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112 – Un montón de “chinos”

Publicado el 10 de marzo de 2022

Bueno, es hora de hacer confesiones.

“Ya empezamos”

Hace unas semanas grabamos un episodio de Space según Hoy Trasnoche sobre Jean Claude Van Damme, su subida a la fama, su estrepitosa caída y su historia de redención.

“Ya está, va a reciclar lo que dijo allá acá. Ya parece ████ █████████.”

Perdón, tuve que redactar el nombre del acusado. Y no, solo lo digo como disparador. Bueno, o casi, la cosa es así:

Mientras revisaba la extensa carrera de JCVD, apareció una película que nos había causado en su momento mucha expectativa a la cinefilia ala dura a principios / mediados de los años noventa.

Para colmo de casualidades, en una de las excursiones a la Hemeroteca que hago para nutrir futuros modelos de remeras de Morbo (la primera sale a la venta este domingo, yo que vos empiezo a seguirlas acá y activo las notificaciones) me crucé con este afiche:

No: el de Fachada (The Firm, 1993) no, el otro.

Porque, como venía diciendo, había mucha expectativa con Operación: cacería (Hard Target, 1993).

“¿Por una de Van Damme?”

Bueno, no. Expectativa no tanto por quien actuaba sino por quién dirigía. Porque quien dirigía venía de algo que solo podría calificarse como un carrerón afuera de Estados Unidos y estaba dispuesto a hacer lo mismo en suelo norteamericano.

Si bien el Hollywood clásico fue un rejunte maravilloso de exiliados de distintas guerras, aventureros que llegaban ahí a “hacer la América” y varias cosas más, la idea de un director que viene de otra cultura a meterse en un sistema, sobre todo en épocas posteriores donde el sistema ya estaba más “armado” muchas veces era más para desazón que para éxito.

Es por eso que la expectativa sobre esta nueva incorporación en el olimpo del cine norteamericano era más parecida a ver el video del oligofrénico diciendo “Si nos matamos, nos matamos” que a una caminata por la pradera inglesa.

“Ya decí el nombre, gordo divergencia.”

En un momento. Un director al que le habíamos devorado todo lo conseguible —e incluso más, con excursiones a los videoclubes de Barrio Chino a ver si había algo, con resultados hilarantes— y del que teníamos la camiseta —literal— puesta.

“Por favor, estoy con más Clona por encima del permitido.”

Bueno, si no hiciste la cuenta de JCVD y director extranjero en ascenso o no leíste el “un film de John Woo” en el afiche, ese era el nombre.

John Woo nació en China, pero vivió toda su vida en Hong Kong. Y si bien esta última fue colonia inglesa durante mucho tiempo (de hecho, hasta 1997), la diferencia entre una cosa y la otra era bastante notoria.

No será esta la entrega donde hable en profundidad del cine de Hong Kong, pero hagamos un breve resumen:

Para entender el cine de Hong Kong rápidamente, nos tenemos que situar en la enorme expansión económica que la —por entonces— colonia tenía en un momento.

Esta mejora sustancial del poder adquisitivo hacía que el público quisiera gastar dinero en cosas en las que antes no lo hacía: por ejemplo, ir al cine.

Esto trajo como consecuencia, primero en los años setenta y mucho más profundamente durante los ochenta, el crecimiento de una industria cinematográfica local, que tuvo dos períodos bien diferenciados en cada década.

Los setenta fueron la época de las piñas y las patadas, robando un poco la estética china del wuxiapan y haciéndola propia, quizás “occidentalizándola” un poco y generando durante el período que se conoció como el Martial Arts Craze en Estados Unidos —traducido como “la locura por las artes marciales”, coincidente con la explosión de la carrera de Bruce Lee— productos “exportables” a otros mercados.

Los ochenta, en cambio, fueron épocas de un cine más de acción y tiros, con la aparición de un montón de directores que se iban a ir a trabajar a Hollywood, pero eso viene en un ratito.

Quizás lo más importante para entender en dos segundos el cine de Hong Kong sea su tono, y de cómo ese tono “oriental pero occidental” terminó influyendo en el cine oriental que tenemos hoy en día: tengamos en cuenta que cuando el cine de acción de la —entonces— colonia estaba en su apogeo, el cine chino estaba en la de filmar épicas de época y dramones tipo las de Zhang Yimou. Si bostezaste es normal.

El cine de Hong Kong manejaba un extraño balance de acción ultraviolenta y drama de culebrón que vemos hoy como normal en Parásitos (Gisaengchung, 2019) o incluso El juego del calamar.

Lo que quiero decir sin tanto chirimbolo: sin Hong Kong no habría cine oriental moderno.

