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108 – Otro poco de historia, parte 1

Publicado el 10 de febrero de 2022

Antes de que existiera siquiera el concepto de “película de terror”, hubo muchos intentos por asustar a la gente en prácticamente todos los momentos de la historia.

No sería demente plantear que muchas de esas historias que se transmitían —incluso cuando aún no existía el concepto de “literatura”— de una generación a otra incluían, muchas veces, un elemento de horror.

Lo mismo pasaba con las representaciones teatrales, que se podrían remontar hasta los propios orígenes de la narrativa como la ficción acadia Poema de Gilgamesh que se remonta al 2000 AC o, más recientemente (?) La odisea de Homero del 800 AC.

Tanto la obra sin autor como la Homero incluyen luchas de humanos contra figuras de otra dimensión, donde el hombre es poco más que peón de los dioses.

La cosa cambió bastante para 1310, cuando Dante Alighieri escribió La divina comedia, que inauguró la idea de la maldición eterna.

Los franceses del medioevo empezaron con las historias de licantropía, sobre todo en sus cuentos folklóricos.

Y faltaba poco —en términos de “historia del mundo”, eso es— para que el inglés Christopher Marlowe escribiera La trágica historia del doctor Fausto en 1592, que sería representada en teatro muchas veces hasta ser publicada recién en 1604, más de una década después de su muerte.

“Pero había otro Fausto”

Qué manera de adelantarse: sí, está el poema en dos partes que se llama simplemente Fausto de Johann Wolfgang von Goethe, que salió entre 1808 y 1832.

Tanto en el caso de Marlowe como en el de Goethe, las historias eran sobre hombres que decidían vender el alma al diablo y, bueno, no quedaban del todo conformes y no podían encontrar el teléfono de atención al cliente.

Seguime para más resúmenes (?)

Los Fausto, también, iban a ser trinchera de muchxs de lxs pionerxs del cine de fines del siglo diecinueve, pero eso iba a venir dentro de un ratito.

Recapitulando. Todavía no se inventó el cine y ya tenemos: luchas de humanos contra figuras de otra dimensión, maldiciones eternas, licantropía, venta del alma al diablo.

“Voy anotando.”

Perfecto. Porque recién acá empieza lo que se podría considerar “literatura de horror” con El castillo de Otranto de Horace Walpole de 1764.

Lo interesante de la primera edición es que venía con una mentira adosada: pretendía que todos los lectores creyeran que era una traducción de un manuscrito napolitano de 1591 que habían encontrado en la biblioteca de una familia del norte de Inglaterra.

“Como Holocausto caníbal.”

Del querido Ruggero Deodato. Tú lo has dicho.

Ojo, que acá también nacieron los góticos, no tanto los que usan mucho delineador y mochila, sino los góticos góticos.

Porque unos pocos años después —bueh, treinta, pero en la historia, de nuevo, es “un suspiro”— Ann Radcliffe publicó su cuarta y más famosa novela Los misterios de Udolfo en 1794.

Y acá teníamos un padre muerto y un castillo que, bueno, no estaba del todo no embrujado.

¿Seguís haciendo la lista de cosas que había antes del cine, no?

“Sí, pero este es un newsletter de cine. Yo pagué por cine.”

Bueno, vas a tener que ser paciente.

La popularidad de la novela de Radcliffe animó a otros a meterse en la aventura de asustar con palabras y ahí aparecieron El monje de M.G. Lewis, una novela algo explícita sobre un monje inquisidor muy, pero muy sádico en 1795 y Melmoth el errabundo de Charles Maturin en 1820, sobre otro pacto con el demonio que malía sal.

Pero, dos años antes había pasado algo.

“Pensé que te la ibas a olvidar y me estaba por dar algo.”

Algo que, como todo en este mundo, empezó por una timba.

Lord Byron estaba con unos amigos en su casa de verano en Lake Geneva, Wisconsin con otros amigos escritores, el clima no ayudaba ni un poco y decidió “matar el tiempo” con una actividad: escribir “historias de fantasmas.”

Estaban presentes en la jodita de Byron Percy Bysshe Shelley, John Polidori, Mary Godwin, y Claire Clairmont. Y quizás te suene un apellido, pero no un nombre.

Eso es porque Mary Godwin, que en ese momento era amante de Shelley todavía no se llamaba como para cuando se publicó la novela que la hizo famosa.

