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111 – ¿Extrañabas la historia?

Publicado el 3 de marzo de 2022

Para cuando terminamos la entrega 109, estábamos más o menos a mediados de la década del veinte, con el éxito de la accidentada versión de El fantasma de la Ópera de GASTÓN LEROUX. Va en caps lock para fijarlo… yo. De cómo ese éxito había propalado a Lon Chaney Sr a un éxito que le iba a durar poco y alguna que otra cosa más.

“Bueno, ya estaba todo inventado para la década del veinte”

Bueno, no precisamente. Porque hablamos de muchos, pero sigue habiendo algunos elefantes en el cuarto. Uno de varias de trompas, sin ir más lejos.

“Creo que sé para dónde estás yendo”

Me gusta cuando callas, porque eres cultx.

Y es una historia que, si bien nos entra en “año calendario” para lo que estamos por contar, en realidad, termina abriéndose a varias décadas posteriores.

Porque, para que te voy a mentir si esto es Míralos Morir, viene acompañado de una historia algo triste, que incluye bastante omisión en su época y redescubrimiento posterior.

Sí, hablo de Howard Phillips Lovecraft, o H.P. Lovecraft para sus amigos.

Sí, iba a poner —esta vez a propósito— que se llama Hewlett Packard Lovecraft y generar una serie de erratas a futuro, pero me parece que con Leroux ya fue suficiente. Bastante con las que me mando sin querer.

Si tuviéramos que explicar la vida de Lovecraft en pocas líneas, deberíamos decir: “incluso peor que la de Poe”, porque por lo menos Poe vivió unos pocos años de éxito.

Se sabe que la familia de Lovecraft venía de un buen pasar y dejó de tenerlo, que mandó una carta muy crítica a una revista de relatos de la época y que esto le valió escribir para ella.

En sus relatos había un hilo conductor: la idea de que la humanidad no era nada importante en función del tamaño del universo. Que su sola existencia podría desaparecer ante el primer movimiento de parte de ese ser superior que era todo lo otro.

Y si bien llegó a armar una suerte de círculo de escritores afines y de tener correspondencia con varios autores que después la iban “a pegar”, su obra durante su vida estuvo ceñida a lo que se podría considerar el circuito pulp, con publicaciones en revistas y libros de escasa tirada que, a los ojos de la época, poco tenían que ver la literatura elevada.

(Sí, es hasta irónico que lo que hoy la gilada llama horror elevado tenga tanto que agradecerle a Lovecraft, pero como dijo el que organizó el congreso terraplanista en Colón, “Bueno, se dio así.”)

En fin, volviendo—

En medio de ese panorama para nada amigable y víctima de un cáncer imparable, murió a la corta edad de cuarenta y seis años en la más absoluta pobreza.

“Bueno, esto arrancó con todo.”

Si querés te miento.

Lo cierto es que su obra, que no fue adaptada en su tiempo, sí fundó un tipo de cine de terror del que no hablamos hasta ahora.

“El cósmico.”

Muy bien. Y llegó el momento de hablar un poco de él.

Si tuviéramos que precisar al horror cósmico o cosmicismo, la definición no variaría mucho de la visión que tenía Lovecraft en su literatura que cité un poco más arriba: los humanos son absolutamente insignificantes en el gran esquema de las cosas.

Esto genera, por supuesto, una sensación de horror inimaginable, porque cualquier pequeña variación puede modificar —o borrar de un plumazo— todo aquello que damos por sentado.

Y esto genera, por si hiciera falta aclarar, nafta súper para pesadillas y relatos de horror de todo tipo.

Bien, hasta acá todo en orden. Haría falta hacer una pequeña aclaración—

No sé si alguna vez agarraste un libro de Lovecraft. Si lo intentaste, sabrás que no es de los más “fáciles” de leer. Pero no estamos acá para hacer crítica literaria. Estamos acá para hablar —obvio, eventualmente— de películas.

Decíamos que esa insignificancia causaba terror. Y con eso Lovecraft construyó una obra. Porque esa insignificancia, muchas veces, era parte de una búsqueda de significado de los protagonistas de sus historias. En esa búsqueda era que descubrían todo lo otro.

Y para cuando se daban cuenta de en qué estaban metidos, bueno, era demasiado tarde. Ya estaban sometidos a fuerzas cósmicas, seres poderosos de otras dimensiones y demás cotillón.

“Bueno, pero hasta acá me estás contando la lucha entre el bien y el mal, ya había de eso antes que Lovecraft”

Verdad. Pero no de esta forma. No en una forma en la que eso que nos rodea y damos por sentado se puede volver en nuestra contra.

Quizás la mejor forma de explicarlo sería citando alguna de las películas en las que su obra fue central, o influencia.

“Ah, ahora vas a hablar de cine”

Bueno.

