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105 – Una de ninjas

Publicado el 20 de enero de 2022

No tengo idea de qué edad tendrás, yo tengo cuarenta y cuatro y la palabra “ninja” me mete en un vórtice de viaje en el tiempo donde automáticamente empiezan a sonar sintes y las cosas tienen neones.

“Como en Stranger Things.”

Pero de verdad. Y con bastante menos flúo.

Los ninjas fueron, para los que tuvimos una niñez en los años ochenta y con videoclub más o menos a mano, una suerte de llamador para los espectadores de corta y mediana edad.

Derivado de la kung fury que había vivido la generación anterior con Bruce Lee y sus múltiples clones después de su muerte —de esta última parte se habló en una de las primeras ediciones de estos envíos, de la anterior probablemente me ocupe algún día—, los ninjas llegaron para quedarse a principios de los años ochenta y estuvieron ahí dando vueltas hasta casi mediados de la década.

Las razones puede que hayan tenido un costado económico: muchas veces eran películas de años anteriores, con derechos baratos, que encontraban una nueva vida en el mercado de cine de alfombra gastada y video local con un público ávido de ver películas de lo que se llamaba cariñosamente “piña, patada, piña.”

Para cuando yo tendría ocho o diez años, cualquier cosa que dijera “ninja” en la tapa era trinchera. Y los entrepreneurs locales, casi tan ávidos como los italianos de hacer un “baja inversión / alto retorno” cada vez que se presentara la oportunidad, lo sabían muy bien.

Ir a un videoclub, que los que lo rememoran solo por Stranger Things piensan que era un lugar lleno de cosas de Spielberg, era encontrarse con tapas y tapas y tapas de orientales —y no tanto— vestidos de negro y enmascarados, listos para el combate.

Si querés un viaje por el túnel del tiempo, te refresco algunos grandes éxitos:

La furia de los ninjas (Enter the ninja, 1981) de Menahem Golan, Ninja 2: la venganza (Revenge of the Ninja, 1983) de Sam Firstenberg, Gymkata en el imperio de los ninjas (Gymkata, 1985) de Robert Clouse, Las 9 muertes de un ninja (9 Deaths of the Ninja, 1985) de Emmett Alston, Ninja, la muerte negra (Ninja Vs Mafia, 1985) de Robert Tai y, por supuesto, Reza por tu muerte, ninja (Pray for death, 1986) de Gordon Hessler, director también de Kiss contra los fantasmas (Kiss Meets the Phantom of the Park, 1978).

Habrás notado, si te pusiste a leer los títulos originales que algunas no tenían el “ninja”. Ah, los distribuidores locales. Cómo no amarlos.

Y también te habrás dado cuenta que el ratio de directores orientales y occidentales está sospechosamente dado vuelta. Pero, antes de que puedas gritar “apropiación cultural”, es hora de decir que, a diferencia de la época del kung fury, donde muchas películas se compraban a China —y especialmente a Hong Kong— y se doblaban, el resurgimiento del cine de artes marciales fue un fenómeno más yanqui. Tratando de apagar el incendio con nafta: no nos olvidemos que Bruce Lee había nacido en San Francisco, California. En fin, siguiendo.

En medio de todo este boom, y a kilómetros de distancia de la Argentina, donde los niños de la época se anotaban en Judo, Karate, Taekwondo o cualquier cosa que los acercara a sus ídolos, intentaban patadas voladoras (con este extraño sapucai oriental incluído) y ¡podían comprar estrellas ninjas en las jugueterías!, alguien en Estados Unidos se le presentó una idea.

Se llamaba —bueno, se llama, sigue entre nosotros— YK Kim, o más precisamente Gran Maestro YK Kim, vivía en Orlando y tenía una cadena de academias de Taekwondo. De más está decir que Kim no tenía experiencia en el mundo del cine más que como espectador, la forma en la que generalmente empiezan este tipo de historias maravillosas. Una que, por cierto, tiene banda de sonido, por si estás con ganas de hacerla multimedia a tope.

