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128 – A propósito de un estreno casi accidental

Publicado el 30 de junio de 2022

Siempre hablo más o menos mal de las plataformas. O mejor dicho, siempre hablo mal de la plataforma que nos tocó por padrón que hoy que escribo esto sigue siendo Netflix, pero hemos visto tantas burbujas pincharse tan rápido que para cuándo recibas esto quién sabe.

El mayor pecado de la N roja fue, es y andá a saber si será, tentarnos con el caramelo y después cambiarle el sabor, esto es: usar catálogos de otros mientras era (casi casi) el único dónde se podían ver cosas y terminar teniendo una enorme proporción de la torta de abonados y ahí si, vendernos esas películas que producen ellos que, fuera de algún rara avis o algún documental, son un Hallmark Channel con un poco más de presupuesto. Por ahora lo del presupuesto.

Claro que las ofertas se empezaron a ampliar con Amazon (a quien le auguro un futuro bastante parecido al de Netflix ni bien se empiecen a vencer derechos de compañías que ahora tienen su propios streamings), Disney+ para el que sea de esa creencia, Star+ para el catálogo (se ve que todavía en manos de otras plataformas) de Fox y HBOMax para el catálogo de Warner y HBO.

Sí, mi parcialidad para este último es bastante notoria, pero basta con ver el catálogo. Bueno, eso e ignorar lo mal que gestionan los subtítulos, porque todos sabemos que no existe la felicidad completa.

¿A dónde estoy yendo con todo esto?

“Eso, hermano, estoy con la ansiedad galopando”

A que existen otros streamings, más chicos, que se ocupan de esos “patitos feos” que a los demás, ya sea por no ser parte de su catálogo propio o por no parecerles interesantes para comprar, quedan afuera de nuestras ofertas de on demand y nos empujan, como dijimos miles de veces acá, a la delincuencia.

Esos streamings son, si vivís en Argentina, Qubit y MUBI y si vivís afuera, FilminShudder si sos de los que ven películas de terror a repetición, Criterion Channel y varios más.

Obvio que las propuestas de los dos que están en nuestro país muchas veces pueden estar bastante lejos de ser ideales —los primeros por una interfaz que hay que llevar con paciencia y los segundos por esta idea de ir dando de alta y baja las películas diariamente, entendible si compran una cantidad finita de derechos— nos han acercado, a los que nos gusta el cine clásico y atravesado, varias cosas que nos han hecho bastante felices.

Así fue cómo, en uno de esos revoleos del último Cannes, MUBI se alzó con los derechos de distribución ¿para América Latina, asumo? de Crímenes del futuro (Crimes of the Future, 2022), la ¿nueva? película de David Cronenberg.

La primera noticia que tuvimos fue que para fines de julio se iba a poder ver en esa plataforma.

Ya con esto, te diría, estábamos con parte de la batalla ganada, ya que una de Cronenberg en el panorama actual quizás no parecía como algo asible en sala.

No porque Cronenberg sea mala palabra en los espectadores locales, casi todas sus películas se estrenaron debidamente en sala en lo que por aquel entonces era el “circuito alternativo” que, obvio, sigue existiendo, pero albergando películas “medianas” y bastante poco “alternativas” en comparación con lo que se estrenaba la última vez que el canadiense tuvo algo para mostrar que fue Polvo de estrellas (Maps to the Stars, 2014) hace casi diez años.

Sí, pasó mucho agua bajo el puente, y las costumbres de 2014, que en ese momento nos parecían el fondo del pozo, hoy nos hacen tener saudade.

Pero no estoy acá para llorar, porque Crímenes del futuro, la ¿nueva? película de David Cronenberg no solo va a estar a fines de julio en MUBI, sino que va a tener doce funciones ¡en sala! desde principios del mes que ya empieza en la Sala Lugones del Teatro General San Martín.