Como conté hace un minuto o dos, Lovecraft vivió un éxito módico y murió en la pobreza absoluta. Su obra recién empezó a considerarse adaptable al cine tres décadas después de que dejara esta dimensión.

Y el primero en recoger el guante fue…

(Entra música de tensión de programa de preguntas y respuestas)

Te quedan diez segundos…

“¡Roger Corman!”

¡Cooorrecto!

Porque para principios de la década del sesenta compra los derechos de El caso de Charles Dexter Ward, para adaptar y dirigir él mismo —casi casi promediando el “período Poe” de su carrera— El palacio maldito (The Haunted Palace, 1963), una suerte de mezcolanza entre Poe y Lovecraft escrita en parte por un joven Francis Ford Coppola sin aparecer en los créditos. En la película, un hombre —no cualquier hombre: Vincent Price— hereda una mansión de un ancestro y, bueno, ya sabemos cómo sigue.

Y cuando digo “extraña mezcolanza” más arriba, quiero decir: la novela en la que se basaron era de Lovecraft, pero estaba vendida más como “una de Poe” por unos pequeños pasajes de El cuervo (The Raven, 1963) que la película incluye para no dejar nunca de surfear la ola del éxito que venían teniendo con las otras. En fin, Corman.

Claro que no iba a ser la única adaptación que iba a hacer American International Pictures de la obra del inventor del horror cósmico: se ve que los derechos valían dos mangos. Porque al poco tiempo, apareció la primera —de miles de adaptaciones— del cuento El color que cayó del cielo bajo el título Muere, monstruo, muere (Die, Monster, Die!, 1965) con un Boris Karloff con más olor a cajón que a fruta en el rol protagónico. Por si no leíste el cuento ni viste nunca ninguna de las adaptaciones: cae un meteorito, empiezan a pasar cosas.

Y cerrando el triplete de AIP, apareció a los pocos años Los endemoniados (The Dunwich Horror, 1970), basada en el cuento El horror de Dunwich y escrita por un joven ¡Curtis Hanson! donde hace su entrada el Necronomicon.

Italia, tarde o temprano, iba a meter la cuchara y para finales de la década del setenta nos iba a regalar dos gemas: una adaptación relativamente “legal” y otra que, bueno, no tanto. Nada que nos sorprenda de la terra da sfruttamento.

La primera iba a ser una película de Sergio Martino, de quien me gustaría citar títulos de su filmografía pero temo perjudicarlo y que suene a prontuario, aunque me animo con un Perversión macabra (Tutti i colori del buio, 1972) basada —probablemente sin comprar los derechos, pero muy basada— en la novela La sombra sobre Innsmouth llamada Seres del abismo (L’isola degli uomini pesce, 1979), un claro exploitation de Tiburón (Jaws, 1975) con unos seres de la naturaleza que nadie podía controlar.

La segunda, que toma más “inspiración” que otra cosa la obra de Lovecraft del cine fatto in Italia iba a ser, obviamente, La casa cercana al cementerio (Quella villa accanto al cimitero, 1981) del querido Lucio Fulci, donde el “peligro oculto” del sótano nos recuerda a varios de los escritos del norteamericano.

Obviamente, y por si hiciera falta aclararlo, este mismo año Necronomicon iba a convertirse en una palabra de nuestro glosario habitual con el comienzo de la trilogía de Sam Raimi que iba a consistir de Diabólico (The Evil Dead, 1981), Noche alucinante (Evil Dead II, 1987) y Noche Alucinante II: El ejército de las tinieblas (Army of Darkness, 1992), pero qué te voy a contar esa obviedad a vos que se te escapa un Klaatu barada nikto cada cinco minutos, a pesar de que eso no es de Lovecraft y sí de El día que paralizaron la Tierra (The Day the Earth Stood Still, 1951) de Robert Wise, pero eso es para otro día.

Volviendo al bueno de H.P., los años ochenta iban a ser, quizás, su momento de mayor esplendor. Sí, un esplendor extraño con cincuenta años muerto, pero esplendor al fin.

Y esto es porque el querido Stuart Gordon iba a adaptar el cuento Herbert West, reanimador en una de las mejores películas de todos los tiempos —y no acepto que a nadie se le ocurra opinar lo contrario— que es Re-Animator (1985) donde, fiel a la idea que cité más arriba de “búsqueda de significado de los protagonistas”, construye uno de los mejores científicos locos de la historia del cine y revoluciona, como si esto fuera poco, la noción de body horror que había hasta ese momento.

No contento con eso y en rápida sucesión por el éxito de la primera, Gordon dirige al año siguiente Re-Sonator (From Beyond, 1986), título que puede sonar a una “avivada” de un distribuidor local, pero tiene una razón de ser: basada en el cuento Del más allá, es otra película de científicos que, en este caso, inventan una máquina —el Resonator— y bueno, las cosas se complican para el lado del body horror también.

