Skip to content

110 – ¿Otra película “problemática”?

Publicado el 24 de febrero de 2022

No creo que “todo tiempo pasado fue mejor” como postura ante la vida. Puedo ver ciertos perks que tenía el pasado y entenderlos como más interesantes, quizás, pero puedo entender que el avance de ciertos elementos de la modernidad también abrieron el juego a muchas otras cosas que valen un montón la pena.

Ese avance de la modernidad —sea esta tecnológica, cultural o el mote que le quieras poner, dependiendo del caso— trajo aparejada una suerte de “democracia del discurso” que, por supuesto, es bienvenida pero que también lleva a una idea de “todos hablan de todo”, haciendo que el ruido, muchas veces, sea difícil de desmalezar y la “mentalidad de manada” esté a la orden del día.

¿Todo tiempo pasado fue mejor? No, claro que no. ¿Vivimos en la panacea de la libertad de expresión? Bueno, tampoco.

¿Era mejor cuando un diario y una firma dictaminaba lo que “se debía pensar” de determinado producto audiovisual? No, claro que no. Todavía somos víctimas de ese “solteros contra casados” de “cine de arte” y “cine de entretenimiento” con la línea de cal tan corrida que ya ni sabemos con quiénes estamos jugando en el mismo equipo.

En este contexto tan ¿agreste? el estreno de una película como Licorice Pizza (2021) de Paul Thomas Anderson es, por un lado, un bálsamo para los espectadores que quieren ver algo que no sea gente difrazada en fondos verdes y una bomba en un gallinero para los que solo tuvieron la educación audiovisual del MCU y sus primos tontos.

Pero antes de todo esto, un mea culpa: tuve toda la intención de verla en cine, pero volver a las salas se me está haciendo un poco cuesta arriba, sobre todo en películas que se ve que, milagrosamente —más de esto más tarde— funcionan. Tuve toda la intención de ir un martes a las dos de la tarde a verla con dos viejas en la sala y la vida, sabrán los que me conocen, me pasó por arriba.

Afortunadamente, y acá es cuando el avance de la modernidad nos guiña el ojo, apareció por ahí a fines de la semana pasada y pude verla en las mejores condiciones posibles fuera de un cine, esto es: proyectada en el living de mi casa.

¿Debería haber apoyado su estreno en salas, como digo que hay que hacer cada vez que puedo? Sí. ¿Pude hacerlo por temas personales? No.

Hecho el mea culpa, sigo.

La película, en coincidencia con su estreno en Estados Unidos, levantó una cierta polvareda de gente a la que le parecía “inconveniente” “cancelable” “problemática” y todas los entrecomillados que le quieras poner.

¿Lo es? Por supuesto que no, pero eso tiene que ver con un problema más grande, del que probablemente tengamos que hablar antes de hablar de la película. La analfabetización audiovisual en la que nos tocó vivir.

A veces jodo con que de tanto comer Nestún el público perdió la capacidad de comer cosas que requieran cierto masticado. Y por Nestún, obviamente, hablamos de de esos espectáculos vistosos que incluso en medios tradicionales se empeñan en llamar cine a fuerza de esgrimir números y no valores artísticos.

¿Estoy haciendo el “Boca River perverso” de “cine arte” y “cine comercial”? Si leés esto más o menos seguido, no deberías ni considerarlo.

Lo cierto es que esta dieta de Nestún trajo sus consecuencias, porque puede ser delicioso, pero a la larga te deja medix bobx. Cualquier cosa que se salga un poco del registro al que se está acostumbrado “hace ruido”, “es problemático” y “deberías hablar con tus amigos de…”

Y en esto último me quiero detener un momento. Hubo un hilo de Twitter de una periodista que, sí, fue muy maltratada durante el llamado Gamergate —Gamergate = mal, por supuesto— donde desde un lugar de superioridad moral autoimpuesto nos explicó a todos —los “idiotas”, que no íbamos a entender una película como Licorice Pizza— los tópicos de conversación que debíamos tener después de verla.

Vamos por partes: el arte es subjetivo. Vos podés ver un cuadro de Rothko o Pollock y te puede parece un choreo, o te puede llenar el alma de gozo. Lo mismo pasa con las películas: hay películas que llegan y películas que no, películas que te hacen pensar sobre determinadas cosas y películas que no. Todo depende de cómo esa historia que se está contando te resuene a vos en tu camino de vida.

En el caso del hilo de Twitter, se hablaba de lo problemática que era la película a nivel racial, acusándola de ser racista contra los orientales por el personaje —horroroso, claro, si te lo tienen que explicar, capaz que comiste mucho Nestún— de Jerry Frick y su manía por las novias japonesas.

Plantear que es “problemático” que una película que se desarrolla durante los años setenta tenga elementos que reflejen lo que pasaba en esa época es como pedir que en las películas sobre la Segunda Guerra Mundial los nazis sean “menos malos.”

La forma que tenemos de no repetir los errores es verlos y analizarlos, no señalarlos para que no existan en un mundo de fantasía donde queremos vivir.

Un mundo de fantasía donde, digamos todos, Trump fue presidente, hay una avanzada de la derecha a nivel casi global y varias delicias más… ¿Esto es también culpa de las películas?

Y no lo pregunto irónicamente. El espectáculo fue, históricamente, un vector de ajuste cuando todo lo otro estaba podrido.

