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127 – Pegarla de grande

Publicado el 23 de junio de 2022

No son pocos los casos de los cómicos que no nos llegan. Lo hago plural, porque para gustos los colores, pero a veces esas coincidencias son más universales que otras.

Sorry por la autorreferencia, pero me tocó ser chico en los años ochenta y, si bien se me podría considerar “bendecido” por haber agarrado la época de Y… ¿dónde está el piloto? (Airplane!, 1980), Súper secreto (Top secret!, 1984) y hasta la saga de La pistola desnuda (The Naked Gun: From the Files of Police Squad!, 1988), hubo otros esfuerzos cómicos que capaz no eran lo más feliz del mundo, porque fue esa la década en la que, por arrastre de la década anterior, por haber estado en muchos podios por “la seguridad” de la “comedia blanca” que era una obligación durante la dictadura que había terminado hace horas, tuvimos que soportar estoicamente en sala casi todos los esfuerzos de Pierre Richard por hacernos reír.

“Ay, no: va a hablar de Pierre Richard”

Antes muerto. O no. Pero no hoy.

El punto: los que padecimos a Pierre Richard en los ochenta, éramos la generación siguiente a los que habían soportado a Louis De Funes en un escenario incluso más hostil. Richard y De Funes, por si no llegaste nunca a ellos: casi casi tan divertidos como un desalojo.

“Pero tenías las de Zucker Abrahams Zucker”

Sí, pero las abuelas no distinguían mucho entre una cosa y la otra cuando decidían llevarte al cine un domingo a la tarde. Así fue como Alto rubio y con un zapato negro (Le grand blond avec une chaussure noire, 1972), Se me subió la mostaza (La moutarde me monte au nez, 1974) o El distraído (Le distrait, 1970) pasaron a ser parte del corpus de mi proto cinefilia.

“Suena la música de un pequeño violín”

No te quepa la menor duda.

Claro que no todas las aberraciones venían de Francia: las generaciones anteriores, que habían soportado estoicamente los embates de De Funes intentando hacerlos reír, también habían caído en el paco de las comedias italianas que, por alguna razón, eran “picarescas” pero pasaban los filtros complejísimos de la censura, muchas veces con un afiche escandaloso y ni media teta en plano.

El punto es que–

“Al fin”

Durante la década de los ochenta apareció un personaje cuyas películas jamás me hicieron reír y que era absolutamente exitoso, que funcionó (para mí y muchos otros, como decía antes, este sufrimiento es plural siempre) como “el nuevo Pierre Richard” o, si lo querés ver de otra forma “el Pierre Richard yanqui”

Su nombre era Rodney Dangerfield.

Nunca creí vivir para leer esto”

Y menos el mea culpa que voy a hacer.

“Me retiro”

Quedate que se va a poner interesante, porque capaz que sus películas no nos han hecho reír mucho, pero cuando te ponés a bucear en el personaje y sus por qués, la cosa se pone definitivamente interesante.

“Bueno, ahora tenés mi atención”

Pero, como siempre, para entender por qué Rodney Dangerfield llega a ser Rodney Dangerfield y luego una frase de cultura popular como el “El Rodney Dangerfield de…” vamos a tener que explorar todo lo que pasó antes.

“Un poco de historia”

Tu lo has dicho. Sobre todo si consideramos que el bueno de Rodney la pegó de grande. De muy grande para el rubro en el que desarrolló gran parte de su carrera, que no fue el cine.

“Pero este es un newsletter de cine”

Bueno, sí, puede ser, vamos viendo.

El punto es que—

Dangerfield no nació con ese nombre tan genial y absurdo, claro. El nombre de su libreta de enrolamiento (cuando hablamos de gente de esa edad, vale adaptar los documentos) era Jacob Rodney Cohen, hijo de una madre (casi) soltera que hacía todo lo posible porque tuviera una linda vida y un padre cómico de stand up borrado de la ecuación.

Vivió gran parte de su niñez y adolescencia en lo que podría considerarse “un cuento de Dickens” hasta que, en algún momento de la adolescencia, descubre la comedia como una pasión a la que estaba dispuesto a perseguir.

Y esa así que a finales de los años cincuenta (tené en cuenta los años, van a ser importantes en el momento en el que armemos una charla TED sobre superación y creer en uno mismo) empieza a hacer un circuito de comedia en los Catskills, afueras de Nueva York.

Y no sé si sabrás dónde quedan los Catskills, pero no es Nueva York, es lejos. Es donde pasa Baile caliente (Dirty Dancing, 1987) para que te orientes un poco más.

“Ah, lejos”

Lejos y agreste, sí.

Dangerfield, que había moldeado su carrera en base a los cómicos de antaño que admiraba (principalmente Groucho Marx) era, por ponerlo en términos amables, una rara avis en el un circuito que, por aquel entonces, estaba empezando a darle la bienvenida a una renovación prácticamente revolucionaria, con artistas como Lenny Bruce.

Se habla de shows en los Catskills donde Dangerfield le abría a Bruce y viceversa. Quién pudiera tener una máquina del tiempo.

Claro que ese cambio de paradigma (el mismo que escuchamos hoy en día cada vez que Tinelli mide 6 puntos) no fue tan amable con este señor de casi cuarenta que se subía a escenarios con tipos de poco más de veinte y tenía un registro de humor “algo vetusto” para los tiempos que corrían.

