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122 – Bolas peludas y otras aberraciones

Publicado el 19 de mayo de 2022

Si entraste por el título pensando que iba a hablar del huevo de Fanego en El ángel (2018), bueno, te voy avisando que no viene por ahí.

Si habías pasado mucho tiempo sin recordar el huevo de Fanego en El ángel y te lo traje a la memoria, te pido mildis.

Para la historia de hoy vamos a tener que—

“Viajar en el tiempo”

Bien, ¿y qué más?

“Hacer un poco de historia”

Correcto. Una historia de la que hablamos alguna vez, no recuerdo si acá o en el de los martes sobre el verano de 1982.

Por si justo estabas en bavia, te refresco a grandes rasgos:

Post New Hollywood, y después de Tiburón (Jaws, 1975) y La guerra de las galaxias (Star Wars, 1977), el cine cambió para siempre entre finales de los setenta y principios de los ochenta.

No fue casualidad solamente: ayudó mucho la aparición de una calificación intermedia de la MPAA (el PG-13) que permitía que lxs que tuvieran entre trece y dieciséis tuvieran películas para ver y no estuvieran demasiado grandes para las infantiles ni demasiado chicxs para las de adultos.

Y eso dio por resultado el famoso verano del 82 del que se habla todo el tiempo donde en rápida sucesión se estrenaron: E.T., el extraterrestre (E.T. the Extra-Terrestrial, 1982) de Steven Spielberg, Poltergeist (1982) de Tobe Hooper —y no voy a aceptar otra teoría—, Viaje a las estrellas 2: la ira de Khan (Star Trek II: The Wrath of Khan, 1982) de Nicholas Meyer, Conan el bárbaro (Conan the Barbarian, 1982) de John Milius, Rocky III (1982) de Sylvester Stallone, Picardías estudiantiles (Fast Times at Ridgemont High, 1982) de Amy Heckerling y hasta El enigma de otro mundo (The Thing, 1982) de John Carpenter y Martes 13, 3D (Friday the 13th Part III, 1981) de Steve Miner y hasta Mad Max 2 (Mad Max 2: The Road Warrior, 1981) de George Miller que como era australiana venía atrasada.

Sí, flor de tres meses.

De más está decir que fue no el nacimiento (porque a ese período se lo considera al tiempo entre el estreno de Tiburón y La guerra de las galaxias) pero sí el despegue definitivo del blockbuster. Un período que, ya lo hablamos antes, tuvo de todo, y duró buena parte de la década de los ochenta.

Claro que blockbusters, y a riesgo de sonar como un viejo choto —y si los que me lo van a espetar en el rostro solo vieron las películas del MCU lo tomaré como un halago—, blockbusters eran los de antes.

Y lo digo por un detalle mínimo pero crucial: la inmensa mayoría de las sagas que salieron en estos tiempos eran ideas originales que se tiraban en la ruleta de la suerte con los espectadores y a veces salía el número, lo cual convertía al “cine comercial” como le gusta decir a muchos despectivamente, primero en un hecho original y maravilloso y segundo en un mérito enorme y triunfal.

Lo que pasó después, bueno, vamos viendo.

El punto es que en medio de este boom del blockbuster con nuevas ideas que generaban sagas que estrenaban casi semanalmente, hubo un hit hermoso que tardó —quizás demasiado— en tener secuela y que hizo que varios productores con ganas de hacer plata con algo que “se les había ocurrido justo, mirá” se asomaran detrás de la ligustrina.

Hablo de Gremlins (1984) de Joe Dante, claro.

Dante, como la mayoría de los del New Hollywood, había empezado con Corman, dirigiendo Hollywood Boulevard (1976) Piraña (Piranha, 1978) y hasta Rock ‘n’ Roll High School (1979) ¿de Allan Arkush? sin aparecer en los créditos.

El punto es que poco después la pegó con Aullidos (The Howling, 1981), una de hombres lobo que si no viste te diría que corras a hacerlo.

Con el éxito de Aullidos, le fue fácil convencer a todos para hacer una película —sobre un guión del genial Chris Columbus y basada en un término inventado por Roald Dahl— sobre una simpática criatura que cuando se mojaba o alimentaba después de la medianoche, bueno: ya sabemos.

Pero, claro, no estoy acá para hablar de Gremlins, eso seguramente lo haga otro día. Estoy para contar la historia de dos películas parecidas pero distintas, que de alguna manera inciaron la ¿Gremlinsploitation?

La verdad que nidea si existe el término, pero se puede hacer un —sploitation de casi cualquier cosa.

Y eso fue exactamente lo que pasó después del estreno de la película de Dante. Dos películas en el correr de un año o así vinieron a tratar de “hacer la plata” —un término que robo de la distribución cinematográfica local— con algo que se parecía a las criaturas verdes esas.

La primera fue Ghoulies (1985) de Luca Bercovici.

