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115 – Porno sin helado

Publicado el 31 de marzo de 2022

Esta entrega tiene banda sonora, si querés la jodita multimedia completa.

Quizás te los spoilié un poco en la cita de arriba, pero tampoco es que no vayas a saber de voy a hablar dentro de dos párrafos.

Es cierto que, la historia que voy a contar, si no lo sabías, puede que se vaya abriendo y convirtiendo en un cuento que incluye juicios, mafiosos, contracultura de los años setenta y un crímen que nadie termina de entender hasta el día de hoy, aunque todo empieza en el mundo del porno.

“Desde que hablaste de Calígula te desataste.”

Bueno, tanto como “desatarme” no, pero sí hay algo cierto: si tenemos en cuenta que el cine es un todo, el porno está incluído. Sobre todo ejemplos de épocas donde la manufactura de una película porno o no porno era prácticamente la misma y, donde, sobre todo en el caso de la que vamos a terminar hablando —mientras hablamos de otros temas que la rodean— tiene una importancia en la cultura popular.

Sí, el término cultura popular en el último tiempo ha bajado más de precio que el ZoeCash, a fuerza de Funkos e influencers, pero de la que hablamos acá es esa que, desde los productos masivos —y no tanto, también desde los márgenes— de otras épocas hay ayudado a moldear cosas que no hubiésemos podido ni siquiera empezar a pensar.

Y el porno, queramos que no, es parte de todo eso. Y sobre todo el de principios de los años setenta. Por aquel entonces, plantear que una película triple equis podía ser “un objeto de arte” o llegar al Festival de Cannes era igual de revolucionario que un disco de Joan Baez, pero quizás con un poco menos de ropa.

Pero no nos adelantemos y presentemos a los protagonistas de esta historia.

James Lloyd, conocido como Jim y Artie Jay Mitchell, conocido como Artie eran dos hermanos nacidos en California en 1943 y 1945 respectivamente. Provenientes del seno de una familia de clase media con una madre ama de casa y padre apostador profesional —algo que puede sonar más dramático que lo que realmente era— los Mitchell tuvieron una infancia que se podría considerar apacible.

Para mediados de los años sesenta, mientras Artie estaba en el ejército Jim empezó a estudiar cine en la San Francisco State University. La época no podía ser más propicia para la experimentación y una educación basada en los valores de la autoría y el cine de ídem. Jim, al igual que sus compañeros de estudios —y si es por eso, los egresados de la mayoría de las escuelas de cine en la actualidad, pero no me dejes ir por las ramas— querían ser el “el próximo Godard” o cambiá el apellido por el director europeo que se te ocurra.

Claro que Jim también necesitaba trabajar y empezó a hacerlo en el trabajo más “de cine” encontró: trabajando en el Follies, una piojera sanfranciscana donde se pasaban stags de la noche a la mañana.

Quizás para los que no lo sepan haya que hacer una serie de breves aclaraciones: estamos en la época donde, si bien el porno no era legal, existía un degradé de grises. Uno de ellos eran los white coaters, películas porno europeas disfrazadas de “películas educativas para la vida matrimonial” donde un hombre disfrazado de médico (de ahí el “delantal blanco” de su nombre) decía unas palabras antes de las imágenes de sexo explícito. Otro era el mercado —ilegal por aquel entonces, pero no por eso menos consumido— de los stags. Los stags eran —para ponerlo en términos bien simples— donde empezó y terminó todo. Escenas de sexo sin contexto ni argumento, que generalmente ciruclaban en rollos de unos pocos minutos, sin fichas técnicas de ningún tipo y que nadie sabía muy bien quién producía. Este tipo de rollos, además de circular privadamente, se veían en locales de mala muerte como el Follies.

Jim, que todavía quería ser Godard, o Polanski, o Truffaut o andá a saber, pasaba las noches viendo como hombres y hombres y hombres y hombres llenaban el Follies todas las noches, adictos a este tipo de material y se prendió la lamparita.

Con su hermano recién vuelto del ejército, sus conocimientos —y compañeros— de la escuela de cine, deciden emprender la aventura de producir este tipo de materiales.

Empezaron, por supuesto, con los stags. Cientos de ellos. Se calcula que para cuando los Mitchell llegan a filmar su magnum opus de la que hablaremos en un rato, ya tenían cerca de doscientas películas en su filmografía.

No contentos con esto, en 1969 decidieron —con la ayuda monetaria de las películas y de la esposa de Artie de ese entonces— alquilar un edificio prácticamente en ruinas en la calle O’Farrell de San Francisco, al que bautizaron el O’Farrell Theatre.

El O’Farrell era, además de un estudio para filmar sus stags en el piso superior, un cine en la planta baja. Los hermanos, hartos de que les pirateen las películas —algo absolutamente común en una época donde no había nombres ni de los que aparecían en cámara en los rollos— decidieron que si el público quería ver lo que hacían, les iban a tener que pagar la entrada a ellos.

