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136 – No sé si estarás preparadx

Publicado el 25 de agosto de 2022

Como dije hace dos segundos en la intro, jamás sería tan sádico de hablar de Olaf (2022). Pero sí voy a hablar de una película que su título más coloquial tiene la misma cantidad de letras: Saló, de Pier Paolo Pasolini.

“Ahí vi el truco que hiciste ahí, pillín”

Saló, cuyo título completo es Saló, o los 120 días de Sodoma (Salò o le 120 giornate di Sodoma, 1975) es la última película del director italiano que venía en una de que le vaya bien, pero muy bien.

Y es la última, casi casi que por culpa de la propia película, pero en ese Mysteries & Scandals nos vamos a meter después.

Primero empecemos con un Pasolini for dummies, que quizás sea la mejor forma de empezar.

“Un poco de historia”

¿Querías cine italiano pero del otro? Bueno, acá tenés.

“Pero yo te pedía Il Sorpasso, hermano”

Ya llegará. Esta es mejor para hacer la transición (?)

Pier Paolo Pasolini nació en el seno de una familia extraña: una madre maestra y un padre militar en la segunda guerra mundial —del lado de Mussolini, esto es— y fue de un lado para otro por culpa del trabajo de su padre.

Desde muy pequeño, empezó a mostrar una facilidad para la literatura, empezando por la poesía.

Terminada la guerra, se mudó con su madre a los barrios bajos de Roma, donde empezó a cruzarse y mezclarse con el lumpenaje que le iba a dar la vida poco tiempo después, dando clases de literatura en un colegio para varones del cual lo terminaron echando por confundir un poco los límites entre adultos y menores.

Bueno, sí, cancelado, pero dejame seguir que lo sobreseyeron.

Comenzó a publicar sus poemas, poemarios y fundó una revista literaria que terminó teniendo bastante éxito.

Para este momento, dejó las ideas políticas que le fueron inculcadas en su casa casi militarizada, empezó a considerarse comunista y a expresarlo públicamente.

En Roma, y con sus cucardas literarias a cuestas, consiguió inmediatamente trabajo en los estudios Cinecittà, donde empezó a escribir guiones a diestra y siniestra.

Entre esos primeros apareció su primera colaboración con Federico Fellini, con el guión de Las noches de Cabiria (Le notti di Cabiria, 1957) y posteriormente, una no acreditada en La dolce vita (1960).

Pasolini, como sapo de otro pozo, no estaba taaan fascinado por el cine y lo entendía como un lenguaje visual que podía ayudar a embellecer el lenguaje narrativo, era alguien, podríamos decir, más interesado en los cuadros que en los encuadres: “Mi gusto cinematográfico no tiene sus orígenes en el cine sino en lo figurativo. Eso que llevo en mi cabeza como una visión, un campo visual, son los frescos de Masaccio y Giotto.”

“Ah, era como esos que pasan la película en el Bafici”

Pero con menos cajas de fotos y videos familiares, sí.

Eventualmente, como pasaba en el sistema de estudios yanqui, Pasolini empezó a escalar posiciones en Cinecittà y terminó en la silla del director, con una película que había escrito él mismo: Accattone (1961), una suerte de revisionismo del neorrealismo italiano —ya extinto hacía un buen tiempo, y con la nueva generación ya bastante metida en el mundo de los festivales— con tonos incluso más lúgubres y pesimistas, retratando a ese lumpenaje con el que había convivido en los barrios bajos de las ciudades donde había vivido hasta ese momento.

Claro que no estuvo solo en la aventura de Accatone, porque su asistente de dirección fue el por entonces debutante Bernardo Bertolucci, que dirigiría su primera película pocos años después. Bertolucci recordaba el modo de trabajo de Pasolini como “ver la invención de un nuevo lenguaje. Nunca hablaba de cine, sí de pinturas, libros o figuras religiosas.”

¿Y por qué me pongo a citar a Bertolucci? Bueno, porque esto que dice tiene un sentido atroz en lo que vendría después.

Gran parte de la filmografía de Pasolini está signada por estos elementos: mitos, literatura, religión y cómo subvertirlos, más que nada, a ese último.

Siguió con el lumpenaje y el barrio bajo con Mamma Rosa (1962) al año siguiente y después, buena parte de lo que digo en el párrafo anterior se empezó a colar.

Y eso fue en películas como El evangelio según San Mateo (Il vangelo secondo Matteo, 1964) o Edipo Rey (Oedipus Rex, 1967), hasta volver a tiempos más presentes nuevamente con quizás una de sus películas más recordadas, Teorema (1968), solo volver a los mitos con Medea (1969).

Y fue justamente a principios de los años setenta donde Pasolini empezó a ver su obra casi como una construcción con capítulos y demás y empieza la tarea titánica de filmar una trilogía de adaptaciones literarias que llamó “La trilogía de la vida” que fue desde 1971 a 1974 con tres de sus films más recordados: El decamerón (Il Decameron, 1971), Los cuentos de Canterbury (I racconti di Canterbury, 1972) y Las mil y una noches (Il fiore delle mille e una notte, 1974).

