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1 – Algunas cosas de estas últimas semanas

Publicado el 23 de enero de 2020

Las nuevas

Empiezo con dos estrenos. Uno es un “estreno” y el otro pasó de una película que “estaba en los t*rrents” a uno de los espectáculos más apetecibles de la temporada de premios.

El “estreno” de la semana es Richard Jewell (2019), de Clint Eastwood. Pongo estreno entre comillas porque tiene una semana o dos en cartel, pero bueno: hace mucho que no hablo de estrenos.

Y no, no es precisamente una obra maestra. Es didáctica a límites de suplemento de la revista Billiken y más parecida a un drama directo para la tele de Lifetime que una película para las salas y los premios que, digamos todo, le esquivaron casi totalmente.

Pero, si quieren una positiva: no deja de ser una película sobre historia reciente. Ese género mágico que reinauguró un poco David Fincher con Red Social (2010), que trajo de vuelta a la discusión a películas como Todos los hombres del presidente (1976) de Alan J Pakula y, como consecuencia directa, varios esfuerzos recientes muy disfrutables como la obra de Adam McKay.

Lo que sí es realmente interesante en la discusión que genera Richard Jewell es que mucho se ha dicho sobre si Eastwood “está viejo” o no. Un debate que a quienes tienen la juventud como única virtud les gusta sacar cada tanto.

Mis inicios como cinéfilo fueron con Fellini y Kurosawa vivos y filmando las que serían sus últimas películas. Recuerdo a firmas destacadas de la crítica de la época sentenciando que estaban viejos. Ahora, que las firmas no son más destacadas, todos recordamos a Fellini y Kurosawa y no a ellas.

Deberíamos ponernos a pensar si es que Eastwood está realmente viejo o si simplemente quiere filmar esos dramas de Lifetime que viene haciendo desde hace… ¿20 años con algunas excepciones?

Cuando Eastwood hizo Millon Dollar Baby (2004) nadie dijo que estaba viejo y la película, plano más o menos, no dista mucho de esta que nos trae ahora. Cuando hizo Río místico (2003) tampoco, cuando hizo Sully (2016) tampoco, cuando hizo la del tren— Bueno, se entiende. La cosa empezó con La mula (2018), una película que en una de esas es del año donde los que condenan a Eastwood empezaron a ver películas.

Quizás lo que esperamos recibir de una película no es lo mismo que los que la hicieron esperaban dar. Puede ser frustrante, pero tampoco es para tanto.

La película por la que deberían correr a los cines ya mismo es Parasite de Bong Joon-ho, que vienen de ganar en miles de festivales –okey, a veces eso no es señal de nada, pero en este caso sí– y de tener una buena performance en los Globos de Oro –okey, a veces eso no es señal de nada, pero en este caso también– y levantar más nominaciones al Oscar de las esperadas –okey, a veces eso no es señal de nada, pero… Basta.

Parasite es, sin dudas, una de las películas más interesantes del año pasado y, seguramente, de este que ni empezó tanto todavía.

Es un retrato de la lucha de clases en la Corea actual y, lejos de ser un drama, es una película absolutamente divertida y cruel.

Y ahora viene lo más importante: es una joya visual, de esas que hay que ver en cine. Y desde hoy está en bastantes, gracias al hype de las nominaciones.

Bong Jonn-ho no es un extraño en estas cosas. Si bien The Host (2006) se había estrenado en el país, sus esfuerzos coreanos anteriores –Barking Dogs Never Bite (2000), Memories of Murder (2003) y Mother (2009), entre otras– y sus aventuras triunfantes en el cine occidental –Snowpiercer (2013)– y no tanto –Okja (2017)–, el grueso de su obra tiene joyas visuales y narrativas que deberían correr a ver si no lo hicieron todavía.

A veces los fenómenos del cine mundial nos pasan por el costado, tapados por los colores y las explosiones digitales de los estrenos de Hollywood. Lo que está pasando en el cine coreano de los últimos 10 o 15 años es algo bastante difícil de ocultar a esta altura. Celebremos que un cine de latitudes no requiere ningún doctorado en nada y solo nos pide que lo disfrutemos.