El O’Farrell tenía, además, el extraño honor de ser uno de los pocos —junto con el Follies que nombré un poco más— donde los rollos de stags se proyectaban y no se veían en máquinas más parecidas el kinetoscopio de Edison.

“Siempre Edison.”

Verdad que sí. Sigamos.

Claro que para alguien que quiere ser Godard los stags no eran suficientes. Hacía falta, en palabras del querido Emilio Disi, la cosa del prestigio.

Así fue como para principios de los años setenta —y con Garganta Produnda (1972) de Gerard Damiano empezando a revolucionar la forma en la que se veía la pornografía— Jim y Artie Mitchell emprendieron una aventura épica: filmar la película porno más prestigiosa de todos los tiempos.

Y caray que lo lograron, pero no nos adelantemos.

Porque el O’Farrell tuvo además de una importancia en el mundo del porno, una a nivel contracultural. Abrir un antro en San Francisco en 1969 no viene solo y muchos de los personajes de esa contracultura pasaron por él como clientes, amigos y hasta protegidos.

Uno de ellos era el escritor Hunter S. Thompson, amigo cercano de los hermanos, que llegó hasta a trabajar en el turno noche del establecimiento como empleado.

Otro fue el dibujante Robert Crumb, que participó de varios eventos de dibujo cuando los hermanos cedieron el piso superior a historietistas de la época durante una convención del partido demócrata a mediados de los años ochenta.

¿Y por qué me voy por las ramas?

Porque estos dos pornógrafos —de los que, obvio, se pueden decir muchas cosas horribles también— por interés propio o por convencimiento, andá a saber se convirtieron en adalides —junto a un aliado que presentaré en un momento— de la libertad de expresión en los Estados Unidos.

A los pocos meses de abierto el O’Farrell, una redada de la policía se llevó preso a Jim por exhibición de material pornográfico. Y acá, justamente acá, es cuando aparece un personaje que los iba a acompañar a lo largo de los años y que iba a ser el que faltaba para llamar a esta sociedad un “tridente ofensivo”: Michael John Kennedy.

Kennedy —nada que ver con la familia más mufa del mundo— era un abogado al que le gustaba litigar más que el dulce de leche y vio en lo que estaban haciendo los hermanos una linda oportunidad de poner la libertad de expresión y la “primera enmienda” en cosas que no se habían puesto antes.

Así fue como, de la mano de Kennedy, los Mitchell tuvieron más de ¡doscientos! procesos judiciales —que en su mayoría salieron a favor de ellos— bregando por la libertad de expresión, siendo esta en este caso la exhibición de cine porno.

Si bien la legalización —casi— total se terminó dando con Garganta profunda y los Mitchell se subieron a la ola que desató la película de Damiano, muchos de los procesos anteriores por obscenidad fueron importantes a la hora de que esto pase.

Otra nota al pie importante: el estatus de legalidad del porno variaba de Estado a Estado. En algunos era legal, en otros no. La legalización total a nivel nacional llegaría varios años después.

Lo cierto es que Kennedy levantaba la Constitución todo lo que podía y cuestionaba a jueces cuáles eran las definiciones de obscenidad, sin obtener muchas veces respuestas que estuvieran a la altura y logrando absoluciones con una cobertura mediática enorme. Con el tiempo, los juicios de los Mithcell eran entretenimiento televisivo y de prensa escrita, algo que se terminó convirtiendo en un acuerdo tácito de conveniencia mutua entre medios que vendían con sus noticias y ellos que vendían entradas con lo mismo.

Kennedy llegó tan lejos como para decir que lo que estaba haciendio defendiendo lo que hacían los hermanos no era más que proteger al arte en su conjunto, porque la pornografía no era otra cosa que el “escudo” que protegía a otro tipo de expresiones, como el cine convencional, la literatura y la pintura.

Sí, Burlandos hubo siempre. Pocos tan articulados. Pero no te olvides de Kennedy, que va a volver de una manera impensada.

Otro de los problemas de los hermanos —y uno de los que los había motivado a abrir el O’Farrell— era la piratería —se dice en manos del crimen organizado, que había empezado a financiar películas, sin ir más lejos Garganta profunda, que seguramente tendrá una entrega por derecho propio en algún momento— de sus películas en el mercado negro.

Con Kennedy como aliado, intentaron lo imposible y lo lograron: que existieran los derechos de autor sobre el material porno.

Si bien el primer juez que les tocó sostuvo que “este tipo de material no debería tener ningún tipo de protección” a fuerza de apelaciones lograron revertirlo.

