferreira, que si ves una foto, la Gladys de ellos.

Y acá viene la parte donde la anécdota debería seguir con un “Con tanta mala suerte…” que el hit de Márcia Ferreira, al igual que La pollera amarilla, no era de ella.

“Ah, bueno, no pueden ser más boludxs”

Verdad que no, sino una histórica canción del grupo folclórico boliviano Los Kjarkas, de los hermanos Wilson Gonzalo y Castel Hermosa, los Bee Gees del altiplano.

“Ese estuvo bien”

Gracias. Y si sos métal meterías un chiste de Carcass, pero esto es un newsletter de cine.

El punto es que Los Kjarkas, cuando seguramente escucharon su canción hasta en la sopa —más de esto en instantes— dijeron “El SADAIC solo las pelotas” y les metieron un juicio a los franceses que, por supuesto, ganaron.

Si, hasta acá la historia viene más triste que la de White Town que no hizo el clearing del sample de Your Woman y no vio un peso. Los Kaoma no sé qué tanto le habrán pagado a los Hermosa, pero toda toda no la vieron.

Entonces, hasta acá: Kaoma, franceses —okey, con un par de brasileños, pero franceses—, meten un hit haciendo un cover sin ver de quiénes eran los compositores, pasan al olvido bastante rápidamente.

Sí, seguro que debe haber fans de Kaoma al día de hoy, que juran que fue lo mejor que le pasó a la música como seguramente hay fans de Locomía, pero ese no es el punto. Claramente los podríamos considerar one hit wonders.

Peeero one hit wonders en la época que un hit era, efectivamente, un hit.

Y no me quiero poner en viejo de “muchas escuchas en Spoti no es lo mismo que—” pero no es lo mismo darle play a algo que aparece en una pantalla que vender un disco físico, sonar todas las radios del mundo y miles de cosas más.

Sí, la explicación de los efectos especiales prácticos versus digitales, pero con one hit wonders.

Pero, a dónde—

“A dónde estás yendo con esto, hermano”

Bueno, bien que lo dijiste. Ya viene, pero antes una más, porque Kaoma también tiene true crime.

“No vi la serie limitada de dos episodios de 50 minutos en Netflix”

Porque los estoy avivando ahora.

La cantante, una de las pocas brasileñas reales del grupo, fue asesinada de manera truculenta en 2017, pero este es un newsletter de cine.

“Mirá, hace dos horas que estás con eso”

Y voy a seguir un poco más. Porque para entender de qué vengo a hablar hoy vamos a tener que hacer—

“Un poco de historia. Dale, metele, querés”

Historia reciente, me animaría a decir. La cosa es así: si fuiste joven, púber o niño cuando estaba empezando la década de los noventa, te acordarás de determinados sonidos que dominaban el aire de las radios.

“El grunge”

Eso vino después. Primero estaba la música electrónica, el house ese medio de radio que pasaba la Z95 —aprovecho para nombrar a BB Sanzo por acá también—, algo de un hard rock algo decadente por aquel entonces —el grunge no fue una casualidad— y ritmos latinos, que generalmente llegaban —y llegan— con la temporada de verano.

Y el verano del 89 al 90 fue el verano de la Lambada. Tanto sonaba en todos lados, que parecía puesta en repeat. Y un lugar donde suena la Lambada en repeat solo puede catalogarse como el quinto infierno.

Para los más chicxs que no la vivieron y en una de esas sienten que es una linda historia: hasta los primeros midis que venían de china metidos en las máquinas de pescar peluches o las tarjetas musicales tenían programada la Lambada. Nadie podía escapar a ese infierno.

¿Hasta acá vamos bien?

“Sí, pero metele con el cine querés”

Y acá viene la parte donde dos empresarios con muchas ganas de hacer guita dijeron.

“Acá hay que hacer una película”

Cooorrecto. Y al primero que se le ocurrió —y quizás esté spoileando si sos joven todavía, pero viejx de alma por eso leés estos correos— no fue ni más ni menos que a Menahem Golan.