Perdón por traer el ejemplo de nuevo, pero durante los gobiernos dictatoriales que gobernaron a este país y a gran parte de Latinoamérica durante los años sesenta y setenta, se señalaba y perseguía a películas que “podían traer ideas”, muchas veces prohibiéndolas o cortándolas salvajemente.

Y ese “señalar” de la era moderna, parece ser eso mismo, algo con “las mejores intenciones.”

Creo que ya lo dije acá, en el podcast, y cada vez que abrí la boca: todas las dictaduras más sangrientas de la historia (de derecha, de izquierda y de lo que haya en el medio) empezaron con un grupo de gente con “las mejores intenciones”.

¿Entonces nadie puede opinar sobre nada? No, para nada. Se puede opinar, pero no cancelar. Hay una distancia enorme entre una cosa y la otra. El tono debería ser “Mirá, a mi me parece que tal cosa, pero vos andá a verla y sacá tus propias conclusiones”, no un “Esta es la lista de cosas que están mal y por las que esta película no debería existir.”

Agotado el tema del racismo, apareció en varias publicaciones el segundo elemento por el que Licorice Pizza parecía ser pasible de cancelación: el age gap.

Fuera de aclarar que tanto Cooper Hoffman como Alana Haim eran mayores de edad actuando de otras edades en una obra de ficción —algo que en otra época hubiera apagado este incendio forestal—, se empezó a plantear —y levantar dedos, claro— si no era una historia de grooming y de abuso de menores por parte del personaje de Alana contra el de Gary.

Podríamos entender que ciertos medios hablen a su público, como de alguna manera Míralos Morir también lo hace. Pero plantear que determinadas cosas no deberían existir —y no desde un hilo de Twitter que puede tener su alcance, okey, sino desde un medio con una cierta trayectoria— ya pasa a ser un poco irresponsable.

¿Estoy con esto siendo un votante de Milei? No, claro que no. Más bien todo lo contrario: quiero que todas las películas se puedan ver, en las mejores condiciones posibles y que los espectadores estén lo suficientemente preparados como para poder absorber algo que no viene pre masticado sin que alguien desde un púlpito autoimpuesto le diga lo que tiene que pensar.

Porque, obvio, lxs que señalaban el age gap como si hubieran descubierto la cura para el cáncer, estaban equivocadxs.

Todxs esos que levantaban los dedos, señalaban los temas de conversación que había que tener para educar a los idiotas que no la habían entendido, estaban viviendo en la fábula del rey desnudo.

“Y por qué?”

Por el analfabetismo audiovisual del que hablo más arriba. Licorice Pizza —para el nivel de educación audiovisual actual, hace quince o veinte años hubiera pasado como una película como “las de todas las semanas”— es un film que no te da todo masticado, no te explica si esto para hoy o mañana y, lo más importante: no te pone placas de títulos con los años.

Lo que vemos es la evolución de una amistad —que no creo que sea un “romance” como los que se escandalizan, a lo sumo una “infatuación” del lado de él y definitivamente no un grooming, máxime teniendo en cuenta que hay un claro desbalance de poder a favor del personaje de Gary, que lleva la aventura siempre con sus ideas de negocios— a través de algunos años. Para cuando llega esa escena “tan problemática” es obvio que ambos ya son mayores de edad. Pero bueno, se ve que no había placas de títulos para explicarle a todos los que estaban pontificando.

Y por “explicarle a todos”, y haciendo las cuentas quiero decir: los pinballs fueron legalizados en el estado de California en 1974, después de declarar nula una prohibición que regía desde 1939. Mismo año donde el porno fue legalizado de manera masiva, algo que vemos a Gary leer en los avisos del diario.

A esto hay que sumarle que Gary ya no está en la secundaria y varias claves más.

¿Está mal el age gap? Bueno, a ojos de hoy sí. ¿A ojos de los setenta? Bueno, no viví la época más que por sus películas. ¿Está mal el racismo contra los orientales? Claro que sí. Estuvo mal siempre, claro, pero existió: eso, en una película que pasa en los años setenta, debería pasar como “normal”, mostrarse, que te haga ruido y no ocultarlo.

PTA nos da las claves, capaz no las pone en una placa lo suficientemente grande como para que leas si estás viendo la película en un celular, pero las pone. Solo hay que saber leerlas.

Y para leerlas, hay que ponerse a ver películas sin subtítulos, que empiecen y terminen, dejarse sorprender y sobre todo: no entrar al cine pensando una cosa y no cambiando de opinión porque “lo que yo tengo que decirle a mi tribuna” es esto y nada más.

Esto, que repetí mil veces, es clave. Nunca hay que entrar al cine pensando “me va a gustar” o “no me va a gustar”. Y aún si lo hacemos y la película nos cambia el prejuicio, deberíamos aceptarlo, porque esa es la magia del cine, amigxs.

Un día nos vamos a morir de literales. Y un día todos los que levantan el dedo van a ver El graduado (The Graduate, 1967) de Mike Nichols, Enséñame a vivir (Harold and Maude, 1971) de Hal Ashby o, si nos queremos poner picantes, Pretty Baby (1978) de Louis Malle y les va a dar algo.

Y está en nosotros cuidar esas dentaduras, darle la menor cantidad de postrecitos posibles para que estén fuertes y listas para poder masticar algo que, hace quince años, era casi una cena de patio de comidas en un shopping.

Compartir