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137 – La pionera

Publicado el 1 de septiembre de 2022

No sé si ya habrás visto ¡Nop! (Nope, 2022) de Jordan Peele. Si si, espero que lo hayas hecho en la pantalla de cine más grande que hayas podido conseguir. y en una función subtitulada, porque me enteré que en algunas localidades eso se hizo un poquito cuesta arriba. En fin—

Si viste ¡Nop! —y si nop (?), bueno, da lo mismo— la película toca tangencialmente la historia de la apuesta del millonario Eadweard Muybridge y la secuencia de fotos del caballo de la que nos ocupamos alguna vez en estos envíos, dándole un ángulo muy simpático que es: todos se acuerdan de Muybridge, del fotógrafo y de la apuesta, pero nadie se acuerda del jockey negro que montaba el caballo, el primer actor, doble de riesgo y estrella de cine de la historia.

No, no te estoy spoileando nada. Sí, es “Peele siendo Peele” sin que esto sea algo malo, sino más bien es una revisión de la historia desde un costado súper interesante.

“¿Vas a hablar de eso?”

Bueno, no.

Pero de algo que tiene, de alguna manera, un sentido similar. Y lo voy a empezar de una forma que quizás te dé un poco de acidez si tenés un gusto similar al mío, pero tenés que ser valiente chiquitx (?)

Porque nada más alejado de mí que alguien que cita a Lito Nebbia o nada salido de la trova rosarina pero, en esa frase de señalador que es “la historia la escriben los que ganan” hay algo del sentido de lo que quiero hablar este jueves.

Porque, la historia del cine, al igual que cualquier otra historia, la escribieron los que ganaron. Y “los que ganaron”, por lo menos hasta los últimos tumultuosos —y por cierto, bienvenidos— últimos años, fueron los hombres.

Se suele escuchar que Edison esto, que Muybridge aquello, que Porter lo de más allá y que los Lumière lo de acullá y no se suele nombrar a las mujeres que fueron parte —y en este período, increíblemente, palmo a palmo y no en los roles que ocuparon después, cuando los hombres se quisieron quedar con todo— de esa historia.

Y quizás una de las más ignoradas en esa historia fue, sin dudarlo un segundo, una mujer francesa que había nacido en 1873 con el nombre Alice Ida Antoinette Guy, pero que todos conocimos como Alice Guy a secas o como Alice Guy-Blanché.

La historia de Guy tuvo dos variables para que fuera olvidada con facilidad: la primera, su sexo de nacimiento, que le fue cerrando puertas conforme los hombres se quisieron quedar con “el juguetito nuevo este” y la segunda, el formato en el que filmó la gran mayoría de sus películas.

Porque sí, películas: plural. Y plural as in cientos de ellas.

Para el momento en el que Alice Guy filmó gran parte de su obra fílmica, las películas se rodaban y exhibían en nitrato.

Si sabés algo del nitrato —o si es por eso, si viste Cinema Paradiso (1988) de Giuseppe Tornatore— sabrás que, si bien tenía una calidad de imagen incomparable incluso con los negativos derivados del “plástico” por ser bien brutos, su “a prueba de futuro” era algo que podía muchas veces ser cuestión de minutos.

El nitrato —incluso el que se conserva al día de hoy en bóvedas construidas especialmente con una temperatura controlada y varias delicias más a los fines de que no se incendie ni explote ni nada— era un formato volátil y es por eso que la gran mayoría del material filmado con anterioridad al luego llamado “fílmico” para generalizar está desaparecido, borrado de la historia.

Borrado de la historia —y de la gran parte de las historias del cine— como Alice Guy, pionera en tantas cosas que Lucho Avilés se pondría colorado de la envidia.

Sí, metí a Alice Guy y a Lucho en la misma oración. El newslettering champagne es así. pondría el emoji de las uñitas, pero temo romper todo cuando se mande. Imaginateló.

En fin, volviendo—

No fue hasta la Tercera Ola Feminista que las investigadoras e historiadoras (en este caso sin x, y con una a bien puesta) del cine empezaron a poner en valor su obra y aporte a la historia que fue, digamosló, un montón.

Pero no me quiero distraer y mejor te cuento un poco quién era, qué hizo y por qué es tan importante.

Ya te había dicho que era francesa y que había nacido a finales del siglo diecinueve, en el seno de una familia de clase media, la menor de cuatro hijas de un librero. Educada con los valores de la época ¡en un convento! en Suiza, al salir consiguió trabajo de secretaria de Léon Gaumont en las oficinas de los estudios de mismo nombre que por aquel entonces estaban apenas empezando.

