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106 – La música de los huesos

Publicado el 27 de enero de 2022

No sé si estás al tanto de las noticias que salieron esta semana en The Guardian y varios diarios más sobre la ¡reciente! autorización para streaming en China de El club de la pelea (Fight Club, 1999) y lo que pasó con su final.

Si no lo sabés, te espera una aventura bastante graciosa.

Parte de que haya estado tanto tiempo sin verse y el ¡reciente! de recién se dieron porque existió, durante muchos años, una prohibición de Brad Pitt en China, motivada por su rol en Siete años en el Tibet (Seven Years in Tibet, 1997) donde se hace amigo del Dalai Lama. Prohibición que recién se levantó en 2016 con Aliados (Allied), que tenía capitales chinos puestos y su actuación.

China, se sabe y a pesar de que tienen más acceso a cosa que en otros casos del pasado, no deja de ser un régimen comunista. Y con esto vienen varios perks de los regímenes, vengan del bando que vengan.

Uno de ellos es una férrea censura sobre lo que se puede ver o no, muchas veces llegando al ridículo.

Y lo que pasó con El club de la pelea es, justamente, uno de esos casos.

“¿Y qué pasó? Dale, dejá de ponerme ansiosx.”

Ojo que voy a spoilear una película que tiene veintitrés años.

Podremos decir lo que sea de la película, nos puede parecer ahora mejor que en un momento o al revés pero, seguramente, si recordamos algo (incluso poco) de El club de la pelea, probablemente sea su final. La idea de que Tyler Durden no es más que una personalidad desdoblada del personaje del narrador y la explosión de los edificios con la canción de Pixies de fondo.

Fincher, que argumentó cuando querían sacar la escena de la cabeza en la caja en Pecados capitales (Se7en, 1995) “No podés sacar la escena de la cabeza en la caja en la película de la cabeza en la caja” podría haber argumentado lo mismo en este caso, porque se ve que las ventas internacionales no quedaron de su lado de la cancha.

Porque la versión china para streaming de El club de la pelea termina justo antes de las explosiones.

“Hicieron un final alternativo”

No, cortaron a esta placa negra—

—que nos explica que la policía actuó rápidamente, que ¡Tyler Durden! fue llevado a una institución psiquiátrica y ¡fue dado de alta! en 2012.

Eso sí que es Estado presente, eh.

Tan presente que tiene potestad de cambiar el final de algo, “no vaya a ser que de ideas.”

Claro que, además de las películas que jamás llegan que son miles, la de Fincher no es la primera a la que le pasa algo así.

Según informaciones chinas —que deberían tomarse con pinzas, como cualquier información que de cualquier gobierno siempre— El club de la pelea ya se había proyectado —supuestamente completa— en el festival de Shanghai en 2006 y 2017.

Lo cual nos recuerda peligrosamente al “en salas especiales” de la censura local que mencionamos cuando hablamos del documental español sobre la película de Kubrick.

Se ha reportado oportunamente que desde los años noventa el régimen chino solo aprobó una docena de películas extranjeras por año para su exhibición en salas. Por poner un ejemplo: solo nueve de las veintiséis nominadas al Oscar de este período llegaron a verse en la pantalla grande.

Se ha bromeado que los capítulos de Game of Thrones tenían tanta censura a la violencia y el sexo que “parecían un documental de castillos”, o que cualquier referencia a la sexualidad de Freddie Mercury en Rapsodia bohemia (Bohemian Rhapsody, 2018), incluyendo su diagnóstico, desaparecieron al entrar en el mercado chino.

Y esto es porque, para sorpresa de nadie, cualquier contenido con un atisbo de comunidad LGBT+ desaparece antes de tocar la sala.

China tiene, como en épocas del código Hays, un sistema muy simple de calificaciones para sus películas. O pasan o no. Y muchas veces para pasar, deben ser cortadas salvajemente.

Y a esto hay que sumarle los conflictos internacionales de turno, que hicieron que ninguna película de Marvel entrara el año pasado al país. Pero eso, bueno, no necesariamente es algo malo (?)

De todas maneras los chinos, que están más conectados que muchos otros en el mundo, usan varios sistemas de VPN para saltar “la cortina informática” que el régimen les quiere plantear y consumen prácticamente todo.

A diferencia del “paquete” cubano —del que hablamos oportunamente en otra edición, no recuerdo si de los jueves o de los martes— los chinos tienen conexiones sólidas a internet y saben qué hacer con ellas, con lo cual este nuevo final de El club de la pelea —o las otras que nombré después— pasa a ser algo meramente anecdótico.

Pero ¿que pasaba antes, cuando no había VPNs ni conexiones a internet sólidas?

Bueno, ahí está la cosa.

Todo esto, además de hacerme acordar de la vez que hablé —hace un rato— del derrotero de La naranja mecánica (A Clockwork Orange, 1971) en España y un poco en Argentina, pero con la película fue “nuestra Naranja mecánica” y —hace mucho— de las extrañas películas dobladas durante el régimen comunista rumano, me recordó una historia de la Unión Soviética que no es de cine, pero sí de piratería.

