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129 – Uno medio pícaro

Publicado el 7 de julio de 2022

No sé si tendrás la edad —esto ya se convierte en un clásico en las aperturas— para haber ido, o ir a los pocos telos que quedan, pero ya de pasar solo por afuera de alguna de esas moles de una arquitectura polémica o “muy personal”, sabrás que detrás de esa puerta se esconde un misterio.

“Este es un newsletter de cine”

Claro que sí. Ahí estamos yendo, dame un ratito.

“Te voy a estar tomando el tiempo”

Bueh.

Decía: los telos —o albergues transitorios en su nomenclatura actual, u hoteles alojamiento para los que peinan canas o ya directamente no peinan nada— vivieron rodeados de un halo de misterio que les hizo más bien que mal.

Un halo de misterio que estuvo a tono con su historia, una bastante accidentada, y en eso justamente es en lo que me voy a meter ahora.

Porque la historia de los telos, como la de los cines pero no quiero spoilear, es la historia de las ciudades. Su evolución (ley más ley menos) y su calvario tienen muchas veces las mismas razones.

Cuenta la leyenda que los primeros telos —o algo que se les parecía— se remontaban a principios del siglo veinte en nuestro país. Eran habitaciones que se alquilaban por horas en los barrios menos acomodados de las ciudades.

Estas habitaciones dieron lugar a los llamados “hoteles de paso” o “posadas”, que cumplían la misma función, pero observaban la ley de profilaxis del gobierno del presidente Justo de 1936.

Para los años sesenta, una ordenanza municipal puso en el mismo lugar a los hoteles de paso que a los hoteles normales, lo cual hacía que los dueños de los telos no tuvieran que pedir documentación a los que entraban a usar sus instalaciones.

Y para esta misma época —coincidente con el gobierno de Frondizi— empezó a tener más peso un personaje que iba a ser clave en la historia de estos lugares: el jefe de seguridad personal de la policía federal, el comisario Luis Margaride.

Margaride vivía a punta de edicto y perseguía a todo aquel que fuera a tener al menos media sonrisa: homosexuales, adúlteros, asistentes a boites, etcétera.

Pero su mayor hobbie era allanar telos en busca de infieles.

Margaride terminó convirtiéndose en un cuco, en un miedo muy común en esa época. Tan común que daba para casi ser parte de una línea narrativa. Pero eso en un momento.

Quizás, fuera de esta historia plagada de problemas, los telos tengan en su poder algo más interesante todavía, que es vivir la idea erótica de otro. Sobre todo en los temáticos, que casi obligan a una mise en scene de los moradores eventuales, existe una idea de erotismo ajena, quizás del dueño, quizás del encargado de la decoración, que los convierte en objetos kitsch por un lado y casi performáticos por el otro.

“Muy buen paper, eh.”

Gracias, bendecido.

Y no, los telos no son un invento argentino. Los hay en todas partes del mundo con mayor o menor decoración. Quizás lo más parecido a esa idea de erotismo de la que hablé un poco más arriba sean los love hotels japoneses.

Muchos de estos datos están sacados del maravilloso Telos, un mapa de la sexualidad porteña de Juan Pablo Casas, una lectura interesantísima si estás para eso.

“¿Y el cine? ¿Bien gracias?”

Pero qué castigo. Toda esta intro era para decir que—

Todo el escándalo que generaban estos establecimientos “de moral dudosa” en una sociedad que vivía preocupada por “lo que van a hacer con nuestros hijos” (una costumbre que, parece, no se modificó hasta nuestros días) hizo pensar a los productores.

Y cuando los productores piensan, sale un negocio. Y ese negocio, increíblemente, fue una película “buena” que abrió las puertas de Mordor.

(Entrecomillo el buena, solo porque ya expliqué mil veces que las películas, como los cachorros, no nacen “buenas” ni “malas”)

Igualmente, al margen de la “buena”, y como aprendimos varias veces por acá, cuando un montón de productores con ganas de progresar huelen guita, la cosa se pone picante.

Así fue como las películas de albergues transitorios se convirtieron en un subgénero de explotación en el país, llegando a producir casi una decena de películas entre telos y derivados en poco más de veinte años.

“No son tantas”

¿Vos decís?

Peeero, esa película “buena” no era tampoco ninguna novedad: ya había existido la película episódica desde tiempos inmemoriales y hasta había habido algunas ambientadas en hoteles, siendo, quizás, la más famosa Gran hotel (Grand Hotel, 1932).