Sí, el que venía de fundar y fundir Cannon Films junto a su socio Yoram Globus y que estaba en vías de fundar y fundir un estudio nuevo, 21st Century Film Corporation.

Golan, que le ponía un supositorio a una liebre, vio que los Kaoma tocaron en Los Ángeles en diciembre de 1989 con un éxito descomunal y esa misma noche contrató a los guionistas Roy Langsdon y John Platt y al director Greydon Clark —el IMdB de cualquiera de estos es un prontuario—, que justo estaban haciendo otra película que estaba produciendo —el olvidado thriller Out of Sight, Out of Mind (1990), por su vale el dato— para que pusieran manos a la obra en la escritura del guión de una película sobre la Lambada, que tenía que hacerse todo lo rápido que dura un hit de verano.

Tanto, que se aseguraron casi en la misma noche que la banda tocó en Los Ángeles los derechos de la canción que los había hecho famosos para su explotación cinematográfica. Y esto va a ser importante después, pero volvamos.

¿Todo lo rápido, dije? En diez días el guión estaba listo, y el rodaje no empezó mucho después.

El 16 de marzo de 1990 Lambada, el baile prohibido (The Forbidden Dance, 1990) se estrenaba en Estados Unidos, con una recepción algo tibia.

Sí, no era la mejor película del mundo. Para que la entiendas sin verla: Footloose (1984) + Baile caliente (Drity Dancing, 1987) + Lambada = esta aberración.

Pero la película no es importante, sino que le hayas prestado atención a cuando dije “al primero que se le ocurrió” unos párrafos atrás.

“Es como una de Nolan, estaba enterrado en el primer acto”

Gracias. Decía: porque el 16 de marzo de 1990 se estrenaba en los Estados Unidos Lambada, baile caliente (Lambada, 1990) de Joel Silberg.

Si, Silberg, no Joel Silver. Ni por asomo. El director de Breakdance (Breakin’, 1983), alguien que, se podría decir, sabía donde poner la bala.

Pero detrás del proyecto había otro nombre. Uno que te va a volver loco si no tenías el dato y alguien a quien ya nombré.

“Es como una de Nolan posta. No se entiende un carajo”

La respuesta es muy simple: Yoram Globus, el ex socio de Golan en Cannon Films.

“Qué Nolan. Intrusos.”

Y Globus, que le ponía dos supositorios a dos liebres y abajo del agua, salió a buscar los derechos de la canción de Kaoma y se enteró que los tenía comprados la compañía de Golan.

Pero esto no iba a parar a un emprendedor de esos que nos gustan tanto en estos envíos. Ni lerdo ni perezoso, metió un Marcas y Patentes y se quedó con el nombre Lambada para explotación en el cine. Su ex socio tendría la canción, él se iba a quedar con el nombre.

¿Viste que era de cine y era hermoso?

Lambada, baile caliente tampoco era la mejor película del mundo. Para que la entiendas sin verla: Un príncipe en Nueva York (Coming to America, 1988) + Footloose (1984) + Baile caliente (Dirty Dancing, 1987) – Lambada = esta otra aberración pero con la explotación del Lambada en el título.

Ojo, Golan se la jugó un poco y mandó el Lambada en algunos afiches con un “es el baile prohibido” abajo en algunas ciudades, promocionando que en su película sí estaba la canción. Una canción que, digamosló, ya tenía más olor a cajón que a fruta.

La distribución local fue un poco más amable y, si bien ambas películas se entrenaron con los los Lambada en el título —vamos, quién iba a andar revisando acá en el sur— y con una semana de diferencia para fines de marzo en ese verano larguísimo escuchando ese ritmo cansino. Lo último que iba a hacer la gente era pagar una entrada para escucharla de nuevo.

Qué lindo que es cine, la concha de la lora.

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