En medio de todo esto iba a aparecer otro nombre, que había estado en las dos películas de Gordon como guionista y que iba a querer seguir con la jodita Lovecraftiana: Brian Yuzna.

Si sos de lxs que dijo “Claro, el director de Sangriento Papá Noel 4 (Silent Night, Deadly Night 4: Initiation, 1990) El regreso de los muertos vivos III (Return of the Living Dead III, 1993) y El dentista (The Dentist, 1996)” venga ese abrazo. Si no, bueno, seguí leyendo, no es tan grave.

Yuzna tomó las riendas —sí, quizás sea un poco mucho— y nos regaló —capaz también— La novia de Re-Animator (Bride of Re-Animator, 1990), una película superada ampliamente por otra del mismo año, Frankenhooker (1990) de Frank Henenlotter y Beyond Re-Animator (2003) —sí, Brian, estamos viendo el juego de palabras que hiciste ahí—, un manotazo de ahogado con bastante poca fuerza.

Un Stuart Gordon más crepuscular, iba a volver sobre la idea de adaptar a Lovecraft con una versión algo libre de  La sombra sobre Innsmouth a comienzos del siglo veintiuno con la ya directo a video Dagon (2001) que, bueno, te le podés animar o no.

Ya acá cerca en el tiempo el ahora cancelado —y con razón— Richard Stanley se animó a una nueva adaptación de El color que cayó del cielo con Color Out of Space (2019) con un regreso triunfal y hasta Nicolas Cage, prometiendo que era la primera de una trilogía que quedaría inconclusa cuando se descubrió su pasión oculta por la violencia de género. Más se perdió en Malvinas.

Y así llegamos hasta nuestro días, donde—

“Pero esperá, hay más horror cósmico”

Pero claro, qué suerte que lo mencionás. Porque no sólo de adaptaciones —fieles, no tanto— de Lovecraft vive el género. Y hay varias que, si bien no vienen de su pluma, se cuentan entre lo mejor que se ha visto.

Sería una picardía no nombrar otra de Corman con el mismo espíritu que es El hombre con visión de rayos X (X: The Man with the X-Ray Eyes, 1963), pero dejemos mi pasión por Roger de lado y vayamos a lo que realmente importa.

John Carpenter.

Porque si bien nunca “adaptó adaptó” a Lovecraft, fue quizás uno de los que más cerca estuvo de ese mundo sin hacerlo, con esas tres maravillas del horror cósmico que son El enigma de otro mundo (The Thing, 1982) —de la que me dijeron que va a haber unas remeras increíbles muy pronto—, Príncipe de las tinieblas (Prince of Darkness, 1987) y En la boca del miedo (In The Mouth of Madness, 1995), quizás su última gran película pero, como me canso de repetir: una película masomenos de Carpenter es una buena de cualquier otro director.

Y también sería necio decir que La niebla (The Mist, 2007) de Frank Darabont, que si bien está basada en una novela corta de Stephen King, tiene un elemento Lovecraftiano dando vueltas entre tanta cosa desconocida que aparece.

Lo mismo con ese telefilm maravilla que siempre nombro y del que nunca termino hablando que es Cast a Deadly Spell (1991) de Martin Campbell, donde el detective protagonista se llama Harry Philip Lovecraft. Pero de esta, como ya prometí muchas veces antes, voy a tener que hablar otro día.

Antes de irnos: todas estas no son, ni en pedo, una filmografía definitiva de adaptaciones fieles, semi fieles y no tan fieles y películas que tienen el halo Lovecraftiano. Seguro que hay miles de ejemplos más, pero si sos de lxs que lee esto con una birome al lado, en una de esas te vas con una linda filmografía para el fin de semana.

Antes de terminar, el elefante en el cuarto: “Pero dicen que Lovecraft era nazi.”

Bueno, murió en 1937. Sí, obvio, los nazis ya eran un horror en ese entonces.

Donde busques para leer hay una teoría distinta, pero se habla de cierta “versatilidad” en la postura ideológica de H.P. con el correr del tiempo, que lo llevaba desde pensar que Hitler era una buena idea para Alemania (recién cuando aparecía), a ser un moderado, a ser alguien de izquierda.

En todo caso, antes de levantar tanto el dedito, deberíamos revisar la actitud de Walt Disney que, como ya conté en un envío anterior, le hizo en persona un tour guiado de sus estudios a Leni Reifenstahl cuando ya quedaba claro que Hitler “no era una buena idea” para Alemania ni para el mundo.

Misteriosamente, no hay parques de diversiones Lovecraftianos y Disney es una corporación dueña de casi todo. Sería hermoso vivir en ese mundo del revés.

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