Y, por como era el cine en ese momento, donde todos probaban a ver qué pasaba si le acercabas un lanzallamas a una garrafa (?), fue ascendiendo en la escala social hasta terminar ayudando a Léon a construir y diseñar todo lo necesario para poner los primeros estudios de cine en Francia. Esto va a ser importante más adelante, quedate con el dato en la cabeza.

No tardaron en convertirse en una suerte de sociedad de hecho, donde Gaumont estaba más interesado en el “debe y haber” de los números y Guy en la parte creativa del cine.

Esto, claro, la hizo escalar incluso más en el sistema y terminar en la silla de directora, que en ese momento agarraba casi cualquier con ganas de probar a ver qué onda.

Y así es como llegamos a 1896.

“Uh, esto viene lento”

Pero no me vas a negar que entretenido también.

“No, eso sí”

Bueno, dejame seguir.

Porque en 1896 Alice dirigió El hada de los repollos (La Fée aux Choux), un corto que se considera el primer ejercicio narrativo de la historia del cine.

Sí, lo de “la pionera” era por algo, hermanx.

Sí, mientras los demás estaban haciendo esos loops de “mirá, se mueve, qué maravilla” Alice Guy ya se estaba preocupando por contar una historia. Una historia que hubo que esperar varias décadas para conocer, dicho sea de paso.

Después de esta primera experiencia narrativa, Alice empezó a contratar actores de teatro franceses relativamente famosos y a filmar docenas de historias de fantasía, comedia, horror, mitología y varias cosas más.

Casos como Faust et Méphistophélès (1903) o La Première Cigarette (1904), donde usó planos cerrados ¿ocho años antes que Griffith?

En Le Crime de la Rue du Temple (1904) usó dobles exposiciones y trucas a poco de que Méliès las hubiera utilizado y después se movió del “usar actores conocidos” al “adaptar obras de la literatura” como Notre-Dame de París de Victor Hugo que adaptó en 1905 como La esmeralda hasta llegar a la absolutamente épica La Vie du Christ (o La Naissance, la vie, et la mort de Notre-Seigneur Jésus-Christ) en duración, despliegue y todo lo que te puedas imaginar.

Sí, Alice estaba entrando en territorio Cimino, pero a diferencia de Michael, a ella le estaba yendo muy, pero muy bien.

Porque no solo había logrado todo lo anterior, sino que se las había arreglado para coordinar escenas con extras mucho antes que el viejo racista de DW Griffith en El nacimiento de una nación (The Birth of a Nation, 1915) o su pedida de perdón a medias posterior, Intolerancia (Intolerance, 1916) y un dato que quizás suene interesante: la mayoría de esos extras que observan la pasión de cristo, a diferencia de en otras versiones, son mujeres y niños.

Y llegó el sonoro, y la encargada de dirigir los primeros esfuerzos de Gaumont con esos extraños sistemas de cilindros de cera y coso fue Alice, haciendo casi una centena de talkies en ese período.

Claro que no daba abasto, así que empezó a contratar a otros directores (muchas veces, gente que formaba parte de sus equipos a los que ascendía) para que ocupen el lugar de director, entre ellos Ferdinand Zecca que terminó al mando de toda la empresa eventualmente.

Es curioso que seguramente, si leíste historias del cine, el nombre de Zecca te suene de algún lado y el de Alice, bueno, no tanto. Curioso no, es lo que vengo diciendo desde el principio.

En 1906 conoció a un camarógrafo inglés de quien se enamoró perdidamente, Herbert Blaché. Ahí pasó a ser Alice Guy-Blanché. Juntos se mudaron a Nueva York —el centro neurálgico de todo esto por aquel entonces con la dictadura de Edison— a terminar de armar la sede yanqui de Gaumont.

Y caray que Alice puso manos a la obra: mientras tuvo dos hijos, armó no solo la oficina de distribución sino que montó un estudio entero para que se pudieran filmar películas del otro lado del Atlántico.

Y, entre otras delicias, años antes de que Griffith sintienta que la única forma de mostrar actores “negros” era haciendo blackface con actores blancos y dejando a los afroamericanos —bueno, nidea si se los llamaba así en ese momento, pero todo indica que el mote sería un poco menos amable— Alice rodó A Fool and His Money (1912) una película con un elenco racialmente correcto. Qué decirte más que “bien, la verdad”

Si bien el material en el que fueron registradas hizo flaco favor a la conservación de la obra de Guy, el interés en su obra —y casi, me animaría a decir, se la “puso en valor”— varias copias de sus películas fueron encontradas en cinematecas, colecciones privadas y varias cosas más. Así es como te pude linkear algunas en este envío y seguramente aparezcan varias más a futuro.

Al cierre de esta edición nuestro país sigue sin tener noticias de una Cinemateca.

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