Antes de cerrar esto: le hicimos un capítulo entero de Hoy trasnoche a Parasite. Lo encontrás acá.

La vieja

Me debatí mucho sobre cuál debería ser la película “vieja” para poner en esta primera entrega de la newsletter. Finalmente me decidí por esta:

La mentira maldita (Sweet Smell of Success, 1957) de Alexander Mackendrick es una joven película de más de 60 años.

A todas luces se la podría considerar un film noir a contramano del tiempo, con grandes actuaciones y un tema que, increíblemente, sigue cobrando actualidad.

Un inescrupuloso columnista de chimentos (Burt Lancaster) convence a su agente de prensa sin mucho que perder (Tony Curtis) de que intervenga para destruír el romance de su hermana con un músico de jazz.

De más está decir que las cosas se complican. Y mucho.

Al margen de su línea argumental, la película dialoga todo el tiempo con la idea de la fama y cómo alcanzarla, con los límites del periodismo y miles de cosas que discutimos cada vez que hablamos de, por ejemplo, redes sociales hoy en día.

Y resultó ser también, pasado el tiempo, una suerte de fábula moral sobre el mundo del espectáculo. Y no por lo que pasa en ella, sino por lo que pasó detrás.

Es la primera película de Mackendrick en los Estados Unidos. Si bien Mackendrick era yanqui, había vivido toda su vida en Inglaterra y había filmado algunas películas allá, siendo la más exitosa El quinteto de la muerte (The Ladykillers, 1955). El éxito de esta última lo hizo cruzar el charco y jugar en “las grandes ligas”

Claro que la alegría duró poco: la película terminó costado casi cuatro veces más de lo estipulado, tuvo varios guionistas que desfilaron y estuvo producida por uno de sus actores: Burt Lancaster.

Lancaster, que capaz no estaba muy preparado para contener el desastre, culpó al director y a los guionistas del fracaso que terminó siendo la película en el momento de su estreno.

Mackendrick filmó algunas pocas más y se dedicó a la docencia hasta el día de su muerte.

La mentira maldita está en gran parte de las listas de mejores películas de todos los tiempos.

Vayan y defiendan con la taquilla. Sepan que a la larga la justicia llega.

El iniciador de conversación

Ya que veníamos hablando de Corea (del sur), hablemos un poco de Corea (del norte) con una de las historias cinéfilas más dementes que hayan existido: una con dictadores, secuestros y monstruos gigantes.

Es el principio de los años 80 y Kim Jong-Il es el ministro de propaganda de su padre Kim Il-Sum.

Me parece que es el momento de aclararlo para evitar confusiones posteriores: Kim Jong-Il no es el cachetón sonriente que comanda Corea del Norte ahora: ese es Kim Jong-Un, su hijo. Kim Jong-Il fue presidente hasta su muerte, desde que Kim Il-Sum, su padre, murió. Suena a una empresa familiar, es cierto. Bueno, con esto sacado del medio…

Kim Jong-Il estaba obsesionado con el cine que venía de otros países y que él mismo prohibía para el consumo de su pueblo. Le parecía que podía “traer ideas”, pero le parecían muy entretenidas.

Al pueblo, no a él: tenía una cineteca de decenas de miles de películas, era fan de las Martes 13 y las Rambo y hasta escribió un libro de cine sin muchos conocimientos.

De todo el lote de películas que venían de afuera del régimen Godzilla era, quizás, una de sus dos obsesiones. La otra era armar una industria fílmica en su país.

Sin conocimientos, pero con inventiva, Kim Jong-Il decidió secuestrar primero a la esposa y al director surcoreano Kim Jong-Il, que tampoco estaba en el pico de su carrera.

Cuatro años de cautiverio después, Shing Sang-ok se dio cuenta que la única forma que tendría de recuperar su libertad era haciendo lo que Kim Jong-Il quería: filmar una película. O dos.

La única que trascendió fue Pulgasari (1985) que, basada en una leyenda de la zona, cuenta la historia de un rey muy cruel que oprime a su pueblo hasta que un pequeño animal come unos porotos mágicos, crece considerablemente de altura y se pone a aplastar de ciudades o, en las propias palabras de Kim Jong-Il: “una alegoría de la energía del Marxismo”.

