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123 – Diseño gráfico ¿parte uno?

Publicado el 26 de mayo de 2022

Bueno, antes de empezar una serie de confesiones. Bueno, una sola, pero lo suficientemente fuerte. Bah, tampoco.

“Decidite, querés”

Amo el diseño gráfico. Mi conexión con el mundo del arte generalmente es por esa vía: pop art, afiches, tipografías, gráfica suiza. Supongo que si seguís un poco lo que hago te habrás dado cuenta de la verdadera razón por la que tengo varios proyectos corriendo en paralelo. No, no es la guita: es la posibilidad de tener muchos logos lindos.

Sí, quizás debería haber estudiado diseño gráfico en lugar de cine. Andá a saber dónde hubiera terminado. Mejor que acá seguro. O no, ni idea.

No es que tampoco me arrepienta: siempre pude “sublimar” ese deseo de gráfica o haciéndola yo o encargándosela a personal idóneo.

Lo cierto es que cuando tenés al cine y al diseño corriendo en paralelo en tu lista de pasiones, muchas veces terminás en el paco de los afiches.

Sí: si esto fuera una reunión de NarAnon tendría que decir: “Hola, soy Santiago y soy un adicto”

Porque los afiches de películas —y aquellos pocos que los coleccionen que estén leyendo lo sabrán— tienen consigo la adrenalina de ver esa pila toda doblada, abrirlos y descubrir qué hay ahí adentro esperando para ser adoptado.

Muchas veces no son ni de grandes películas —te diría que la gran mayoría de mis favoritos son de películas “menores” e incluso “olvidables”, pero hay algo en esa magia del 75×100 que, casi 30 años después de haber comprando el primero por la friolera de un peso, sigue intacta en mi corazón.

Pero basta de hablar de mí, estoy acá para hablar de alguien más. Alguien que revolucionó esa disciplina tanto, que hasta modificó la forma en la que se proyectaban las películas hasta ese momento.

Un hombre cuya carrera fue de menor a mayor, hasta convertirse en alguien absolutamente imprescindible y, por momentos, protagonista involuntario —o no— de complots que llegaron hasta nuestros días.

“Da el nombre, hermano, me va a dar algo”

Bass. Saul Bass. ¿Estás contento Walter Nelson?

“Al fin te pusiste la diez para hablar de él”

Ganas no me faltaban, no encontraba el momento. Estuve con unas diligencias.

Saul Bass, para los que no lo conozcan, nació en el Bronx, Nueva York en 1920, hijo de una familia de inmigrantes judíos del este de Europa.

Crecer en Nueva York lo expuso desde muy corta edad a los trabajos de los modernistas que por aquel entonces empezaban a exhibirse en Museos como el Metropolitan, con trabajos como los de Josef Albers y Herbert Bayer colgados para su exhibición.

Viendo este tipo de obras colgando en museos, el joven Bass entendió que eso que muchos llamaban “diseño” y no “arte” era una forma de esto último y empezó a interesarse más y más.

Veía en esas obras todo lo que le interesaba: la comunicación, el bajo fondo, el jazz contado de una manera absolutamente estética y de cómo todo eso, un día, quizás se iba a convertir en parte del siempre vapuleando mainstream.

(Tan errado no iba a estar, pero más de eso en un rato)

Estudió medio acá y allá, pero su formación más fuerte fue con György Kepes en el Brooklyn College.

Y vos te preguntarás quién es György Kepes, y quizás tengas razón en hacerlo: Kepes era un húngaro que se había ido a vivir a Alemania. había empezado su carrara como pintor, pero lentamente se dejó tentar —trabajo en la Bauhaus mediante— por formas más abstractas (primero) y cercanas al diseño (después).

No olvidemos que eran épocas de grilla suiza, de diseños ascéticos y a la vez muy comunicativos y que la guerra en Europa, bueno, se estaba empezando a complicar.

Ese fue el motivo por el que Kepes terminó recalando primero en Inglaterra y luego en Estados Unidos, donde terminó teniendo a Bass de alumno prodigio.

El aprendizaje de gráfica suiza que Bass recibió de manos de Kepes fue basal en su carrera.

(Si sentís que estás leyendo chino básico, buscá “gráfica suiza” en Google Images. Creo que lo vas a entender en fracción de segundo y decir “Aaaah, de eso habla”)

Este acercamiento a este tipo de diseño, además, le enseñó que el trabajo del diseñador se podía tranquilamente alejar de lo que la sociedad de ese momento (campañas dibujadas, mostrando hombres y mujeres haciendo o usando lo que se pretendía vender) estaba acostumbrada a ver y consumir.

Sí, claro que era necesario “un pasito más”, pero si ese pasito se hacía con maestría, quizás no fuera tan difícil darlo.

Tras algunos años haciendo cositas acá y allá en el mundo publicitario, Bass decide mudarse a Hollywood pasada la mitad de los años cuarenta.

Y, si leíste un poco de historia del cine, seguramente estés exclamando del otro lado “Justo en los años cuarenta se iba a ir” y tendrías razón.

Para lxs que no la leyeron —o se perdieron esa entrega por acá, si es por eso— refresco: para cuando Bass llega a la ciudad de los sueños rotos en 1947, la televisión era esa amenaza latente que se iba a quedar con todo, el gobierno estaba tirándole con de todo a los estudios con el anti-trust de 1948 contra Paramount que cambió casi treinta años de prácticas monopólicas de producción, distribución y exhibición y alguna que otra delicia más.

