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135 – Alta en el cielo

Publicado el 18 de agosto de 2022

Recuerdo haber mencionado al pasar (no recuerdo si en estos envíos o los de los martes. No es un chivo, genuinamente no recuerdo cuándo fue) el cine de azafatas, que sucedió durante un muy breve periodo de tiempo, coincidente con una serie de “cielos turbulentos” que estaban pasando al mismo tiempo y una suerte de “pacificación” por parte de la compañías aéreas por eso mismo.

“No estoy entendiendo nada”

Porque vamos a tener que hacer un poco de historia. Y emplazarnos en Estados Unidos a principios de los años setenta.

“No había más hippies”

Bueno, había, pero el clan Manson había hecho un montón para que la gente pensara un poco “distinto” de ellos. Lo que sí había era una suerte de estallido social.

“Saqueos”

Bueno, no sé si como los hay en nuestro hemisferio, o no en esta década justo, pero sí un ambiente algo “caldeado” una “inquietud” que hacía que muchos, como Travis Bickle unos años después en Taxi Driver (1976), decidieran que “se iban a organizar”

Los años setenta, en el mundo de la aeronavegación nortemericana estuvieron signados por los secuestros de aviones, muchas veces con motivaciones políticas.

El post “era de Acuario” trajo consigo a un montón de gente harta que se empezó a organizar en lo que hoy se podrían considerar “organizaciones terroristas” que tenían diversos fines.

Tanto, que globalmente desde finales de los años sesenta a principios de los setenta había un secuestro de avión cada cinco días en el mundo.

“Entonces no era un problema de los yanquis”

Bueno, esa paciencia. A ver ese Rivo que ahí viene.

Si bien podemos fechar el primer secuestro de avión en los años treinta y en Perú (la tierra, además del nacimiento del punk con Los Saicos), la cosa se puso un poco más peluda durante los cuarenta y cincuenta y siempre, invariablemente, tenían que ver con algún tema de coyuntura política mundial.

Durante este período eran muy populares los secuestros de vuelos desde los países llamados “detrás de la cortina de hierro” a los del oeste europeo y, viviendo en época de guerra fría, los secuestradores muchas veces lograban asilo político en los países que terminaban aterrizando.

Para los sesenta, más específicamente para comienzos, sí empezó a ser un problema “de los yanquis” ya que el embargo que se trabó a Cuba por aquel entonces hizo que muchos de los secuestros tuvieran un solo fin: protestar lo que habían hecho, desviando más aviones a La Habana que a cualquier otro lugar.

A partir de ahí, y no hace falta que me vaya al 2001 para hacer el dibujito, las aerolíneas yanquis fueron los principales objetivos de estos secuestros.

Desde 1968 a 1974, las aerolíneas de bandera norteamericana tuvieron ¡más de ciento treinta secuestros!

Y después, claro, está la historia de D.B. Cooper, tan mal contada en ese documental horrible que la N roja te pone en la cara cada vez que le encendés la interfaz. Pero eso, seguramente, será en otro momento, con una extensa filmografía porque ¡quién lo hubiera dicho! Netflix llegó tarde a esa fiesta también. Volviendo—

Acá debería venir un flashback, porque las aerolíneas, que ya de por si algunas décadas antes tenían que convencer a la gente de que se suba en una lata que surcaba los cielos y hacía un ruido infernal —lo de ahora es un canto de ángeles en comparación y los auriculares ayudan un montón— tenían que ver la forma de que la experiencia fuera más amigable.

Y de esa época justamente vienen todas esas fotos de gente sentada prácticamente en livings, comiendo banquetes y escabiando como si fuera la última vez.

(Bueno, digamos que el índice de accidentología podía hacer que fuera, efectivamente, la última vez, así que por qué no empujarse un whiskylín más adentro, eh, pero no me quiero distraer, el punto es que—)

Había un factor más, además del infinito espacio de asiento que hoy no hay ni en los de primera clase, las comidas opíparas y el escabio sin control: estaban las azafatas.

Sí, si nos ponemos a analizar esto con los ojos de hoy, es un show del horror. ¿Y sabés qué? Con los ojos de esa época también. Basta con rascar un poco el grano para que empieces a salir el pus que decía que tal aerolínea solo contrataba mujeres de tal altura y peso y demás delicias, incluídas echar por aumento de kilaje.

Claro, y acá es cuando lo vemos “históricamente” para poder seguir con nuestro cuento, que esas azafatas eran parte de la atracción, junto con la comida y ese último whisky que te te ibas a tomar en tu vida si todo salía mal.

Y gran parte de las promociones de las aerolíneas en revistas (sobre todo durante los años sesenta, antes de la llamada “revolución feminista”) exhibían impoúdivamente lo que los pasajeros podían esperar arriba de los aviones como “un amenity más.”