La historia de Gran hotel, en la que me voy a detener solo un momento, es interesante:

La película estaba dirigida por Edmund Goulding —el que después iba a hacer El filo de la navaja (The Razor’s Edge, 1946), Esclavo de su pasión (On Human Bondage, 1946) y El callejón de las almas perdidas (Nightmare Alley, 1947), entre otras—, y producida por Irving Thalberg —productor de taaantas que se me va la vida— que había comprado los derechos de una novela alemana que antes se había adaptado con éxito al teatro planteaba algo nuevo: un elenco multiestelar de primeras figuras que hacían pequeñas viñetas dentro de una misma locación.

Así es como Greta Garbo, John y Lionel Barrymore, Joan Crawford y varios más terminan viviendo “las mil y una” en esa locación fija.

Sí, me vas a decir “como en las películas de catástrofes” y vas a tener razón. Como en las películas de catástrofes, pero con menos agua, fuego, movidas de piso, o lo que haya tocado en gracia.

Lo que Gran hotel hizo fue que todos descubrieran que se podía tener un Ocean’s Eleven, por llamarlo de una forma simple, con un presupuesto relativamente bajo: los actores trabajaban pocos días, podían “ensanguchar” la película entre otros proyectos más ambiciosos, etcétera.

Gran hotel, valga esta trivia boba, ganó el Oscar a mejor película sin estar nominada en ninguna otra categoría.

Y eso es todo sobre Gran hotel, era necesario para contar que—

Para cuando Daniel Tinayre filmó La cigarra no es un bicho (1963) la idea ya estaba bastante probada: un super elenco convive, mediante pequeñas viñetas, en un hotel del que no pueden escapar por una razón equis.

Como había dicho antes, estamos en la Argentina de principios de los años sesenta, hay una cierta ebullición cultural, dependiendo de si justo en ese momento había un gobierno democrático o no —era todo muy variable— y estos “lugares de dudosa moral” resultaban atractivos a los espectadores.

Que La cigarra no es un bicho terminara ambientada en un telo era, simplemente, sentarse a esperar.

¿Qué pasaba en la película? Bueno, una serie de parejas estaban obligadas a guardar una cuarentena porque un marinero francés que había hecho uso de las instalaciones con una prostituta había dejado “la peste bubónica.”

Claro que las parejas distaban mucho de ser las que se juntaban a cenar con otras parejas y los enredos que generaba el estar obligados a quedarse en quizás el “no lugar” por excelencia, en el que nunca nadie estaba ni había estado, era la nafta súper del conflicto dramático.

La película funcionó a niveles impensados y es, dentro de la filmografía de Tinayre, un director muy popular pero muy, digamos, “prestigioso”, una anomalía.

Tinayre venía de filmar La patota (1960), El rufián (1961) y Bajo un mismo rostro (1962) y de acá se fue a filmar Extraña ternura (1964) quizás la más rara de todas sus películas, pero eso será otra vez.

En el tono de lo que venía filmando, La cigarra no es un bicho, una comedia algo pasatista que, si bien tenía elementos sociales que podemos analizar “con el diario del lunes”, era bastante extraña.

Peeeero, usando la estructura de Gran hotel, estaba llena de viejas y nuevas figuras: Luis Sandrini, Amelia Bence, Mirtha Legrand, María Duval, Narciso Ibáñez Menta, Ángel Magaña, Elsa Daniel y Guillermo Bredeston, entre muchos otros.

Y además de todo esto, la película funda el cine “picaresco”, que iba a hacer estragos años después y es la primera en tener una puteada en plano en la historia de nuestro cine. La palabra es pelotudo, por si te estabas muriendo de ganas de saberlo.

El éxito fue tal que la película se vendió al mercado de habla hispana y no tanto: de hecho, en Estados Unidos se estrenó doblada y con extrañas escenas de desnudos con el título The Games Men Play. Algo que se iba a convertir en moneda corriente pocos años después con el tándem Sarli-Bo y los sexy shockers de Emilio Vieyra filmados en dobles versiones pensando en espectadores de países con menos o ninguna censura, pero eso es para otro día.

Era de esperarse que un éxito de taquilla como el de La cigarra no es un bicho trajera consigo a mucho productor que olió sangre.

Así fue como, sin quererlo, la película de Tinayre, además de clavar los monolitos expuestos más arriba, inauguró un subgénero de explotación, el comúnmente llamado de “películas de telos“.