Hecho este breve resumen Lerú, podemos seguir con tranquilidad.

Woo no fue el único director oriental que Hollywood conquistó: de hecho, fue parte de una oleada de realizadores que llegaron a occidente casi al mismo tiempo, con nombres como Tsui Hark o Ringo Lam.

(Sí, es justo decir que en realidad si nos vamos a poner enciclopédicos antes estuvo Corey Yuen, que dirigió Retroceder nunca, rendirse jamás (No Retreat, No Surrender, 1986) para Cannon a mediados de los ochenta, pero era más una “anomalía” —seguramente motivada por el bajo costo, teniendo en cuenta que hablamos de Cannon— que una regla del mercado como sí pasó casi una década después)

En fin, volviendo….

Sí, de esa lista varios tuvieron el mismo recorrido que el bueno de John, volviendo a su país a los pocos años por “problemas de traducción”: más de esto más tarde.

Lo cierto es que Woo venía de una seguidilla increíble en Hong Kong desde mediados de los ochenta con genialidades como A Better Tomorrow (Ying hung boon sik, 1986), A Better Tomorrow II (Ying hung boon sik II, 1987), The Killer (Dip huet seung hung, 1989), Bullet in the Head (Dip huet gai tau, 1990), Once a Thief (Chung hang sei hoi, 1991) y Hard Boiled (Lat sau san taam, 1992), que los cinéfilos de los noventa habíamos visto religiosamente en ediciones en VHS de Transeuropa.

Su estilo visual, como la mayoría de los directores que venían de la —entonces— colonia estaba por las nubes: si hubiera que definirlo simplemente, Woo era una Sam Peckinpah con sentimientos.

Sus películas no habían pasado desapercibidas en occidente y Estados Unidos quería probar un poco de esa torta.

De hecho, Universal venía “haciéndole el novio” a Woo desde la época de The Killer, pero el bueno de John estaba muy cómodo y —se vio en su filmografía hongkonesa posterior— tenía todavía mucho para dar en su tierra.

Fue recién después de Hard Boiled —quizás su delirio más hermoso en tierras orientales— que el bichito del “y si me voy a Hollywood” le empezó a picar.

Tuvo las reuniones del caso, leyó varios guiones y se terminó decidiendo por uno escrito por Chuck Pfarrer, que venía de co escribir Darkman: el rostro de la venganza (Darkman, 1990) con los hermanos Raimi, que en este caso adaptaba libremente y sin derechos el cuento El juego más peligroso de Joseph Connell, del cual ya se había hecho una adaptación sesenta años antes con el título El malvado Zaroff (The Most Dangerous Game, 1932). La carrera de Pfarrer con posterioridad a Operación: cacería fue rara, con mucha adaptación de historieta en la época en la que esto era una vergüenza, con títulos como Barb Wire (1996) con Pamela Anderson. Perdón por el flashback innecesario.

Pero volviendo a Woo…

Es pertinente aclarar que esta decisión fue interesante en el momento por dos razones: la primera porque Andrew Davis, que venía de dirigir un montón con Steven Seagal incluída la super exitosa Alerta máxima (Under Siege, 1992) había demostrado interés y lo había descartado. Davis ese mismo año —en una alineación cósmica inentendible, teniendo en cuenta su filmografía anterior— filmó El fugitivo (The Fugitive, 1993) sobre un guión de Jeb Stuart —sí, uno de los de Duro de matar (Die Hard, 1988)— y David Twohy, quizás una de las películas más sólidas y mejor escritas de la década, pero eso es para otra vez.

“¿Y la segunda razón?”

Pero qué ansiedad. La segunda razón es que dentro de la pila de guiones que Woo leyó y descartó estaba el de Contracara (Face/Off, 1997) escrito por Mike Werb y Michael Colleary, que en su momento no le pareció que fuera para él por el elemento fantástico y que terminó dirigiendo pocos años después, siendo quizás su película más celebrada —y delirante— en suelo yanqui.

Muy al principio de este envío hablé de un “cruce de vectores” entre un director en ascenso (Woo) y un actor que empezaba la bajada (JCVD). Hablemos dos minutos de Van Damme:

Van Damme había empezado en Cannon donde trabajaba como sparring de Chuck Norris, hasta que lo castearon como el ruso malo en Retroceder nunca, rendirse jamás (No Retreat, No Surrender, 1986), uno de los más grandes éxitos de la productora.

Sus peleas habían llamado la atención y los de Cannon lo pusieron a protagonizar en El gran dragón blanco (Bloodsport, 1988), la película que lo consagró como héroe de acción en una época donde los héroes de acción eran los héroes de acción.