El proyecto ya venía medio mal parido, porque se había pensado para que lo dirigiera ¡Charles Band! y terminó en manos de otro. Los efectos, que también fueron a parar a otras manos, iban a estar a cargo de Stan Winston.

(Para lxs que no hablen Charles Band: pensar como un “salto de calidad que no fue” al productor de la saga Puppet Master y director de Trancers quizás sea mucho. En fin, sigamos.)

En Ghoulies un muchacho con su padre muerto ¿y ocultista? encontraba una serie de cosas y desataba una serie de hechizos que terminaban con la aparición de, obvio, los Ghoulies, y del quinto infierno.

Tipos de treinta haciendo de adolescentes, una trama un poco difusa, la inolvidable escena del Ghoulie saliendo del inodoro y… el resto es historia.

Así como la leés, Ghoulies tuvo ¡tres! secuelas: Ghoulies II (1985), Ghoulies III: Ghoulies Go to College (1991) y Ghoulies IV (1994) que fueron alejándose más de la base de calidad (?) que les podía dar Charles Band (?), al punto que la cuarta es de Jim Wynorski.

(Para los que no hablan Wynorski, primero: lo bien que hacen. Y segundo: hagan una búsqueda en Google. De nada.)

Claro que vengo diciendo “dos” desde el principio, y tengo una segunda —¿quizás más prestigiosa?— para traer a la mesa.

Hablo de Critters (1986), claro.

Y la de Critters, bueno, es una historia “un poco más compleja”, porque parece (parece) que venía de antes de Gremlins.

En rigor, la película está dirigida por Stephen Herek y escrita por él y Domonic Muir. La dupla se conoció pocos tiempo antes del proyecto, cuando ambos eran asistentes de montaje en City Limits (1985) una película que, si te acordás, te ganás una mampara para baño.

El tema es que Herek quería dirigir y Muir tenía un guión arrumbado que —él dice— llevaba varios años juntando polvo.

En el guión unas bolas peludas con dientes se escapan de una prisión espacial y llegan a la tierra a comerse todo.

El concepto era medio genial, a pesar de que capaz sin Gremlins nada de esto hubiera pasado y New Line, que por aquel entonces estaba dulce porque le había ido bien con las de Freddy, les puso ¡tres palos verdes! para que la hagan.

Estamos justo a mediados de los años ochenta, donde el horror había perdido un poco la seriedad del slasher (las películas de Freedy y la pronta aparición de Chucky iban a servir como testigos de eso) y el humor estaba empezando a ganar terreno.

Critters, por supuesto, fue un éxito y recaudó más de seis veces su prespuesto.

Como te imaginarás, si sos de leer esto seguido, si con Ghoulies llegaron a tres, con Critters llegaron a ¡cuatro! secuelas y ¡una serie de televisión!: Critters 2: The Main Course (1988), Critters 3 (1991), Critters 4 (1992) y la reciente Critters Attack (2019) además de ocho episodios de Critters: A New Binge.

Dicho todo esto, vamos con la hipotéticas:

¿Podemos creer la historia de Herek y Muir? ¿Realmente se les había ocurrido algo parecido antes de que saliera Gremlins?

Empecemos por decir que hay varios que sostienen que está todo hecho: en cine, en televisión, en literatura, en teatro o en la rama del arte que quieras pensar.

Quizás sea un poco extremo pensar así —como pensar que hay equis cantidad de conflictos posibles cuando se escribe— pero a la vez lleva algo de razón.

“Decidite de una vez”

A eso iba: quizás el mayor mérito de algo que ya estaba escrito sea hacer algo “nuevo” o “renovado” o “con otra vuelta” con eso.

Quizás este concepto aplique más a determinados géneros que se comportan siempre de la misma manera y no a algo tan específico como una película de bichos del espacio que arman quilombo en tal o cual lugar.

Peeeero, de todas maneras, diré algo que quizás sea polémico, pero igualmente: banco —y mucho— la saga de Critters.

“Se picó”

Me parecen divertidas, funcionan. Sí, okey, no son la idea más original del mundo, pero supieron sortear el obstáculo con sentido de humor y una cantidad de secuelas que nadie puede terminar de entender del todo.

Dicho esto, hagamos unas breves menciones ¿de honor?

Para cuando la vaca ya estaba muerta y no daba más leche, aparecieron los Munchies (1987) de Bettina Hirsch, donde un arqueólogo revive sin querer un Munchie (?) fosilizado y Hobgoblins (1988) de Rick Sloane que es tan chota que ni vale la pena hacerle una sinopsis.

Y recién ahí al tiempo, Dante se decidió a hacer Gremlins 2: la nueva generación (Gremlins 2: The New Batch, 1990) que, si me apretás un poco, es mejor que la primera.

Pero eso, ya lo dije muchas veces, será en otro momento.

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