Como una señal de que la cosa iba en serio, Kim Jong-Il mandó a contratar a Kenpachira Satsuma, el actor japonés que había estado en el adentro del traje de algunas películas de Godzilla.

Sí, Pulgasari es, hasta el momento, el único intento de cine de monstruos gigantes comunistas. Habiéndola visto, me permito agregar: por suerte.

Quizás como un poroto que debería anotarse el PC en su lista de logros, Kenpachira Satsuma declaró que su kaiju eiga favorita era Pulgasari. Ahí tenés.

¡El drama!

Film Twitter* estuvo atravesado en el último tiempo por un montón de dramones, pero me voy a quedar con este:

Hubo una acalorada discusión entre un crítico de cine encumbrado y un director de películas independientes.

El director acusaba al crítico de hablar elogiosamente de los números de El robo del siglo (2020), no pudiendo alegrarse por el éxito de taquilla que estaba teniendo el cine argentino.

Aducía, palabras más palabras menos, que “la película iba a muchas salas” y que “a las otras no le dan todas esas salas”

Veamos un poco el tema, porque nadie tiene razón ni está del todo equivocado.

Por un lado el crítico publica los números, algo que hizo siempre. La lectura que después haga cada uno del mérito de una película por su validación en las taquillas, corre a título personal.

Que un director de cine argentino no se alegre por el éxito de otro director de cine argentino es, la verdad, medio tristón.

Que se queje del exceso de salas tiene sentido: ninguna película debería estrenarse en trescientas y pico o quinientas pantallas en un circuito que a duras penas llega a mil.

De ocurrir esto, como ocurre cada dos semanas en manos de las majors, se debería penar monetariamente de una manera más onerosa, de modo que las majors consideren si les resulta redituablee inundar las salas y recuperar rápido o esperar a recuperar con el correr de las semanas.

Esto último es clave: en épocas donde el hype y la novedad es lo único importante, que una película de las que suelen estrenar las majors (alto impacto, inundación del mercado, poca destreza cinematográfica real) tenga que recuperar en el correr de las semanas es altamente riesgoso: en general los “boca a boca” de los tanques no suelen ser del todo positivos y el mensaje que parecen tener estos estrenos tan amplios parece ser “Dale antes de que se aviven.”

Para los que buscan la polémica en todo: no estoy hablando de El robo del siglo (2019), película que no vi, pero tengo buenas referencias. Estoy hablando de las otras películas que van a un montón de salas.

Lo cual nos lleva al tercer punto de discusión: la suerte que tienen las otras películas argentinas que no tienen una major atrás.

Miles de veces he señalado que el INCAA tiene dos talones de Aquiles: la distribución y la exhibición. La producción la tiene cubierta: mal que mal, las películas se hacen. El problema está cuando hay que mostrárselas al público.

Y ahí es, justamente, donde entra una culpa compartida. Si vos sos director de una película que sabés va a estar condenada al circuito de distribución del INCAA, hace algo porque la película no muera en dos funciones en el Gomón**. Hay un circuito alternativo, hay lugares que programan películas: movela un poco, es parte de tu trabajo que la película que hiciste se vea.

Cada vez que leo una lista de media docena de estrenos en el Gomón no puede evitar pensar en un señor dejando un perrito atado al guardarail en la autopista.

¿Esas son las reglas de juego? Okey, no las vamos a negar, pero: ¿Estás haciendo algo para ver si las podés torcer un poco o lo estás aceptando?

Estas últimas dos semanas estuvo ocurriendo algo muy sano en la grilla del Gomón: La muerte no existe y el amor tampoco (2019) fue asignada las dos funciones horribles que le asignan a todas las películas argentinas que corren esa suerte. Su director va a todas las funciones a hablar con el público ¿y adivinen lo que pasó? Viene haciendo la media de espectadores que le asegura seguir y hasta agotó funciones.

Quizás fue una buena idea quedarse con el perrito en el auto y no dejarlo atado en la ruta.

* Entendamos por “Film Twitter” esos “problemones” que, diaria o semanalmente, se convierten en temas de conversación como si no hubiera un mañana. Y no hay un mañana: a veces no duran ni 24 horas.

** Se que es Gaumont. Le digo así cariñosamente.

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