Sí, es un notición. Y no, no voy a hablar de Crímenes del futuro por una razón muy simple: seguramente la cubramos oportunamente acá cuando sea el momento de su estreno en sala, ya que si nos vamos a quejar de que no se estrena nada, por una vez que eso pasa más o menos a tiempo no la vamos a ver bajada, una opción que, me imagino si andás más o menos antentx, sabrás que es posible ahora mismo.

Sí quiero hablar un poco de Cronenberg y de la que es mi película favorita de su filmografía.

“Scanners”

Nop.

“La mosca”

Nop.

“Una historia violenta”

Tampoco. Debo confesar que a excepción de El almuerzo desnudo (Naked Lunch, 1991), soy bastante fan de toda su filmografía, pero tengo una debilidad por el proto Cronenberg, ese joven con pocas películas encima que todavía no la había pegado y hacía películas chiquitas en Canadá “con la plata de los jubilados.”

(Esto, claro, es una humorada que nos puede ayudar a reflexionar sobre la importancia de que se hagan películas financiadas por entes estatales. Imaginate si Cronenberg no hubiera podido pagar sus primeras películas y no hubiese existido. Imaginate a los comités del INCAA recibiendo un guión de Cronenberg, también. Habrás notado con esta fina ironía dónde está el origen de tooodas esas películas de “joven que vuelve a un pueblo y encuentra una caja con fotos”, pero no es para detenerse hoy ahí. Decía…)

Esa película es la una de las primeras de una joven pero pujante filmografía que se llamó Cromosoma 3 (The Brood, 1979)

Al fin la dijiste”

No te iba a dejar sin la data. Entonces: un joven David Cronenberg, apasionado de la literatura de ciencia ficción desde chico y experimentador con cámaras que se le aparecían en el camino tenía, entre muchos cortos, dos películas que podrían considerarse “experimentales” para finales de los años sesenta: Stereo (1969) y Crimes of the Future (1970).

(No, la nueva no es una remake, tienen solo el mismo título. Sí, el ¿nueva? era un macguffin. Sí, qué ganas de joder con dos con el mismo título pero distintas. Volviendo—)

Claro que el joven David quería hacer otra cosa. Ahí es cuando se junta con otro canadiense que estaba empezando su carrera que capaz te suena de algún lado: Ivan Reitman.

Juntos, y aprovechando que el gobierno canadiense estaba financiando películas de jóvenes auteurs, se anotan en la movida y cada uno termina haciendo las suyas, plural.

Sí, lo de Reitman es quizás para otro momento, pero Cannibal Girls (1973), una película exploitation que tenía uno de los gimmicks más torpes de todos los tiempos —sonaba una campana cada vez que iba a haber algo shockeante en pantalla para que cerraras los ojos, quizás tirando todo por la borda— es digna de mencionar.

Volviendo a Cronenberg, se ve que tenía otros planes que los de Reitman y filmó para mediados de la década Parásitos mortales (Shivers, 1975) y Rabia (Rabid, 1977), verdaderos monolitos de lo que después íbamos a llamar body horror.

Rabia le fue especialmente bien: contaba con la actuación de Marilyn Chambers, la reina del porno chic, protagonista de Detrás de la puerta verde (Behind the Green Door, 1972) de los hermanos Mitchell y se cansó de cortar tickets.

Ese éxito le valió que productores de películas (un poco) más grandes le dieran luz verde para su siguiente proyecto, pero con un detallito: para hacer la película que quería hacer, antes tenía que hacer una con un poco más de appeal popular.

Así fue como en 1979 Cronenberg filmó ¡dos! películas: Fast Company (1979) y Cromosona 3.

La historia de Fast Company es interesante, porque es la única película “de aventuras” y sin elemento de horror en toda su filmografía. Un gun for hire a todas luces de la que Cronenberg se llevó a varios del equipo técnico que trabajaron con él durante décadas.