Pero, volviendo al Gran Maestro Kim, había emigrado de su Corea del Sur natal en 1976 con solo un cinturón negro de Taekwondo y muchas ganas de vivir “el sueño americano.” Y caray que lo vivió: un par de años después se mudó a Orlando y empezó a abrir una academia detrás de otra.

Tal fue su éxito que fue llevado de invitado a su tierra natal para hablar de su éxito en un talk show, donde a un espectador en particular se le prendió la lamparita.

Se llamaba Park Woo-sang, pero quizás lo conozcamos después de su magnum opus como Richard Park y no tardó en contactar a Kim para preguntarle si no quería convertirse en el próximo Bruce Lee.

La idea de hacer un film, que tuvo varios títulos como Against the Ninja y Escape From Miami empezaba a solidificarse en la cabeza de Kim que, en sus propias palabras, no era lo que podríamos considerar un cinéfilo por falta de tiempo: antes de empezar con la aventura había visto unas seis películas en su vida, todo concepto.

Así fue como Kim empezó a conseguir la plata que era necesaria para llevar adelante semejante empresa: le pidió a amigos “productores”, puso de la suya y hasta hipotecó su casa para conseguir un millón de dólares.

Porque, obvio, un millón de dólares es lo único que hace falta para filmar una película ¿no?

Bueno, no. De hecho, el grueso del rodaje se hizo ¡sin guión! simplemente porque ninguno de los involucrados estaba al tanto de que hacía falta tener uno. Pero ese cuento de formación audiovisual viene dentro de un ratito.

Ese guión que no había era sobre una pandilla de ninjas en motos que vendían cocaína y encontraban unos rivales en otros que tienen una banda (Dragon Sound, por si no decidiste hacer esto un acto multimedia) que tocaban canciones inspiradas en el Taekwondo.

O algo así.

La película, porque no lo dije nunca y te debés estar muriendo de la intriga, finalmente se terminó llamando Miami Connection (1988).

La mayoría de los actores, elegidos de una cantera de más de diez mil inscriptos en sus academias, eran o habían sido alumnos de Kim, lo amaban y eran mejores amigos entre ellos, incluso los de pandillas “enemigas”, agregándole magia a todo el asunto.

Para el final del rodaje, Kim había “codirigido” —junto a Park—, “coescrito”, producido, conseguido locaciones, barrido y varias cosas más su opera prima (y final).

Una vez montada, Kim empezó una gira por distribuidores que no quisieron tocar la película ni con chorro de soda, con algunos incluso diciéndole que la tirara a la basura.

No convencido aún de lo que le decían, Kim se (¿juega? ¿dispara?) el último tiro yendo a Cannes a proyectarla en el mercado. Las respuestas no fueron muy distintas a las que ya había recibido en Estados Unidos.

Después del screening desastroso en Cannes, Kim se dio cuenta de que tenía que hacer retomas y cambiarle el final. Solo en la aventura —lo podemos pensar como un Mark Borchardt al final de American Movie (2000) para esta altura— se compró un libro de “Cómo hacer una película” y se hizo de un asistente para que lo ayude con el tema de guión y narrativa. Su asistente también compró libros, pero de guión.

La película, con el final cambiado, también fue odiada por los distribuidores, hasta que aparecieron unos que decidieron comprar los derechos por cien mil dólares.

Sí, un 10% de lo que Kim había puesto y debía.

La película se estrenó en agosto de 1988 en menos de diez salas en la zona de Orlando y fue dilapidada por la crítica y los pocos espectadores que se aventuraron y desapareció de las marquesinas en menos de tres semanas que, para esa época, era muy poco tiempo.

Y acá, justamente acá, es cuando el tiempo y la serendipia hicieron su magia.

Flashforward a 2009. Zack Carlson, un programador del cine Alamo Drafhouse en Austin, Texas hace una “compra ciega” de una película en 35mm de la que no sabe nada por cincuenta dólares en Ebay.

Nunca había oído hablar de Miami Connection, no podía saber con qué se iba a encontrar.