Hola, esto ni en pedo es una filmografía anotada y completa de Pasolini, sobre quien seguramente volveré en varias ocasiones para hablar incluso independientemente de cada una de las que nombré hasta acá y su trilogía, es solo para llegar a dónde queríamos llegar.

Y a dónde queríamos llegar fue a su siguiente —y última— película, Saló, o los 120 días de Sodoma, que iba a iniciar otra trilogía, que bien podría considerarse “la de la muerte”, pero no nos adelantemos.

En Saló, Pasolini hablaba de un país imaginario, que casualmente tenía el mismo nombre de la ciudad donde fue a refugiarse —usado con el término más carcelario posible, claro— Mussolini en el norte de Italia cuando el fascismo tenía más olor a cajón que a fruta.

Y acá viene la parte del trigger warning, con el que no estoy de acuerdo, pero bueno, vivimos en estos tiempos: Saló no es una película fácil de ver, incluso a casi cincuenta años de su estreno.

Para lxs que mueren sin sinopsis: cuatro fascistas poderosos encierran durante cuatro meses a un grupo de adolescentes a los que torturan y vejan de las formas más dementes y, digamos que, la película no se guarda nada.

¿Es Saló el comienzo del torture porn? ¿Podría estar en el mismo estante de pionera junto a Pánico a medianoche (Last House on the Left, 1972) de Wes Craven? Bueno, es una gran pregunta.

“Pero te la hiciste vos”

Todo cierto. La realidad es que la motivación específica de Saló es destruir al fascismo que el propio Pasolini había vivido en lo más profundo de su seno familiar, ir en contra de la institución política, militar, eclesiástica y prender fuego todo lo que se pudiera.

Muy a pesar de lo que muestran las imágenes de la película, se recuerda al rodaje como muy divertido y relajado, con todo haciendo chistes y varias perlas más.

Igual, si ya la viste y te morís de ganas de saber de qué estaba hecha la caca, acá tenés la receta: chocolate y dulce de naranja, para que la mezcla de sabores le diera esa reacción repulsiva a los actores.

Sí, John Waters fue un paso más allá.

Igualmente, y quizás lo más interesante de Saló, tengas ganas de verla o no, es un extraño entramado policial que tuvo durante su rodaje.

Durante el rodaje, varios rollos de material filmado fueron robados y se pidió rescate. Pasolini, no creyendo mucho el cuento del rescate decidió refilmar las escenas que faltaban con unos dobles y dar el asunto por terminado.

Claro que una amistad ocasional lo hizo cambiar de parecer y, haciéndole creer que sabía del destino de los rollos, hizo que lo acompañe a una localidad playera a recuperarlos.

Lo que pasó después nadie lo sabe realmente, solo se sabe que el cuerpo de Pasolini fue encontrado molido a golpes, atropellado varias veces con su propio auto y quemado parcialmente el 2 de noviembre de 1975.

Lo que parecía ser obra de varias personas fue confesado por una sola de nombre Giuseppe Pelosi de 17 años, cuando fuera capturado manejando el auto del director.

Fue condenado por el crimen junto con “cómplices desconocidos”, texto que fuera editado luego y para mediados de la década del dos mil, el propio Pelosi se confesó como un perejil apretado en su momento por la mafia.

¿Quién mató a Pasolini y por qué? Es al día de hoy un misterio. Se podría aventurar con su comunismo, su homosexualidad, su forma de pararse frente al poder, su constante escándalo hayan levantado más cejas de las que deberían en un mundo más junto, pero sería solo especulativo.

Obviamente, sobre esto último hay una película. Que, muy fascinantemente, es de Abel Ferrara y se llama simplemente Pasolini (2014). Y donde, a diferencia de buena parte de la obra de uno de nuestros drogadictos funcionales favoritos, trata con mucho amor a su personaje y, casi, digamos, muy a su modo, lo homenajea.

Bueno, si no te animás a Saló —y no te culpo— podés empezar por esa otra porque el motto de este newsletter siempre será “Algo se tiene que llevar.”

Si entendiste la refe de la cita, seguro que te reíste. No, no son tiempos para andar explicando justo ese chiste.

La película se estrenó el año siguiente a la muerte de Pasolini,  con algunos premios en festivales y muchos, pero muchos escándalos y prohibiciones alrededor del mundo, con algunos casos, como el de Australia, donde estuvo prohibida hasta entrados los dos mil.

Solo nos queda especular, como sucede en las carreras que se terminan in media res, como podrían ser —incluso más dramáticamente— las de Jean Vigo, Michael Reeves o incluso nuestro Fabián Bielinsky, qué hubiera sido de esa “trilogía de la muerte” de Pasolini de no haber corrido esa suerte.

Y más aún, si lo querés ver mitológico e incluso algo eclesiástico como lo quería ver él, si su propia muerte no fue un acto de martirización por una causa que deberíamos determinar.

Lo dejo sobre la mesa, que lo agarre quién quiera.

Animate al cine europeo, sobre todo al que tiene filo como este.

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