El género, que debería llamarse “de telos y afines”, pero eso viene en un instante, obedecía siempre a una misma estructura: por un hecho fortuito equis cantidad de parejas se ven obligadas a quedarse en ese lugar al que “no habían ido” en un primer momento o simplemente había enredos porque sí en un plazo de tiempo determinado.

Así fue como “los aventureros” empezaron a asomar la cabeza y el primero, siempre listo, fue Fernando Ayala con Hotel alojamiento (1966) una película coral que pretendía, con menos armas que la de Tinayre, comer un poco de los espectadores de la otra con un guión de Gius, que décadas después nos iba a regalar Grande, Pá, pero quién soy yo para juzgar.

Lucas Demare, que ya estaba grande y con ganas de ganar guita, contraatacó al año siguiente con La Cigarra está que arde (1967), entrando en un territorio exploitation en el cual nos daría Humo de marihuana (1968) a los pocos meses.

El mismo año de Demare el siempre popular Julio Saraceni decidió dar un vuelco en el género e irse por una tangente que no no era tan tangente con Villa Cariño (1967), donde la serie de viñetas sucede en los bosques de Palermo, pero jugando con la misma idea de “reino del pecado” que jugaban las de los hoteles alojamiento.

Y acá, justamente acá, fue que el Roger Corman que nos tocó por padrón —esto es: Emilio Vieyra— que venía de filmar sus sexy shockers o estaba a punto hizo un hold my beer épico tomando la idea de Saraceni y lanzando Villa Cariño está que arde (1968), una suerte de secuela de la anterior donde los moradores eventuales de los lagos de Palermo se veían atrapados por un incendio.

La película de Vieyra carga con el discreto honor de tener uno de los Deus Ex Machina más grandes de la historia del cine, pero eso ya lo hablé en otro momento.

Y vos pensarás “Bueno, con esto ya estamos”, pero no: la cosa siguió.

Porque el también siempre popular Julio Porter llevó lo que pasaba en los telos y en Villa Cariño a un crimen en un tren nocturno de larga distancia con Coche cama, alojamiento (1968) ese mismo año y se ve que a Fernando Ayala le habían quedado cosas por decir porque a los pocos años dirigió La gran ruta (1971), aprovechando la aparición, por la popularización de los autos en la clase media, de los telos a los costados de la Panamericana y, en el medio de las dos el también siempre popular Leo Fleider Hizo un enroque entre ambas con Crimen en el hotel alojamiento (1974), el Desesperación (Stage Fright, 1950) que nos tocó por padrón (?)

Para finales de la década el género ya estaba dando las hurras pero el otrora prestigioso Fernando Siro —a todx aquel que levante una ceja con esto le recomiendo que vea Nadie oyó gritar a Cecilio Fuentes (1965)— se despachó con una ¿remake? usando el mismo libro de Tinayre pero otros actores y a color llamada La nueva cigarra (1977).

Y vos pensarás “Bueno, con esto…” y no. La verdad que no.

Porque iba a venir la democracia y muchos de esos elencos multi estelares que los espectadores veían en la televisión empezaron a aparecer con menos ropa en las llamadas “películas de destape.”

Y así fue como apareció el último clavo en el ataúd de este género, de la mano de Hugo Sofovich con El telo y la tele (1985)—

—quizás uno de los mejores títulos de su cantera, algo que es mucho decir del creador de El rey de los exhortos (1979), Te rompo el rating (1981) y Un terceto peculiar (1982) por solo nombrar tres.

Y acá es cuando me voy a detener en algo que no dije hasta ahora, porque no pasaba: muchas de las películas anteriores daban a los espectadores la idea de que esos actores que conocían del cine, pero sobre todo de la televisión, iban a estar en situaciones risqué en esas películas que iban a ver. Algo que, en la historia de la censura argentina, jamás sucedió. El telo y la tele, por más a contrahorario que haya salido venía, de alguna manera, a saldar esa deuda.

“Me hiciste emocionar”

Y sí, la verdad que es para emocionarse.

Igualmente, si sos de observar, habrás notado que la historia de los telos —los físicos, no los de las películas— hace un recorrido similar al de las salas de cine. Y sus historias de prohibiciones y allanamientos no distan mucho de los de la historia del Ente de Calificación Cinematográfica que estaba operativo al mismo tiempo.

Es por eso que si sustituís “Comisario Margueride” por “Miguel Paulino Tato” medio que la historia es la misma.

¿Viste que al final era más de cine de lo que pensabas?

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