“Había caído a un velorio”

Bueno, citando a la señora Bisman: como sí o como no. Porque lo que hoy sería un “Bueno, cerremos, no hay más agua en esta canilla”, ochenta años atrás, con una mente mucho más abierta a lo que pudiera pasar, fue un período donde los creativos tomaron el poder.

Los jefes de los estudios, viendo que todo se iba a la B, o a la C, o al Nacional B, nidea: no sé de fútbol, pero la analogía (creo) que vale, se agarraron de los directores, guionistas y demás yerbas para tratar de mantenerse a flote.

“Como con el New Hollywood”

Correcto, pero veintipico de años antes.

Así fue como se empezó a vislumbrar cierta autoría (detesto el término, lo sabés, pero acá queda bien para simplificar) en lo que hasta ahí había sido medio una fábrica de salchichas a la que, a veces, las salchichas le salían geniales y a veces no.

Había otro espíritu de época flotando en el ambiente que también contribuyó a que ese switch de “ejecutivos de traje dejan que los autores decidan” se diera y era el Código Hays, del cual ya hablé en alguna ocasión (o varias): los creativos eran mejores “escondiendo” las cosas que no se podían contar para contarlas igual.

El primero en confiar en el talento de Bass fue Otto Preminger —con quién además de con Hitchcock, pero eso viene en un rato— trabaría un vínculo creativo que duraría gran parte de la filmografía de ambos.

Preminger lo llamó para que diseñe los títulos de Carmen de fuego (Carmen Jones, 1954) y no solo lo llamó para que hiciera la changuita, le dejó hacer lo que quisiera.

Bass, que nunca había hecho este tipo de trabajo, se dio cuenta del poder que podía tener la secuencia de títulos inicial y final de una película y decidió sacarle el mayor jugo posible.

Y con ese pensamiento y esas ganas, cambió una práctica que era prácticamente una “obligación legal” en una forma de arte.

Y cuando digo “obligación legal” lo digo porque lo era: hasta la llegada de Bass a la escena de las secuencias de títulos, estas eran estáticas, daban la información necesaria y no mucho más, con la gente esperando que empiece “la película” cuando la película, en realidad, ya había empezado.

Nunca está de más contar algo que quizás muchos no sepan. Los cines por aquel entonces —y si es por eso, hasta bien entrados los años ochenta e incluso noventa en nuestro país, pero eso para otro momento— tenían un telón como los teatros, que se descubría cuando la película comenzaba. Tan poca era la importancia que se daba a las secuencias de títulos, que muchas veces se proyectaban sobre el telón, que recién se descorría cuando empezaba “la acción” o “la película de verdad.”

Todo esto cambió cuando apareció otra película de Preminger, El hombre del brazo de oro (The Man with the Golden Arm, 1955).

La película, que para evitar lo que Hays pudiera decirle se había estrenado sin clasificar, tenía a Frank Sinatra encarnando a un músico de jazz adicto a la heroína.

(¿No la viste? Bueno, anotala, querés.)

Para cuando los rollos llegaron a los cines en el momento del estreno, tenían una nota pegada que decía:

“Proyectoristas: abran el telón antes de los títulos”

Los proyectoristas, sin entender mucho, cumplieron la orden y lo que vieron cambió la historia del cine para siempre. Una secuencia de animación hacía que los espectadores, que la contemplaban en un silencio sorprendido, entraran en lo que la película venía a contar desde el primer cuadro.

Porque la “gracia”, si vale el término simplista para algo tan complejo, del trabajo de Bass era, justamente, era que a partir de ese momento, las secuencias de títulos de las películas iban a pasar a ser parte integral de ellas y no una mera legalidad.

Bass, además, tenía una particularidad en su obra que lo iba a convertir en quién terminó eiendo: sabía captar el espíritu de lo que los espectadores estaban por ver. Seteaba el tono, el mood si se quiere, de la historia que estaba por desarrollarse en la pantalla, como si les estuviera diciendo “esto va a ser así y así, andá preparándote”

A la de El hombre del brazo de oro, le siguieron varias más y en rápida sucesión, esta vez para Alfred Hithcock que viendo lo que había hecho con Preminger, decidió que él también quería un poco de ese caramelo. Así fue como Bass diseñó las secuencias de títulos de Vértigo (1958), Intriga internacional (North by Northwest, 1959) y Psicosis (Psycho, 1960).

El principal objetivo de la carrera de Bass, en sus propias palabras era “Intentar llegar a una frase simple de manera visual que te diga qué tipo de historia y película vas a ver”

Desde principios de los años sesenta, Bass fue llamado no solo para diseñar afiches —más de esto la próxima— y secuencias de títulos: empezó a funcionar como una suerte de “consultor visual” en algunas películas. Y si leíste Psicosis un poco más arriba, sabrás que ahí hay un lío bárbaro del que ya hablamos pero que, en una de esas vamos a tener que refrescar.

Eso, además de hacer imágenes corporativas para empresas y varias delicias más.

Pero, como te dije desde el principio, esta entrega que no era taaaan de cine pero sí, es demasiado larga para una semana.

“¿La vas a cortar acá?”

¿Alguna vez te mentí?

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