También podemos decir que, si bien no es “de género” en la película Cronenberg explora su obsesión con los autos que iba a desplegar en Crash: extraños placeres (Crash, 1996) décadas después.

Lejos de renegar del encargo Cronenberg la recuerda con mucho amor. Fast Company tuvo un estreno enorme en Canadá, pero la compañía que la financiaba se fundió antes de la venta internacional y su exhibición fuera de ese territorio fue más bien escasa.

Pero quizás lo más importante de 1979 fue que Cronenberg finalmente pudo explorar el body horror con un poco más de presupuesto.

Y quizás sea momento de refrescar —a falta de un envío solo de eso que seguramente llegará en algún momento— qué corno es el body horror.

Como su nombre traducido indica, el body horror refiere al “horror del cuerpo”, es decir: a un horror que viene del interior (como en el afiche de Cromosoma 3) y no del exterior.

Si bien se puede entender al body horror desde tiempos inmemoriales en la historia del cine y la literatura —La metamorfosis, Jekyll y Hyde, La Isla del Doctor Moreau, Frankenstein, por tirar tres bien lineales— con los avances de la tecnología y, sobre todo de la ciencia, el género empezó a tener más peso para mediados y fines de los años setenta, especialmente con las películas del canadiense.

Lo que planteaba este body horror con nombre era precisamente lo contrario a lo que esperaba el exploitation más puro y duro: usar lo físico y grotesco para causar repulsión y así hablar de algo que quería hablar.

Para que exista el body horror tiene que haber, necesariamente, una manipulación grotesca y perturbadora del cuerpo humano y una noción que nos invada: nos puede pasar a todxs, apelando a un terror primario que nos expone a los límites de nuestro físico.

Sin body horror no hubiera habido mucho del animé histórico —y quizás más extremo— ni extremismo francés, pero no me quiero distraer.

“Da para hablarlo más largo otra vez”

Y con filmografía, anotado. Pero volviendo a Cromosoma 3

Cronenberg experimentó con el body horror, y caramba que lo hizo. Venía de divorciarse, y decidió hacer una película sobre el tema en sus propios términos.

Y, si estás por decir, “Ah, como Una mujer poseída (Possession, 1981) de Zulawski” estás por la senda correcta: el propio Cronenberg la definió como “Kramer Vs Kramer pero más realista”

De hecho, la película de Robert Benton que es de ese mismo año fue el puntapié inicial para Cromosoma 3: la desilusión de Cronenberg al verla lo motivó a escribir su propia versión de “una de divorciados”.

¿Y de qué era? Para vos, que no podés vivir sin una sinopsis: un psiquiatra que lleva adelante un instituto con un método algo experimental se cruza con el caso de una mujer que está en el medio de un divorcio muy difícil y, a los fines de que no pierda la tenencia de su hija, “acelera” un poco del procedimiento haciendo que… bueno, si viste una de Cronenberg te imaginarás.

Porque hay niños malignos, experimentos que salen mal y hasta escenas con fetos que quizás no puedas “desver” nunca más.

Bueno, capaz que no es para cualquiera, por eso vaya este sutil trigger warning.

Quizás lo más interesante que tenga la película sea que empezó a explorar algo que profundizaría en su siguiente, más grande y quizás más famosa, película Scanners (1981): la idea de que mente y cuerpo trabajan en conjunto y que la mente puede provocar manifestaciones físicas.

Mucho se ha escrito, en estas épocas donde se mide el pasado con la vara ¿del futuro?, sobre cierto “machismo” en Cromosoma 3. Quizás, si nos ponemos a analizar a los personajes con profundidad y no solo viendo “lo que hacen a tal o cual” probablemente entendamos que es todo lo contrario, pero andá a hacérselos entender.

Lo cierto es que, casi cuarenta y cinco años después, Cromosoma 3 te sigue poniendo los pelos de punta y haciéndote dudar si estás realmente preparadx para semejante cosa.

¿No la viste todavía? ¿Y ahora?

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