A esa le siguieron Águila negra (Black Eagle, 1988), El cyborg (Cyborg, 1989), una de las que casi funde a Cannon, y Kickboxer, el último guerrero (Kickboxer, 1989).

Van Damme se dio cuenta que puede acceder a mejores papeles y sueldos, abandonó Cannon y firmó con estudios más grandes.

Así es como llegaron éxitos increíbles como Sentencia de muerte (Death Warrant, 1990), Soldado universal (Universal Soldier, 1992) de Roland Emmerich, La última batalla (Street Fighter, 1994) y películas a las que capaz no le fue tan bien como Sin escape (Nowhere to Run, 1993), Doble impacto (Double Impact), Timecop (1994) o Muerte súbita (Sudden Death, 1995).

Pero, de todas maneras, su ratio de “me fue bien / me fue mal” seguía rindiendo y, a pesar de una serie de consumos problemáticos de diez mil dólares en falopa por semana, Van Damme todavía era un commodity.

El problema llegó después de mediados de la década del noventa, donde pidió en una negociación ganar “lo mismo que Jim Carrey”, que por aquel entonces era uno de los mejor pagos de Hollywood y los del estudio, bueno, se le cagaron de risa.

Fue a morir al directo a video para finales de la década y tuvo una vuelta con un poco de gloria bien entrados los dos mil cuando, sobre todas las cosas, aprendió a reírse de sí mismo.

“Una cosa que me llevo.”

Míralos Morir es todo aprendizaje. Pero volviendo a Operación: cacería

Bueno, solo para lxs que no pueden vivir sin sinopsis: una mujer contrata a un ex combatiente e indigente para que la ayude a encontrar a su padre. No tardarán en darse cuenta que es todo parte de un juego macabro. ¿Estás contento, Walter Nelson?

Hace un rato hablé de “problemas de traducción” y no era un chiste: de hecho el tema tiene dos aristas completamente distintas que se pueden poner bajo el mismo paraguas.

La primera es una acepción más literal del “problema”: muchos de estos directores que venían de Hong Kong o China no hablaban una palabra de —o muy poco— inglés.

Como parte de este drama, para el momento donde Woo fue contratado para Operación: cacería, el estudio mandó a ¡Sam Raimi! a supervisar que no hubiera “problemas de traducción” y con la orden de que se subiera al rol de director si todo se iba al cuerno.

No hizo falta, por supuesto, pero en la última parte del párrafo anterior está la clave de la segunda acepción del término: quizás el cine de Hong Kong no “traducía” bien en el americano.

Lo hemos visto miles de veces con otras cosas, incluso locales e incluso que no tienen nada que ver con el cine: piensen en cada vez que alguien intentó hacer “un late night” en la tele local, o cada vez que alguien —al día de hoy— se sube a un escenario a hacer comedia observacional corte Seinfeld.

Te erizó los pelos de la nuca, ¿no? ¿Sabés que es eso? La vergüenza ajena. ¿Y sabés por qué te agarró vergüenza ajena? Porque no traduce.

“Me voy acá con algo más.”

Cuándo no.

Ese temor de “no traducción” tuvo cierto asidero en el caso de Woo, que tuvo como primer resultado un corte de la película que, se dice, era bastante más violento y visceral que el que se terminó estrenando y que se puede ver casi completo en la versión uncut del bluray que anda dando vueltas por ahí desde hace relativamente poco.

De nada.

Pero en el momento, la historia fue distinta: Woo, un director que venía de hacer las maravillas que había hecho tenía que adaptarse a un sistema que desconocía —con una “marca personal” de lujo como Raimi pegado a él por las dudas durante el rodaje— y que tuvo que hacer los cortes —durante el montaje— que fueran necesarios para dejar a la MPAA —y al estudio— contentxs.

El resultado que terminó estrenándose tuvo, en su momento, sabor a poco. Pero, como suele ocurrir con estas cosas, se terminó revalorizando con los años, y una “mirada más adulta” —y sobre todo, de la versión sin cortes— de Operación: cacería hizo que los melones se acomoden en el camión de la historia.

¿Es la mejor película de John Woo? Por supuesto que no.

¿Es la mejor película de Van Damme? Tampoco, esa es Golpe fulminante (Knock Off, 1998) de Tsui Hark.

¿Te estoy diciendo que la vayas a ver? Bueno, sí. Y si no viste nada de Woo, que vayas en orden en su filmografía hongkonesa, especialmente desde mediados de los años ochenta.

¿Volveré a hablar de Woo y del cine de Hong Kong con más profundidad en envíos futuros? ¿A vos qué te parece, hermanx?

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