La novela que, por cierto, fue una de las dos que se terminó como producto de esa timba.

Frankenstein, claro. De Mary Shelley que vio la luz —¿o debería decir “estuvo viva”?— en 1818 y quizás no haga falta que diga las veces que se contó su historia oficial y extraoficialmente, pero seguramente lo haga más adelante.

“Pero dijiste que había otra.”

Byron había dejado su parte a medio escribir y John Polidori la expandió para escribir El vampiro, que se editó al año siguiente y, un poco, inventó a esos vampiros románticos de los que iba a vivir holgadamente Anne Rice toda su vida.

La novela imaginaba al vampiro protagonista como un aristócrata con deseo sexual, una cosa que no se iba a ver hasta el Drácula de Terence Fisher en 1958, pero nos adelantemos.

“Eso… ¿Dónde está Drácula?”

Tomá este Clona sublingual.

En 1872 Sheridan Le Fanu publicó Carmilla, una historia de mansiones embrujadas y lesbianismo que tardó bastante en tener una adaptación cinematográfica, porque Roger Vadim no había nacido: el resultado fue Rosa de sangre (Et mourir de plaisir, 1960).

A esto habría que agregarle Nuestra Señora de París de Victor Hugo de 1831, que tenía un misterio, un asesinato y por supuesto al jorobado, que fue la base de Esmeralda (La Esméralda, 1905) de Alice Guy Blaché, pionera en casi todo de la que ya hablaremos largo otro día, además de animarse a adaptar —en un serial de veintidós partes con sonido y música en cilindros que sincronizaban con la imagen— una versión del Fausto de Goethe entre 1905 y 1906.

Mediados del siglo diecinueve fue una época fértil con autores como Nikolai Gogol, Nathaniel Hawthorne y más que nada, Edgar Allan Poe.

Poe empezó a producir un cuento detrás de otro y quizás tampoco haga falta decir que El gato negroEl caso del señor ValdemarEl tonel de amontillado y El corazón delator son solo algunas de sus historias que traspasaron los libros y llegaron al cine.

Imaginate el mérito de Poe, que logró que Enrique Carreras —aunque los realmente malos dicen que fue Chicho Ibáñez Serrador el que la dirigió para salvarle las papas a su padre Narciso Ibáñez Menta que protagonizaba— hiciera su única película buena adaptándolo: Obras maestras del terror (1960).

Pero de Poe —y seguramente de Carreras— ya nos ocuparemos más adelante.

A este período deberíamos sumarle Robert L. Stevenson, que abandonó la aventura para escribir El ladrón de cadáveres en 1885 y El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde en 1886 y, cómo olvidarlo, a Oscar Wilde y El retrato de Dorian Grey de 1890, con su maldición de la eterna juventud.

Como podrás ver, para finales del siglo diecinueve, gran parte de las temáticas que abordó —y aborda y abordará— el cine de terror ya estaban inventadas. Faltaban dos nomás.

“Acá viene Drácula.”

Bueno, sí, pero ya vimos que vampiros —incluso románticos— había de antes. El verdadero aporte de la novela de Bram Stoker, publicada en 1897 fue la idea de que hubiera un “asesino en serie” —término para el que faltaban como ochenta años aún—, inspirándose en el raid criminal de Jack el Destripador entre 1888 y 1889.

“Dijiste que faltaba una más.”

Bueno, sí. Otra vuelta de tuerca de James Henry de 1898 que, con una historia de fantasmas, nos introdujo al género “mujer se vuelve loca”, al gaslighting, al “cuidado con lo que deseás” y varias cosas más que vimos en películas de ¿hasta la semana pasada?

Otra vuelta de tuerca fue adaptada al cine magistralmente por Jack Clayton en Los inocentes (1960) quizás una de las mejores películas de terror de todos los tiempos.

Pero, como te imaginarás, estamos acá para hablar de cine.

“Hasta que lo dijo.”

Porque las historias de terror fueron, obviamente, de las primeras en filmarse. ¿Y adiviná quién fue uno de los primeros en asomar la cabeza detrás de la ligustrina?

Thomas Alva Edison, por supuesto.

Oliendo el dinero —y oliendo a dinero— Edison prácticamente inauguró dos géneros sin saberlo: el snuff y el mondo.