Y acá, justamente acá, es cuando vamos a una de las entregas que tuvimos de cine 3D (nuevamente, no recuerdo si acá o en el de los martes. Nuevamente, no es un chivo) y recordamos el nombre Allan Silliphant, el hombre que juntó la obsesión de los yanquis con los aviones, las publicidades con azafatas sexys y el cine 3D y nos dio The Stewardesses (1969) una ¿casi porno? sobre la agitada vida sexual de las trabajadoras del aire, dando por inaugurado el “cine de azafatas”

Si bien el cine de azafatas no tiene un corpus de obra muy grande y puede fácilmente confundirse con otros esfuerzos sexploitation de la época, podríamos cerrar una tríada con dos que vinieron después ¡y de Europa, no vaya a ser!

Hablo de Confesiones de una azafata sueca (Christa, 1971) una extraña coproducción danesa nortemericana (sí, el “sueca” era un llamador sexual muy extraño en lo títulos) de Jack O’Connell, un exploitator menor con pocos títulos en su haber pero extra en La aventura (L’avventura, 1960) de Michelangelo Antonioni y  Secretos inconfesables de una azafata (Colpo in canna, 1974) una suerte de poliziottescho de Fernando Di Leo que tiene una azafata en su trama.

¿Y sabés qué otra película tiene una azafata en su trama?

Porque, claro, hay una película de azafatas que reina el género, y que hace algo muy bello que es, justamente no negar a Silliphant, sino más bien abrazarlo y revalorizarlo.

“Cómo es eso posible”

La respuesta es bien simple: amando al cine. Y amando a todo el cine, eso es. Un concepto que parece difícil de entender pero, que si leés esto seguido sabrás que es más que posible y es altamente probable que estés de acuerdo.

No sé si estás escuchando el podcast de Tarantino y Avary. Sí, podríamos hacer mil chistes de “Eh, se robaron Frame Fatale, ya van a ver” pero es de las cosas más maravillosas que te vas a encontrar por ahí. Porque valoran lo que ven, por más que lo que vean sea una porquería para la inteligencia, porque resignifican todo ese cine que nosotros llamamos “no canónico” para joder, pero que es simplemente ese patito feo que quisieron tapar abajo de la alfombra tanto tiempo.

Y acá quizás llegue un momento de mea culpa. Porque voy a hablar muy bien de la que considero es mi película favorita de un director que me gusta mucho que, en su momento, quizás porque era joven o porque fui al cine con expectativas desmedidas (o equivocadas) juré que era su peor esfuerzo hasta ese momento.

También, había que estar en la cinefilia en 1997. Habían pasado dos o tres años de Tiempos violentos (Pulp Fiction, 1994) y algunos pocos más de Perros de la calle (Reservoir Dogs, 1992) y lo único que esperaba la pibada cinéfila (?) era la nueva película de Quentin Tarantino.

Tal era el nivel de expectativa que, algunos meses antes del rodaje se había editado como libro el guion de la película que, obviamente, todos los habíamos comprado y devorado.

Así fue como el jueves del estreno a la noche, munido de mi credencial de prensa que me hacía entrar gratis al cine como joven colaborador de la revista Madhouse, con un grupo de amigos nos fuimos a ver Jackie Brown: Triple traición (Jackie Brown, 1997) a los ¿extintos, creería? cines del Paseo Alcorta.

Las opiniones (entendamos la situación, en la mayoría estudiantes de cine de primer año) estaban divididas, pero no recuerdo a nadie citando “el obramaestrismo”.

Y ahí, justamente, es cuando me la pasé hablando mierda de Jackie Brown hasta que la vi con otro bagaje algunos años después.

Sí, entendía la refe al cine de azafatas (soy y fui un enfermo del exploitation casi desde el comienzo de mi cinefilia) pero no había entendido que lo que Tarantino había querido hacer, recién lo hice más de grande y con la vida un poco más “vivida” era hacer una película que tuviera un grado de sensibilidad.

Todo eso de Robert Forster enamorando a Pam Grier con la música de los O’Jays es hoy para mi de las secuencias más bellas que se hayan filmado. Yo en ese momento estaba esperando que le corten la oreja a alguien mientras bailaban.

Muy fácil hubiera sido para él filmar “otra Tiempos violentos” u “otra Perros de la calle” para un público ávido de ver truculencias o cosas que iban y venían. Si bien Jackie Brown tenía cosas que iban y venían era una película más de personajes que de acciones concretas, muy a pesar de los enredos.

Esto, claro, me tomó años entenderlo. Porque la cinefilia, como dijo el querido José Tripodero en la entrega de este martes (bueno, esto quizás sí es un chivo, en plan “mirá en una de esas te estás perdiendo algo”) es relectura. Y no relectura al instante, sino con el peso de los años, de la vida y de las cosas que nos hayan pasado en el medio.

Porque, vamos, pocas cosas más deprimentes que la frase “No cambies nunca”

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