Sí, Bruce actuaba la misma noche que un señor que venía a cultivar chistes y oneliners a la Groucho Marx, quizás la cosa no era del todo esperanzadora para su carrera.

Claro que por ese entonces Cohen no era Cohen ni tampoco Dangerfield: usaba otro nombre artístico, quizás en homenaje a su padre al que no había visto más que unas pocas veces. Su padre usaba el nombre artístico de Phil Roy y Dangerfield (o Cohen, es todo muy complejo) el de Jack Roy.

Como Jack Roy tuvo un desastre arriba del escenario arriba de otro, al punto de que la gente ya iba a verlo para “no reírse”, y hasta decidió vender todos sus chistes a otro cómico y dedicarse a otra cosa.

Sí, porque durante muchos años, mientras formaba una familia y tenía hijos, el bueno de Rodney se dedicó a vender perfilería de aluminio, soñando con un día volver a cumplir su sueño de “pegarla” haciendo reír.

No fue hasta finales de los años sesenta que tuvo un golpe de suerte: con el nombre cambiado al de Rodney Dangerfield y con sus oneliners afilados más que nunca, fue invitado porque se había caído un cómico a último momento al programa de Johnny Carson, el lugar donde si la querías “pegar” tenías que ir.

Esto le abrió la puerta de Las Vegas, los shows a lo largo y ancho de Estados Unidos y le aseguró ser el invitado favorito de Carson, habiendo aparecido en el show más de sesenta veces.

“Bueno, bien”

Si, bueno, más o menos. Porque a medida que pasaban los años, la comedia se iba poniendo más y más salvaje y Rodney seguía firme en su deseo de ser Groucho Marx. Y esto, claro, generaba en sus coterráneos de la época un amor por él que lo llevó demasiado lejos.

Para principios de los años ochenta, y gracias al amor de sus compañeros, lanza el que iba a ser su disco consagratorio (sí, en esa época los cómicos giraban, pero “el especial de Netflix” era el disco) No respect, que fue un éxito de ventas y terminó de catapultarlo (y esto es muy importante: a los casi sesenta años) a la fama total.

Con esa fama llegaron las películas, porque, viste, este es un newsletter de cine. Y en las películas, bueno, quizás no tuvo tanta suerte.

Si tuviéramos que definir la filmografía de Dangerfield y no ser amables, los yanquis tienen un término bastante exacto que es clusterfuck, que si lo pasamos por el traductor de Google nos devuelve un bellísimo “racimo de mierda”

Claro, claro, claro que hubo alguna que otra excepción que ni en pedo ayudó a ninguna regla.

Es justo decir que durante todo ese derrotero de los años cincuenta, Dangerfield tuvo papelitos (muchos de extra, prácticamente) en películas de Hollywood, siendo quizás la más famosa Casta de malditos (The Killing, 1956) de Stanley Kubrick que, si tenés ganas de hacer un Dónde está Wally con él, adelante.

Pero los protagónicos o casi le iban a llegar veinticinco años después, de una manera que solo Beto Casella podría comprender.

El primer gran papel fue en Locos del golf (Caddyshack, 1980) de Harold Ramis, coincidiendo con su boom de ventas de disco y varias delicias más, junto a muchos de los por entonces protagonistas de la “nueva comedia americana” en su mayoría salidos, primero, del circuito de clubes de comedia y después de Saturday Night Live.

No sé si la habrás agarrado en el cable, o la habrás alquilado en VHS si peinás canas como yo, pero: Locos del golf no es precisamente una obra maestra, pero, en comparación con lo que iba a venir después, es El acorazado Potemkin.

Porque, en rápida sucesión, y quizás con la noción de estar “pegándola de grande”, Rodney hizo dos comedias más en poco tiempo: Dinero fácil (Easy Money, 1983) y De vuelta al colegio (Back to School, 1986), además de tener un papel pequeño en Moving (1988), una de las películas del regreso a la “comedia sana” de Richard Pryor, después de que se prendiera fuego con una pipa de crack en 1980.

Sí, 1980: el mismo año donde Rodney, con sus modos de cómico de los años cuarenta la había pegado. Quizás sirva el dato para entender lo a contramano que estaba su carrera, pero igualmente.

Rodney siguió en la tele, volviendo un poco al cine para la olvidable Ladybugs (1988) que si no la agarraste cien veces en cable no tuviste vida (?) O sí, en realidad.

Siguió protagonizando película olvidable tras película olvidable pero, parecía, la gente de la industria le tenía cariño.

Tanto, que Oliver Stone lo llamó para hacer del padre de Mallory en la secuencia de sitcom en Asesinos por naturaleza (Natural Born Killers, 1994) y Adam Sandler para hacer del demonio en El hijo del diablo (Little Nicky, 2000)

Claro que, para alguien que la había “pegado” a los sesenta años, su carrera exitosa no fue muy larga. Para el comienzo de los años dos mil, le quedaba poca cuerda.

En 2004 dejó esta dimensión a los 83 años y quizás sea un lindo ejercicio leer los obituarios de la época, donde se hablaba del poco respeto que se le tenía y del infinito amor que le profesaban.

Porque, si hay algo que tenemos que aprender de la carrera de Rodney Dangerfield sea que nada contra la corriente y ser muy, pero muy cabezadura, a la muy muy larga, termina dando sus frutos.

Amor infinito a él, y cuando venga un superado de esos que nunca faltan, contale todo esto, y hacelo que baje el cuadro de Seinfeld.

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