Porque, para qué mentirnos, eso que hacemos con el bit torrent para ver tal o cual película que no se estrena, muy limpiamente y sin tener que ir a ningún sótano, no deja de serlo.

“Algunos nacen así, con el corazón ortiba”

No, cero. Nada más alejado. De hecho, defiendo la piratería —dentro de la razón, no apoyaría que una película chica y con estreno a tiempo caiga en los torrents, pero todo lo que nos haga ver más siempre será bienvenido en estos envíos— hasta cierto punto.

Y eso es porque, se sabe, por más que no les guste admitirlo en voz alta incluso a los que las estrenan: alguien que ve una película bajada no pensaba ir al cine.

Muchas veces —no en los casos donde las películas tratan de hacer la mayor plata posible en el menor tiempo “antes de que se aviven”— es más importante que se hable de una película que cualquier otra cosa. Y en esos casos, para una película chica, que ya fue vendida a un streaming que capaz acá no tenemos y que no tiene chances de verse en sala, el beneficio es más grande que el daño.

“Me convenciste con ese argumento”

La verdad que soy bárbaro (?)

La pandemia —y ese volantazo de “en cines al mismo tiempo que en streaming” solo adelantó los tiempos. Veremos si, con el tiempo, esta idea de “en sala solo estrenos grandes” se acomoda para el lado de la justicia o si vamos a tener que seguir prendiendo velas al caño que entra por Las Toninas.

Al margen de toda esta diatriba, estaba acá para contarte una historia. La de la bone music.

“¿Qué cosa, m’hijo?”

Ahí viene.

Durante los años del régimen comunista ruso, se vivía en un estado de felicidad prefabricada cuyo mayor sostén era que nada del exterior pudiese entrar.

Todo aquello que no viniera de otro país de la entonces llamada “cortina de hierro” podía “dar ideas” y podía generar que la gente se cuestionara esa “felicidad.”

Sí, los argumentos de la extrema derecha e izquierda son exactamente los mismos. Lamento si llegaste hasta esta edad y recién ahora te das cuenta. Tenés que ser fuerte, chiquitx (?)

Podemos argumentar mil horas sobre la importancia del cine ruso, de su potencia estética y narrativa y miles de cosas más, lo mismo con el resto de los países que estaban bajo los comunistas en ese momento. Lo que hicieron por el cine fue muchísimo, pero acá estamos hablando del “contraplano.”

Volviendo—

Como parte de este plan de “ojos que no ven, corazón que no siente”, era prácticamente imposible conseguir películas y música occidental a menos que unx: a) estuviera muy bien conectado o b) no tuviera nada que perder.

Dentro de los del segundo grupo, uno consiguió en un revoleo una máquina de cortar vinilos.

Para los que no lo sepan, hay dos formas de hacer discos de vinilo: la clásica, con un molde metálico que prensa el plástico y produce el disco —que es la que generalmente se usa para ediciones masivas— y la del corte, donde una máquina “dibuja” el surco sobre una superficie plana plástica y saca un “disco” que, generalmente, se degrada con el tiempo y está más pensado como “prueba” que como definitivo.

Con la máquina de corte y mucha inventiva, porque acceder a vinilos “vírgenes” era prácticamente imposible, se dieron cuenta de un stock casi ilimitado de un material que sí tenían a mano.

Inspirados en los flexidiscs, que generalmente venían con alguna canción promocional en alguna revista para escuchar un par de veces y tirar, empezaron a ver con buenos ojos las pilas y pilas y pilas de radiografías que se descartaban cada día.

Probaron si la máquina podía cortar canciones “de occidente” sobre las radiografías y ahí, justamente ahí, nació la bone music.

Y así fue como, durante muchos años, los rusos tuvieron acceso a la reproducción de música prohibida.

El sistema estaba bastante aceitado, y los discos generalmente se entregaban con la forma rectangular de la radiografía en un sobre, para no despertar sospechas.

El comprador, luego, le daba la forma redonda como podía y disfrutaba de una canción y de un solo lado.

El sistema, viniendo de una cortadora y no de una prensa, era falible y la duración en el tiempo bastante corta pero, quién te iba a borrar esa sonrisa del rostro.

El fenómeno, obviamente y con posterioridad a la levantada de la cortina de hierro, se convirtió en una locura para los coleccionistas, que intentan dar con el paradero de copias aún con vida de estos extraños dispositivos.

Pero uno decidió ir más allá. Su nombre es Stephen Coates, es músico y encontró uno de estos discos en un mercado de pulgas ruso. Empezó a trazar una suerte de historia que derivó en el libro X-Ray Audio: The Strange Story of Soviet Music on the Bone, dar una carla TED, armar un sitio web y hasta rodar un corto documental del fenómeno, por si te dieron ganas de meterte un poco más.

Viste que al final no era de cine, pero un poco sí encima y te llevás algo para ver.

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