Porque entre las delicias que tenía para ofrecer al público sediento de ver “cosas que se mueven” agregó a su catálogo La ejecución de María, reina de Escocia (The Execution of Mary, Queen of Scots, 1895) que incluía una decapitación Grand-Guignolesca y Electrocutando a un elefante (Electrocuting an Elephant, 1903) que, bueno, era justamente eso.

No, Edison no mató a la reina en cámara. Sí, el hijo de mil putas electrocutó a una elefanta. Sí, podemos decir que fue hace ciento veinte años y que “era otra época”, pero dejame sumarle un porotito más al odio.

(Y como leí por ahí que señalar la inconsistencia va a ser deporte olímpico en los próximos JJOO, me adelanto y digo: si, hace un rato dije “el querido Ruggero Deodato”. Sí, Ruggero Deodato mató una tortuga en Holocausto Canibal (1980). Sí, fue mucho después de Edison. Sí, uno elige sus batallas. Volvamos.)

Edison, viendo que el shock daba guita, se embarcó en 1910 en uno de sus proyectos más ambiciosos: una adaptación de Frankenstein, dirigida por J. Searle Dawley.

La película, de solo dieciséis minutos, se centraba solo en la parte de “revivir el monstruo” y no mucho más.

La novela de Shelley se iba a volver a adaptar pocos años después en Vida sin alma (Life Without Soul, 1915) de Joseph W. Smiley en una versión muy superior a la encargada por Edison. Ya en la década siguiente, el italiano Eugenio Testa iba a revivir al monstruo con la saga Il mostro di Frankenstein en 1921, un título hermoso.

Claro que la idea de Edison no era nueva —ni suya— porque Georges Méliès venía expermientando con la idea de horror desde bastante antes, con La mansión del diablo (Le manoir du diable, 1896), donde él mismo hacía de vampiro y que, muchos consideran, es la primera película de terror de la historia o con La cueva de los demonios (La caverne maudite, 1898), Una noche terrible (Une nuit terrible, 1896), La posada misteriosa (L’Auberge ensorcelée, 1897) y, por supuesto, Viaje a la Luna (Le Voyage dans la Lune, 1902), por solo nombrar algunas.

Al mismo tiempo, el cine japonés del período, con películas en un su mayoría perdidas, se dice que experimentaba con historias de fantasmas.

Así que, una vez más, Edison: “Tú no has ganado nada” (?)

Hubo una versión en 1908 y otra en 1912 de El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde de Stevenson, dirigidas por Otis Turner y Lucius Henderson respectivamente, una adaptación italiana de Paraíso perdido de John Milton hecha en Italia llama Satana (1912) dirigida por Luigi Maggi, y hasta una de hombres lobo filmada en Canadá.

Y ahí volvió Alice Guy Blaché, con una épica de trece minutos basada en La fosa y el péndulo de Poe en 1913 y el francés Maurice Tourneur con una de El método del doctor Alquitrán y del profesor Pluma, ese mismo año.

Esta historia, perdón la divergencia exploitation, iba a ser readaptada en los años setenta en México por el querido (?) Juan López Moctezuma como La mansión de la locura (1973) que, no te voy a mentir, era bastante más sangrienta y sexual que la de sesenta años antes, pero volvamos a principios del siglo veinte, que acá estamos aprendiendo his-to-ria.

En Alemania se les había dado por hacer adaptaciones de leyendas judías y terminaron haciendo varias versiones de El golem, siendo la más famosa —y la única superviviente— la de 1920 El golem (Der golem), dirigida por Paul Wegener y Carl Boese.

Como verás, las historias de terror se seguían apilando y no aparecía ninguna adaptación del Drácula de Stoker.

Esto fue hasta que el expresionismo alemán, que ya venía coqueteando con la idea del horror desde El gabinete del Dr Caligari (Das Cabinet des Dr. Caligari, 1920) de Robert Weine, metió la cola con el Nosferatu (1922) de F. W. Murnau.

Murnau hizo la película sin siquiera preocuparse por conseguir los derechos de la novela y—

“Decime que hubo quilombo.”

Esto es Míralos Morir, siempre hay quilombo (?)

La viuda de Stoker fue contra el alemán, pidiendo que se destruyeran todas las copias —y los negativos— de la película. Gracias a una ágil fuga los materiales se salvaron y la película llegó hasta nuestros días, pero probablemente cuente ese entuerto legal en otro momento.

Porque, la verdad, por hoy me parece un montón.

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