Cuando la copia llegó, decidieron proyectar un rollo solo para una platea escasa en una noche lenta y ¿adiviná qué? todos se volvieron locos. A tal punto que decidieron programar una sesión de la película completa a la semana siguiente y ¿adiviná qué? Volvió a pasar lo mismo.

Carlson, sabiendo que tenía algo entre manos, llamó a Evan Husney, el director de Drafthouse para que se ponga en campaña para conseguir los derechos.

Husney rastreó y encontró a Kim que, creyendo que se trataba de una broma de mal gusto, le cortó el teléfono varias veces antes de escuchar lo que tenía para proponerle.

Finalmente, y tras meses de negociación, Kim se dio cuenta de que nadie lo estaba cargando y accedió a venderles los derechos. La película se restauró y reestrenó en 2012, con un trailer editado por Jason Eisener, responsable de la genial Hobo with a Shotgun (2011), que la calificó de ser “un milagro” y el resto es… ¿historia?

Si te quedaron ganas de verlo a Kim hoy y de revivir esta historia, hay un mini documental de Vice —no es mi medio favorito, pero bueh, por lo menos esta vez no se ríe de lo que está mostrando, como cuando viajan a Afghanistan o Corea del Norte—, que se puede ver acá.

Dicho todo esto…

Acá es cuando volvemos sobre la eterna discusión del “tan mala es buena” que tanto daño ha hecho al cine y a la percepción que se puede tener de ciertas películas que se podrían considerar, sobre todo, anomalías.

Si te sentás a ver Miami Connection, o The Room (2003), o Un buen día (2010) si es por eso y pasás un buen rato, riéndote si ves solo la parte superficial o completamente extrañadx frente a este extraño dispositivo que tenés frente a los ojos —en un caso más ideal— no estás consumiendo irónicamente. Estás consumiendo. Son tus prejuicios los que te hacen sentir que esto que estás viendo “está mal” y que “debe estar en otro casillero distinto” que el de, no sé, El ciudadano (Citizen Kane, 1941) de Welles.

Lo cierto es que no, ambas son películas, ambas se proyectan en una pared o se ven en una tele, ambas intentan —con distintos ardides— entretenerte y ambas tienen —eso sí— formas distintas de ejecución.

Porque, como dije alguna vez por acá, existe una valentía enorme en equivocarse y mostrarlo. En decir “Esto para mí es una buena película” y que no te importe lo que piensen los demás. Los demás que, por cierto, apretados sobre tamaños de planos y valores de lentes, probablemente queden con menos respuestas que la Momia de Titanes en el ring.

Miami Connection, con sus errores y torpezas, se las arregla para llevarnos en un viaje en el tiempo mucho más sincero que todos los capítulos de Stranger Things juntos, además de mostrarnos lo que Kim pensaba era una película. No es un knockoff —algo muy común en su tiempo, donde aparecían Mad Max, Indiana Jones, Rambos y Conans que no tenían los derechos al día— de nada. Es lo que le salió a él y a él solo.

Es interesante como, sesenta años después, seguimos debatiendo sobre Plan 9 del espacio sideral (Plan 9 from Outer Space, 1959) pero, si nos aprietan un poco, no recordamos qué película ganó el Oscar ese año.

Porque, no es ningún secreto, reírse de algo que hizo otro sin mostrar lo que uno hizo —y muchas veces, no haciendo nada— sirve para poco más que remendar un ego bastante herido, dando una falsa sensación de superioridad que se termina cuando se prenden las luces de la sala y volvés a esa vida en la que solo señalás.

Educá a tus amigxs, explicales que las películas no nacen buenas o malas, que algunas solo nacen distintas. Ayudá a que no se perpetúen esos conceptos perversos, muchas veces propalados por gente que no puede ni subir una foto derecha al Insta, o te enterás que en realidad querían hacer “tal cosa” y bueno, salió esta.

Y cambiemos la “suspensión de la incredulidad” por la “suspensión de la ironía”, probablemente seamos mejores personas o, por lo menos, unas con la mente un poco más abierta.

Y ese es el mensaje de Míralos Morir. síganme para más consejos (?)

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