Decía hace un rato que los hermanos estaban buscando filmar la primera porno prestigiosa. No era algo que no estuviera en las mentes de varios, ni que no tuviera poco que ver con los tiempos que corrían por aquel entonces: no nos olvidemos que Europa, ese continente al que todos miraban con deseo, ya había abierto las puertas del porno —con producciones que venía sobre todo de Escandinavia— y al sexo más abierto en pantalla en películas más pretendidamente arthouse como Último tango en Paris (Ultimo tango a Parigi, 1972) de Bernardo Bertolucci o posterior —y más extremamente, si queremos decir la verdad— con Saló o los 120 días de Sodoma (Salò o le 120 giornate di Sodoma, 1975) de Pier Paolo Pasolini. En Estados Unidos había habido coqueteos del underground con el porno, con ejemplos como Blue Movie (1968) de Andy Warhol o hasta incluso la escena de sexo explícito de Pink Flamingos (1972) de John Waters. Con todos estos antecedentes el porno chic estaba a la vuelta de la esquina.

Para lxs que no lo sepan, el porno chic fue un concepto que duró poco, casi una moda, donde este tipo de películas eran consumidas por parejas en salidas convencionales, no solo por hombres. Una suerte de “aventura de clase media bienpensante” que se iba al barrio más border —donde generalmente estaban los cines que pasaban este tipo de material— a vivir la aventura.

Celebridades de todo tipo eran fotografiadas de los más orondas yendo a ver Garganta profundaEl diablo en la señorita Jones (The Devil in Miss Jones, 1973) también de Damiano o, bueno, la gran película de los hermanos Mitchell.

Sí, llegó el momento de dejar de sacarle el culo a la jeringa. Un término que, bueno, hablando de lo que estamos hablando puede sonar a remate de Sofovich.

Detrás de la puerta verde (Behind the Green Door, 1972) fue un hito en la historia del cine porno. Junto con las dos que nombro más arriba, probablemente hayan sido el comienzo y el final del porno chic, un género que duró lo que dura un hype de Instagram hoy en día.

Estaba basada en una historia de autor anónimo que circulaba fotocopiada —casi como un fanzine— en librerías de revistas porno de la época.

Si quisiéramos hacer una sinopsis podríamos decir que era la historia de una chica de clase alta algo recatada (encarnada por Marilyn Chambers, más de ella en instantes) que cruzaba una “puerta verde” que la llevaba a un mundo de exploración sexual impensado por ella instantes antes. Si, como un Narnia pero con penetración en plano.

La película costó sesenta mil dólares y recaudó más de cincuenta millones. Fue una de las pocas que tuvo el dudoso honor de tener buenas críticas y de pasar la barrera de las “piojeras” para ser exhibida en cines más convencionales y hasta en el ¡Festival de Cannes!

Sí, era otra época.

Con el boom de la película la mafia empezó nuevamente a hacer copias ilegales y a querer quedarse con el negocio de los Mitchell. Algo que lograron revertir, nuevamente, gracias a Kennedy que había logrado que las películas porno también tuvieran derechos de autor y copyright.

Pero quizás el golpe más fuerte a la cultura popular haya sido el casting de Marilyn Chambers como protagonista. Hasta el momento de filmar la película, una modelo publicitaria y cara de la marca de jabón para la ropa Ivory (pensá en Skipnidea, una grande) cuyo slogan era “99,44% puro”

Los Mitchell, no lerdos ni perezosos, hicieron una campaña de la película con Chambers y el tagline “99,44% impura”, obligando a la corporación Procter & Gamble a cambiar su slogan de años y sacar todo material publicitario que incluyera a Chambers, dando incluso más publicidad a la película por el escándalo.

Tras el éxito de Detrás de la puerta verde, los Mitchell nunca llegaron a alcanzar ese nivel de popularidad otra vez.

Sí fueron pioneros en distribuir sus películas en video e hicieron crecer su imperio del O’Farrell a once teatros más.

Para los años ochenta, en esa fábula de decadencia que cuenta tan bien Juegos de placer (Boogie Nights, 1997) de Paul Thomas Anderson, el O’Farrell dejó de funcionar como cine y fue, hasta la llegada de la pandemia, un local de strip tease y aledaños.

Los hermanos siguieron al mando, pero no sin diferencias. El consumo problemático de alcohol y drogas de Artie hacía las cosas bastante difíciles.

Al punto de que la noche del 27 de febrero de 1991 Jim, a pedido de sus amigos que lo veían muy mal, fue a confrontar a Artie a su casa para que tratara de encaminarse.

Artie lo recibió con una escopeta y el orden de los eventos no se pudo determinar del todo, pero Jim, que también había ido armado, terminó matando de un balazo a su hermano.

En un juicio donde Kennedy hizo milagros, lograron que se lo condene por homicidio voluntario, con una pena de seis años de la que Jim cumplió solo tres por buena conducta.

A la salida de la prisión, Jim abrió una fundación con el nombre de Artie par ayudar a la gente con problemas de adicciones, algo que fue condenado por los hijos de este ultimo, diciendo que intentaba minimizar lo que había hecho.

El 12 de julio de 2007 Jim murió de un infarto en su casa de Sonoma County, California. Está enterrado al lado de su hermano.

Hay una película para televisión que cuenta la historia de los Mitchell. Se llama Rated X (2000), está dirigida por Emilio Estevez y protagonizada por Charlie Sheen y el propio Estevez como los hermanos en la ficción y que son en la vida real.

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